| Grete Stern Sueños |
Hay un miedo que compartimos todas las mujeres, es un miedo tan
atávico y antiguo que nace con nosotras. Corre por nuestra sangre, se ha
instalado en nuestros genes y forma parte de nuestro inconsciente colectivo. Es
el miedo a ser violadas, a despojarnos de nuestro cuerpo, arrebatarnos de nuestra
capacidad de decidir, nuestra dignidad y
violentar nuestro derecho más íntimo.
Ser mujer viene con el miedo incorporado, viene con la desconfianza
asumida, viene con la duda a flor de piel, viene con la posibilidad de que en
cualquier momento pueda ocurrirte.
Vivimos siempre con ese miedo latente, con ese miedo presente, con ese
miedo incrustado en nuestra vida.
Este miedo desconocido, no intuido, ni sentido por el hombre, no es un
miedo absurdo, no es un miedo inventado, no es un miedo irreal. Es un miedo
frente a una posibilidad que siempre está ahí, ensombreciendo nuestro día. Una
nube oscura, terrible y arrasadora.
Históricamente hemos sido violadas por parejas, por amigos, por
familia, por padres, por desconocidos, por individuos, por grupos. Hemos sido
botines de guerras. Hemos sido trofeos, hemos sido apuestas, hemos sido
siempre objetos. Objetos de placer del
hombre. Objetos involuntarios sin posibilidad de decidir, objetos para satisfacer
las apetencias más primitivas del hombre.
Pensábamos que en nuestra lucha por la igualdad de derechos, este
miedo se difuminaría, se eliminaría de nuestras vidas, pero de pronto te das
cuenta que no, que sigue ahí, que el mundo sigue siendo masculino y que la
posibilidad sigue aquí. Que no importa dónde estés el mundo de hombres que te
rodea sigue siendo una amenaza. Un peligro existente que te constriñe a vivir
sumida en el miedo.
En estos meses que tengo en Europa, ha habido dos casos emblemáticos y
mediáticos que han evidenciado este hecho y han aflorado nuevamente el miedo
ancestral. El primero en Florencia, donde dos carabinieri (designados para proteger y velar por la seguridad de los ciudadanos) violaron a dos jóvenes americanas y el segundo en Pamplona donde una "manada" de cinco hombres violó a otra joven en los
Sanfermines.
Dos casos públicos y notorios, que intuyó con certeza, ocultan miles
de casos privados y anónimos. Porque frente a este hecho vejatorio y violento
las mujeres hemos preferido callar o mejor dicho a las mujeres nos han hecho
callar.
Nos han hecho callar por la complicidad de la sociedad. Una sociedad
que condena a la mujer violada al silencio. Una sociedad que justifica a los
violadores. Una sociedad que responsabiliza a la mujer por haber sufrido la
agresión. Una sociedad que convierte a la víctima en culpable.
La mujer violada se avergüenza de haber sido violada. La mujer violada
es la responsable. La mujer violada ve sometida su vida íntima al escarnio
público. La mujer violada es estigmatizada
Mientras esto siga siendo así cada día habrá mujeres violadas, en la
privacidad de su casa o en la oscura calle de cualquier ciudad. En
urbanizaciones lujosas o en barrios pobres. En países desarrollados o países
subdesarrollados. Porque todas estamos expuestas, todas somos víctimas
potenciales.
Somos mujeres ultrajadas en nuestro cuerpo y en nuestros derechos, somos
mujeres ultrajadas por hombres sin
escrúpulos y por una sociedad indiferente y cómplice. Somos mujeres doblemente violadas por quienes
afrentan nuestro cuerpo y por quienes disminuyen la afrenta. Somos doblemente
violadas por quienes mancillan nuestro
cuerpo y por quienes vulneran nuestros derechos.
No es No y siempre será No. ¿Que no entienden los hombres y los jueces?
No es una negación tajante, clara, precisa, nunca sujeta a interpretaciones. Un
“No” debería bastar para dejar de sentir este miedo atávico y antiguo que nace con nosotras,
que corre por nuestra sangre, que se ha
instalado en nuestros genes y forma parte de nuestro inconsciente colectivo.
Mientras la sociedad nos culpabilice por haber sido violadas, mientras no se culpabilice y no se castigue a los agresores no habrá un No que valga.
No es No para todo menos para impedir que te violen.
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