domingo, 29 de abril de 2018

Transitorio

Despertando al amanecer Miró

Acabo de  abrir  los ojos. Me desperté y una palabra, solo una palabra, rondaba mi mente. Me levante, fui al baño, preparé café, salí a la terraza y la palabra seguía dando vueltas y vueltas. Contemple las estrellas en la oscuridad de la noche y la palabra seguía ahí, tan cerca que casi podía tocarla, tan deslumbrante en su verdad que casi me hacía cerrar los ojos. Una palabra inofensiva, empleada miles de veces a lo largo de mi vida, pero que hoy adquiría un significado mutilador, desbastador.
Transitorio, transitoria... Seguía dando vueltas y vueltas como una veleta desquiciada por un viento fuerte que arrasaba a su paso con todo lo que encontraba.
¿Por qué está palabra gravitaba hoy, precisamente hoy, en mi vida?
El ser humano es transitorio, su vida es transitoria, tiene un principio y tiene un fin. Todo cuanto nos rodea es transitorio se rompe, desaparece, deja de existir. Vivimos en un presente, que no existe pues en un simple pestañear ya es pasado, esperamos un futuro que cuando llega, es para convertirse en pasado inmediatamente. Somos solo un tránsito entre el principio y el fin,  entre el pasado y el futuro, somos solo un presente efímero, fugaz, que tan de poco duradero es casi inexistente.
Y sin embargo frente a la transitoriedad e incertidumbre de la vida nos hemos protegido. En un afán casi loco de darle permanencia, nos construirnos certezas y habitamos en ellas para sentirnos seguros, nos engañamos con una vida que consideramos inmutable.
Pero esta disgregación no respondía a mi pregunta, esta disgregación era solo un intento fallido de explicar por qué la palabra transitorio había amanecido conmigo.
Preparé más café, salí nuevamente a la terraza, ahora bañada por las primeras luces del alba y por el canto de las aves despertando, tomando el café y pensando, una verdad me fue revelada.
Una verdad que en cierta forma tenía que ver con la disertación primera, pero que era más íntima, más personal, más ligada a mi y a mi experiencia de los últimos meses, meses que sumados ya casi se convertían en un año. Una verdad relacionada con mis perdidas de estos casi ya doce meses.
Perdidas que no me he atrevido a calificar de permanentes, perdidas que he asumido como momentáneas, siempre con la esperanza de recuperarlas.
La  palabra transitorio se había despertado hoy conmigo para hacerme ver lo absurdo de aferrarme al pasado, a un pasado que había desaparecido para siempre. Un pasado irrecuperable enterrado en el peso del tiempo y del no retorno.
Analicé punto por punto cada pérdida, la desmenuce con la precisión de un investigador que disecciona un cadáver para encontrar causas, efectos, para explicar, comprender este estado de ánimo crónico, esta enfermedad del alma que me invade casi a diario, pero esto no sirvió de nada. El país que abandone, la vida que abandone, el  amor ilusorio, la vida que fue solo una posibilidad, todo analizado con pinza y lupa, escrutado con meticulosidad, con rigurosidad. Pero nada contribuía a dar respuesta a mi pregunta. Aunque sabía que las pérdidas y la palabra matutina estaban relacionadas.
Y de pronto lo vi claramente, de pronto entendí qué me pasaba, el porqué de esta sinrazón, de este sinsentido que se ha adueñado de mí.
Todas estas pérdidas las he visto como transitorias, como momentáneas, sigo aferrada a ellas pensando que en algún momento volverán a mí o yo volveré a ellas. No las he asumido como pérdidas permanentes.
Cada mañana he esperado la noticia que me permita retornar a  mi país, a mi vida, a mi casa. Cada mañana he esperado la llamada que me permita retornar a ese país, a esa vida, a esa casa, a ese sueño truncado que vi como una posibilidad de felicidad. Cada día durante todos estos meses he pensado que todo es transitorio, momentáneo, fugaz y que en algún momento volveré a retomar lo que fue permanente o lo que pensé sería permanente.
Me he engañado a mí misma viviendo con la esperanza vana del retorno. De recobrar el pasado. Me he instalado en  las certezas construidas que he habitado toda mi vida, o en la promesas de certezas recientes para sentir seguridad, para  protegerme de la fragilidad e inestabilidad de toda existencia.
Pero lo peor y más paradójico es que extravié  el  sentido de la palabra transitorio. La aplique al presente, cuando tenía que haberla aplicado al pasado. La aplique al momento cuando tenía que haberla aplicado a la vida toda.  Identifique las certezas  construidas, para darnos seguridad y permanencia, con la vida y olvide que vivir es solo transitoriedad e incertidumbre.
Acabo de  abrir los ojos. Desperté del engaño de la vida inmutable, desperté del engaño de la transitoriedad solo como momento. Hoy veo la vida como lo que es, la suma de eventos y momentos  transitorios, fugaces, breves y efímeros. Eventos y momentos sin retorno. La vida como la suma de instantes únicos e irrepetibles.  


