martes, 3 de abril de 2018

Reflexiones 5 o Rebeldía en colores

colores y formas de gran maestro venezolano Cruz Diez  
Para Ana Ibis y la alegría de una nueva amistad

Contemplaba maravillada su pequeño tesoro de colores. Nunca había visto algo más bonito. Con sus manos de niña ordeno las pinzas una al lado de la otro. Antes de colocarlas,  en un orden siempre variable, las acariciaba con su dedito y las miraba extasiada.
La fascinación  que sentía por su tesoro no lograba acallar su conciencia, sabía que haberlas tomado sin permiso, equivalía a un robo, sabía que había actuado mal. Por eso las ocultaba a los ojos de los demás. Pensaba que debajo de su almohada estaría a salvo su secreto y su culpa.
En esos días ya lejanos todos sus pensamientos giraban en torno a las pinzas de ropa que había hurtado a la vecina. Las horas en la escuela pasaban despacio, esperando el momento de llegar a su casa para admirarlas. Al entrar, sigilosa,  se metía en su cuarto y levantaba la almohada para verificar que seguían ahí. Los colores brillaban ante sus ojos,  iluminaban su sonrisa y una sensación de pequeña felicidad la invadía. Después con un adiós silencioso en los labios y con una caricia suave de sus dedos las volvía a proteger de la mirada de otros y colocaba la almohada sobre ellas. Siempre con cuidado y despacito para disfrutar de la visión colorida un poco más.
Eran los años 60 en la Cuba de Fidel.  En el país de ese devorador de sueños que llevó a la miseria a todo un pueblo. Que convirtió en miserables hasta los sueños.
La pequeña  niña carecía de todo, solo la comida, alguna garantía de salud y una educación ideologizada conformaban su vida. Esas pinzas robadas fueron los únicos colores que entraron a su vida. Esas pinzas de colores fueron su primer gesto de rebeldía, un decir ¡basta! frente a la vida dogmática y gris a la que estaba sometida.
Durante el breve periodo de su secreto fue feliz, pero un día al llegar del colegio, noto algo extraño, una sensación rara, una expresión en el rostro de su mamá que delataba molestia. Corrió al cuarto y levantó la almohada y descubrió que su pequeño mundo de colores no estaba allí, había desaparecido.
Miró a su mamá que la observaba desde la puerta blandiendo las pinzas de ropa en sus manos como una acusación, como una evidencia colorida de su robo.
Un ¿qué es esto? fue suficiente para que sus ojos se llenaran de lágrimas y lo contará todo. Desde el día que descubrió las hermosas pinzas en casa de la vecina, hasta el día que llenándose de un valor desconocido, tomó una de cada color y las escondió en su ropa. De la boca de su mamá salieron las horribles pero esperadas palabras "esto es un robo, tienes que devolverlas y disculparte" lloró desconsolada y pidiéndole con su vocecita infantil que por favor no la hiciera hacerlo, pero su mamá no se conmovió, su ideología y su país exigían la redención de la auto culpa. Tenía que asumir su mala acción y reconocerla públicamente como lo harían y lo hicieron muchos, en ese país donde los errores, las disidencias exigían la aniquilación de la dignidad y el reconocimiento público de cualquier error.
Arrastrando su dignidad y llorando por la pérdida de su efímero tesoro. Devolvió todas las pinzas frente a la mirada de reprobación de la vecina.
Años después salió de ese país que la asfixiada, que le impedía pensar por sí misma, que lo único que le ofrecía  eran humillaciones tras humillaciones y una vida miserable.
Su vida cambió por completo, pero quedó para siempre atrapada en su tesoro de colores. Ahora al comprar pinzas coloridas para tender la ropa, sentía por ellas un afecto especial, las colocaba con  cuidado  y contemplaba  sus movimientos cuando un suave viento las movía en la tendederos. Cualquier sucesión de colores la remontaba al momento de su tesoro oculto y a su nefasto desenlace.
Hoy nos lo contó tomando una taza de café en una terraza cualquiera, nos lo contó como quien cuenta una gran aventura.
Y claro que fue una gran aventura, un gesto de rebeldía soñar y poseer las pinzas de colores. Fue su primera afrenta a un régimen que los obligaba a conformarse con el monótono y triste color de la pinzas de madera. Su primera rebelión frente a Fidel el devorador de sueños.
Este relato contado por la protagonista hizo saltar lágrimas de ternura, pero también preguntas que rondan mi cabeza en espera de alguna respuesta:
¿Cómo un régimen político qué  roba los sueños, qué humilla, qué se basa en la pérdida de dignidad, qué hace que el único tesoro infantil sean unas pinzas de ropa, que te sumerge en la miseria no sólo material, sino humana, puede tener defensores?
¿Cómo existen personas que todavía ven en regímenes, que aniquilan en el ser humano su derecho a ser distinto, particular, una opción para una vida mejor?
¿Cómo se puede defender un régimen que roba la infancia, que somete a los niños a la culpa por sólo soñar y querer poseer un tesoro colorido?


1 comentario:

  1. Gracias Ana por el relato que me has dedicado, me has hecho recordar muchos pasajes de mi tierra natal; esa que en mi primer y ultimo viaje después de 15 años no me identifique con ella, no me sentí parte de ese mundo y eso me dolió y me entristece mucho. Hoy te agradezco que me saltaran muchas lagrimas y corrieran por mi cara apresuradamente hacia tiempo que no sentía algo así por mi infancia. Te vuelvo a dar las gracias y estoy segura que en este país habrá un lugar para ti, paciencia que tienes mucho talento y muchas cualidades como persona. NO PIERDAS LA ESPERANZA, QUE YO NO LA PERDÍ y la vida nos sorprende muchos besos

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