lunes, 25 de junio de 2018

entre miedos y dones


Giordano Bruno Campo di Fiore Roma
Paseaba de la mano de su mamá por la Piazza di Fiore, le encantaba el colorido de los puestos de verduras, frutas, flores y el bullicio de la gente. A pesar de su corta edad le encantaba observar y disfrutaba enormemente de la diversidad que se presentaba ante él, desbordante, generosa, exagerada. La diversidad de gentes, voces, cosas exaltaban su curiosa mente infantil. Sus hermosos ojos azules recorrían la variedad con un afán de absorberlo todo, de hacerlo parte de él. Pero había algo que lo atemorizaba, que hacía que su pequeña mano se aferrara con fuerza a la de su madre, que hacía que su corazón latiera más rápido, y a lo que nunca se acostumbró a la estatua imponente de Giordano Bruno que lo contemplaba  desde lo alto del pedestal. Sentía la mirada sobre su pequeño cuerpo, sus pasos se hacían más rápidos y se contenía para no salir corriendo.  Era como si intuyera que en esa plaza hoy alegre y colorida habían sucedido cosas terribles, crímenes atroces y que ese monje inmenso, que ocultaba su rostro en esa capucha de piedra había sido protagonista de los acontecimientos.  
Nunca imagino que una noche cualquiera, en la seguridad de su cuarto, se le aparecería y que marcaría su vida para siempre.
Su pequeño cuerpo infantil dormía plácidamente en la oscuridad calurosa del verano en su Roma natal. Por la ventana abierta entraba una brisa fresca que hacía más tranquilo su sueño.
De pronto sintió una extraña presencia en el cuarto. Sentía tanto miedo que no se atrevía a abrir los ojos. Con sus pequeñas manos buscó la sábana para cubrirse el rostro. Bajo ella abrió los ojos y vislumbró la sombra próxima y gigantesca parada al lado de su cama. Su cuerpo empezó a temblar, su corazón a latir y un sudor frío recorrió su piel. Quería llamar a su mamá pero de su boca no salía ninguna palabra.
El tiempo se detuvo, suspendido en el miedo, en el terror de esa presencia a su lado, de ese ser que presentía, que sentía parado al lado de su cama. Pasaron segundos, que se convirtieron en interminables, mientras su pequeño y tembloroso cuerpo, empapado en sudor se abraza a sí mismo para confortarse y sus ojos  tan apretados empezaron a dolerle.
Agotado del miedo decidió enfrentarse a todo y en un acto de temeridad sacó la sábana de su rostro y abrió los ojos para encontrarse con dos pupilas brillantes que lo penetraban y que no podía dejar de mirar. Un grito desgarrador salió de su garganta, un grito tan escalofriante que despertó a la madre y a los vecinos.
Su madre entró corriendo y lo abrazó, pero él no podía dejar de mirar la presencia que seguía ahí, oculta a los ojos de los demás.
Sus ojos llenos de lágrimas no podían dejar de mirar las pupilas ardientes que lo penetraban, a pesar de los brazos que lo cobijaban y las palabras de consuelo.
La figura del monje encapuchado con ojos de fuego seguía mirándolo fijamente. El abrazado a su mamá, con el rostro cubierto de lágrimas, su cuerpo temblando y el sonido de los latidos de su corazón, no podía dejar de mirar, hipnotizado por  los dos círculos que refulgían dentro de la capucha, al monje alto y delgado que lo observaba.
De pronto el monje levitando lentamente y sin dejar de mirarlo se fue alejando hasta salir por la ventana. Por un momento se detuvo a contemplarlo y después rápidamente se alejó y en la oscura noche solo los ojos suspendidos como estrellas permanecieron hasta hacerse tan pequeños que más que verlos, los intuía.
Su mamá siempre pensó que todo había sido producto de una pesadilla y se lo repitió tantas veces que él también llegó a creerlo.
Creció y la vida le sonrió. El amor y el dinero se le presentaron siempre generosos. Un día en un lugar cualquiera, en un país cualquiera, alguien cualquiera le comentó sobre la leyenda del monje que se aparecía a algunos niños para garantizarles una vida exitosa, feliz.
Se acordó de su pesadilla infantil, del miedo que sintió y de la mirada de fuego que nunca olvidó y pensó, que tal vez, sólo tal vez, su buena vida era el resultado de esta extraña visión.
Particularmente creo que los dones que le fueron otorgados por el monje, fueron los dones del indomable Giordano Bruno, fueron la intuición, el espíritu indómito, la capacidad para cuestionar todo y no aferrarse a nada.  Le obsequió, lo mas preciado en cualquier vida,  una forma de ser y pensar que le permitiría a su espíritu crecer y a su mente expandirse más allá de cualquier muro convencional.






