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| colores y formas de gran maestro venezolano Cruz Diez |
Para Ana Ibis y la alegría de una nueva amistad
Contemplaba maravillada su pequeño tesoro de colores. Nunca había
visto algo más bonito. Con sus manos de niña ordeno las pinzas una al lado de
la otro. Antes de colocarlas, en un
orden siempre variable, las acariciaba con su dedito y las miraba extasiada.
La fascinación que sentía por
su tesoro no lograba acallar su conciencia, sabía que haberlas tomado sin
permiso, equivalía a un robo, sabía que había actuado mal. Por eso las ocultaba
a los ojos de los demás. Pensaba que debajo de su almohada estaría a salvo su
secreto y su culpa.
En esos días ya lejanos todos sus pensamientos giraban en torno a las
pinzas de ropa que había hurtado a la vecina. Las horas en la escuela pasaban
despacio, esperando el momento de llegar a su casa para admirarlas. Al entrar,
sigilosa, se metía en su cuarto y
levantaba la almohada para verificar que seguían ahí. Los colores brillaban
ante sus ojos, iluminaban su sonrisa y
una sensación de pequeña felicidad la invadía. Después con un adiós silencioso
en los labios y con una caricia suave de sus dedos las volvía a proteger de la
mirada de otros y colocaba la almohada sobre ellas. Siempre con cuidado y
despacito para disfrutar de la visión colorida un poco más.
Eran los años 60 en la Cuba de Fidel.
En el país de ese devorador de sueños que llevó a la miseria a todo un
pueblo. Que convirtió en miserables hasta los sueños.
La pequeña niña carecía de
todo, solo la comida, alguna garantía de salud y una educación ideologizada
conformaban su vida. Esas pinzas robadas fueron los únicos colores que entraron
a su vida. Esas pinzas de colores fueron su primer gesto de rebeldía, un decir ¡basta!
frente a la vida dogmática y gris a la que estaba sometida.
Durante el breve periodo de su secreto fue feliz, pero un día al
llegar del colegio, noto algo extraño, una sensación rara, una expresión en el
rostro de su mamá que delataba molestia. Corrió al cuarto y levantó la almohada
y descubrió que su pequeño mundo de colores no estaba allí, había desaparecido.
Miró a su mamá que la observaba desde la puerta blandiendo las pinzas
de ropa en sus manos como una acusación, como una evidencia colorida de su
robo.
Un ¿qué es esto? fue suficiente para que sus ojos se llenaran de
lágrimas y lo contará todo. Desde el día que descubrió las hermosas pinzas en
casa de la vecina, hasta el día que llenándose de un valor desconocido, tomó
una de cada color y las escondió en su ropa. De la boca de su mamá salieron las
horribles pero esperadas palabras "esto es un robo, tienes que devolverlas
y disculparte" lloró desconsolada y pidiéndole con su vocecita infantil
que por favor no la hiciera hacerlo, pero su mamá no se conmovió, su ideología
y su país exigían la redención de la auto culpa. Tenía que asumir su mala
acción y reconocerla públicamente como lo harían y lo hicieron muchos, en ese
país donde los errores, las disidencias exigían la aniquilación de la dignidad
y el reconocimiento público de cualquier error.
Arrastrando su dignidad y llorando por la pérdida de su efímero
tesoro. Devolvió todas las pinzas frente a la mirada de reprobación de la
vecina.
Años después salió de ese país que la asfixiada, que le impedía pensar
por sí misma, que lo único que le ofrecía
eran humillaciones tras humillaciones y una vida miserable.
Su vida cambió por completo, pero quedó para siempre atrapada en su
tesoro de colores. Ahora al comprar pinzas coloridas para tender la ropa,
sentía por ellas un afecto especial, las colocaba con cuidado
y contemplaba sus movimientos
cuando un suave viento las movía en la tendederos. Cualquier sucesión de
colores la remontaba al momento de su tesoro oculto y a su nefasto desenlace.
Hoy nos lo contó tomando una taza de café en una terraza cualquiera,
nos lo contó como quien cuenta una gran aventura.
Y claro que fue una gran aventura, un gesto de rebeldía soñar y poseer
las pinzas de colores. Fue su primera afrenta a un régimen que los obligaba a
conformarse con el monótono y triste color de la pinzas de madera. Su primera
rebelión frente a Fidel el devorador de sueños.
Este relato contado por la protagonista hizo saltar lágrimas de
ternura, pero también preguntas que rondan mi cabeza en espera de alguna
respuesta:
¿Cómo un régimen político qué
roba los sueños, qué humilla, qué se basa en la pérdida de dignidad, qué
hace que el único tesoro infantil sean unas pinzas de ropa, que te sumerge en
la miseria no sólo material, sino humana, puede tener defensores?
¿Cómo existen personas que todavía ven en regímenes, que aniquilan en
el ser humano su derecho a ser distinto, particular, una opción para una vida
mejor?
¿Cómo se puede defender un régimen que roba la infancia, que somete a
los niños a la culpa por sólo soñar y querer poseer un tesoro colorido?

Gracias Ana por el relato que me has dedicado, me has hecho recordar muchos pasajes de mi tierra natal; esa que en mi primer y ultimo viaje después de 15 años no me identifique con ella, no me sentí parte de ese mundo y eso me dolió y me entristece mucho. Hoy te agradezco que me saltaran muchas lagrimas y corrieran por mi cara apresuradamente hacia tiempo que no sentía algo así por mi infancia. Te vuelvo a dar las gracias y estoy segura que en este país habrá un lugar para ti, paciencia que tienes mucho talento y muchas cualidades como persona. NO PIERDAS LA ESPERANZA, QUE YO NO LA PERDÍ y la vida nos sorprende muchos besos
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