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| las dos Fridas Frida kahlo |
¡Tengo un corazón tan grande que hay espacio para todas!
Ella lo escuchó en silencio, sus cejas se levantaron levemente en un
gesto imperceptible de extrañeza, le parecía sorprendente que una persona tan
inteligente como él, pudiera lanzar tal
afirmación, que una persona que ella valoraba por su racionalidad fuera capaz
de proferir tamaña estupidez.
Una sonrisa cínica e invisible
para él afloro en sus labios y una pregunta cruzó por su mente, una pregunta
que nunca verbalizó y que se convirtió sólo en un eco interno: ¿cómo puedo
querer a este hombre? ¿Cómo puedo ni siquiera pensar que él me quiere?
Él, al otro lado del teléfono, seguía hablando, justificando su
comportamiento, tratando de argumentar la absurda situación en la que se
encontraban. Ella lo escuchaba, solo lo escuchaba y un gesto de tristeza se fue
dibujando en su rostro.
Terminó la conversación telefónica y buscó “La balada del café triste”
de Carson McCullers, pasó las páginas hasta que encontró el párrafo que buscaba
y lo leyó en silencio:
"Ante todo, el amor es una
experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la
experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el
amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona
amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando
desde hace tiempo en el corazón del amante. Y de un modo u otro todo amante lo
sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. Conoce una nueva y
extraña soledad, y este conocimiento le hace sufrir. Así que el amante apenas
puede hacer una cosa: cobijar su amor en su corazón lo mejor posible; debe
crearse un mundo interior completamente nuevo, un mundo intenso y extraño..."
Durante todo el día pensó en la absurda afirmación y en el párrafo leído. Él no tiene un corazón grande. El corazón grande
y generoso lo han poseído todas las mujeres que ha tenido en su vida. Él siempre ha sido el amado, él ha sido incapaz
de amar, el sólo se ha conformado con recibir.
Se ha engañado pensando en su gran corazón, pero su corazón no es
grande solo ha sido un corazón incapaz de
rechazar el amor que se le ofrecía, un corazón rebosante de todo ese amor que tomaba.
Un corazón atiborrado de amor ajeno, pero
su corazón no es grande es elástico. Tan elástico que se hincha en su pecho tan inmensamente que le da la sensación
de grandeza.
¿Cuántos momentos infelices había
producido su gran corazón? ¿Cuántas vidas había afectado y aun afectaba? Preguntas,
y estaba segura, que nunca se hizo y nunca se haría, porque además de grande y elástico
su corazón era sordo y ciego.
Sordo porque nunca escucho el llanto que dejaba a su paso y ciego
porque nunca vio los sentimientos, ni la tristeza de sus amantes.
Él que se entregaba sin freno al amor que se le ofrecía. Él que engullía
con una gula insaciable el amor se le prodigaba,
no se daba cuenta que convertía el acto de amar y a la amante de turno en
simple sustancia amorosa apta para su consumo, como tampoco se daba cuenta que
esta utilización del amor de otros le asignaba el triste papel de parasito
emocional.
Su condición de receptor de amor lo condenaba per se a nunca ser un
amante, nunca disfrutaría, ni viviría una autentica relación de amor, nunca se entregaría
a la experiencia sublime de amar sin esperar nada a cambio, nunca sentiría esa
dulzura tan intensa, tan parecida al dolor, tan cercana a la alegría y al
sufrimiento que se adueña de ti cuando amas, cuando amas de verdad y todo adquiere
esa cualidad de primera vez y todo se revela ante tus ojos con destellos
divinos desde una noche de estrellas, hasta el resplandor del cielo al
amanecer. Desde el viento, hasta la luz que se filtra a través de los árboles. Todo
convertido en prodigio gracias al velo amoroso que cubre tu mirada y tu vida.
¡Tengo un corazón tan grande que hay espacio para todas! Pensó con tristeza
en esta afirmación categórica que había
escuchado apenas hace unas horas. ¿Un corazón grande? Se preguntó y la respuesta no se hizo esperar: Grande en vacío,
grande en promesas de segura soledad, inmensamente grande y atrofiado.
Y ella ¿se conformaría con ser una habitante más de ese corazón ya
superpoblado? Pensó: al menos estoy clara que en esta experiencia amorosa seré
la amante y acaso ¿no es la amante la qué da valor y calidad al amor? ¿No es quién
escribe la verdadera historia? ¿No es la que espera cualquier relación probable
aunque solo le cause dolor?
Marco el número, segura de querer adentrarse en esta relación que con certeza
le brindaría alegría y sufrimiento. Alegría
y sufrimiento que calentarían su alma y la harían sentirse viva. Mientras sonaba
el teléfono, una idea disparatada, pero reconfortante le vino de pronto: ella cobijaría
su amor por él en su pequeño y solitario corazón y él le daría un pequeño
espacio en su grande y habitado corazón. Ahí como todas las demás podría asegurarse
algún pensamiento eventual de su amado. Escucho
que respondían el teléfono y “un hola cariño” rompió el silencio y acalló sus especulaciones.

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