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| La rama Marc Chagall |
Un día se dio cuenta que ella era sólo una opción, un día descubrió que
nunca fue una prioridad. Nunca fue lo más importante, fue simplemente una
alternativa, una posibilidad. sólo una rama del árbol, dentro de otras e iguales ramas, Ese día se
dio cuenta que lo que ella sentía no era correspondido, ese día, también, se dio
cuenta que había depositado toda su confianza en alguien sumergido en dudas, en vacilaciones.
En un instante concreto de ese día llego de pronto el desengaño y la frustración. Sintió como todas sus
expectativas se quebraban, como todos sus sueños se esfumaban. Empezó a caminar a tientas procurando no tropezar con
la realidad que se había mostrado ante
ella, clara, diáfana sin ningún asomo de dudas, pero que no quería o no podía aceptar.
Pero esa no correspondencia de sentimientos, inevitablemente y más
temprano que tarde, fue minando la relación. Y lo que pensó que tenía en sus
manos se fue haciendo inalcanzable. Y el
objeto de su amor se fue cubriendo de
indiferencia liberadora. Y la opción del abandono se fue convirtiendo en la única
certeza posible.
Desde ese día y durante un largo periodo empezó a deshacer el camino
andado y a desenamorarse. Pero contrario al amor, el desamor es un largo y
penoso proceso, sin ninguna alegría, sin mariposas en el estómago, sin
satisfacciones. Lo único similar que
poseen es que la atención, la concentración sigue centrada en el mismo objeto,
sigue gravitando entorno a él.
El placer del amor es sustituido por amargura y un dolor intenso se posa en el corazón. El ánimo y el entusiasmo se ven remplazados
por un cansancio prolongado y un abatimiento paralizante. El rebosante futuro se trastoca en vacío… poco a poco estos sentimientos, estas
sensaciones que van suplantado las viejas y maravillosas emociones, la invadieron,
se adueñaron de ella, pero también poco
a poco y gracias a un esfuerzo enorme las fue desalojando de su vida.
Igual que un día se dio cuenta que nunca fue la prioridad, el desalojo
de la tristeza la tomó por sorpresa,
llego de forma inesperada, sin esperarlo. Había convertido su vida en dolor, en
cansancio, en desolación. Había convertido su vida en una necesidad de entender
el amor del otro, en esperar al otro, en
recuperar la fe en el otro. Pero un día cualquiera se dio cuenta que el poema
de Jaime Sabines, que leía cada día desde su encuentro imprevisto con el
desamor, ya no se nublaba ante sus ojos, que las lágrimas que invariablemente
inundaban cada frase, dejaron de fluir y lo leyó nuevamente, para asegurarse de
lo que ya no sentía:
“Pasa el
lunes y pasa el martes
y pasa el
miércoles y el jueves y el viernes
y el sábado y
el domingo,
y otra vez el
lunes y el martes
y la gotera
de los días sobre la cama donde se quiere dormir,
la estúpida
gota del tiempo cayendo sobre el corazón aturdido,
la vida
pasando como estas palabras.
lunes,
martes, miércoles,
enero,
febrero, diciembre, otro año, otro año, otra vida.
La vida
yéndose sin sentido, entre la borrachera y la conciencia,
entre la
lujuria y el remordimiento y el cansancio.
Encontrarse,
de pronto, con las manos vacías,
con el
corazón vacío,
con la memoria
como una ventana hacia la obscuridad,
y
preguntarse: ¿qué hice?, ¿qué fui?, ¿en dónde estuve?
Sombra
perdida entre las sombras,
¿cómo
recuperarte, rehacerte, vida?...”
Y supo que esta sería la última vez que lo leería, supo que nada es eterno, que el
dolor por el desamor estaba superado, que poco a poco y gracias al paso inexorable del tiempo el desafecto vivido ya no dolía. Había pasado la página, había concluido este triste capítulo
de su vida, quizás en el futuro seria la prioridad de otro, quizás volvería a sentir confianza en alguien, esa confianza
plena que le permitiría entregarse y quizás, sólo, quizás volvería a convertir a
otro en su prioridad.

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