martes, 19 de junio de 2018

sensaciones del pasado

Munch Chica en la ventana

Se despertó con el canto de los pájaros, por su ventana la luz del día apenas se asomaba, los ruidos de la casa empezaron a sonar, con ese sonido inconfundible de pasos conocidos y el olor a café llegó hasta su cuarto.
Recordó otras mañanas y otros espacios. Recordó otros momentos y otras vidas.
Las vidas vividas habían sido tan diferentes y ahora tan distantes que sentía que pertenecía a  otra persona.
Lo único constante siempre fue el canto de los pájaros que la despertaban cada mañana, el olor a café y los pasos conocidos.
Los pasos de las personas que la habían acompañado a lo largo de su existencia siempre le brindaron ese confort matutino al despertar. Esa seguridad de que todo estaba y estaría bien.
Y es que siempre había vivido con los sentidos despiertos y sus recuerdos de otras vidas, sus evocaciones de otros tiempos siempre se asomaban, para después invadirla totalmente, a través de alguna sensación.
Escuchar el sonido de los pájaros evocaba tantas mañanas diferentes. Sus mañanas infantiles cuando se vestía lentamente para ir al colegio, con esa pesadez del sueño interrumpido y ese desgano de querer seguir durmiendo. Sus mañanas universitarias cuando se despertaba con ese sueño siempre pendiente y acumulado. Producto de ese no dormir por fiestas, salidas o estudios, también pendientes, que tratabas de apresurar pasando páginas de libros, como si su sola imagen introdujera el contenido de forma mágica. Sus mañanas de despertar en brazos del amado, con ese calor y suavidad que solo te brinda una piel conocida. Sus mañanas de mamá cuando al canto de los pájaros se unía el balbuceo  de ese pequeño ser que desde la otra habitación anunciaba que se había despertado, que requería de su presencia inmediata y que al acudir invariablemente era recibida con una sonrisa. Su mañana de despedida cuando contempló a la niña, ya mujer, dormida que se iba a otro país y que sabía que al contemplarla, estaba contemplando una imagen irrepetible y el fin de una de sus mejores vidas. Sus mañanas triste de perdidas irrecuperables, de vidas para siempre extintas, de finales sin happy end, sin ese vivieron para siempre felices, que la hacía desear que la vida fuera un relato y que esa frase tantas veces leída en los años infantiles, quedara para siempre suspendida y eterna dentro de la contraportada de un libro de cuentos. Sus extrañas mañanas de este hoy también extraño, tan diferente, tan ruptura, tan alejado de sus otras vidas, que a veces lo sentía como un sueño y a veces como pesadilla y que al escuchar el canto de estos pájaros extranjeros se despertaba a esta nueva realidad...
Una vida evocada al escuchar esta mañana el sonido de los pájaros entrando por su ventana, pero es que siempre había vivido con los sentidos despiertos y los sentidos no solo traían sensaciones sino también evocaciones de vidas pasadas.
El canto de los pájaros se fue apagando hasta que desapareció, por su ventana la luz del día se hizo brillante y un rayo de sol iluminó su cara, su cuarto se inundó de los ruidos de la casa y el sonido inconfundible de pasos conocidos, el sin olor del café le anuncio que era hora de levantarse.
Sus sentidos hoy, a través del canto de los pájaros, la habían llevado a un viaje por su pasado, a un viaje por sus diversas vidas, a un viaje emocionalmente rico y vital.
Pensó: “mañana los pájaros me traerán los pasos, los pasos de todos los que han marcado huella, los pasos y los ecos que han dejado en mí”.
Se levantó y salió a prepararse un café, ese  “guayoyito”, que había saboreado desde siempre y que hoy era su única constante en esta otra vida.  



