lunes, 30 de julio de 2018

Encuentro inesperado (parte II) o encuentros buscados

Henri Martin  Couple D'amoereux 

Después de esa primera mirada, de esa frase apenas imperceptible, los días cansados dejaron de existir.
Ahora los días amanecían cargados de vitalidad. Una vitalidad que la impulsaba a una actividad constante, a un estar moviéndose continuamente, era como si un propulsor se hubiera instalado dentro de ella.
Sus encuentros dejaron de ser casuales para convertirse en encuentros buscados. Encuentros risueños, alegres y despreocupados. Encuentros dónde ambos procuraban mostrar lo mejor de sí mismo, su lado más  encantador.
Como en esos documentales de Animal Planet donde se presentan los ritos de apareamiento cualquier observador avezado percibía que estaban en la fase de seducción y conquista. Miradas directas, roces continuos, cercanía invasora. Ambos solícitos y complacientes, ambos entregados y empeñados en una competencia de ganar/ganar.
Lo que el observador habituado no veía era el miedo dentro de ellos, las dudas, el pánico que sentían. Ese miedo atávico por no sufrir, por no sentir dolor, por protegerse de la vida, los hacía dudar de continuar o no, de intentarlo o no. Pero este miedo, estas dudas se mantenían ocultas para el observador por la simple razón de que al encontrase se disipaban, se esfumaban, dejaban de existir.
El miedo y las dudas le llegaban a cada uno por separado, en soledad, entre las sábanas y la almohada, ocultos en un pliegue y al acecho los invadían cada noche y sus rostros llenos de alegría, se convertían en signos de interrogación, en preguntas sin respuesta que llenaban sus mentes y que los abatía hasta dejarlos exhaustos, sumiéndolos en un sueño nada reparador.
Y es que ambos eran un poco obsesivos, un poco inseguros, un poco precavidos frente a la posibilidad que se presentaba. Tal vez por sus experiencias pasadas, tal vez por su escepticismo frente a las emociones, tal vez por un instinto desmesurado de protegerse, tal vez por conocer la fragilidad de los sentimientos y la inevitabilidad de un final, no se atrevían a vivir lo que sentían despreocupadamente. Quizás, no era nada de eso, quizás lo que los frenaba era el temor de estropear la última posibilidad que se les ofrecía en la vida de ser equilibradamente felices, de vivir una vida compartida, de sentir el amor.
Sin embargo, a pesar de los miedos y dudas que sentían o por los incipientes sentimientos que surgían, se decidieron a darse una oportunidad. Una oportunidad cargada de racionalidad y vacía de expectativas, una oportunidad que como un alcohólico en remisión y en redención se planteaba vivir un día a la vez.

domingo, 29 de julio de 2018

Encuentro inesperado parte I

Marc Chagall La Acróbata 
Estaba tan ocupada que no tenía tiempo de escribir. Estaba tan ocupada que no había tenido tiempo de reflexionar, tan pero tan ocupada que los días se sucedían sin darse   cuenta.
Los lunes, martes, miércoles, jueves y viernes transcurrían indiferenciados, caían como hojas de un árbol en el otoño de su vida. Flotaban como hojas suspendidas en el aire, revoloteando sin norte, subiendo y bajando para inevitablemente caer al suelo y desaparecer para siempre en el inexorable paso del tiempo.
Días que amanecían   cansados y se acostaban apenas ocultarse el sol.
Un día, no recuerda el día de la semana, lo vio por primera vez, lo vio con esa mirada cansada que se había instalado en sus ojos. Ese día lo vio sin darse cuenta que por primera un destello de luz, apenas perceptible se vislumbraba en sus pupilas.
Un destello de reconocimiento, de saberse iguales, de sentirse próximos, de intuirse como posibilidad.
Desde ese intercambio de miradas, de esa frase apenas perceptible, una sensación de inicio se posó en su vida. Ni el destello, ni la sensación fueron reconocidos instantáneamente, pero a partir de esa primera vez  algo empezó a cambiar y los días  cansados se fueron desasiendo, poco a poco, del abatimiento. No sabía la razón, no sabía por qué solo sabía que de pronto se aferraba a la vida de nuevo y que no quería desprenderse, ni flotar como hoja suspendida en el aire, revoloteando sin norte, subiendo y bajando, que ya no quería caer al suelo y desaparecer.
El tiempo siguió pasando pero ahora cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día se convirtió en promesa, en posibilidad.