jueves, 26 de abril de 2018

No es No

Grete Stern Sueños

Hay un miedo que compartimos todas las mujeres, es un miedo tan atávico y antiguo que nace con nosotras. Corre por nuestra sangre, se ha instalado en nuestros genes y forma parte de nuestro inconsciente colectivo. Es el miedo a ser violadas, a despojarnos de nuestro cuerpo, arrebatarnos de nuestra capacidad de decidir, nuestra dignidad  y violentar nuestro derecho más íntimo.
Ser mujer viene con el miedo incorporado, viene con la desconfianza asumida, viene con la duda a flor de piel, viene con la posibilidad de que en cualquier momento pueda ocurrirte.
Vivimos siempre con ese miedo latente, con ese miedo presente, con ese miedo incrustado en nuestra vida.
Este miedo desconocido, no intuido, ni sentido por el hombre, no es un miedo absurdo, no es un miedo inventado, no es un miedo irreal. Es un miedo frente a una posibilidad que siempre está ahí, ensombreciendo nuestro día. Una nube oscura, terrible y arrasadora.
Históricamente hemos sido violadas por parejas, por amigos, por familia, por padres, por desconocidos, por individuos, por grupos. Hemos sido botines de guerras. Hemos sido trofeos, hemos sido apuestas, hemos sido siempre  objetos. Objetos de placer del hombre. Objetos involuntarios sin posibilidad de decidir, objetos para satisfacer las apetencias más primitivas  del hombre.
Pensábamos que en nuestra lucha por la igualdad de derechos, este miedo se difuminaría, se eliminaría de nuestras vidas, pero de pronto te das cuenta que no, que sigue ahí, que el mundo sigue siendo masculino y que la posibilidad sigue aquí. Que no importa dónde estés el mundo de hombres que te rodea sigue siendo una amenaza. Un peligro existente que te constriñe a vivir sumida en el miedo.
En estos meses que tengo en Europa, ha habido dos casos emblemáticos y mediáticos que han evidenciado este hecho y han aflorado nuevamente el miedo ancestral. El primero en Florencia, donde dos carabinieri (designados para proteger y velar por la seguridad de los ciudadanos)  violaron a dos jóvenes americanas y el segundo en Pamplona  donde una "manada" de cinco hombres violó a otra joven en los Sanfermines.
Dos casos públicos y notorios, que intuyó con certeza, ocultan miles de casos privados y anónimos. Porque frente a este hecho vejatorio y violento las mujeres hemos preferido callar o mejor dicho a las mujeres nos han hecho callar.
Nos han hecho callar por la complicidad de la sociedad. Una sociedad que condena a la mujer violada al silencio. Una sociedad que justifica a los violadores. Una sociedad que responsabiliza a la mujer por haber sufrido la agresión. Una sociedad que convierte a la víctima en culpable.
La mujer violada se avergüenza de haber sido violada. La mujer violada es la responsable. La mujer violada ve sometida su vida íntima al escarnio público. La mujer violada es estigmatizada
Mientras esto siga siendo así cada día habrá mujeres violadas, en la privacidad de su casa o en la oscura calle de cualquier ciudad. En urbanizaciones lujosas o en barrios pobres. En países desarrollados o países subdesarrollados. Porque todas estamos expuestas, todas somos víctimas potenciales.
Somos mujeres ultrajadas en nuestro cuerpo y en nuestros derechos, somos mujeres  ultrajadas por hombres sin escrúpulos y por una sociedad indiferente y cómplice.  Somos mujeres doblemente violadas por quienes afrentan nuestro cuerpo y por quienes disminuyen la afrenta. Somos doblemente violadas por quienes mancillan  nuestro cuerpo y por quienes vulneran nuestros derechos.  
No es No y siempre será No. ¿Que no entienden los hombres y los jueces? No es una negación tajante, clara, precisa, nunca sujeta a interpretaciones. Un “No” debería bastar para dejar de sentir este miedo  atávico y antiguo que nace con nosotras, que  corre por nuestra sangre, que se ha instalado en nuestros genes y forma parte de nuestro inconsciente colectivo.
Mientras la sociedad nos culpabilice por haber sido violadas,  mientras no se culpabilice y no se castigue  a los agresores no habrá un No que valga. 
No es No para todo menos para impedir que te violen.

sábado, 21 de abril de 2018

Desamor

La rama Marc Chagall

Un día se dio cuenta que ella era sólo una opción, un día descubrió que nunca fue una prioridad. Nunca fue lo más importante, fue simplemente una alternativa, una posibilidad. sólo una rama del árbol, dentro de otras e iguales ramas,  Ese día  se dio cuenta que lo que ella sentía no era correspondido, ese día, también, se dio cuenta que había depositado toda su confianza  en alguien sumergido en dudas, en vacilaciones.
En un instante concreto de ese día  llego de pronto  el desengaño y  la frustración. Sintió como todas sus expectativas se quebraban, como todos sus sueños se esfumaban. Empezó  a caminar a tientas procurando no tropezar con la realidad  que se había mostrado ante ella, clara, diáfana sin ningún asomo de dudas, pero que no quería o no podía aceptar.
Pero esa no correspondencia de sentimientos, inevitablemente y más temprano que tarde, fue minando la relación. Y lo que pensó que tenía en sus manos se fue haciendo inalcanzable. Y  el objeto de su  amor se fue cubriendo de indiferencia liberadora. Y la opción del abandono se fue convirtiendo en la única certeza posible.
Desde ese día y durante un largo periodo empezó a deshacer el camino andado y a desenamorarse. Pero contrario al amor, el desamor es un largo y penoso proceso, sin ninguna alegría, sin mariposas en el estómago, sin satisfacciones. Lo único  similar que poseen es que la atención, la concentración sigue centrada en el mismo objeto, sigue gravitando entorno a él.
El placer del amor es sustituido por amargura y  un dolor intenso se posa en el corazón.  El ánimo y el entusiasmo se ven remplazados por  un cansancio prolongado y  un abatimiento paralizante. El  rebosante futuro  se trastoca en vacío…  poco a poco estos sentimientos, estas sensaciones que van suplantado las viejas y maravillosas emociones, la invadieron, se adueñaron  de ella, pero también poco a poco y gracias a un esfuerzo enorme las fue desalojando de su vida.
Igual que un día se dio cuenta que nunca fue la prioridad, el desalojo  de la tristeza la tomó por sorpresa, llego de forma inesperada, sin esperarlo. Había convertido su vida en dolor, en cansancio, en desolación. Había convertido su vida en una necesidad de entender el  amor del otro, en esperar al otro, en recuperar la fe en el otro. Pero un día cualquiera se dio cuenta que el poema de Jaime Sabines, que leía cada día desde su encuentro imprevisto con el desamor, ya no se nublaba ante sus ojos, que las lágrimas que invariablemente inundaban cada frase, dejaron de fluir y lo leyó nuevamente, para asegurarse de lo que ya no sentía:

“Pasa el lunes y pasa el martes
y pasa el miércoles y el jueves y el viernes
y el sábado y el domingo,
y otra vez el lunes y el martes
y la gotera de los días sobre la cama donde se quiere dormir,
la estúpida gota del tiempo cayendo sobre el corazón aturdido,
la vida pasando como estas palabras.
lunes, martes, miércoles,
enero, febrero, diciembre, otro año, otro año, otra vida.
La vida yéndose sin sentido, entre la borrachera y la conciencia,
entre la lujuria y el remordimiento y el cansancio.
Encontrarse, de pronto, con las manos vacías,
con el corazón vacío,
con la memoria como una ventana hacia la obscuridad,
y preguntarse: ¿qué hice?, ¿qué fui?, ¿en dónde estuve?
Sombra perdida entre las sombras,
¿cómo recuperarte, rehacerte, vida?...”

Y supo que esta sería la última vez  que lo leería, supo que nada es eterno, que el dolor por el desamor estaba superado, que  poco a poco y gracias  al paso inexorable del tiempo el desafecto vivido ya no dolía. Había pasado la página, había concluido este triste capítulo de su vida, quizás en el futuro seria la prioridad de otro, quizás  volvería a sentir confianza en alguien, esa confianza plena que le permitiría entregarse y   quizás, sólo, quizás volvería a convertir a otro en su prioridad.

