domingo, 8 de abril de 2018

Sandro y Simonetta

la bella Simonetta inmortalizada por Bottcelli

Sandro Botticelli deslizó suavemente el pincel sobre el lienzo y con este último detalle dio por concluido su más hermoso y sublime cuadro. Se movió algunos pasos hacia atrás, hasta que los 1,72 m x 2,78 m de la imagen quedaron frente a sus ojos. Cerró los parpados unos segundos y los volvió a abrir lentamente, la pieza se reveló en toda su grandeza ante él. 
Un suspiro salió de su pecho y lágrimas cristalinas bajaron por su rostro. Ahí, frente a frente, estaba nuevamente la mujer que había amado desde el momento en que la conoció. Ahí, frente a él, estaba naciendo nuevamente el objeto de su amor y nacía inmortal, sin principio, ni fin. Suspendida en la eternidad, ajena al deterioro del paso del tiempo, ajena a la muerte.
Sin la guía de Virgilio él se había adentrado en el infierno para rescatar de la muerte a su amada, él, solo, la había liberado de lo humano y mortal para eternizarla con la mágica conjunción del pincel, la pintura y el lienzo.
Sonrió, observando su obra,  la había liberado no solo de la muerte, la había liberado también del olvido.
Mientras sus labios sonreían, sus ojos lloraban y un pensamiento reconfortante lo invadió:
“Ahora y para siempre, ella arrebatada a la vida tan hermosa y joven, podrá observar desde el pedestal de su concha marina el transcurrir de los hombres y de los siglos y los hombres en el transcurrir de los siglos podrán observarla a ella en su belleza etérea. Ella que apenas fue un suspiro, un parpadeo  en la vida mortal logrará, gracias a mí, vivir eternamente como símbolo de la belleza”.
Hacia 9 años que la bella Simonetta había muerto, pero él sentía que todavía podía contemplarla, como la primera vez que la vio caminado por las calles del barrio de Santa María Novella. Recordó su espera frente a la iglesia de Ognissanti,  sólo para entreverla al salir, sólo para contemplar su gracia y encanto. Esa primera vez que, hipnotizado, siguió sus pasos serenos hasta llegar a su casa. Una casa que él conocía bien por la relación entre los Vespucci y su padre.
De ese día, que descubrió la belleza paseando por las calles de Florencia,  habían transcurrido ya 17 años y sin embargo, sentía que había sido ayer. Desde ese primer día y hasta la muerte de ella se había apostado frente a la puerta de la casa solo para verla aparecer y observarla. Desde ese día y hasta la muerte de él, acaecida muchísimo tiempo después, ella viviría para siempre en su pensamiento y, siempre fiel, la convertiría en su única musa, en la única mujer que iluminó su vida y ocupó todos los lienzos de sus obras. Desde ese día y hasta hoy la sigue venerando a los pies de su tumba, donde pidió ser enterrado al morir y donde permanecerán juntos por siempre bajo las frías lápidas  mortuorias de Ognissanti.
Sandro se limpió con sus manos llenas de pintura las lágrimas de su rostro y mientras se lavaba y se vestía para salir del estudio pensó, con un poco de envidia, en Céfiro, Cloris y en  la ninfa Primavera que vivirían por siempre junto a su amada, pensó que su decisión, sobre quien acompañaría el renacimiento de la bella Simonetta, había sido acertada.
“Primavera la esperará eternamente para arroparla con el manto rojo, la esperará para cubrirla y hacer que se materialice nuevamente, que vuelva a la vida. Una promesa de reencarnación perenne, siempre a su lado, siempre ahí, dispuesta a envolverla, a abrazar sus hombros y a estrechar su cuerpo húmedo.
Céfiro y Cloris, acariciarán suavemente su cuerpo desnudo con la brisa cálida del viento del oeste, infundiendo para siempre un  hálito de vida. Proveerán y  alimentarán su espíritu con flores y su cuerpo con frutos. Cloris generosa le entregará el don de la eterna juventud.
Todos vivirán inmutables, suspendidos en la esperanza de volver a la vida, sin imaginar siquiera que la inmortalidad ya está en ellos, que el aliento de vida de Céfiro  permanecerá  invariable, que el don de la juventud eterna, otorgado por Cloris,  ya le fue conferido por mi pincel y que el gesto de Primavera será un instante infinito”
Salió a la calle, un frio y helado viento ondeó sus cabellos, reconoció a Céfiro en el murmullo de la brisa y en las primeras luces del alba y sintió su agradecimiento en un soplo de viento en su mejilla, su agradecimiento por haberlo hecho participe de ese alumbramiento, de ese renacer eterno.
Pensó en el hechizo que sobre él había ejercido  Simonetta.  Él que amaba a los hombres había sucumbido ante ella, él que amaba el amor carnal y el placer sensual  de los hombres había cedido todo su amor al ideal de belleza pura, de inteligencia y honestidad supremas de esta joven mujer.  
Por una extraña coincidencia o por una confabulación del destino o de los dioses,  encontró una planta de mirto, la planta sagrada de Venus y el símbolo del amor eterno. Esta coincidencia le hizo volver a sonreír, no en vano había pintado  en el cuello de Primavera una elegante guirnalda de mirto, como símbolo de su adhesión imperecedera a Simonetta.
En el transcurrir de los años siguió pintando su imagen. En el transcurrir de los años observó como otros pintores habían sido seducidos por ella también, la vio como virgen, como diosa, como Cleopatra, como hermosa y anónima mujer.  La encontró en iglesias, en casas de la nobleza, en espacios  inesperados pintada por los mejores pintores. Pero su Simonetta, la que ocupaba su mente y su vida, le fue fiel hasta el final de sus días. 
Con el paso del tiempo el vacío existencial que ella había  dejado lo hizo buscar consuelo en el fanatismo y la locura  de Savonarola e impulsado por él fraile loco quemó en “la hoguera de la vanidad” muchos de sus cuadros, pero los de Simonetta siempre los protegió. Su amada inmortal no necesitaba purificarse al calor de la pira. Su amor inmortal era puro y  su pureza lo redimía de todos sus pecados.  
Antes de morir, pobre y enfermo, pidió a los Vespucci, sus vecinos y protectores, que le concedieran un último deseo, que sepultaran su cuerpo a los pies de su amada y así lo hicieron. A su velorio y entierro no asistieron muchos, ya no era el pintor original  y de moda, ya no era el gran Botticelli, mimado por papas, monarcas, nobles  y pueblo. Murió como un simple mortal un 17 de mayo de 1510 y ese día Cloris junto a Primavera hicieron florecer todos los mirtos  y Céfiro con su aliento esparció su aroma con una suave y cálida brisa sobre Florencia. 





1 comentario:

  1. Diaspiace rompere la romanticità della prosa,ma... È noto a tutti che Sandro era omosessuale, come molti altri artisti del suo tempo (Vasari docet)

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