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| Anton van Weelie Ofelia movimiento Prerafaelista |
“Hay música tan maravillosa que su sonido te envuelve de tal manera
que vives emociones tan intensas y tan físicas que te llevan al éxtasis”. Esta idea
le vino a la mente mientras escuchaba opus 100 de Schubert para cello, violín y
piano. Una especie de melancolía la invadió y una sucesión de imágenes paso por
su mente como una proyección ininterrumpida de su vida infantil.
Los recuerdos que habían marcado su infancia se mostraban a sus ojos, momentos de alegría y
tristezas entremezclados con las notas musicales
que llenaban el vacío.
Se sintió pequeña y emocionada frente a los juguetes la navidad en que
una emoción gigante le robo la voz y la dejo muda por 24 horas, por 1440 minutos y por 86400 segundos.
Se sintió insignificante luchando contra el viento arrebatándole la
sombrilla que quería robarle. Una lucha triunfante, una lucha en que su pequeño
cuerpo elevado del suelo venció los rugidos y la fuerza de la tormenta.
Se sintió gigante observando a las hormigas y su periplo hasta el
hormiguero, esas hormigas que contemplaba extasiada horas y horas, mientras su
mano pequeña y gigante les lanzaba alguna migaja de comida y sus ojos seguían el
sinuoso e interminable recorrido.
Se sintió angustiada mientras su pequeño cuerpo se hundía en una laguna sin fondo y se impulsaba a la salvación,
sin esperanzas, resbalando de la boya y desliándose
hacia la desesperación y la oscuridad del agua. Hasta que una mano salvadora la
tomo en brazos y la dejo en la orilla.
Se sintió inconsolable el día que su mamá tomo a otro niño en brazos y
abrazándolo y mirándola le dijo que lo quería más que a nadie en el mundo. Ella
se deslizo en silencio hasta la alfombra del cuarto donde el polvo y las lágrimas
ensuciaron su rostro de desilusión y desamor.
Sintió todas estas cosas, mientras los acordes de la música sonaban en
el cuarto. Sintió que revivían todas las emociones y sensaciones. Las palabras
silentes atrapadas en su boca, el viento
fuerte que golpeaba su rostro y aferraba la ropa a su cuerpo, los ojos cansados
y la mente extraviada mientras observaba a las hormigas, su cuerpo hundiéndose en
la oscuridad, impulsándose hacia la luz,
tragando el agua dulce que pronto se convirtió en amarga y sus pulmones absorbiendo
aire solo segundos. El calor húmedo de su cara en la alfombra y el olor a polvo
que penetraba en su nariz.
Todas estas sensaciones acompañadas de un cello sollozante consolado
por un violín y un piano. Al sonar el último
acorde, abrió los ojos como si hubiera despertado de un salto en el tiempo. Las
emociones de niña a flor de piel le impedían ver que estaba aquí y ahora. Se sintió
que había viajado a la infancia montada
en un “do re mi fa so la si” etéreo y sublime. En un submarino musical que la hundió
en el pasado.
¿Acaso no es la música, como el viento lo único que nos diluye y nos
hace sentir parte de todo? ¿Acaso no es la música la única capaz de envolvernos
y hacernos una continuidad, sin tiempo, ni espacio?
Basta colocar la melodía apropiada y cerrar los ojos…

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