jueves, 19 de abril de 2018

Amor y pasta de dientes

Emiliano Villalba pintor,ilustrador y bloggero


Apenas tenían 14 años y  sentían que el mundo les pertenecía. Se conocían desde pequeños, siempre habían compartido salón de clases y maestras, amigos y fiestas de cumpleaños, zambullidas en la piscina y películas domingueras. En la pequeña ciudad en la que vivían los espacios de coincidencia eran todos, esos 14 años vividos  habían sido años en compañía. Pero un día cualquiera se miraron por primera vez.
Él la vio entrar al salón de clases y se dio cuenta por primera vez de la suavidad y brillo de su cabello, de la sonrisa siempre a flor de labios, de lo bien que le quedaba el uniforme, de su andar seguro, de su mirada dulce… la miró, la miró y la miró solo segundos pero su imagen lo acompaño todo ese día y toda esa noche.
Ella al entrar lo saludo con su sonrisa de siempre, pero descubrió en su mirada algo que no había visto antes, se sintió observada por segundos, lo miro de reojo y descubrió en su hermosa cara, sus formas masculinas que buscaban  definición, descubrió su cuerpo hermoso y esbelto y sintió una extraña sensación en su estómago.
Después de ese día de descubrimiento evitaron estar solos, evitaron conversar, evitaron sentarse juntos, era como si el reconocerse y verse por primera vez como un hombre y una mujer los hubiera alejado, los hubiera impelido  a mantener la distancia. Sin embargo esta distancia aparente los acercaba aun más, se buscaban con la mirada, se sonreían tontamente, se ocupaban de lo que hacían con un interés novedoso. Hablaban el uno del otro con sus amigos y resaltaban cualidades, intervenciones, gustos, formas de ser… en las noches se dedicaban los últimos minutos de conciencia y en las mañanas se contemplaban en el espejo pensando el uno en el otro.  
Esta situación duro algún tiempo y era tan obvia que sus amigos empezaron a convertirlos en el objetivo de sus bromas. Ellos desde el rubor y la sonrisa miraban hacia otro lado y disimulaban su vergüenza y malestar con  indiferencia fingida.
En una fiesta cualquiera, y después de inyectarse una enorme dosis de valor,  la invito a bailar,  la música alegre  terminó y una balada lenta sonó en el ambiente, se abrazaron despacio y despacio, también, movieron sus pies al compás de la música. Se sintieron, se olieron y un dulce suspiro de satisfacción salió de sus labios, con los ojos cerrados giraban, ceñidos y ausentes de todo lo que los rodeaba.  La música terminó pero sus manos continuaron enlazadas.  
Se separaron por un segundo para ir al baño. Al llegar buscaron con desesperación la pasta de dientes en el gabinete, colocaron una línea gorda y blanca en el dedo y se cepillaron con fricción, se cepillaron los dientes y la lengua, al tragar. sin enjuagarse  sintieron el sabor inconfundible  que bajaba por su garganta.
Se encontraron en el salón, de sus bocas salía un agradable olor que presagiaba besos, se ocultaron en un rincón alejado,  solitario y se besaron. Besos torpes y mentolados, besos primerizos, besos intuidos besos  de mentol y  saliva, besos de inexperiencia y confusión, pero también besos de la primera pasión, de la primera  turgencia, de la primera humedad.  
A este primer beso siguieron muchos más hasta que sus labios ya se reconocían. Todos los besos que se dieron siempre fueron acompañados del sabor inconfundible y a limpio de la pasta de dientes.
Un día al encontrarse en la puerta del cine ella descubrió pasta blanca y mentolada en el cuello de su camisa, pasta blanca y mentolada que le auguraba dos horas de besos en la oscuridad. dos horas de besos intensos, besos apasionados con sabor a menta, de manos escabulléndose en lugares prohibidos, de quejidos suaves , de primeros goces...  

Cuando el tiempo y la vida los separó. Cuando se convirtieron  en leves recuerdos de amores infantiles, lo único que conservaron y aun conservan  es que al cepillarse la boca y sentir el sabor inconfundible de la pasta de dientes sus dias se inician con el deseo y la  promesa de un beso. Una promesa y un deseo  que ambos sin saberlo comparten día a día  frente al espejo.


martes, 17 de abril de 2018

Amor se escribe con “F” de fortuna


 
Marc Chagall Two heads at the window 
Hay amores para toda la vida. Hay amores que perduran más allá de la muerte
La vida fue generosa con ellos, les dio el más bello regalo. Les obsequio  la coincidencia de encontrarse en el lugar y en el tiempo perfecto.
Se encontraron una tarde, casi noche, rodeados de gente.  Gente que se desvaneció frente a ellos, gente que dejo de existir en el mismo momento que al presentarlos se estrecharon las manos y cruzaron sus miradas. Esa primera vez, no hablaron mucho, se conformaron con miradas furtivas de reconocimiento, con miradas atentas que  se buscaban y siempre se encontraban. De esa primera vez  se llevaron esas miradas de cada uno impresas en el corazón del otro.
En sus casas ambos se evocaron, se pensaron, se desearon al unísono. El cronómetro de sus vidas se había ajustado con precisión y simultáneamente para siempre.  
Tardaron una semana en volver a verse, siete días convertidos en  cuenta regresiva, siete días ocupados en pensarse, siete días  convertidos solo en el preámbulo de volver a encontrarse.   
Y después de este segundo encuentro vinieron muchos más hasta convertirse en el día a día. Un día a día donde fueron descubriendo coincidencias, armonías, casualidades, donde  fueron revelándose, desnudándose uno al otro. Donde se despojaron de miedos, de traumas. Donde se apropiaron de sueños, de ilusiones, de alegrías. Donde se entregaron con total sinceridad el uno al otro.
La vida sin estar juntos empezó a ser insoportable, decidieron convivir y enfrentar la vida como un nosotros. Un nosotros donde el tú y yo se seguiría respetando, un nosotros basado en la aceptación del tú y yo, de sus peculiaridades. Cada uno conservado en sus diferencias dentro de un nosotros inclusivo que entrelazaba sus individualidades.
Y construyeron una vida en común, un proyecto de vida unidos pero conjugando siempre el tú, el yo y el nosotros. Nunca falto apoyó cuando se requirió, nunca falto libertad cuando se deseó, nunca falto compañía cuando se necesitó, nunca falto soledad cuando se aspiró… Cada cosa esperada  encontraba en el otro  la disposición.
Se quisieron despeinados, se abrazaron cuando los fantasmas y los miedos irrumpían e interrumpían el sueño. Se sintieron  seguros cuando caminaban tomados de la mano y se sintieron protegidos al abrazarse. Reconocieron cada gesto, conocieron cada palabra, cada opinión, cada gusto, cada deseo. Se rieron  a carcajadas y lloraron juntos frente a la injusticia, a una buena película, a una hermosa frase, a un recuerdo triste. Compartieron lecturas,  ideas políticas,  principios básicos. El mundo desaparecía cuando su piel se rozaba o cuando se miraban a los ojos o cuando estaban sentados en silencio, en un, simplemente, estar estando.  La vida transcurrió dentro de una felicidad apacible, sin sobresaltos, sólo algún pequeño y siempre superado inconveniente rompía momentáneamente su rutina  sosegada, serena. En los muchos años vividos, siempre agradecieron el haberse encontrado esa tarde, casi noche cuando sus miradas quedaron impresas en su corazón.   
Y cada uno fue el  norte, el  sur, el este y el  oeste para el otro. Y cada uno fue la semana de trabajo, el descanso dominical, el mediodía, la medianoche, la palabra, la canción* para el otro. Y cada uno fue el amor, el amante y el amado para el otro. Y cada uno contempló con gozo  al que dormía a su lado, al que caminaba a su lado, al que leía a su lado, al que vivía a su lado… y nunca ninguno dejo de agradecer la conjunción  mágica que los había unido, que les había brindado este amor, este gran y buen amor.
Los separó la muerte. Un día él partió a esa cita a la que todos acudiremos inevitablemente. Murió con un te quiero y un beso en los labios. Ella siguió viviendo sosegada, serena, el amor le había dado una fortaleza extraordinaria. Sabe que cuando la muerte venga a buscarla, la muerte tendrá sus ojos* y en el último aliento su mirada se cruzara con la de él, reconocerá la mirada furtiva del primer encuentro. Sabe que siempre que buscó su mirada la encontró. Sabe que su última  imagen será  esa mirada que quedo para siempre impresa en sus corazones.  
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*guiño a W. H. Auden y a Pavese

lunes, 16 de abril de 2018

¿Amar demasiado?

