miércoles, 20 de diciembre de 2017

Caminos de esperanza


foto del diario el país. venezolanos cruzando la frontera 
Decidido sin futuro, sin dinero, ni pasaporte no podía pasar la frontera legalmente, su única opción  era pasarla  caminando. Los caminos verdes siempre se habían utilizado para el contrabando con Colombia. En  san Cristóbal  todos los conocían. No se iba solo, un grupo de muchachos del barrio, amigos de siempre lo acompañarían, querían probar suerte en el país vecino.
Se fueron a media noche, caminaron por  calles desiertas, entre casas cerradas, en silencio, mirando siempre hacia atrás como si algo los persiguiera.
Llegaron a la frontera en la madrugada, escondidos entre la maleza en cuclillas avistaron el puesto de vigilancia, no había luz, no había guardias. Esperaron un momento observaron nuevamente no se veía nada.
Se levantaron lentamente, se sentían exhaustos, hambrientos y empezaron a caminar en silencio, escondiéndose entre los matorrales. Escucharon unas voces lejanas se tiraron al piso, sobresaltados, asustados, sus cuerpos temblando, sus ojos cerrados con fuerza, sus labios apretados. Permanecieron en el piso un largo rato, si moverse, paralizados de miedo, las voces se fueron alejando hasta desvanecerse por completo.
Iniciaron nuevamente la marcha con la luz del sol brillando sobre sus cabezas, sucios de tierra, hambrientos, sedientos, exhaustos.
Sus caras infantiles se emocionaron al distinguir más adelante una  calle asfaltada, caminaron al borde de ella, no se atrevían a hablar, oyeron el ruido de un motor, de un carro que se aproximaba, al pasarlos todos sus ojos se dirigieron a la placa y una luz de esperanza ilumino sus ojos al comprobar que era colombiana.
Caminaron un poco más hasta llegar a un centro poblado. La gente los miraba al pasar, su aspecto lamentable llamaba la atención. Se pararon frente a un puesto callejero de arepas, contemplando la comida con un hambre de siempre. La vendedora los miró y con una leve sonrisa les pregunto si eran venezolanos, ellos asintieron. La mujer conmovida le dio un refresco y una arepa a cada uno, la comieron con avidez, sin saborearla, atragantándose. Le dieron las gracias con lágrimas en los ojos y siguieron caminando.
Encontraron un pequeño parque, con árboles y bancos. Seguían sin hablar. El miedo les había robado la voz.  Se acostaron a la sombra, contemplando el cielo y las ramas que se mecían con un suave viento. Un suave viento que traía aires de futuro y con el sabor del porvenir en la boca se quedaron dormidos.


lunes, 18 de diciembre de 2017

Triste navidad



foto del venezolano news

Recordó las navidades de antes, cuando el barrio se llenaba de alegría con la llegada de diciembre, cuando de cada casa salía música de gaita, olor a hallacas y a cerveza polar, cuando los niños alborozados se mostraban en las calles el regalo que había traído el niño Jesús, cuando no faltaba un pan de jamón, un dulcito de lechosa y un trozo de pernil  en casi ninguna mesa…
Siempre había sido pobre, siempre había vivido en el barrio, siempre había vivido en un rancho siempre había trabajado como señora de servicio y nunca había tenido tan poco o tan nada como tenía hoy.
Era 24 de diciembre y del aguinaldo que le habían pagado no le quedaba nada, se lo había gastado en dos kilos de harina, dos kilos de arroz y un cartón de huevos. Sonrió con tristeza, con total desesperanza.
Un sabor de hallacas le llego a su boca y recordó cuando toda la familia se reunía para prepararlas, la alegría de todos, la emoción de todos al compartir ese momento de auténtica tradición. Todos participaban hasta los niños con sus pequeñas manitos colocaban las pasas, las alcaparras.
Hoy en los platos solo habría un poco de arroz blanco, una arepa y un revoltillo de huevo. Un plato blanco y deslucido. Un plato triste y sin color. Un plato como el de todos los días, bueno, como todos los dias no, como los dias que tenían  suerte de conseguir comida.
Se asomó a la calle en las puertas de los ranchos, donde antes había hombres y mujeres sentados al lado de una gavera de cerveza, hablando y riendo, ahora  había personas taciturnas, casi dolientes, la navidad se había convertido en un funeral donde se estaban enterrado todas las pocas alegrías que antes disfrutaban. 
Una vecina se acercó, una vecina flaca, macilenta y le dijo que iban a repartir la bolsa del clap, pero ella ya no tenía dinero para comprarla. Ella estaba limpia, sin un centavo en la cartera.
Cómo les explicaría a los niños pequeños que este año el niño Jesús no traería nada, que el niño Jesús también los había abandonado. Los niños cada vez más menguados por el hambre,  los niños cada vez más tristes por el hambre, los niños cada vez con menos futuro y sin ninguna navidad.
Entro a la casa, el televisor prendido sin nadie frente a él, había una de las cadenas diarias, ya ni televisión podían ver, ya ni radio podían oír. Siempre, a cualquier hora,  interrumpía la programación para  hablar de lo mismo de revolución, de imperio, de guerra económica… ya no había espectadores, hablaba para fantasmas. Al acercarse para apagarlo solo oyó  ‟ feliz navidad al pueblo revolú…“
¿Feliz navidad? Y sintió  que se estaban burlando de ella.  ¿Feliz navidad? Repetía una y otra vez. Se acercó a la cocina  a preparar arroz blanco,  arepas y  revoltillo de huevo. Un plato blanco para esta navidad triste y sin color. un suspiro de añoranza salio de su boca mientras pensaba !Que navidades aquellas!   

