sábado, 21 de abril de 2018

Desamor

La rama Marc Chagall

Un día se dio cuenta que ella era sólo una opción, un día descubrió que nunca fue una prioridad. Nunca fue lo más importante, fue simplemente una alternativa, una posibilidad. sólo una rama del árbol, dentro de otras e iguales ramas,  Ese día  se dio cuenta que lo que ella sentía no era correspondido, ese día, también, se dio cuenta que había depositado toda su confianza  en alguien sumergido en dudas, en vacilaciones.
En un instante concreto de ese día  llego de pronto  el desengaño y  la frustración. Sintió como todas sus expectativas se quebraban, como todos sus sueños se esfumaban. Empezó  a caminar a tientas procurando no tropezar con la realidad  que se había mostrado ante ella, clara, diáfana sin ningún asomo de dudas, pero que no quería o no podía aceptar.
Pero esa no correspondencia de sentimientos, inevitablemente y más temprano que tarde, fue minando la relación. Y lo que pensó que tenía en sus manos se fue haciendo inalcanzable. Y  el objeto de su  amor se fue cubriendo de indiferencia liberadora. Y la opción del abandono se fue convirtiendo en la única certeza posible.
Desde ese día y durante un largo periodo empezó a deshacer el camino andado y a desenamorarse. Pero contrario al amor, el desamor es un largo y penoso proceso, sin ninguna alegría, sin mariposas en el estómago, sin satisfacciones. Lo único  similar que poseen es que la atención, la concentración sigue centrada en el mismo objeto, sigue gravitando entorno a él.
El placer del amor es sustituido por amargura y  un dolor intenso se posa en el corazón.  El ánimo y el entusiasmo se ven remplazados por  un cansancio prolongado y  un abatimiento paralizante. El  rebosante futuro  se trastoca en vacío…  poco a poco estos sentimientos, estas sensaciones que van suplantado las viejas y maravillosas emociones, la invadieron, se adueñaron  de ella, pero también poco a poco y gracias a un esfuerzo enorme las fue desalojando de su vida.
Igual que un día se dio cuenta que nunca fue la prioridad, el desalojo  de la tristeza la tomó por sorpresa, llego de forma inesperada, sin esperarlo. Había convertido su vida en dolor, en cansancio, en desolación. Había convertido su vida en una necesidad de entender el  amor del otro, en esperar al otro, en recuperar la fe en el otro. Pero un día cualquiera se dio cuenta que el poema de Jaime Sabines, que leía cada día desde su encuentro imprevisto con el desamor, ya no se nublaba ante sus ojos, que las lágrimas que invariablemente inundaban cada frase, dejaron de fluir y lo leyó nuevamente, para asegurarse de lo que ya no sentía:

“Pasa el lunes y pasa el martes
y pasa el miércoles y el jueves y el viernes
y el sábado y el domingo,
y otra vez el lunes y el martes
y la gotera de los días sobre la cama donde se quiere dormir,
la estúpida gota del tiempo cayendo sobre el corazón aturdido,
la vida pasando como estas palabras.
lunes, martes, miércoles,
enero, febrero, diciembre, otro año, otro año, otra vida.
La vida yéndose sin sentido, entre la borrachera y la conciencia,
entre la lujuria y el remordimiento y el cansancio.
Encontrarse, de pronto, con las manos vacías,
con el corazón vacío,
con la memoria como una ventana hacia la obscuridad,
y preguntarse: ¿qué hice?, ¿qué fui?, ¿en dónde estuve?
Sombra perdida entre las sombras,
¿cómo recuperarte, rehacerte, vida?...”

Y supo que esta sería la última vez  que lo leería, supo que nada es eterno, que el dolor por el desamor estaba superado, que  poco a poco y gracias  al paso inexorable del tiempo el desafecto vivido ya no dolía. Había pasado la página, había concluido este triste capítulo de su vida, quizás en el futuro seria la prioridad de otro, quizás  volvería a sentir confianza en alguien, esa confianza plena que le permitiría entregarse y   quizás, sólo, quizás volvería a convertir a otro en su prioridad.

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