Frida Kahlo Diego y yo


Amar puede resultar muchas veces intolerable, cuando se ama demasiado los sentimientos fluctúan entre la pasión y el odio, ambas sensaciones  atávicas, nacidas de lo más profundo de las entrañas y de los más oscuros y recónditos abismos de nuestra naturaleza, subsisten y se contraponen simultáneamente dejando expuestas y desnudas todas nuestras miserias frente a todos.  El amor se nos muestra como un continuum que va desde lo más sublime hasta lo más grotesco.
Hoy al abrir los ojos y  sentir a su amado a su lado, sintió una gratitud inmensa por todo cuanto la rodeaba, sentía que todo había sido colocado para su disfrute y placer. Sentía que su cruzada por la recuperación de su amado había sido su más valiosa decisión.
Se estiro en la cama, sintiendo el placer único de desperezarse, de movilizar cada hueso y cada musculo de su cuerpo inactivo durante horas. Se sentía satisfecha y feliz había hecho todo lo imaginable e inimaginable para lograrlo y ahora contemplaba al trofeo de su triunfo dormido a su lado.
No todos los días sentía lo mismo, algunas mañanas su felicidad se veía ensombrecida, no por su comportamiento, que algunos podrían tachar de inescrupuloso, sino por las dudas que tenía sobre los sentimientos de esa persona que dormía a su lado. En esos días de inseguridad se cuestionaba la integridad de su relación y se preguntaba qué razones  los mantenía juntos.
Aliviaba su desazón en la ilusión de un amor sublime. Un amor destinado y eterno, un amor signado por el destino, un amor superior, pero sabía, en su interior, que esto no era más que un acto de fe, una quimera en la que quería y necesitaba creer.
Continuamente trataba de desnudar a su amado, de ir mas allá de la apariencia, de ver en sus gestos, en sus acciones algo que le permitiera desentrañar sus verdaderos sentimientos. Algo que terminará con las dudas, algo que le mostrará que sus formas de amar eran equiparables, que se amaban con la misma intensidad, con el mismo deseo, con la misma alegría e ilusión. Pero no encontraba indicios que confirmaran  sus deseos. Por el contrario a veces lo que lograba ver era cierto temor en su mirada e incluso en contadas ocasiones algo de odio.
En estas ocasiones llegaba casi a implorar un poco de amor, no en forma de súplica verbal, sino mediante el mañido juego de seducción sexual, mediante la anulación de sus deseos,  mediante la supresión de sí misma. Pero lo único que lograba con esto era acallar por un breve momento sus miedos, sus dudas, causarse mayor sufrimiento o generar  en el amado una leve mueca de hastío.
El tiempo fue pasando inexorable, los días se iban sucediendo uno tras otro. La certeza del gran amor del otro nunca llegó, las dudas fueron ocupando mayor espacio, o fueron sustituidas por certidumbres  de desamor. Ese día en que contempló feliz el sueño de su trofeo se hizo lejano. No supo en qué momento y para protegerse ambos fueron construyendo muros de indiferencia, muros en los que se excluían mutuamente. Muros cada vez más altos e insalvables.
Cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde. La reconquista triunfante se había convertido en una victoria pírrica. Su  trofeo del que se sentía tan orgullosa y que antes se esmeraba por exhibir, ahora se había convertido en un premio de consolación.  El daño ocasionado a la vida de ambos había sido inmenso. Ella que había hecho todo lo imaginable e inimaginable para que volviera a su lado, ahora sentía arrepentimiento por haber forzado la situación, por haber impuesto una convivencia obligada. Se sentía cansada de todo, incluso de él que  de centro de su alegría y vitalidad, paso a convertirse en centro de su fastidio y aburrimiento.
El tiempo, las dudas y el inevitable desapego se encargaron del fin y ahora ninguno tenía fuerzas para seguir jugando a ser felices, para seguir representando el papel  de pareja amantísima, que siempre y a pesar de  todo retornaba. Ella decidió dar por terminada una relación, muerta hace años.  Ella que había hecho de todo para no despertar del sueño del amor eterno, se encontró un día al abrir los ojos que dormía al lado del desamor.
Con vano afán ambos trataron de rehacer su vida, pero el tiempo que habían perdido ya no pudieron recuperarlo, ninguno de los dos llego a encontrar el verdadero amor.

domingo, 15 de abril de 2018

Un corazón tan grande...

