sábado, 25 de noviembre de 2017

la loca que busca el amor

Zdzislaw Beksins

La tarde transcurría apacible, solo el ruido de las teclas del computador rompía el silencio. La perrita yacía acostada al lado de la estufa. Era una tarde de otoño teñida de rojos, amarillos, naranjas y rosa viejo.
Ella frente a la estufa escribía, por momentos se detenía para acariciar a la perrita y meditar sobre la incertidumbre de la vida. De repente una imagen le vino a la cabeza. La vida era como una telaraña, resistente y frágil a la vez.
Pensó en todo lo que le había acontecido en el último año, como su larga vida de ensueño se había desvanecido y continuaba desvaneciéndose. En el último año había perdido el amor, la casa, el país, todo lo que la hacía resistente, ahora sin nada apenas se reconocía. Se había convertido en una persona frágil, insegura. Su sonrisa constante de antes, ahora se escondía y salía muy de vez en cuando. -La persona que soy hoy no tiene nada que ver con la que era ayer- pensó y una lagrima rodó suavemente por su mejilla.
Hace, apenas, unos meses atrás sintió que su vida estaba por reordenarse. Una persona había aparecido en su vida, una persona afín cargada de planes y proyectos juntos. Sintió por algún tiempo que la vida le sonreía, pero esta sonrisa se fue desdibujando de su rostro rápidamente.
Trato de remontar el momento preciso del quiebre entre la ilusión y el desengaño y no le costó encontrarlo, sabía exactamente cuando se produjo. Fue después de una llamada, una llamada, que esperaba fuera como la de todos los días pero que resulto particularmente amarga e inesperada.
Esa llamada puso al descubierto el espejismo que había vivido, esa llamada la despertó del ensueño, esa llamada la devolvió a la realidad.
Solo bastaron segundos para destruir la quimera que había construido. La quimera que había querido construir.
Y aunque hubo explicaciones y reencuentros ya nada pudo ser igual, ya nada nunca sería igual.
Después de esa llamada se posó sobre ella la duda, la desconfianza y la inseguridad. Un peso enorme para una persona vulnerable y frágil como era ella en ese momento.
Este peso enorme la fue consumiendo poco a poco. Lo primero que percibió fue la perdida de brillo en sus ojos. Lo segundo fue la falta de luz a su alrededor. Lo tercero fue la imposibilidad de sonreír abiertamente que con el tiempo se agudizó hasta bloquear cualquier sonrisa de su rostro. Así poco a poco y día tras día su cara se fue convirtiendo en una máscara inexpresiva y su entorno en un lugar oscuro donde apenas distinguía nada.
Ahora aprovecha algún destello de luz que se filtra dentro de la desilusión para escribir y contar su historia. No la historia de las últimas semanas sino la historia de ese amor inicial que todo lo puede y que incluso te salva. Pensaba que si lograba condensarlo en palabras lo recuperaría.
Ella no se daba cuenta de la infructífera labor que se exigía. No se puede recuperar una quimera, no se puede redimir un sueño, no se puede repetir una ilusión. Nada de lo que idealizó existió fue un extravío de su imaginación, algo que anheló, algo que nunca sucedió.
Ya no está sentada frente a la estufa escribiendo. Al no poder condensar el amor en palabras empezó a buscarlo en todas partes y como la luz era cada vez más tenue, tanteaba por cada rincón y se golpeaba contra las paredes. Los vecinos al escuchar los golpes constantes y los ladridos lastimeros de la perrita avisaron a la policía.

Ahora en el manicomio prosigue su búsqueda, la llaman la loca que busca el amor y aunque ella no recuperó su sonrisa, todos al verla esbozan una dulce y leve sonrisa.

lunes, 20 de noviembre de 2017

¿sueño japoneses?