domingo, 17 de junio de 2018

Disertación matutina



¿La vida cómo conjunción del azar o la vida cómo destino? Ambas concepciones tienen algo en común y es la imposibilidad del ser humano de incidir en ella.
En la vida como conjunción del azar está implícita la incertidumbre. En la vida como destino también, pues ese destino es desconocido para el sujeto, y los eventos que se van presentado no nos muestran el camino trazado de antemano. En ambas la vulnerabilidad y la incapacidad de organizar y planificar la vida se convierte en un sueño, una quimera, un espejismo del que nos aferramos para darnos un poco de seguridad.
Sea una u otra de la que partamos lo único que queda claro es que apenas somos pequeños e insignificantes seres arrastrados, condenados a vagar por una vida totalmente incierta.
Pero optar por alguna de ellas incide  directamente en nuestra forma de actuar y en la forma que nos enfrentamos  al día a día.
En la conjunción del azar el sujeto tiene la posibilidad de elegir, de asumir la responsabilidad de su vida. Pues su presente no es otra cosa que la sumatoria de sus decisiones pasadas. La suma de las opciones que tomó construye su vida y elegir siempre implica libertad
En la concepción de la vida como destino el sujeto destierra su posibilidad de elegir pues asume que haga lo que haga, o opte por lo que opte, siempre tendrá que aceptar los designios pautados. La capacidad de elección y con ella la libertad desaparece y lo unico que  queda es la aceptación.
Así las consecuencias de asumir una u otra concepción, marcan el comportamiento de manera significativa. En la primera, a pesar de la incertidumbre y la conjuncion del azar el sujeto siempre es el protagonista de su vida, es él que elije, él que construye su vida frente a los eventos que se van presentando. En la segunda, el sujeto es apenas un actor secundario pues el destino, un ente sobre el que no tiene incidencia, es el verdadero protagonista y a él  debe entregarse con resignación.
Asumir una u otra concepción determina en cierta forma tu esencia como ser humano. La primera te hace un ser libre, la segunda te hace un esclavo. La primera te convierte en un ser activo, la segunda te hace un ser pasivo.En la primera prevalece el libre albedrío y en la segunda  la fatalidad.
Si se reflexiona sobre las consecuencias de esto en el ámbito de la vida cotidiana y de los rasgos personales podemos inducir, si lo llevamos al extremis, lo  siguiente:
La primera concepción te hace progresista, innovador, anti convencional, sin apego a las normas, rompedor de esquemas, rebelde, curioso, creativo, arriesgado,... Pues siempre serás él protagonista, él que podrá incidir en la vida, pues las opciones que elijas la determinarán.
La segunda concepción te hace conservador, rutinario, convencional, apegado a las normas, seguidor de esquemas pautados, sumiso, acumulador de conocimientos, replicador de lo conocido y pusilánime.
Algunos pensaran que lo anterior es exagerado y efectivamente lo es, no estoy tratando de convencer a nadie de que una opción es mejor que la otra, no quiero demostrar científicamente que de las premisas se desprenden mis afirmaciones, lo único que quiero generar es una reflexión en el lector para que piense en cómo ve la vida y como esa forma de pensar determina su actuación, su forma de ver, ser y vivir. Quiero sencillamente compartir con ustedes mi disertación matutina.
Ahora repito la pregunta con la que me desperté esta mañana, para que todos piensen un poco en ella ¿vives la vida cómo conjunción del azar o vives la vida cómo destino? 

nota: la  imagen Chávez Morado, artista mexicano,  puede tener muchas interpretaciones. pero para mi hoy es sencillamente, una rueda imparable que se arrastra sola, como el destino arrastra a algunos y la rueda de la vida guiada por el sujeto.

jueves, 14 de junio de 2018

Murió Ruperta, murió un poco de Veneuela

Eduardo Sanabria (Edo) caricaturista veneolano

Ruperta la elefante del parque Caricuao ha muerto. Ha muerto de desidia, de hambre. Ha muerto por la incompetencia de este gobierno de forajidos inescrupulosos que ha tomado por asalto a nuestra Venezuela. Mi post lo dedico hoy a este hermoso animal que acompaño la infancia de mi hija, que nos asombró con su mirada triste y su obsesión de cubrir su lomo de tierra seca.