las dos Fridas Frida kahlo 

¡Tengo un corazón tan grande que hay espacio para todas!
Ella lo escuchó en silencio, sus cejas se levantaron levemente en un gesto imperceptible de extrañeza, le parecía sorprendente que una persona tan inteligente  como él, pudiera lanzar tal afirmación, que una persona que ella valoraba por su racionalidad fuera capaz de proferir tamaña estupidez.
Una sonrisa cínica  e invisible para él afloro en sus labios y una pregunta cruzó por su mente, una pregunta que nunca verbalizó y que se convirtió sólo en un eco interno: ¿cómo puedo querer a este hombre? ¿Cómo puedo ni siquiera pensar que él me quiere?
Él, al otro lado del teléfono, seguía hablando, justificando su comportamiento, tratando de argumentar la absurda situación en la que se encontraban. Ella lo escuchaba, solo lo escuchaba y un gesto de tristeza se fue dibujando en su rostro.
Terminó la conversación telefónica y buscó “La balada del café triste” de Carson McCullers, pasó las páginas hasta que encontró el párrafo que buscaba y lo leyó en silencio:
"Ante todo, el amor es una experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante. Y de un modo u otro todo amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. Conoce una nueva y extraña soledad, y este conocimiento le hace sufrir. Así que el amante apenas puede hacer una cosa: cobijar su amor en su corazón lo mejor posible; debe crearse un mundo interior completamente nuevo, un mundo intenso y extraño..."  
Durante todo el día pensó en la absurda afirmación y  en el párrafo leído.  Él no tiene un corazón grande. El corazón grande y generoso lo han poseído todas las mujeres que ha tenido en su vida. Él  siempre ha sido el amado, él ha sido incapaz de amar, el sólo se ha conformado con recibir.
Se ha engañado pensando en su gran corazón, pero su corazón no es grande solo ha sido un corazón incapaz  de rechazar el amor que se le ofrecía, un corazón rebosante de todo ese amor que tomaba. Un corazón atiborrado  de amor ajeno, pero su corazón no es grande es elástico. Tan elástico que se hincha  en su pecho tan inmensamente que le da la sensación de grandeza.
¿Cuántos  momentos infelices había producido su gran corazón? ¿Cuántas vidas había afectado y aun afectaba? Preguntas, y estaba segura, que nunca se hizo y nunca se haría, porque además de grande y elástico su corazón era sordo y ciego.
Sordo porque nunca escucho el llanto que dejaba a su paso y ciego porque nunca vio los sentimientos, ni la tristeza  de sus amantes.
Él que se entregaba sin freno al amor que se le ofrecía. Él que engullía  con una gula insaciable el amor se le prodigaba, no se daba cuenta que convertía el acto de amar y a la amante de turno en simple sustancia amorosa apta para su consumo, como tampoco se daba cuenta que esta utilización del amor de otros le asignaba el triste papel de parasito emocional.
Su condición de receptor de amor lo condenaba per se a nunca ser un amante, nunca disfrutaría, ni viviría una autentica relación de amor, nunca se entregaría a la experiencia sublime de amar sin esperar nada a cambio, nunca sentiría esa dulzura tan intensa, tan parecida al dolor, tan cercana a la alegría y al sufrimiento que se adueña de ti cuando amas, cuando amas de verdad y todo adquiere esa cualidad de primera vez y todo se revela ante tus ojos con destellos divinos desde una noche de estrellas, hasta el resplandor del cielo al amanecer. Desde el viento, hasta la luz que se filtra a través de los árboles. Todo convertido en prodigio gracias al velo amoroso que cubre tu mirada y tu vida.  
¡Tengo un corazón tan grande que hay espacio para todas! Pensó con tristeza en esta afirmación categórica  que había escuchado apenas hace unas horas. ¿Un corazón grande? Se preguntó  y la respuesta no se hizo esperar: Grande en vacío, grande en promesas de segura soledad, inmensamente grande y atrofiado.
Y ella ¿se conformaría con ser una habitante más de ese corazón ya superpoblado? Pensó: al menos estoy clara que en esta experiencia amorosa seré la amante y acaso ¿no es la amante la qué da valor y calidad al amor? ¿No es quién escribe la verdadera historia? ¿No es la que espera cualquier relación probable aunque solo le cause dolor?
Marco el número, segura de querer adentrarse en esta relación que con certeza  le brindaría alegría y sufrimiento. Alegría y sufrimiento que calentarían su alma y la harían sentirse viva. Mientras sonaba el teléfono, una idea disparatada, pero reconfortante le vino de pronto: ella cobijaría su amor por él en su pequeño y solitario corazón y él le daría un pequeño espacio en su grande y habitado corazón. Ahí como todas las demás podría asegurarse algún pensamiento eventual de su amado.  Escucho que respondían el teléfono y “un hola cariño” rompió el silencio y acalló sus especulaciones.  

viernes, 13 de abril de 2018

Reflexiones 10: memoria y realidad

la persistencia de la memoria Salvador Dali

“Cinco minutos son suficientes para vivir una vida entera, así de relativo es el tiempo”. Repetía una y otra vez la frase de Mario Benedetti, mientras caminaba a su encuentro.
“En cinco  minutos todo puede pasar” y pensó en lo primero que iba a decirle al verlo: “Te quiero”, una frase corta que se expresaba en un segundo, después quedarían trescientos cuarenta y nueve segundos adicionales para vivir la vida entera.
Lo vio a lo lejos, mirando hacia el largo pasillo del aeropuerto donde ella aparecería, una mano y una sonrisa le advirtió que ya la había visto, aceleró su paso para entregarse cuanto antes a sus brazos, para besar su boca y decir ese “te quiero” pensado durante tantos años.
Al encontrarse, lo largamente esperado se hizo realidad, el abrazo, el beso, pero el “te quiero”  pensado durante tantos años murió en su garganta, no llego a convertirse en palabras. Caminaron en silencio, tomados de la mano, arrastrando la maleta y también las frustraciones acumuladas durante tanto tiempo.  Había transcurrido apenas un minuto y ella ya sabía que había sido un error, que lo añorado, lo esperado se habían desgastado. Que este encuentro a destiempo ya no representaba nada. Hay cosas que esperas tanto, que deseas tanto, que si tardan mucho en llegar ya no sientes nada.  Hay cosas que solo viven mientras se desean, pero que al obtenerlas saben a poco.
En los cuatro minutos que tardaron en llegar al coche, se agolparon en su mente  cada uno de los cinco minutos significativos que marcaron su vida juntos, el encuentro, la decisión, la ruptura, la despedida. Cada instante decisivo observado, no con el velo de la añoranza, cada instante decisivo observado con el frio velo de la objetividad.
Y en los  cinco minutos transcurridos desde el encuentro hasta el coche supo que la vida que había perdido en  recuerdos, en melancolía  ya no podría recuperarla, pero que hoy se iniciaba el resto de su vida, libre para siempre del pasado, del si hubiera sido y libre también del futuro, del así será.  
Pensó, mientras se colocaba el cinturón de seguridad, a veces en cinco minutos se vive una vida entera, a veces en cinco minutos se toman decisiones que transforman tu vida entera y a veces bastan solo cinco minutos para cambiar para siempre lo que te resta de vida. En cinco minutos de realidad serena lo que ha persistido en la memoria puede esfumarse para siempre. 

