![]() |
| Despertando al amanecer Miró |
Acabo de abrir los ojos. Me
desperté y una palabra, solo una palabra, rondaba mi mente. Me levante, fui al
baño, preparé café, salí a la terraza y la palabra seguía dando vueltas y
vueltas. Contemple las estrellas en la oscuridad de la noche y la palabra seguía
ahí, tan cerca que casi podía tocarla, tan deslumbrante en su verdad que casi
me hacía cerrar los ojos. Una palabra inofensiva, empleada miles de veces a lo
largo de mi vida, pero que hoy adquiría un significado mutilador, desbastador.
Transitorio, transitoria... Seguía dando vueltas y vueltas como una
veleta desquiciada por un viento fuerte que arrasaba a su paso con todo lo que
encontraba.
¿Por qué está palabra gravitaba hoy, precisamente hoy, en mi vida?
El ser humano es transitorio, su vida es transitoria, tiene un
principio y tiene un fin. Todo cuanto nos rodea es transitorio se rompe,
desaparece, deja de existir. Vivimos en un presente, que no existe pues en un
simple pestañear ya es pasado, esperamos un futuro que cuando llega, es para
convertirse en pasado inmediatamente. Somos solo un tránsito entre el principio
y el fin, entre el pasado y el futuro,
somos solo un presente efímero, fugaz, que tan de poco duradero es casi
inexistente.
Y sin embargo frente a la transitoriedad e incertidumbre de la vida
nos hemos protegido. En un afán casi loco de darle permanencia, nos
construirnos certezas y habitamos en ellas para sentirnos seguros, nos
engañamos con una vida que consideramos inmutable.
Pero esta disgregación no respondía a mi pregunta, esta disgregación
era solo un intento fallido de explicar por qué la palabra transitorio había
amanecido conmigo.
Preparé más café, salí nuevamente a la terraza, ahora bañada por las
primeras luces del alba y por el canto de las aves despertando, tomando el café
y pensando, una verdad me fue revelada.
Una verdad que en cierta forma tenía que ver con la disertación
primera, pero que era más íntima, más personal, más ligada a mi y a mi
experiencia de los últimos meses, meses que sumados ya casi se convertían en un
año. Una verdad relacionada con mis perdidas de estos casi ya doce meses.
Perdidas que no me he atrevido a calificar de permanentes, perdidas
que he asumido como momentáneas, siempre con la esperanza de recuperarlas.
La palabra transitorio se había
despertado hoy conmigo para hacerme ver lo absurdo de aferrarme al pasado, a un
pasado que había desaparecido para siempre. Un pasado irrecuperable enterrado
en el peso del tiempo y del no retorno.
Analicé punto por punto cada pérdida, la desmenuce con la precisión de
un investigador que disecciona un cadáver para encontrar causas, efectos, para
explicar, comprender este estado de ánimo crónico, esta enfermedad del alma que
me invade casi a diario, pero esto no sirvió de nada. El país que abandone, la
vida que abandone, el amor ilusorio, la
vida que fue solo una posibilidad, todo analizado con pinza y lupa, escrutado
con meticulosidad, con rigurosidad. Pero nada contribuía a dar respuesta a mi
pregunta. Aunque sabía que las pérdidas y la palabra matutina estaban
relacionadas.
Y de pronto lo vi claramente, de pronto entendí qué me pasaba, el
porqué de esta sinrazón, de este sinsentido que se ha adueñado de mí.
Todas estas pérdidas las he visto como transitorias, como momentáneas,
sigo aferrada a ellas pensando que en algún momento volverán a mí o yo volveré
a ellas. No las he asumido como pérdidas permanentes.
Cada mañana he esperado la noticia que me permita retornar a mi país, a mi vida, a mi casa. Cada mañana he
esperado la llamada que me permita retornar a ese país, a esa vida, a esa casa, a ese sueño truncado que vi como una posibilidad de felicidad. Cada día durante
todos estos meses he pensado que todo es transitorio, momentáneo, fugaz y que
en algún momento volveré a retomar lo que fue permanente o lo que pensé sería
permanente.
Me he engañado a mí misma viviendo con la esperanza vana del retorno.
De recobrar el pasado. Me he instalado en las certezas construidas que he habitado toda
mi vida, o en la promesas de certezas recientes para sentir seguridad, para protegerme de la fragilidad e inestabilidad de
toda existencia.
Pero lo peor y más paradójico es que extravié el sentido de la palabra transitorio. La aplique
al presente, cuando tenía que haberla aplicado al pasado. La aplique al momento
cuando tenía que haberla aplicado a la vida toda. Identifique las certezas construidas, para darnos seguridad y
permanencia, con la vida y olvide que vivir es solo transitoriedad e
incertidumbre.
Acabo de abrir los ojos. Desperté
del engaño de la vida inmutable, desperté del engaño de la transitoriedad solo
como momento. Hoy veo la vida como lo que es, la suma de eventos y momentos transitorios, fugaces, breves y efímeros. Eventos
y momentos sin retorno. La vida como la suma de instantes únicos e irrepetibles.