domingo, 15 de julio de 2018

instantes de felicidad


Sorolla niños en la playa
Ayer releí un bello post de mi hija en su blog "Desde la Distancia". Un post sobre una fotografía de su papá y yo  hace muchos años, cuando ella no había nacido y nuestra vida  era apenas una promesa.
Ayer ese texto me llevó, nuevamente, a apreciar nuestra maravillosa vida juntos. Una vida repleta de instante de felicidad, de buenos momentos, de risas, de alegrías, de cotidianidad compartida, donde cada día, cada año transcurrió sin la pesadez de la rutina. Donde cada día, cada año se presentó cargado de desafíos, posibilidades y una ocasión para vivir.
Recordé nuestra cotidianidad y me emocione hasta las lágrimas. Lágrimas de gozo y satisfacción. Lágrimas de felicidad por una convivencia siempre rica en experiencias, en aprendizajes, en conocimientos, en afecto, en respeto. Una convivencia siempre cálida como una suave brisa de verano.
Imágenes de nosotros, de instantes compartidos fueron llegando a mi mente y todas fueron recibidas con una sonrisa en mis labios y  una sensación de paz y equilibrio en mi cuerpo y en mi alma.
En ese momento me di cuenta que la felicidad autentica no es la que te invade de pronto y trastoca tu vida, sino que la felicidad auténtica está en el día a día. En estar rodeada de la gente que te quiere, que se preocupe por ti. Gente a la que tú también quieres y te preocupas por ella. Gente que ni la distancia, ni la muerte separa de ti. Gente que siempre será tu hogar y en la que siempre encontraras esa sensación de seguridad y calma. Gente con la que  sientes o has sentido ese fuego cálido y confortante, que aviva tu vida  y te alimenta emocionalmente sin importar ni el tiempo, ni la lejanía.
Esa gente que llega a nuestra vida y se queda para siempre, aunque se vayan, aunque se mueran, aunque más nunca sepas de ellos. En esa gente es donde habita la felicidad. En esa gente que te da instantes plenos, instantáneas de momentos perfectos, que no quedan registrados en fotos impresas, ni en Facebook.
Pensé que tuvimos tantos momentos como el de la foto del post. Tantos instantes únicos e irrepetibles, tantos instantes de felicidad compartida, tanto intercambio emocional que podríamos hacer una exposición fotográfica que llenaría el Prado, el Louvre y el British Museum  y todavía nos sobrarían miles y miles de fotos.
Recordé algunos de ellos y quise fijarlos en mí para convertirlos en presente por un instante. Recordé ese estar en silencio, cada uno ocupado en lo que le apetecía. Esas largas sobremesas, esas conversaciones al caer la tarde, esas películas vistas acostados en nuestra cama, esas vacaciones en la playa, esas idas al colegio, esos libros leídos, compartidos y discutidos, esa música escuchada, esas canciones inventadas para despertar y desayunar. Esas salidas a conciertos, teatros, paseos, cines, títeres. Esos abrazos, besos y “te quiero” que repartíamos a granel a lo largo del día.  Miles de instantes que se agolpaban en mi mente y me recordaban que la felicidad habita en mí.
Una felicidad que sigue ahí, que no me ha abandonado y que con sólo un pensamiento, una evocación vuelve para arrancarme una sonrisa y volver a sentir el confort emocional, un fuego cálido que me cobija  y da seguridad. Una felicidad tranquila que me posee como el beso suave de un amante en los labios o la caricia suave de la mano de un niño.
Ayer con esa lectura recobre no sólo un recuerdo, recobre mis ganas de vivir y recobre la felicidad que habita dentro de mí. Una felicidad frágil, pequeña, que a veces se esconde, que a veces se me olvida pero que siempre, siempre  retorna y como la brisa suave me acaricia y me hace sonreír. 
Ayer con esa lectura recordé que la  felicidad es siempre posible, que no es una quimera, un sueño imposible, que habita siempre en ti y que siempre encontraras personas que te den instantes plenos, instantáneas de momentos perfectos, que aunque no queden registrados en fotos impresas o en Facebook, quedan para siempre impresos en tu corazón. 


miércoles, 11 de julio de 2018

Retazos de desarraigo

El sueño de la razón produce monstruos Goya 


 24 de mayo
El país extraviado
No soy y nunca he sido patriotera me considero una persona universal y percibo al planeta como mi casa grande.
Eso siempre lo creí, hasta que mi país empezó a desdibujase ante mis ojos, un día hace 20 años, una rebelion militar irrumpió no sólo en Miraflores, sino en nuestra vida. Irrumpió y se quedó.
Desde ese momento mi país empezó a extraviarse.
El país que amaba, el país de mi infancia y juventud, de mis playas y montañas se fue convirtiendo en un castillo en el aire, en solo una evocación, un recuerdo, un deseo.
Ese país se extravío para siempre y no existirá más. Todos los venezolanos los que salimos y los que están allá ya no reconocemos esta Venezuela. Esta otra Venezuela desolada, hambrienta, aniquilada y triste.
Todos sentimos ese extrañamiento. Todos hemos sido desterrados. Todos estamos en el exilio fuera o dentro. Porque no reconocemos a esta nueva Venezuela. Venezuela se perdió, se perdió para siempre y ya nunca será la misma.
Cuando pienso en volver en algún momento de desazón o tristeza, me detiene la certeza de que esa Venezuela a la que quiero regresar es solo una quimera, una añoranza, un deseo y no una realidad. Que vive solo en el recuerdo de los venezolanos que la añoramos.
Venezuela se extravío y nunca más la recuperaremos porque se convirtió en sólo un recuerdo. Añorado, querido pero como todo recuerdo solo es pasado.

