domingo, 1 de abril de 2018

Reflexiones 4 o Cortázar siempre nos hace pensar

la escritura es un paseo en bicicleta


Ser un Cronopio no es nada fácil, quizás es más divertido que ser una fama o más realista que ser una esperanza, pero con certeza no es fácil. Nosotros los cronopios nos enfrentamos a la vida con esa ingenuidad de los niños que se asombran ante todo, que se maravillan ante todo, una hermosa puesta de sol, una nube jugando a formas, un perro flaco y triste, una pareja tomada de la mano, una brizna de paja volando al viento, un pedazo de chocolate derritiéndose en la boca... Todo sin excepción nos emociona hasta las lágrimas, nos  maravilla por el simple hecho de existir. También y para hacer más difícil la vida somos idealistas, habitamos en el mundo de los sueños, soñamos con los ojos abiertos, tenemos largas conversaciones sesudas e imaginadas que nunca llegan a darse, vemos un mundo lleno de personajes y cuentos. Asistimos en silencio y sonriendo a esas historias que se nos revelan, al ver una mancha de humedad, una forma cualquiera, una mirada, un suspiro... Cualquier cosa que desate nuestra imaginación. El  colmo que dificulta, aún más nuestra existencia,  es que vivimos en el desorden y nuestro tiempo transcurre buscando cosas que nunca  sabemos dónde están. Buscando, no tesoros perdidos o enterrados, sino llaves, móviles, camisas, zapatos...  cosas que extraviamos cada día, cada hora, cada minuto.
Como pueden intuir y como ya señale  la vida de cronopio no es fácil y para nada convencional. Vivir entre la sensibilidad excesiva, la imaginación desbordada, el desorden casi absoluto, y la ingenua confianza en todos y todo nos puede traer grandes decepciones, un sinnúmero de frustraciones y un tambaleo continuo del precario mundo que habitamos. Pero estos destellos de sinsabores no duran mucho y sobre ellos o a pesar de ellos seguimos manteniendo nuestra cronopitud, nuestra convicción de vivir en el mejor lado que te ofrece la vida.
Muchas famas desde su rigidez, su vida llena de proyectos y organización, llena de sentencias que creen verdaderas nos ven con desprecio, con una sonrisa burlona, sentadas desde el sillón confortable de su vida y muchas esperanzas con su simpleza ignorante y aburrida nos observan indolentes, sin entendernos. Ninguna sabe, ni famas, ni esperanzas, que nosotros los cronopios cabales no estamos interesados en sus apreciaciones, no llegamos ni siquiera a verlas, que en nuestra vida idealista, desordenada, sensible y no convencional no tenemos tiempo para pensar en ellas. Que nuestra vida llena de matices está separada por un abismo insalvable del gris que habitan las famas y del incoloro e insustancial  mundo donde viven  las esperanzas.
Ser cronopio no es fácil, ser cronopio es difícil, tan difícil a veces, que  puedes envidiar un poquito la frágil seguridad en la que habitan las famas y la crédula fe de las esperanzas, pero sólo un efímero y breve momento, pues sabes que la vida es insondable, llena de problemas complejos o simples. Llena de situaciones absurdas o lógicas. Llena de amor o dolor. Llena de recuerdos u olvidos, llena de cualquier cosa  o de su contrario.  Sabes que la vida es incomprensible, tan incomprensible como tu existencia y que tu única opción es vivirla.
Si por casualidad  lees esto y abrumado descubres que eres un cronopio, piensa en esta frase que trata de ser original pero que parafrasea una muy trillada y ajada, y que, tal vez,  te ayudará a sobrellevarlo “bienaventurados los cronopios porque sienten la vida como hay que sentirla”
Y si el descubrimiento es tan doloroso que el llanto te invade sigue al pie de la letra lo que a continuación cito. No quiero que este descubrimiento te haga gimotear todo el día y que tus ojos se hinchen como globos.  
“Instrucciones para llorar
Cuento de Julio Cortázar
Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.”

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