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| la escritura es un paseo en bicicleta |
Ser un Cronopio no es nada fácil, quizás es más divertido que ser una
fama o más realista que ser una esperanza, pero con certeza no es fácil.
Nosotros los cronopios nos enfrentamos a la vida con esa ingenuidad de los
niños que se asombran ante todo, que se maravillan ante todo, una hermosa
puesta de sol, una nube jugando a formas, un perro flaco y triste, una pareja
tomada de la mano, una brizna de paja volando al viento, un pedazo de chocolate
derritiéndose en la boca... Todo sin excepción nos emociona hasta las lágrimas,
nos maravilla por el simple hecho de
existir. También y para hacer más difícil la vida somos idealistas, habitamos
en el mundo de los sueños, soñamos con los ojos abiertos, tenemos largas
conversaciones sesudas e imaginadas que nunca llegan a darse, vemos un mundo
lleno de personajes y cuentos. Asistimos en silencio y sonriendo a esas
historias que se nos revelan, al ver una mancha de humedad, una forma
cualquiera, una mirada, un suspiro... Cualquier cosa que desate nuestra
imaginación. El colmo que dificulta, aún
más nuestra existencia, es que vivimos
en el desorden y nuestro tiempo transcurre buscando cosas que nunca sabemos dónde están. Buscando, no tesoros
perdidos o enterrados, sino llaves, móviles, camisas, zapatos... cosas que extraviamos cada día, cada hora,
cada minuto.
Como pueden intuir y como ya señale
la vida de cronopio no es fácil y para nada convencional. Vivir entre la
sensibilidad excesiva, la imaginación desbordada, el desorden casi absoluto, y
la ingenua confianza en todos y todo nos puede traer grandes decepciones, un
sinnúmero de frustraciones y un tambaleo continuo del precario mundo que
habitamos. Pero estos destellos de sinsabores no duran mucho y sobre ellos o a
pesar de ellos seguimos manteniendo nuestra cronopitud, nuestra convicción de
vivir en el mejor lado que te ofrece la vida.
Muchas famas desde su rigidez, su vida llena de proyectos y
organización, llena de sentencias que creen verdaderas nos ven con desprecio,
con una sonrisa burlona, sentadas desde el sillón confortable de su vida y
muchas esperanzas con su simpleza ignorante y aburrida nos observan indolentes,
sin entendernos. Ninguna sabe, ni famas, ni esperanzas, que nosotros los
cronopios cabales no estamos interesados en sus apreciaciones, no llegamos ni
siquiera a verlas, que en nuestra vida idealista, desordenada, sensible y no
convencional no tenemos tiempo para pensar en ellas. Que nuestra vida llena de
matices está separada por un abismo insalvable del gris que habitan las famas y
del incoloro e insustancial mundo donde
viven las esperanzas.
Ser cronopio no es fácil, ser cronopio es difícil, tan difícil a
veces, que puedes envidiar un poquito la
frágil seguridad en la que habitan las famas y la crédula fe de las esperanzas,
pero sólo un efímero y breve momento, pues sabes que la vida es insondable,
llena de problemas complejos o simples. Llena de situaciones absurdas o
lógicas. Llena de amor o dolor. Llena de recuerdos u olvidos, llena de
cualquier cosa o de su contrario. Sabes que la vida es incomprensible, tan
incomprensible como tu existencia y que tu única opción es vivirla.
Si por casualidad lees esto y
abrumado descubres que eres un cronopio, piensa en esta frase que trata de ser
original pero que parafrasea una muy trillada y ajada, y que, tal vez, te ayudará a
sobrellevarlo “bienaventurados los cronopios porque sienten la vida como hay
que sentirla”
Y si el descubrimiento es tan doloroso que el llanto te invade sigue
al pie de la letra lo que a continuación cito. No quiero que este
descubrimiento te haga gimotear todo el día y que tus ojos se hinchen como
globos.
“Instrucciones para llorar
Cuento de
Julio Cortázar
Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de
llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que
insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u
ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido
espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el
llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar,
dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por
haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato
cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no
entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando
ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del
saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media
del llanto, tres minutos.”

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