jueves, 12 de abril de 2018

Una loca reflexión 9 o disertación etimológica

Grete Stern Sueños


¿Cómo se llega a ser una extraña?  ¿Cómo alguien puede  calificarte de extraña?  Extraña se deriva de la palabra extrañar que viene a su vez del latín extraneare y que se basa en extraneus, que significa de fuera, ajeno. Otra de sus acepciones la relaciona con algo raro, fuera de lo común y por último se usa, también,  para expresar el sentir la falta de lo habitual, el estar afuera de la situación normal.
Entonces que alguien me califique de extraña es normal, pues en este momento de mi vida encajo perfectamente en todos los usos del término.
Soy de fuera, ajena. Viviendo en un país, que no es mi país. Soy rara para la gente que me rodea, estoy fuera  del común denominador de los conocidos de este lugar que habito. Estoy lejana de mi espacio y de mi vida habitual, totalmente fuera de lo que hasta ayer fue mi situación normal.
Entonces que sea extraña o que sea una extraña es algo que se ajusta perfectamente, no solo a lo que soy, sino también al como me siento. Entonces encajó en estas siete letras, en estas tres silabas, en esta palabra, soy y me siento una extraña.
Pero el calificativo iba en otra dirección, iba en una dirección para mi inaceptable, se refería a estar fuera de una situación, de una realidad. Una realidad de la que he salido voluntariamente, pero de la cual no he podido desprenderme, una realidad que siempre irrumpe, me sorprende y hasta me desagrada.
Una realidad lejana donde a la fuerza quieren mantenerme y de la que ya no soy parte. Una realidad que desea conservarme presente para recordarme casi a diario que ya no me pertenece, que estoy fuera y que ahora soy una extraña.  
Una realidad que se nutre de mi presencia aun en la distancia, una realidad que me necesita, quizás, hasta para poder sobrevivir. Una realidad que necesita calificar de extraña y ajena a una persona ausente, a una persona que ya no está. Una  redundancia innecesaria, que no es valida, pues si no estoy, ni existo en esa realidad soy una extraña por definición.
Para esta situación existe también una palabra que puede definirla, una palabra que posee una rareza exquisita, un significado muy especial y un sonido fuerte, contundente, esta palabra es oxímoron.
La palabra oxímoron proviene del vocablo griego οξυμωρον (oxymoron) y está compuesta de oxys (agudo, fino) y moros (desafilado, estúpido).  Se refiere a una combinación de palabras que tienen un significado opuesto. Se emplea como una figura retórica para complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto. Emplearla para describir o calificar una situación talvez no sea, en términos lingüísticos, lo más apropiado o acertado pero es la palabra que vino a mi mente mientras escribía este relato, más parecido a una clase de etimología que a otra cosa. Así tenemos que toda esta situación a lo que más se parece es a un oxímoron y algunos ejemplos los ayudaran a entender el por qué:
Tu presencia ausente me hace recordar que ahora eres una extraña en nuestra vida
Eres una extraña en este presente que no habitas
En ambos ejemplos se ve claramente la contradicción, la oposición entre términos que se excluyen por significar cada uno la negación del otro.
Esta disertación en voz alta, este monólogo interior es lo único que hoy he podido escribir. A veces las situaciones o la vida te sobrepasan, pero en mi caso nunca llegan a dejarme muda.  Las palabras son mi alimento y mi aliento, lo único que tengo en este momento. Son el lugar donde me encuentro y del que no estoy dispuesta a mudarme. Estoy montada en un pequeño barco de papel lleno de palabras  donde trato de no naufragar.
Quiero concluir este loco ejercicio de hoy y no se me ocurre una mejor  idea que hacer un oxímoron.
“Un grito silencioso se escuchó de pronto, un grito silencioso que salió de mi boca cerrada y resonó en las paredes de la casa que no habito. El  olvido continuamente recordado expresó con palabras silenciosas sus deseos de extraviarse de la memoria y perderse para siempre del presente”


miércoles, 11 de abril de 2018

Reflexiones 8: cosas trascendentales

Guillermo Martí Ceballos Mujer leyendo 

Terminó de leer el libro, lo cerró, lo llevó a su pecho y lo abrazo. Siempre le pasaba igual al terminar un libro, sentía esa sensación de perdida, de vida que se escapaba, de amigos que se alejaban para siempre. Si el libro le había gustado mucho, si se había identificado con los personajes pasaba algunas horas como perdida, como carente de algo esencial. Dándoles vuelta a los personajes, a las frases con un afán infructuoso de que permanecieran un poco más en su vida, dándoles la oportunidad de que siguieran viviendo más allá de las paginas, para que pudieran escapar de la prisión que representa un libro cerrado.
En cierta forma los liberaba porque los personajes de cada libro leído eran tan parte de su existencia como las experiencias vividas, formaban parte de su historia, de sus referentes, de sus sueños.
El primer libro que leyó con fruición fue Ana Karenina. Tenía  apenas 11 o 12 años y estaba enferma con neumonía.  Acostada y aburrida en la cama, por un periodo no tan largo, pero que para una niña inquieta y de mente despierta parecieron siglos. Su mamá obstinada de sus quejas le llevo el inmenso y gordo libro a su cuarto para que lo leyera, sin imaginar siquiera que ese momento marcaría un cisma en su vida, un antes y un después.  
Lo contempló con desdén  en la mesa de noche, lo tomo en sus pequeñas manos y al hojearlo sintió ese olor inconfundible y particular de los libros nuevos, esa mezcla de tinta y papel, que hoy se ha convertido en su oxigeno vital, que hoy por hoy, representa unos de sus deleites más reconfortantes.
Abrió la primera página y leyó:
“Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada…”  
Las palabras revolotearon en su febril imaginación, y empleo febril literalmente pero también con esa otra acepción que se emplea para calificar a las mentes exaltadas.  Leyó nuevamente la frase saboreando cada palabra y asombrada de que en conjunto representaran tan gran verdad. Retomo la lectura y ya no paro hasta la última frase: “Pero a partir de hoy mi vida, toda mi vida, independientemente de lo que pueda pasar, no será ya irrazonable, no carecerá de sentido como hasta ahora, sino que en todos y en cada uno de sus momentos poseerá el sentido indudable del bien, que yo soy dueño de infundir en ella.”
Devoró el libro con tal pasión que en las noches se quedaba dormida con el libro entre sus manos, se despertaba, lo tomaba y lo seguía leyendo. La acompañaba hasta el baño, si alguien venía a visitarla sentía una ligera molestia por la interrupción de la lectura y deseaba con toda su fuerza infantil que se fueran y que se olvidaran de ella, lo único que quería era seguir leyendo, era proseguir adentrándose en las profundidades y el desenlace de la novela.
Y es que Ana Karenina no fue solo su primer libro, fue su primera aproximación a la vida real, fue su “a partir de hoy mi vida, toda mi vida cambio…” todavía atesora frases del libro, todavía recuerda a sus personajes como amigos entrañables, todavía hoy  siente  la desesperación de Ana,  la inconstancia de Vronsky, el abandono de Sergei, la ingenuidad de Kitty… todavía hoy y para siempre sus personajes vivirán con ella.
Ana Karenina fue su primer amor, fue su primera vez, fue su descubrimiento de la lectura, de los libros, por eso la conserva como un tesoro en su recuerdo, por eso la exalta cada vez que puede, por eso sus personajes la habitan. Después de ella vinieron muchas, muchísimas lecturas y junto a los personajes de Ana Karenina conviven otros, junto a las frases de Ana Karenina se entremezclan otras miles y miles de frases, millones de palabras agolpadas en su interior. Pero su sitial de iniciadora nadie se lo podrá arrebatar, las primeras veces son siempre únicas e irrepetibles. Por eso al cerrar un libro venia siempre el recuerdo de esa primera vez.   
Y de pronto resonó su voz infantil, leyendo la primera frase, esa primera frase cargada de verdad, de sabiduría con la que se inició en la vida de lectora:
 “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada…”