La hermosa elefante Ruperta nunca entendió que hacía ahí. Como había llegado a ese lugar donde niños y adultos la contemplaban con admiración y alegría.
Con su inmenso cuerpo, su hermosa trompa y lágrimas en los ojos los contemplaba siempre con un signo de interrogación clavado en la pupila.
Se daba cuenta que  algunos ojos que la observaban podían sentir su tristeza, su añoranza, su desconcierto y con ellos establecía una relación especial.
Los esperaba cada fin de semana asomada al foso que la separaba del público, buscando en la inmensidad de ese hermoso y extenso parque zoológico, un indicio, el eco de una voz, una risa cristalina e infantil, que le avisará  la presencia y la inminente llegada de aquellos que la comprendían.
Cuando llegaban intercambiaban una mirada  de reconocimiento y ella con su trompa extendida les daba la bienvenida. Después con su trompa tomaba la fina y seca tierra del suelo y la echaba en su lomo durante largo rato y de pronto en un total gesto de travesura resoplaba hacia el público, llenando a todos los presentes de ese polvillo que a veces les hacía toser y otras producía escozor en los ojos, pero siempre producía un gozo en el corazón y una sonrisa en el rostro.
En algunos momentos y antes de iniciar su eterno juego, se quedaba mirando a alguien de los especiales, de los que la sentían y sus ojos se posaban, con su tristeza infinita de animal confundido, en los ojos del otro y en ese momento se iniciaba, una complicidad humedad que se sellaba con una  lágrima triste de comprensión. Cuando los veía alejarse levantaba su trompa en señal de despedida segura de que pronto vendrían a visitarla.
Ruperta siempre fue generosa regalaba buenos e inolvidables  momentos, que a veces quedaban impresos en fotos, pero que siempre permanecerán como recuerdo de la infancia lejana, en ese país más lejano aún.
Un día Ruperta se fue dando cuenta que cada vez eran menos los que la visitaban, que cada vez eran menos a los que reconocía, que cada vez eran menos los que acudían a la cita que ella pensó que siempre se daría.
Poco sabía Ruperta, en su encierro, de las condiciones del país, de su deterioro, de su miseria, de la fatalidad en la que se sumía. Poco sabía que ese país que adoptó forzada ahora se encontraba sumido en el peor momento de su historia. Nunca supo tampoco que muchos de sus visitantes, de sus seguidores se iban huyendo de un país que cada día se hacía más hostil e invivible. Nunca llegó a imaginar siquiera que nadie después de un tiempo volvería a visitarla y que sus últimos años estaría totalmente abandonada en esa tierra árida y seca.
Ruperta se fue dando cuenta de la miseria del país cuando la comida empezó a escasear y hasta el agua se convirtió en sólo deseo. Su enorme peso fue mermando, su piel fue pegándose a los huesos, su trompa apenas tenía fuerza para esparcir el polvo seco y árido de esa tierra convertida en erial.
Ruperta se fue menguando como el país, haciéndose cada vez más débil y triste. Cada vez más delgada, más hambrienta, más sedienta hasta que al final perdió la esperanza. Al final le quedaban sus ojos hundidos y sus lágrimas que resbalaban impenitentes por su rostro de animal cada vez más confundido y sus recuerdos acumulados en su gran memoria de elefanta de tiempos mejores, que no retornaron.
Su camino a la muerte fue tortuoso y doloroso, empezó a desear la muerte como salvacion, como liberación de la pesadilla diaria de sus últimos y largos años. El día que por fin llegó la muerte a buscarla la tomó con su trompa para que no la abandonará y se la llevara a cualquier  otro lugar.
La encontraron sobre la  tierra seca, acostada de lado, cubierta de polvo y con lágrimas húmedas sobre su rostro. Su trompa sobre ella simulaba un abrazo.
Tal vez murió recordando su vida pasada, confusa pero tranquila.
Nunca supo que al leer la noticia de su muerte cada rincón del mundo se estremeció con el llanto de un venezolano que la conocía y la amaba desde ese lejano lugar llamado infancia.
Nunca sabría que al llorarla, también llorábamos por el país perdido, por la felicidad extraviada y por nosotros mismos.
Murió  Ruperta hace apenas unos días y murió con ella un poco de mí, de mi pasado, un poco de cada venezolano. Murió Ruperta  y con ella esa ilusión de país que hemos querido preservar, ese país que ya nunca volverá.  