1 de julio
Caracas…
Ayer Caracas vino a mí para recordarme su presencia. Vino de pronto a través de dos amigos entrañables. El primero con mensajes  de voz, esa voz conocida y querida, me comunicaba su fecha de salida de una ciudad y un país cada vez más hostil e inhumano y él segundo con un breve relato me recordó a mi Caracas querida y a parajes adorados donde besos juveniles hicieron travesuras y donde amores eternos paseaban, y aun pasean, tomados de la mano.
Caracas siempre oscilando en dos extremos, siempre exagerada, siempre maravillosa y terrible, siempre entre capital del cielo y del infierno.
Caracas es la ciudad donde más  he vivido, donde transcurrieron mis mejores años, mis mejores experiencias. Donde esta mi casa grande, mi hogar, donde habita esa sensación de pertenencia, de ser parte de todo lo que te rodea.
Hoy Caracas vino a mí y  trajo  melancolía y añoranza. Melancolía por una vida buena y pasada, irrecuperable y siempre recordada. Añoranza de lo vivido y  lo que nunca más podré vivir.
Hoy esa Caracas que ame ya no existe, solo habita en mi recuerdo. Hoy esa Caracas familiar es una desconocida. Hoy mi Caracas ha desaparecido y lo que queda de ella son escombros y memorias.
Mi Caracas, la que ame,  hoy está enterrada  en la mierda.

11 de julio
Realidad invasiva

La realidad siempre llega. Puede ser a través de una conversación, una llamada, una persona pasando, un olor evocador o simplemente un recuerdo. Llega y te invade y como una sombra oscura se posa sobre tu vida y en ese momento el sol que brillaba se oscurece, el verde de los árboles se torna gris e incluso las sonrisas se tornan en muecas.
La realidad de la que has tratado de escapar, la que has ignorado durante algunos días, haciendo como si no la vieras, como si no te interesa, llega de pronto y nuevamente te sumerge en la tristeza, en los recuerdos del pasado, en el presente de quienes no están cerca de ti, en lo que perdiste y en la irreversibilidad de lo perdido.
Te sientes extraño en tu presente y te sientes más extraño aun con tu pasado. Te sientes flotando en un limbo, flotando en la vida que vives y no es tuya y en la vida pasada que ya no existe más.
Y odias esta sensación de la que tratas de salir cada día, con intentos fallidos, vanos, con intentos que ya sabes infructuosos porque, inevitablemente, una mañana cualquiera volverás a sentirla...