domingo, 8 de abril de 2018

Sandro y Simonetta

la bella Simonetta inmortalizada por Bottcelli

Sandro Botticelli deslizó suavemente el pincel sobre el lienzo y con este último detalle dio por concluido su más hermoso y sublime cuadro. Se movió algunos pasos hacia atrás, hasta que los 1,72 m x 2,78 m de la imagen quedaron frente a sus ojos. Cerró los parpados unos segundos y los volvió a abrir lentamente, la pieza se reveló en toda su grandeza ante él. 
Un suspiro salió de su pecho y lágrimas cristalinas bajaron por su rostro. Ahí, frente a frente, estaba nuevamente la mujer que había amado desde el momento en que la conoció. Ahí, frente a él, estaba naciendo nuevamente el objeto de su amor y nacía inmortal, sin principio, ni fin. Suspendida en la eternidad, ajena al deterioro del paso del tiempo, ajena a la muerte.
Sin la guía de Virgilio él se había adentrado en el infierno para rescatar de la muerte a su amada, él, solo, la había liberado de lo humano y mortal para eternizarla con la mágica conjunción del pincel, la pintura y el lienzo.
Sonrió, observando su obra,  la había liberado no solo de la muerte, la había liberado también del olvido.
Mientras sus labios sonreían, sus ojos lloraban y un pensamiento reconfortante lo invadió:
“Ahora y para siempre, ella arrebatada a la vida tan hermosa y joven, podrá observar desde el pedestal de su concha marina el transcurrir de los hombres y de los siglos y los hombres en el transcurrir de los siglos podrán observarla a ella en su belleza etérea. Ella que apenas fue un suspiro, un parpadeo  en la vida mortal logrará, gracias a mí, vivir eternamente como símbolo de la belleza”.
Hacia 9 años que la bella Simonetta había muerto, pero él sentía que todavía podía contemplarla, como la primera vez que la vio caminado por las calles del barrio de Santa María Novella. Recordó su espera frente a la iglesia de Ognissanti,  sólo para entreverla al salir, sólo para contemplar su gracia y encanto. Esa primera vez que, hipnotizado, siguió sus pasos serenos hasta llegar a su casa. Una casa que él conocía bien por la relación entre los Vespucci y su padre.
De ese día, que descubrió la belleza paseando por las calles de Florencia,  habían transcurrido ya 17 años y sin embargo, sentía que había sido ayer. Desde ese primer día y hasta la muerte de ella se había apostado frente a la puerta de la casa solo para verla aparecer y observarla. Desde ese día y hasta la muerte de él, acaecida muchísimo tiempo después, ella viviría para siempre en su pensamiento y, siempre fiel, la convertiría en su única musa, en la única mujer que iluminó su vida y ocupó todos los lienzos de sus obras. Desde ese día y hasta hoy la sigue venerando a los pies de su tumba, donde pidió ser enterrado al morir y donde permanecerán juntos por siempre bajo las frías lápidas  mortuorias de Ognissanti.
Sandro se limpió con sus manos llenas de pintura las lágrimas de su rostro y mientras se lavaba y se vestía para salir del estudio pensó, con un poco de envidia, en Céfiro, Cloris y en  la ninfa Primavera que vivirían por siempre junto a su amada, pensó que su decisión, sobre quien acompañaría el renacimiento de la bella Simonetta, había sido acertada.
“Primavera la esperará eternamente para arroparla con el manto rojo, la esperará para cubrirla y hacer que se materialice nuevamente, que vuelva a la vida. Una promesa de reencarnación perenne, siempre a su lado, siempre ahí, dispuesta a envolverla, a abrazar sus hombros y a estrechar su cuerpo húmedo.
Céfiro y Cloris, acariciarán suavemente su cuerpo desnudo con la brisa cálida del viento del oeste, infundiendo para siempre un  hálito de vida. Proveerán y  alimentarán su espíritu con flores y su cuerpo con frutos. Cloris generosa le entregará el don de la eterna juventud.
Todos vivirán inmutables, suspendidos en la esperanza de volver a la vida, sin imaginar siquiera que la inmortalidad ya está en ellos, que el aliento de vida de Céfiro  permanecerá  invariable, que el don de la juventud eterna, otorgado por Cloris,  ya le fue conferido por mi pincel y que el gesto de Primavera será un instante infinito”
Salió a la calle, un frio y helado viento ondeó sus cabellos, reconoció a Céfiro en el murmullo de la brisa y en las primeras luces del alba y sintió su agradecimiento en un soplo de viento en su mejilla, su agradecimiento por haberlo hecho participe de ese alumbramiento, de ese renacer eterno.
Pensó en el hechizo que sobre él había ejercido  Simonetta.  Él que amaba a los hombres había sucumbido ante ella, él que amaba el amor carnal y el placer sensual  de los hombres había cedido todo su amor al ideal de belleza pura, de inteligencia y honestidad supremas de esta joven mujer.  
Por una extraña coincidencia o por una confabulación del destino o de los dioses,  encontró una planta de mirto, la planta sagrada de Venus y el símbolo del amor eterno. Esta coincidencia le hizo volver a sonreír, no en vano había pintado  en el cuello de Primavera una elegante guirnalda de mirto, como símbolo de su adhesión imperecedera a Simonetta.
En el transcurrir de los años siguió pintando su imagen. En el transcurrir de los años observó como otros pintores habían sido seducidos por ella también, la vio como virgen, como diosa, como Cleopatra, como hermosa y anónima mujer.  La encontró en iglesias, en casas de la nobleza, en espacios  inesperados pintada por los mejores pintores. Pero su Simonetta, la que ocupaba su mente y su vida, le fue fiel hasta el final de sus días. 
Con el paso del tiempo el vacío existencial que ella había  dejado lo hizo buscar consuelo en el fanatismo y la locura  de Savonarola e impulsado por él fraile loco quemó en “la hoguera de la vanidad” muchos de sus cuadros, pero los de Simonetta siempre los protegió. Su amada inmortal no necesitaba purificarse al calor de la pira. Su amor inmortal era puro y  su pureza lo redimía de todos sus pecados.  
Antes de morir, pobre y enfermo, pidió a los Vespucci, sus vecinos y protectores, que le concedieran un último deseo, que sepultaran su cuerpo a los pies de su amada y así lo hicieron. A su velorio y entierro no asistieron muchos, ya no era el pintor original  y de moda, ya no era el gran Botticelli, mimado por papas, monarcas, nobles  y pueblo. Murió como un simple mortal un 17 de mayo de 1510 y ese día Cloris junto a Primavera hicieron florecer todos los mirtos  y Céfiro con su aliento esparció su aroma con una suave y cálida brisa sobre Florencia. 