miércoles, 13 de junio de 2018

Atrapada

Grete Stern 

¡Un libro! eso era lo que era y efectivamente un libro era la equivalencia perfecta para su vida. Un libro no por las  interesantes o fascinantes historias, sino porque siempre cerraba cada capítulo.
A lo largo de su vida siempre termino todo lo que empezó. Nada quedó inacabado, inconcluso, de todo salió sin dejar cabo sueltos, de todo se alejó cuando tuvo que hacerlo, nada, ni nadie le impidió que su alejarse siempre, siempre, estuviera precedido de una larga conversación.
Una conversación donde analizaba y reflexionaba sobre el tema, donde después de premisas lógicas, llegaba a conclusiones lógicas. Y es que el haber impartido Lógica como materia había marcado su forma de ser, de pensar y de actuar. Coherencia e integración entre lo que era, lo que pensaba, lo que decía y su actuación eran fundamentales para mantener su equilibrio.
Y todo fue así hasta que un día se encontró atrapada en una situación totalmente ilógica, gobernada por extraños hilos, por extrañas circunstancias. Una situación de la que trato de salir pero que nunca cerró.
Una situación inconclusa, inacabada, con cabos sueltos convertidos en sueltas trenzas de zapatos que de vez en cuando la hacían trastabillar.
Decidida a mantener el equilibrio y a pasar la última página de este capítulo. Decidida  a que su alejarse definitivo estuviera como siempre precedido de una larga conversación, levantó el teléfono cuando repicó.
Todos le habían aconsejado que se fuera desprendiendo poco a poco, ignorando mensajes, bloqueando en redes, desoyendo llamadas, pero su incapacidad casi obsesiva por cerrar honestamente todo cuanto iniciaba la llevó a responder esa última llamada.
Una llamada que impediría para siempre cerrar el capítulo, este capítulo que quedaría por siempre inconcluso, inacabado.
Contestó con seguridad, su voz sonó firme y contundente, pero su mano temblorosa se aferraba al móvil y un leve dolor en su estómago, oculto para él que llamaba, le indicaron que empezaba a flaquear.
Del otro lado escucho la voz que tan bien conocía y que había sido parte de ella en los últimos meses.
Enumeró sus razones para acabar con todo, pero la voz insistente las ignoraba, insistía, insistía e insistía. Por un momento pensó en cortar la llamada, pero sabía que en un rato o mañana volvería a sonar el móvil anunciando  otra llamada.
En casi un duelo de argumentación la conversación prosiguió, un duelo donde sentía sus fuerzas minándose, agotándose. Exhausta se entregó a la fatalidad de tener que vivir atada para siempre a Movistar.
Nunca podría optar por otro proveedor, nunca podría desprenderse del plan que contrató originalmente y que ahora le resultaba costoso e insatisfactorio.
Cuando firmó el plan y el contrato no sabía que estaba firmando un pacto vitalicio casi, casi, como si hubiera vendido su vida y el uso de sus datos móviles a uno de los nuevos demonios del siglo XXI. Pero   cuando llamó para suspenderlo empezó a intuirlo, en las eternas opciones sugeridas por la voz metálica, en los interminables departamentos que la atendieron, en la insistente llamada  diaria del operador. Todos indicadores inequívocos de lo difícil que sería escapar de ese infierno tecnológico donde nadie parecía escuchar lo que decías.
Pensó en Orwell y el gran hermano. Pensó en el mundo feliz de Huxley, llegó hasta pensar en la tercera ola de Toffler. La sociedad de la información de Castells también ocupó su mente y en como no habían reflejado en ninguna de sus obras el infierno de los tele operadores.  Mientras, estas ideas surcaban por su mente,  el operador telefónico casi diabólico, le hablaba de las ventajas de conservar la línea, de lo que implicaba darse de alta, de las sanciones monetarias que tenía que cubrir  y, para suavizar las amenazas, la lisonjeaba  con aumento de minutos en Internet y llamadas ilimitadas.
Terminó accediendo a todo, terminó vencida, derrotada. Nunca podría cerrar este capítulo. Una trasnacional de teléfonos la había vencido. Una trasnacional telefónica era responsable de que un intrascendente capítulo del libro de su vida quedará inacabado, inconcluso. Lo que se inició con una mera llamada para suspender un servicio se había  convertido en una cruzada de la compañía para retenerla.
Vencida colgó la llamada, derrotada suspendió el nuevo contrato con el nuevo proveedor y siguió atrapada para siempre incapaz de proseguir la lucha. Una lucha que le había robado horas a su vida, una lucha seleccionando infinitas opciones, una lucha de llamadas diarias. Una lucha en la que se había dado de alta.



