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| la bella Simonetta inmortalizada por Bottcelli |
Sandro Botticelli deslizó suavemente el pincel sobre el lienzo y con
este último detalle dio por concluido su más hermoso y sublime cuadro. Se movió
algunos pasos hacia atrás, hasta que los 1,72 m x 2,78 m de la imagen quedaron
frente a sus ojos. Cerró los parpados unos segundos y los volvió a abrir
lentamente, la pieza se reveló en toda su grandeza ante él.
Un suspiro salió de su pecho y lágrimas cristalinas bajaron por su
rostro. Ahí, frente a frente, estaba nuevamente la mujer que había amado desde
el momento en que la conoció. Ahí, frente a él, estaba naciendo nuevamente el
objeto de su amor y nacía inmortal, sin principio, ni fin. Suspendida en la
eternidad, ajena al deterioro del paso del tiempo, ajena a la muerte.
Sin la guía de Virgilio él se había adentrado en el infierno para
rescatar de la muerte a su amada, él, solo, la había liberado de lo humano y
mortal para eternizarla con la mágica conjunción del pincel, la pintura y el
lienzo.
Sonrió, observando su obra, la
había liberado no solo de la muerte, la había liberado también del olvido.
Mientras sus labios sonreían, sus ojos lloraban y un pensamiento
reconfortante lo invadió:
“Ahora y para siempre, ella
arrebatada a la vida tan hermosa y joven, podrá observar desde el pedestal de
su concha marina el transcurrir de los hombres y de los siglos y los hombres en
el transcurrir de los siglos podrán observarla a ella en su belleza etérea.
Ella que apenas fue un suspiro, un parpadeo
en la vida mortal logrará, gracias a mí, vivir eternamente como símbolo
de la belleza”.
Hacia 9 años que la bella Simonetta había muerto, pero él sentía que
todavía podía contemplarla, como la primera vez que la vio caminado por las
calles del barrio de Santa María Novella. Recordó su espera frente a la iglesia
de Ognissanti, sólo para entreverla al
salir, sólo para contemplar su gracia y encanto. Esa primera vez que, hipnotizado,
siguió sus pasos serenos hasta llegar a su casa. Una casa que él conocía bien
por la relación entre los Vespucci y su padre.
De ese día, que descubrió la belleza paseando por las calles de
Florencia, habían transcurrido ya 17
años y sin embargo, sentía que había sido ayer. Desde ese primer día y hasta la
muerte de ella se había apostado frente a la puerta de la casa solo para verla
aparecer y observarla. Desde ese día y hasta la muerte de él, acaecida
muchísimo tiempo después, ella viviría para siempre en su pensamiento y,
siempre fiel, la convertiría en su única musa, en la única mujer que iluminó su
vida y ocupó todos los lienzos de sus obras. Desde ese día y hasta hoy la sigue
venerando a los pies de su tumba, donde pidió ser enterrado al morir y donde
permanecerán juntos por siempre bajo las frías lápidas mortuorias de Ognissanti.
Sandro se limpió con sus manos llenas de pintura las lágrimas de su
rostro y mientras se lavaba y se vestía para salir del estudio pensó, con un
poco de envidia, en Céfiro, Cloris y en
la ninfa Primavera que vivirían por siempre junto a su amada, pensó que
su decisión, sobre quien acompañaría el renacimiento de la bella Simonetta, había
sido acertada.
“Primavera la esperará
eternamente para arroparla con el manto rojo, la esperará para cubrirla y hacer
que se materialice nuevamente, que vuelva a la vida. Una promesa de
reencarnación perenne, siempre a su lado, siempre ahí, dispuesta a envolverla, a
abrazar sus hombros y a estrechar su cuerpo húmedo.
Céfiro y Cloris, acariciarán
suavemente su cuerpo desnudo con la brisa cálida del viento del oeste, infundiendo
para siempre un hálito de vida. Proveerán
y alimentarán su espíritu con flores y
su cuerpo con frutos. Cloris generosa le entregará el don de la eterna juventud.
Todos vivirán inmutables,
suspendidos en la esperanza de volver a la vida, sin imaginar siquiera que la
inmortalidad ya está en ellos, que el aliento de vida de Céfiro permanecerá
invariable, que el don de la juventud eterna, otorgado por Cloris, ya le fue conferido por mi pincel y que el
gesto de Primavera será un instante infinito”
Salió a la calle, un frio y helado viento ondeó sus cabellos,
reconoció a Céfiro en el murmullo de la brisa y en las primeras luces del alba
y sintió su agradecimiento en un soplo de viento en su mejilla, su
agradecimiento por haberlo hecho participe de ese alumbramiento, de ese renacer
eterno.
Pensó en el hechizo que sobre él había ejercido Simonetta. Él que amaba a los hombres había sucumbido ante
ella, él que amaba el amor carnal y el placer sensual de los hombres había cedido todo su amor al
ideal de belleza pura, de inteligencia y honestidad supremas de esta joven
mujer.
Por una extraña coincidencia o por una confabulación del destino o de
los dioses, encontró una planta de
mirto, la planta sagrada de Venus y el símbolo del amor eterno. Esta
coincidencia le hizo volver a sonreír, no en vano había pintado en el cuello de Primavera una elegante
guirnalda de mirto, como símbolo de su adhesión imperecedera a Simonetta.
En el transcurrir de los años siguió pintando su imagen. En el
transcurrir de los años observó como otros pintores habían sido seducidos por
ella también, la vio como virgen, como diosa, como Cleopatra, como hermosa y
anónima mujer. La encontró en iglesias,
en casas de la nobleza, en espacios
inesperados pintada por los mejores pintores. Pero su Simonetta, la que
ocupaba su mente y su vida, le fue fiel hasta el final de sus días.
Con el paso del tiempo el vacío existencial que ella había dejado lo hizo buscar consuelo en el fanatismo
y la locura de Savonarola e impulsado por
él fraile loco quemó en “la hoguera de la vanidad” muchos de sus cuadros, pero
los de Simonetta siempre los protegió. Su amada inmortal no necesitaba purificarse
al calor de la pira. Su amor inmortal era puro y su pureza lo redimía de todos sus
pecados.
Antes de morir, pobre y enfermo, pidió a los Vespucci, sus vecinos y
protectores, que le concedieran un último deseo, que sepultaran su cuerpo a los
pies de su amada y así lo hicieron. A su velorio y entierro no asistieron
muchos, ya no era el pintor original y
de moda, ya no era el gran Botticelli, mimado por papas, monarcas, nobles y pueblo. Murió como un simple mortal un 17
de mayo de 1510 y ese día Cloris junto a Primavera hicieron florecer todos los
mirtos y Céfiro con su aliento esparció
su aroma con una suave y cálida brisa sobre Florencia.

Diaspiace rompere la romanticità della prosa,ma... È noto a tutti che Sandro era omosessuale, come molti altri artisti del suo tempo (Vasari docet)
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