viernes, 6 de abril de 2018

Reflexiones 7: Revolucionando la zona de confort

Grete Stern Sueños

Hay un gracioso  sketch de Les Luthiers, ese fantástico grupo argentino que siempre me hecho reír hasta casi dolerme el estómago, que simula la publicidad en una cadena de radio. Al que me refiero, específicamente, es a la parte dedicada a la promoción de una novela donde la voz inconfundible de Marcos Mundstock indica: “No deje de oír la historia de esta mujer atrapada por su pasado” seguidamente se oye un sonido de pasos presurosos por una calle y una imitación de voz femenina gritando “suéltame pasado”.
Ese “suéltame pasado” es el objeto hoy de mi reflexión. El pasado a veces se aferra a nuestro brazo tan fuertemente que no nos deja avanzar, es como si estuviéramos atrapados, encerrados  en una prisión, donde los barrotes solidos e irrompibles están formados no solo de recuerdos y añoranzas, sino también de estilos de vida, formas de actuar, formas de ser que nos han brindado una zona de confort de la que no nos atrevemos, o no queremos  salir.      
Cuando hablo de zona de confort no me refiero necesariamente a confortable, agradable, placentera, me refiero más bien a una vida a la que estamos acostumbrados y en la que sabemos como actuar. Donde no corremos riesgos, donde dominamos totalmente el repertorio de hábitos, rutinas, actitudes y comportamientos. Puede ser una “mierda”, puede ser un círculo vicioso o hasta patológico pero es conocido y por lo tanto seguro.  Tan es así que existe hasta un refrán muy popular que nos aconseja “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.
“Aferrarnos a lo malo conocido” no es acaso restringir nuestra existencia, darla ya por terminada, sepultarla en la desidia o en la indolencia.  Es limitarnos, rendirnos y dejarnos arrastrar como una hoja en un río, incapaz de liberarse por sí misma de la vorágine húmeda que terminará destruyéndola.  Podemos no solo aferrarnos a lo malo sino aferrarnos, también, a lo bueno. La palabra clave en esta afirmación es “aferrarnos”.  Apegarnos a cualquier cosa, situación o persona es siempre enterrarnos en vida, cerrar los ojos a cualquier oportunidad que te brinde la existencia. El apego siempre es un vínculo obsesivo con situaciones, cosas o personas que crees permanentes e inmutables, que identificas como el centro de  tu felicidad o de tu seguridad y en las que basas el sentido de tu vida.
Un vínculo de este tipo no permite romper con el pasado, o romper con una relación o, sencillamente replantearse una nueva forma de vida. Te quedas adherido a la zona de confort, te quedas para siempre absorbido dentro de los límites de la representación que has construido y en la que te sientes protegido de cualquier riesgo. Atrapado en esa obra mental limitativa en la que has colocado tu vida y en la que actúas como un viejo actor que de tanto presentarla, la repite de memoria.  
¿Cómo podemos acabar con esto? ¿Cómo liberarnos de esa prisión de barrotes solidos e irrompibles formados de recuerdos y añoranzas, de estilos de vida, de formas de actuar, de formas de ser, de formas de relacionarnos?
A estas preguntas solo tengo una primera aproximación, he pensado mucho y sigo pensando en esta situación, pues yo misma me siento secuestrada por el recuerdo y la añoranza  de mi zona de confort, por el apego a una vida que no volverá, una vida sin posible retorno.
Lo primero que hay que hacer es aceptar la realidad, tu vida pasada se acabó, pasa la página y empieza a escribir otro relato. Tus bienes materiales ya no existen,  limítate, entonces, a lo que tienes, nada dura para siempre. Tu relación de pareja solo es cómoda, pues termínala y busca a otra persona que al menos sea una promesa de felicidad. Nunca cambies la comodidad por la felicidad, aunque esta sólo sea una posibilidad.
Lo segundo es desprenderte, desapegarte de todo o todos, no es un proceso fácil, es como desintoxicarte de una droga fuerte y nociva donde siempre tendrás miedo a recaer. Es un proceso lento y sin pausa, un día a día.
Lo tercero es buscar alternativas, opciones a tu vida actual. Repensar tu vida, romper con tu viejo esquema y construir con sus cimientos un nuevo paradigma con nuevos estilos de vida, con nuevas  formas de actuar,  de ser,  de relacionarte.
Y el cuarto todavía está en elaboración porque a pesar  de tener los tres primeros claros y aplicarlos, siempre existe una posibilidad de reincidencia, que pende como espada de Damocles en nuestra cabeza. Tenemos que estar conscientes que antes de superarlo definitivamente, podremos retornar, al menos en sueños, al pasado, podremos añorar el bienestar perdido, podremos intentar vivir con la persona que solo nos brinda la comodidad de lo ya conocido. Pero tenemos que entender, también, que este aparente repliegue solo retrasa o pospone un poco el proceso irreversible que ya arrancó y que indetenible seguirá su curso.   
Lo importante para cambiar nuestra vida es empezar a mostrarnos irreverentes frente a nuestra zona de confort, es cuestionarla, es perturbar los límites y normas que nosotros mismos hemos construido, es iniciar una rebelión interior, una insurrección íntima que poco a poco derrumbe la prisión en la que nos hemos encerrado voluntariamente.

jueves, 5 de abril de 2018

Reflexiones 6.: Música

Anton van Weelie Ofelia movimiento Prerafaelista 

“Hay música tan maravillosa que su sonido te envuelve de tal manera que vives emociones tan intensas y tan físicas que te llevan al éxtasis”. Esta idea le vino a la mente mientras escuchaba opus 100 de Schubert para cello, violín y piano. Una especie de melancolía la invadió y una sucesión de imágenes paso por su mente como una proyección ininterrumpida de su vida infantil.
Los recuerdos que habían marcado su infancia se mostraban a sus ojos, momentos de alegría y tristezas entremezclados  con las notas musicales que llenaban el vacío.
Se sintió pequeña y emocionada frente a los juguetes la navidad en que una emoción gigante le robo la voz  y  la dejo muda por 24 horas, por 1440 minutos y  por 86400 segundos.
Se sintió insignificante luchando contra el viento arrebatándole la sombrilla que quería robarle. Una lucha triunfante, una lucha en que su pequeño cuerpo elevado del suelo venció los rugidos y la fuerza  de la tormenta.
Se sintió gigante observando a las hormigas y su periplo hasta el hormiguero, esas hormigas que contemplaba extasiada horas y horas, mientras su mano pequeña y gigante les lanzaba alguna migaja de comida y sus ojos seguían el sinuoso e interminable recorrido.
Se sintió angustiada mientras su pequeño cuerpo se hundía  en una laguna sin fondo y se impulsaba a la salvación, sin esperanzas, resbalando de la boya  y desliándose hacia la desesperación y la oscuridad del agua. Hasta que una mano salvadora la tomo en brazos y la dejo en la orilla.  
Se sintió inconsolable el día que su mamá tomo a otro niño en brazos y abrazándolo y mirándola le dijo que lo quería más que a nadie en el mundo. Ella se deslizo en silencio hasta la alfombra del cuarto donde el polvo y las lágrimas ensuciaron su rostro de desilusión y desamor.   

Sintió todas estas cosas, mientras los acordes de la música sonaban en el cuarto. Sintió que revivían todas las emociones y sensaciones. Las palabras silentes atrapadas en su boca,  el viento fuerte que golpeaba su rostro y aferraba la ropa a su cuerpo, los ojos cansados y la mente extraviada mientras observaba a las hormigas, su cuerpo hundiéndose en la oscuridad, impulsándose hacia  la luz, tragando el agua dulce que pronto se convirtió en amarga y sus pulmones absorbiendo aire solo segundos. El calor húmedo de su cara en la alfombra y el olor a polvo que penetraba en su nariz.
Todas estas sensaciones acompañadas de un cello sollozante consolado por un violín y un piano. Al sonar el último acorde, abrió los ojos como si hubiera despertado de un salto en el tiempo. Las emociones de niña a flor de piel le impedían ver que estaba aquí y ahora. Se sintió que había viajado  a la infancia montada en un “do re mi fa so la si” etéreo y sublime. En un submarino musical que la hundió en el pasado.

¿Acaso no es la música, como el viento lo único que nos diluye y nos hace sentir parte de todo? ¿Acaso no es la música la única capaz de envolvernos y hacernos una continuidad, sin tiempo, ni espacio?   
Basta colocar la melodía apropiada y cerrar los ojos…

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