martes, 12 de junio de 2018

Vida negada

"Guernica 2015" Javcho Savov 


629 personas, como tú y como yo, han sido abandonadas a su suerte. Les ha sido negada la posibilidad de refugiarse, la posibilidad de vivir, de ser, de existir.
629 personas que desesperados salieron de su hogar, su tierra, su país, dejando atrás toda su vida, para adentrarse precariamente en el mar a la espera de encontrar una tierra de esperanza.
629 personas que me han recordado hoy la maldad que subyace en el mundo y han aflorando mi vergüenza por pertenecer a esta especie terrible que se denomina ser humano. Una especie voraz, depredadora y cruel que devora todo, que arrasa con todo.
Estas 629 personas me han hecho escuchar los gritos, vivir los miedos y sentir la incertidumbre que han vivido todos los refugiados del mundo. Todos los refugiados de la historia.
Llantos quedos y fuertes, tristezas infinitas, miedos físicos y paralizantes, impotencia lacerante, sueños rotos, ilusiones desvanecidas, esperanzas arrancadas de raíz... Han llegado hoy a mi como ecos de la historia miserable de la condición humana.
Como sonidos ignominiosos que recuerdan insistentes lo que hacemos, lo que hemos hecho y sé con certeza absoluta que seguiremos haciendo.
"El hombre es lobo del hombre" leía asombrada en el libro Hobbes, y dentro de mi ingenuidad adolescente, de vida sin sobresaltos me parecía un exabrupto, una exageración. Mis simpatías siempre tendieron más a Rosseau y a su "el hombre es bueno por naturaleza". Lejos estaba de imaginar en esos años universitarios que la vida y el comportamiento humano me llevarían a darle la razón a Hobbes.
"El hombre es lobo del hombre" es lo único que puede explicar el comportamiento destructivo y aniquilador frente a nuestros semejantes y nuestra total incapacidad de ponernos en el lugar del otro, de sentir lo que siente el otro, de solidarizarnos con el dolor ajeno, de sentir que podemos ser el otro.
629 personas en busca de un puerto que les permita desembarcar, simplemente, a la vida. En la posibilidad de una vida digna. 629 personas que lo único que quieren es la oportunidad de seguir viviendo.
629 expulsados, como cientos, como millones que a lo largo de la historia han sido obligados a dejar todo, por las condiciones de sus países, que salieron sólo esperando poder vivir y se encontraron con que se les negaba hasta la posibilidad de respirar.
Barcos de judíos en busca de puertos, miles de cubanos en balsas, refugiados españoles cruzando la frontera sólo para ser depositados en campos de refugiados, en campos similares a los hoy habitan los sirios o cualquier otro pueblo que ha tenido que abandonar su tierra. Millones de personas convertidos en parias, en escoria, en indeseados sólo porque las condiciones de sus países los han obligado a partir.
Millones de personas que no encuentran amparo en este planeta llamado tierra,  que es el único hogar de todos. Un pequeño e insignificante planeta habitado por esta especie, que no tiene límites, ni leyes para destruirlo, pero si tiene controles para impedir el paso y cerrar fronteras a nuestros hermanos, a nuestros congéneres. Este pequeño e insignificante planeta de todos, donde gobiernos electos para que nos representen o gobiernos impuestos que nos representan a la fuerza, nos expulsan, nos cierran fronteras, nos encierran en campos de refugiados, nos matan...  
Hoy si aguzamos el oído, si prestamos atención a ese murmullo que se siente. Nos daremos cuenta que es la humanidad reclamándonos, que son los expulsados que han sido humillados, maltratados durante siempre que nos exigen actuar, hacer algo, que por lo menos denunciemos o nos condolamos frente a su destino. Nos dicen que no son solo cifras, que son personas como tú, como yo, que tenían una vida que les fue destruida, que tenían sueños, ilusiones, amores, amigos, familia que les fueron arrancadas, que tenían nombres, identidad, gustos y sonrisas, que eran como tú y como yo…
Las campanas siempre doblan por nosotros, seguirán sonando siempre por todos porque nadie es una isla. Nadie está a salvo y  nadie se exime de  responsabilidad.




lunes, 11 de junio de 2018

La vida convertida en Calabaza

soledad del fotógrafo checo Martin Stranka 

Me desperté sentada en una calabaza, fumando, una copa de vino en la mano y lágrimas en los ojos.
Mire alrededor y no había nadie, no había nada.
Me vi desde lejos sentada en un vacío oscuro, sentada en esa inmensa calabaza, con el cuerpo abatido, con las piernas colgadas, con la copa en la mano, con el humo del cigarro y la cara brillante por las lágrimas.
El vacío oscuro se fue  tornando  naranja como el crepúsculo, mientras sentada en la calabaza ascendía lentamente para quedar suspendida en el medio de la nada.
Era casi un cuadro de Dalí, un hermoso cuadro de desconstrucción surrealista.
Viendo desde lejos la imagen de mi misma un nombre vino a mi mente "levitación de sueños rotos".
Hermosa y triste imagen, contenida en una cenicienta del siglo XXI. Una cenicienta destrozada sentada sobre la realidad y consciente de que los cuentos con final feliz no existen, que sólo han sido invenciones del hombre para hacer más llevadera la vida. Una vida triste y gris. Una vida donde, temprano o tarde, de cualquier experiencia o cualquier realidad o cualquier circunstancia terminas inevitablemente con la carroza convertida en calabaza.
La vida como una sucesión de fracasos, de sueños rotos, de expectativas truncadas. La vida como una sucesión de logros, de sueños dulces, de expectativas realizadas. La vida siempre oscilante entre uno de estos  extremos. Siempre pendulando, siempre con la certeza de que lo único que realmente existe es una calabaza y que todo lo demás solo es un cuento con principio y fin. La certidumbre de que todo lo iniciado a lo único que te conduce es a su propio final.