sábado, 16 de diciembre de 2017

27 dias esperando la muerte

foto de talcual 

Se mueve inquieto, por momentos se retuerce de dolor, apenas gritos quedos salen de su boca. Cada día más débil, cada día más flaco, cada día  peor.
Su hijo lleva 27 días en el hospital, lo atropello un carro que se dio a la fuga, que lo dejo tirado en medio de la calle con su pierna partida y su vida deshecha.
27 días en un hospital  donde no hay nada, ni camas, ni medicina, ni comida. 27 días consumiendo su vida.
Los médicos no pueden hacer nada,  solo le entregan récipes con medicinas para un tratamiento salvador que solo es imaginario.
Los médicos le dicen que si encuentra el tratamiento recomendado hay esperanzas. Que si encuentra el tratamiento recomendado no le cortaran la pierna. Que si encuentra el tratamiento recomendado podrán salvarle la vida.
Ella se lanza  descorazonada en una búsqueda infructuosa, hace  colas en cada farmacia  para preguntar por medicinas que sabe de antemano que no están, pregunta a los conocidos y también  a los desconocidos que deambulan como ella por cada farmacia.
Mientras busca arrastra sus pies cansados, sus piernas varicosas, su cuerpo flaco y exangüe.
Cada día llega a visitarlo en el inútil y desvencijado hospital con las manos vacías. Al entrar siente el fuerte olor a muerte que emana de su hijo.   Él apenas abre los ojos para mirarla, ha dejado de pensar, solo siente el dolor intenso en la pierna inmóvil y putrefacta.  Se acerca a él con una sonrisa triste y para ocultarle sus lágrimas observa con sus ojos nublados a los otros enfermos que comparten ese espacio indefinido en el que se encuentran.
Desde que llegaron, hace 27 días, no hay habitaciones. El hospital esta abarrotado de todas las edades posibles, de todas las enfermedades posibles, de todas  las miserias posibles. Los que se han ido no han sido dados de alta, simplemente han muerto. Los médicos además de entregar récipes con tratamientos imaginados y probablemente acertados, entregan actas de defunción. Los hospitales se han convertido en preámbulos de la muerte y los médicos en Carontes destinados a hacer el trámite legal entre la vida y la muerte.
Al día siguiente consigue que una señora para la que trabajó le envié las medicinas desde el exterior, llega emocionada arrastrando sus pies cansados, sus piernas varicosas, su cuerpo flaco y exangüe. Al llegar a la sala indeterminada no siente el olor familiar y la cama de su hijo esta ocupada por un niño que llora y grita. Busca alguna enfermera,  algún doctor a cualquiera que le diga que paso, pero en la sala solo hay enfermos, viejos, adultos, jóvenes, niños, quejándose, gritando, llorando en silencio o a viva voz, enfermos adoloridos, tristes, macilentos, enfermos de muerte. 
Sale al pasillo, ve una enfermera de ropa percudida y ajada,  se acerca a ella, no puede lograr que la pregunta salga de su boca, la enfermera la mira y lo único que hace es asentir.