viernes, 6 de julio de 2018

La cigarra y la hormiga

sello de la República de San Marino de 1982


Y de pronto descubres que la cigarra tenía razón. Después de toda una vida de hormiga responsable, ahorradora, trabajando para garantizar tu futuro. Un día cualquiera, a una hora cualquiera te das cuenta que el hormiguero fue arrasado, que ya nada te pertenece, que lo que has acumulado se desvaneció, que el lugar en que habitabas no existe, que las hormigas, tus compañeras de siempre, se han dispersado en la huida, que te encuentras sola y sin nada, vieja y sin fuerzas para empezar nada, para hacer nada. Ese día descubres que no eres nada, solo un ser insignificante, una pequeña, vulnerable y negra hormiga.
Piensas en las veces que narraste la fábula de la cigarra y la hormiga, en las veces que te lo contaron, en las veces que dejaste de lado la diversión, el relax, la alegría para entregarte al trabajo,  para construir una vida basada en el esfuerzo honesto, ejemplificante, una vida que te conduciría a un futuro digno y feliz.
Y quisieras tener una máquina del tiempo y comenzar de nuevo, no para cambiar la situación, sino para cambiar toda tu vida, para recomenzarla como una auténtica cigarra.
En esa vida de cigarra que imaginas, te ves saltando de hoja en hoja, comiendo un poco aquí y otro poco allá, descansando tumbada bajo la sombra de una gran rama, contemplando con sorna la vida aburrida de las hormigas y saboreando con deleite tu libertad plena, tu no atarte a nada, a nadie, tu independencia.
Una vida de cigarra donde el cielo es el límite, donde el sol calienta levemente tu pequeño cuerpo, donde cada bocado de placer se encuentra en cualquier planta. Una vida de vagabundo donde todo cuanto te rodea ha sido puesto para ti. Una vida de cigarra sin límites, ni ataduras. Una vida errante y hedonista que cambia y se renueva en cada salto, en cada impulso que das a tu pequeño, insignificante  y efímero  cuerpo.
Esa vida con la que soñabas desde tu oscura y rutinaria vida de hormiga. Desde tu vida de trabajo, siguiendo la ruta establecida, obedeciendo los patrones impuestos por las demás, frenando tus impulsos y deseos. Esa vida comedida y aburrida donde lo único que querías era asegurarte el confort de un hormiguero, mientras con cierta envidia contemplabas la vida alegre de la cigarra.
Y aunque la situación de pronto cambie para las hormigas y las cigarras, cambie abruptamente para ambas, hay una diferencia fundamental, la cigarra vivió, la hormiga no.
Hoy sentía un odio inmenso por Esopo, creador de esta mentira, en un lejanísimo s. VI a. de C., creador de esa fabula con sentencia consejera que ha sido escuchada, quizás, por todos los niños del mundo, odio por esa conclusión fatalista, moraleja repetida constantemente, cuyo único objetivo ha sido que entregues tu vida, que te conformes, que sigas los pasos de los otros, que vivas una vida de servidumbre dejándote arrastrar por los demás, que no cuestiones, que no seas diferente y que te entregues con fe al camino "VERDADERO" pautado por la mayoría aborregada, ciega y servil.
Hoy he descubierto que Esopo no fue solamente un fabulista sino un devorador de sueños, un cortador  de alas, un limitador de la vida.
¿Cuántas hormigas muertas en el camino, cuántas hormigas estresadas, cuantas hormigas infartadas, cuántas hormigas cargando un peso por encima de sus límites? ¿Cuántas hormigas más nos costará esta fábula de mierda que nos ha robado la posibilidad de vivir?
La cigarra tenía razón cuando opto por vivir. La cigarra siempre fue la sabiduría,  la cigarra "siempre tendrá Paris", a la cigarra le quedará  eternamente la satisfacción de su vida plena, diversa, errante.
Hoy, después de una vida de hormiga ejemplar, de la cual fui arrancada por circunstancias adversas, me di  cuenta que no solo perdí el hormiguero y mis compañeros de fila, sino algo, aún peor, me di cuenta que mi vida ya  estaba perdida, que nunca realmente había vivido, le había dado la razón a la hormiga sin sospechar siquiera que la cigarra era la que tenía  y tiene la razón.
Desde hoy me dedicaré a redimir, en cualquier lugar y frente a cualquier persona, la sabiduría de la cigarra y  a resaltar la estupidez de la hormiga.  
Y bajo el  grito de alerta: “Vive como cigarra, las hormigas ya están muertas” iniciaré esta cruzada


jueves, 5 de julio de 2018

palabras suspendidas...

Dionicio Gonzales Explosión y vacío 


Llevaba días sin escribir. Cada mañana hacia un intento, siempre vano, siempre fallido. Escribía una o dos líneas o un pequeño párrafo, pero después la idea, el sentimiento quedaba colgado en el vacío. Nada continuaba, nada concluía, era solo un inicio, un intento.

Las palabras no venían, no las encontraba…

El escribir que había significado tanto para ella. La escritura liberadora de las sensaciones y emociones, que invadieron cada día durante este año del inicio de su nueva vida, ahora también la abandonaban. Todo lo conocido  la había abandonado. Todo lo placentero la abandonaba. Todo lo que era parte de su vida de antes o de ahora se alejaban de pronto, sin aviso sumiéndola cada vez más en ese vacío que poco a poco se convertía en su existencia.

Las palabras seguían sin aparecer, solo a veces creía entrever alguna….

Una existencia vacía, una existencia suspendida. Una existencia que por más que intentaba asirla a algo o a alguien siempre resbalaba, siempre se deslizaba. Todo tan frágil, tan voluble, tan cambiante. Todo tan efímero, tan intrascendente, tan inalcanzable.

¿Las palabras habrían huido?

Esta existencia sin sentido en la se había convertido. Este ser suspendido en la nada, esta vida rota que intentaba recomponerse. Estos pedazos de sí misma esparcidos e  inconexos que se alejaban cada vez más haciendo cada día más difícil la tarea de reunirlos, de convertirlos nuevamente en unidad.

Las palabras nunca llegaron, nunca acudieron nuevamente…

Ahora, huérfana de palabras ya no contaba con nada, este asidero final a la vida, este refugio en el que se escondía y protegía también se derrumbaba y la mostraba desnuda y rota.
Ahora, vaciada de palabras, de las palabras que siempre la acompañaron, se sintió más aislada que nunca, más triste que nunca, más pérdida que nunca.
Ahora, sumergida en el silencio absoluto, en su vida vacía, en su existencia suspendida se instalo definitivamente en la nada.