Me desperté sentada en una calabaza, fumando, una copa de vino en la mano y lágrimas en los ojos. Me desperté a la realidad, llorando por la muerte de la vida de cuentos, de ilusiones, llorando por la vida real, llorando por mí, suspendida y etérea, desdibujada y ajada. Llorando por esa Cenicienta, consciente de la realidad. que despertaba de ese cuento creado para hacer más llevadera su vida, llorando por esa Cenicienta  suspendida que levitaba entre la realidad y el vacío.


martes, 5 de junio de 2018

Hilo Perdido


Releyó la frase del poema una y otra vez, se detuvo en cada palabra, la grandiosidad del significado encerrado en palabras simples arrancó un silencioso sollozo en su pecho. Lo leyó de nuevo, lo deleito con el pensamiento y lo sintió con dolor, con ese dolor de experiencia vivida y compartida. Dolor del presente que vive y comparte. Y. “…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”*, se adueñó de su día y como un eco constante se convirtió en el sonido de su respiración.
“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…” camino con ella por la calle, contemplo el cielo, se sentó a su mesa y se acostó en su cama.
“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…” Trasmutado en espejo que la reflejaba, imagen de extravío, imagen triste  de desarraigo, imagen difusa y confusa de su  destierro.

“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”.

Trato de arrancar las palabras de su mente, de silenciarlas con conversaciones intrascendentes, con música estrepitosa, con pensamientos agradables, pero todos los intentos fueron vanos.
“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”. Repetido cada segundo, minuto, hora, cada instante de ese día como un murmullo. Como un recuerdo de su presente. Como un golpe constante y doloroso de su existencia.
Agotada, marchita, sin fuerzas ya para continuar, decidió como último reducto de salvación analizar con la razón lo que ocurría.
Se dio cuenta que hay frases que te hieren tanto, que se clavan como puñales en tu alma. Frases que en pocas palabras destruyen la coraza que te has construido para sobrevivir. Frases poderosas trocadas en tu vida. Frases que hablan de ti y de todo lo que sientes.
Se dio cuenta que en esas frases que encierran tu vida puede estar tu perdición, pero también tu salvación. Pues en ellas están la comprensión de lo que vives y que no has podido definir con palabras. Te develan tu situación, tu existencia y ese primer paso puede guiarte hacia la salida.
Se dio cuenta, ya en un plano más personal, que, efectivamente, si su hilo conductor se había perdido, trataría de encontrarlo, que si se había roto trataría de unirlo, que si se había extraviado  para siempre  podría buscar otro hilo y empezar, desde este ahora, la construcción de un nuevo discurso.
Se dio cuenta que muchas veces lo que impide encontrar el hilo es el peso que cargamos, que nos impide movernos en todas las direcciones, que nos resta agilidad y soltura, que se convierte en un peso muerto que te impide caminar.
Y después de este monologo silencioso, lo que no pudo acallar ni con conversaciones intrascendentes, ni con música estrepitosa, ni con pensamientos agradables empezó   a perder fuerza.
“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”. Se fue alejando, se fue atenuando hasta que el murmullo casi desapareció.

“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”,“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”,“…perdí el hilo del56“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”,,“…perdí el hilo del56“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”. …


Había tantas mercerías con hilos de hermosos colores que no dudo que encontraría uno que le gustaría,  un hilo hermoso con suficiente resistencia que una vez encontrado lo amarraría a su dedo con tal fuerza que no volvería a soltarse.
La frase dejó de sonar cada segundo, cada minuto, cada hora. Dejo de acompañarla en la calle, dejo de sentarse a la mesa, dejo de dormir en su lecho. La abandonó definitivamente cuando la noche siguiente  contempló el cielo.
Habían sido 24 horas de extravío, solo 24 horas que le habían enseñado que el hilo es recuperable o sustituible y que leer poesía antes de dormir o al levantarte no es conveniente porque puedes encontrarte con una frase devastadora, bella y sencillamente expresada, que puede acabar con tu frágil equilibrio.
Tomó el libro de Rafael Cadenas, lo cerró con fuerza, en un intento por mostrarle su molestia y lo guardo en una gaveta. Ya vendrían tiempos mejores para leerlo, por ahora solo leería poemas de amor y vitalidad y  tomó  el libro de Walt Whitman y lo colocó al lado de su cama.

*Nota: frase del poema “Derrota” de Rafael Cadenas

domingo, 3 de junio de 2018

¿De dónde viene la culpa?