viernes, 15 de diciembre de 2017

Desesperación

Se levantó de la cama destartalada, arrastro los pies hasta el fogón que hacía las veces de cocina, miró a su alrededor y no encontró nada que llevarse a la boca, ayer habían consumido la poca harina que les quedaba. Pensó que llevaban meses acostándose con hambre y despertándose con hambre, comiendo lo poco que se conseguía a precios impagables.
Era una mujer joven pero representaba el doble de su edad, su piel colgaba un poco por el cuerpo, como si se hubiera vestido con una piel dos tallas mayor. Se entreveían casi todos los huesos, su rostro era casi una máscara mortuoria, enmarcada por un pelo quebradizo y opaco, sus ojos habían perdido totalmente el brillo y la sonrisa había huido de su rostro.
Por su rostro bajaron dos lagrimones, densos, pesados, como gotas de lluvia. Cada mañana al despertarse y contemplar a su hijo todavía dormido ocurría lo mismo, lo imaginaba  soñando con la comida que al despertar nunca se llevaría a la boca.  Lo miro con ojos preocupados cada día se consumía un poco más.
Salió a la calle, con su paso cansado, su bata ancha, su piel caída  y su rostro triste, camino hasta la esquina y empezó a  hurgar en la basura, no encontraba nada, la gente  no botaba nada. Nada, nada, nada, repetía mientras sus manos pringosas se perdían en la basura. Cada vez  más desesperada buscaba con impotencia pero no encontró nada.  Regreso a su casa, con su paso cansado, su bata ancha, su piel caída, su rostro triste y sus manos sucias,  el niño seguía dormido, se sentó en la cama a contemplarlo. Los lagrimones salían a borbotones, para impedir que sus sollozos despertaran al niño los ahogaba apretando las manos embadurnadas  en su boca con fuerza.
Hambre y desesperación era lo único que sentía, hambre y desesperación era lo único que tenía. En hambre y desesperación se habían convertido sus días.
De pronto dejo de llorar, con los ojos cuajados de lágrimas  miro al niño,  observaba su piel reseca y ceniza, su pelo marchito, su aspecto de saquito de huesos, pensando  que solo  futuro de hambre y desesperación le esperaba. Decidida se levantó, con determinación tomo su almohada  y lentamente se acercó a su hijo.

   

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Hoy desde la distancia pero no de la lejanía...



Hoy hace 10 dias que partí de Florencia, hoy hace 10 dias que el corazón no me habita, él decidió  quedarse en una casita de la toscana para acompañar a un hombre confundido y a una perrita hambrienta. Hoy desde la distancia pero no de la lejanía recuerdo con tristeza  lo perdido y con inmensa alegría lo vivido.
Mi estadía en esa tierra hermosa se resume en una palabra amor. Amor por sus colores, sus paisajes, sus esculturas, sus calles, su historia, sus museos, sus pueblos, su gente. En la toscana se combina la belleza natural con las más maravillosas creaciones del hombre. Es el lugar ideal para pasar la vida o al menos un poquito de ella.
Mi estancia fue contradictoria, combinó  la magia del amor con el miedo, combinó  tranquilidad y equilibrio con  agitación y desvarío, combinó la alegría con la tristeza, combinó la cotidianidad con la extravagancia. Combinó todas las emociones posibles. Lo imaginable y lo inimaginable se conjugaron diariamente. A lo esperado siempre se sobrepuso lo inesperado.
Todo lo vivido me ha brindado  experiencias extraordinarias, únicas y espero que irrepetibles.
Hoy desde la distancia pero no de la lejanía recuerdo un amor lindo, casi sublime, lleno de pasión, de pequeños y hermosos momentos compartidos, pero también recuerdo el miedo frente al desvarío que nos acompañaba siempre, frente al  delirio desquiciado de la obsesión, frente a la persecución a la que fue sometido cada día.
Hoy desde la distancia pero no de la lejanía recuerdo lo poco que luchamos, lo rápido que nos entregamos, lo pronto que sucumbimos a un exterior disparatado, absurdo, enajenado. Un exterior que se adueñó de nosotros  y nos hizo renunciar a la oportunidad, a la posibilidad de vivir un amor maduro y feliz. Después de los hechos acontecidos pienso que no nos merecíamos ese amor que tan rápidamente entregamos, pienso que si nos hubiéramos querido lo suficiente habríamos luchado hasta vivirlo.
Ese amor que se inició como una promesa de felicidad se hundió con el pasar del tiempo en  un lago de incertidumbre, de confusión, de miedo. Las brazadas de ahogado que con desesperación dábamos para tratar de salvarlo lo sumergían cada vez más. Al final exhausto descendió en las oscuras aguas de la fatalidad.
A medida que escribo y reflexiono sobre lo vivido me doy cuenta que ese amor lindo, casi sublime, lleno de pasión, de pequeños y hermosos momentos compartidos empieza a desdibujarse, a perder brillo, a convertirse en un amor casi cobarde, que prefirió abandonar y entregarse a la fatalidad que la vida ofrecía. Como dice Silvio Rodríguez ‟los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias se quedan allí, ni el deseo los puede salvar…“  Nosotros lo convertimos en un amor fallido, en un amor malogrado.
¿Por qué? ¿Qué nos pasó? Hay respuestas simples y responsable directo, pero la realidad es la falta de madurez  emocional, la historia personal y  las carencias afectivas de todos los que nos involucramos en esa relación patológica, enfermiza, dependiente y nociva. Todos, sin excepción, esperábamos que él otro nos salvará, nos solucionará la vida, nos apoyará incondicionalmente para seguir adelante. Todos depositamos la solución de la situación en el otro, sin darnos cuenta que los únicos que podemos cambiar nuestra vida somos nosotros mismos.
El amor que sentimos pasará, no hay sentimiento que no sucumba al paso del tiempo, el aprendizaje incidirá en cualquier relación futura. Retomaré mi vida sin los otros, pero con la Toscana y su belleza  siempre en mi corazón.
Siento que mi corazón vuelve a habitarme después de estas breves líneas. El hombre confundido puede proseguir su vida o retornar a su vida  pasada. Solo un pedacito de mi corazón  permanecerá junto a un lomo blanco y suave, ese lomo blanco y suave que siempre me brindo amor incondicional.


