jueves, 5 de abril de 2018

Reflexiones 6.: Música

Anton van Weelie Ofelia movimiento Prerafaelista 

“Hay música tan maravillosa que su sonido te envuelve de tal manera que vives emociones tan intensas y tan físicas que te llevan al éxtasis”. Esta idea le vino a la mente mientras escuchaba opus 100 de Schubert para cello, violín y piano. Una especie de melancolía la invadió y una sucesión de imágenes paso por su mente como una proyección ininterrumpida de su vida infantil.
Los recuerdos que habían marcado su infancia se mostraban a sus ojos, momentos de alegría y tristezas entremezclados  con las notas musicales que llenaban el vacío.
Se sintió pequeña y emocionada frente a los juguetes la navidad en que una emoción gigante le robo la voz  y  la dejo muda por 24 horas, por 1440 minutos y  por 86400 segundos.
Se sintió insignificante luchando contra el viento arrebatándole la sombrilla que quería robarle. Una lucha triunfante, una lucha en que su pequeño cuerpo elevado del suelo venció los rugidos y la fuerza  de la tormenta.
Se sintió gigante observando a las hormigas y su periplo hasta el hormiguero, esas hormigas que contemplaba extasiada horas y horas, mientras su mano pequeña y gigante les lanzaba alguna migaja de comida y sus ojos seguían el sinuoso e interminable recorrido.
Se sintió angustiada mientras su pequeño cuerpo se hundía  en una laguna sin fondo y se impulsaba a la salvación, sin esperanzas, resbalando de la boya  y desliándose hacia la desesperación y la oscuridad del agua. Hasta que una mano salvadora la tomo en brazos y la dejo en la orilla.  
Se sintió inconsolable el día que su mamá tomo a otro niño en brazos y abrazándolo y mirándola le dijo que lo quería más que a nadie en el mundo. Ella se deslizo en silencio hasta la alfombra del cuarto donde el polvo y las lágrimas ensuciaron su rostro de desilusión y desamor.   

Sintió todas estas cosas, mientras los acordes de la música sonaban en el cuarto. Sintió que revivían todas las emociones y sensaciones. Las palabras silentes atrapadas en su boca,  el viento fuerte que golpeaba su rostro y aferraba la ropa a su cuerpo, los ojos cansados y la mente extraviada mientras observaba a las hormigas, su cuerpo hundiéndose en la oscuridad, impulsándose hacia  la luz, tragando el agua dulce que pronto se convirtió en amarga y sus pulmones absorbiendo aire solo segundos. El calor húmedo de su cara en la alfombra y el olor a polvo que penetraba en su nariz.
Todas estas sensaciones acompañadas de un cello sollozante consolado por un violín y un piano. Al sonar el último acorde, abrió los ojos como si hubiera despertado de un salto en el tiempo. Las emociones de niña a flor de piel le impedían ver que estaba aquí y ahora. Se sintió que había viajado  a la infancia montada en un “do re mi fa so la si” etéreo y sublime. En un submarino musical que la hundió en el pasado.

¿Acaso no es la música, como el viento lo único que nos diluye y nos hace sentir parte de todo? ¿Acaso no es la música la única capaz de envolvernos y hacernos una continuidad, sin tiempo, ni espacio?   
Basta colocar la melodía apropiada y cerrar los ojos…

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