Grete Stern sueños 

Centrarse, centrarse en ella, centrarse en su vida, centrarse y colocarse unas gríngolas que le impidieran mirar a su alrededor. Ella sola como un astro en el que gravitaban los demás ¿Actitud egoísta? Quizás, pero por primera vez en su vida sentía la necesidad de sólo pensar en ella.
Desde siempre las necesidades de los otros habían enrumbado su vida, sus decisiones y hasta sus deseos. Pensar en los demás, ponerse en el lugar del otro, entender y comprender a los demás, dejar el ego de lado y concentrase en el alter, toda una vida dedicada a los otros.
Solo pensar en esto le generaba culpa, esa sensación invasiva que sentía desde pequeña cuando intentaba hacer algo para sí misma, pero estaba decidida, ¿acaso no estaba rodeada de personas que solo pensaban en ellas?
Miro el pasado lejano y el pasado reciente y lo único que encontró fue egoísmo. Un egoísmo disfrazado de buenas intenciones pero donde ella con sus necesidades y deseos no existía. Nunca existió.
Otra ola de culpa la invadió. ¿De dónde le vendría la culpa?, ¿de dónde salía? siempre intensa arrasando con sus propósitos de centrarse en ella misma.
Pensó que la educación religiosa tal vez influyó de manera definitiva, que aportó los ladrillos para las bases de su culpabilidad.
Recordó el mea culpa y los golpes de pecho en la pequeña capilla del colegio. Se vio dentro del grupo de niñas con el puño cerrado golpeando su corazón, con una sincronización perfecta y diciendo a viva voz “por mi culpa, por mi gran culpa" mientras contemplaba con tristeza profunda ese Cristo crucificado lleno de sangre, clavos y espinas, de cuya muerte era responsable.
De esos días la culpa fue lo que quedó, la fe la había abandonado para siempre en esas mismas paredes y ahí se quedó, nunca más logró recuperarla.
Para justificar esa incapacidad de pensar en ella se escondió en una palabra positiva y altamente valorada, se escondió en la empatía. La empatía era una de las características que más resaltaba en ella, aún la gente que le hacía o le hizo daño se vio beneficiada por su empatía. Aún los peores, los que la hicieron realmente sufrir, fueron vistos con el lente de la compresión y de la justificación. Gente que sólo era mala, que le habían hecho daño intencionalmente y a la que ella miró no solo con comprensión, sino con compasión.
Centrarse, centrarse en ella, centrarse en su vida, centrarse y colocarse unas gríngolas que le impidieran mirar a su alrededor. Unas gríngolas de indiferencia hacia todo y todos. Pero las olas de culpa seguían llegando, mojando sus  pies o revolcándola completamente, dependiendo de la fuerza que traía.
En una de esas revolcadas fuertes lo vio, por primera vez lo vio.
Vio como el centrarse en los demás era una excusa para no vivir su vida, una excusa acorazada por la culpa o la empatía, una excusa que la liberaba de la responsabilidad de su propia existencia.
Vio que se había aferrado y se aferraba a las necesidades y deseos de los otros con el único objeto de no detenerse en los suyos, de no tomar decisiones y opciones que habrían significado quizás otra vida.
Y vio algo peor, aún peor que todo, lo había hecho para sentirse y ser considerada buena persona. Buena siempre, buena niña, buena amiga, buena esposa, buena madre, buena compañera, buena en todo y buena para todos.
Su deseo de ser buena, de ser considerada buena, había convertido su vida en una vida de expiación, pero  qué expiaba, si la culpa no le había permitido hacer nada malo. Recordó el día en que en clase de religión una de las monjas pronuncio una de las sentencias   más absurdas, una sentencia que, hoy se daba cuenta, seguía en su vida: “se peca de pensamiento, de palabra, de obra y de omisión”, fue con esas palabras cuando  se dio cuenta que pecaba todos los días, a cualquier hora, despierta o dormida, continuamente pecando.
Esa sentencia que la condenaba a una vida de pecado y que le pareció tan injusta  la hizo renegar, pocos años después y para siempre de la religión. Pero ahora veía que había permanecido como una cicatriz dentro de ella, ahondando en porqué de su permanencia llegó a su mente otra sentencia  que su mamá le repetía a lo largo de su infancia, por no entender que solo era diferente: “eres una niña mala".
Ambas cosas unidas y dichas  a una niña pequeña y sensible. A una niña sin fe pero con culpa, A una niña renegada que había absorbido la omnipresencia del pecado, la etiqueta asignada y la culpa como expiación de sus pecados y su maldad.
"Centrarse, centrarse en ella, centrarse en su vida, centrarse y colocarse unas gríngolas que le impidieran mirar a su alrededor..." ¿era esto lo qué tenía que hacer? No, lo que tenía era que dejar para siempre  las taras emocionales que la habían embebido a través de la religión y de las etiquetas. Lo que tenía que dejar era la culpa y la vida de constante  expiación que le generaba. Lo que tenía era que abandonar para siempre la idea de lo que creía ser, superar los sentimientos de culpa irracionales. Ser menos severa consigo misma y simplemente vivir libremente sin el peso de las sentencias del pasado que habían marcado su vida, vivir  por y para ella, vivir por y para los demás desde la redención del perdón y no desde la cultura de la culpa.