viernes, 1 de diciembre de 2017

Días de miedo

Woman in Three... Edvard Munch

Ahora recuerdo esos días como si hubieran sido una pesadilla.

Entre la neblina de ese recuerdo me veo sentada en el blanco sofá, con la perra a mis pies. La perrita mimetizada en el sofá, solo distingo su nariz y sus ojos dormidos. Leves signos que delatan su presencia. Su respiración tranquila es diferente a la mía angustiada, casi febril. Observo la puerta esperando algo, un sonido, una voz, un silbido, algo que me confirme que está al acecho, como lo ha estado desde que llegué. 

Vivir siempre con la certeza de que te observan. Vivir siempre con la certeza de que en el momento menos esperado aparecerá o simplemente la sentirás. Vivir siempre a la espera de un encuentro nunca casual, siempre premeditado, siempre destinado a acabar con tu tranquilidad. 

De repente oigo la puerta de la calle que se abre, los pasos por la escalera, la sombra bajo la puerta y esa voz casi familiar que llama a la perrita por su nombre y silva. La perrita corre a la puerta, mueve la cola, se agita, se emociona, me mira para que abra, sin imaginar siquiera que yo soy la intrusa en ese mundo de tres que hasta hace poco existía y que ya no existe más. La llamo, trato de tranquilizarla, ella me mira sin entender que al otro lado de la puerta está la única persona que me percibe como enemiga, la única persona que quiere que me vaya, que no me quiere aquí. La única persona que siente que he invadido sus espacios, desde el afecto de su perro, hasta el lecho de su amante. 

Nunca imaginé que mi estancia de amor en la Toscana estuviera llena de miedo, de inseguridad, de desconfianza. Que este amor que se anunciaba como una oportunidad de ser feliz se convirtiera en esta pesadilla de la que quiero despertar y salir corriendo. 

¿Qué me ataba a esa tierra? ¿Qué me impedía irme?

Talvez fue la seguridad de que si esto terminaba podía realmente ser feliz otra vez. La seguridad de estar enamorada de la persona correcta, la persona casi perfecta para mí que me cautivó de manera tal que todo lo demás pasó a un segundo plano. 

¿No es acaso el amor un canto de sirena que te seduce hasta perder todo signo de racionalidad?

En ese momento sentada frente a esa puerta con el miedo invadiendo todos los rincones de mi cuerpo y esperando a que se fuera, que me dejara vivir tranquila, que me dejará intentar ser feliz. Pensé -ningún hombre que te someta a esto merece tu amor. Vete cuanto antes y ni siquiera mires atrás-.

Hoy recordando cómo se desarrollaron los acontecimientos posteriores, identificó en esa noche el primer momento de duda de mi estancia en la toscana, fue esa noche sentada en el sofá, con la perrita a mi lado cuando tome la decisión de abandonar todo. Sigo pensando desde la distancia que realmente tenía la oportunidad de ser feliz, pero pienso la mayor felicidad es estar tranquila. La mayor felicidad es vivir sin pensar que alguien te vigila, que alguien espía tu vida.