kano eitoku panel con cipreses 1543-1590
Me despierto con el ruido del viento. Abro los ojos y veo las ramas de los cipreses moviéndose enloquecidas, como si la sola posibilidad de estar quietas las perturbara. Golpean la ventana se alejan, se acercan y se van como olas de hojas en este mar de viento frio. 
En los apenas tres meses que he vivido aquí, he pasado del calor del verano, al frio del invierno. De la suave brisa que acaricia la piel, al viento que penetra hasta tus huesos y te deja helada todo el día. Historias fantásticas me han sido contadas, caminando por estas calles de hermosos edificios, de auténtica joyas arquitectónicas,  que siempre contemplas conjuntamente con grupos inmensos de japoneses que en filas organizadas y desde muy temprano en la mañana deambulan por la ciudad siguiendo un guía nervioso y rápido.
Después de que esta imagen de japoneses que están en todos los rincones de la ciudad se ha borrado de mi mente, vuelvo a observar los cipreses, desde la cálida y cómoda posición de mi cabeza en la almohada. Trato de pensar en lo que quiero hacer hoy, quiero pensar en las posibilidades que me ofrece esta hermosa ciudad y este hermoso día.
Súbitamente empiezo a oír entre el ruido del viento un discurso en un idioma que no conozco y de repente empiezan a subir por los cipreses y a asomarse a la ventana los primeros japoneses que nos contemplan, nos miran con atención, observan cada detalle, fijando la mirada y asintiendo, todos al mismo tiempo, a las palabras e indicaciones del guía. Todos nos observan con esa curiosidad asombrada de cuando se ve algo por primera vez. Alguno levanta el móvil y un destello de flash ciega mis ojos por segundos. No entiendo qué está pasando, qué hacen aquí
Empiezo a moverme en la cama, quiero protestar por esta intromisión en mi más íntima vida privada pero lo único que consigo es abrir los ojos y darme cuenta que por un momento me había quedado a dormida. Al abrir los ojos  veo las ramas de los cipreses moviéndose, golpean la ventana se alejan, se acercan, se van, casi con un ritmo musical.
Me levanto, preparo y tomo café.  Me colocó capas, capas y capas de ropa y voy adquiriendo ese  aspecto de cebolla que todos me han recomendado para sobrevivir al primer invierno, llamo a la perrita  e iniciamos nuestro paseo habitual, al pasar debajo de los cipreses, que dan a la ventana del cuarto, observo pisadas y ramas en el piso. El viento fue muy fuerte anoche y al momento de pensarlo descubro entre las ramas un carnet escrito en japonés, miro la foto y reconozco a la joven mujer que sonríe. Es la misma que apenas  minutos  atrás se asomaba a la ventana y nos observaba fijamente.  Agudizo el oído y creo escuchar el motor de un autobús que arranca.


viernes, 17 de noviembre de 2017

La casa habitada

Mediodía Edward Hopper 

Sin apenas conocerse decidieron convivir. No fue una decisión pensada, ni producto de una larga relación, fue más  consecuencia de las circunstancias personales por las que cada uno atravesaba. Él un gran terror a estar solo, ella iniciando una nueva vida en otro país. Ambos vulnerables cedieron a la atracción que desde el inicio surgió, se entregaron sin pensar a la pasión, a la afinidad en sus gustos, a los ideales y principios que compartían.
Después de un muy breve periodo de apenas semanas decidieron cohabitar. Así él logro la ansiada  compañía y ella la seguridad que necesitaba.
Se trasladaron a la casa de él, una casa especial, pequeña, acogedora ubicada en un paraje de ensueño en la Toscana. Cada amanecer y cada anochecer disfrutaban del paisaje sentados a la mesa y  deleitándose en la contemplación de los cambios de luz y sombras que convertían en un lienzo versátil el entorno que los rodeaba. Entorno idílico que concentraba la atención de la recién llegada.
Pasados los primeros días, ella se dio cuenta que en la casa todo representaba a otras mujeres. Las mujeres del pasado habitaban la casa, en forma de esculturas voluptuosas, pinturas coloridas, ropa olvidada. La habitaban con una presencia intangible pero que se percibía, se respiraba.
Lo primero que empezó a sentir fue la sensación de estar acompañada. Una escultura la miraba, las pinturas murmuraban a su paso. Las voces femeninas se adueñaban por momentos del silencio, voces apenas perceptibles, pero que la fueron despojando poco a poco de su tranquilidad y su paz. 
Cada día la quietud y la tranquilidad inicial se trastocaban en un poco más de angustia. Por un momento pensó que la locura la estaba invadiendo y fue incapaz de compartirlo. Si en alguna conversación surgía el nombre de una  de las mujeres del pasado sentía un frio helado recorrer su espalda y un temblor suave transitar su cuerpo. Cada sonido del bosque la sobresaltaba, hasta la suave brisa que arrullaba los olivos la crispaba. La vida se fue tornando en una pesadilla de la cual no despertaba.
Ella desmejoraba su aspecto y su ánimo. Las voces en su cabeza se hacían cada vez más nítidas, a veces creía escuchar un “… vete de aquí” susurrante al pasar por un cuadro o al mirar fijamente una escultura. Pero estaba convencida que todo era producto de su imaginación, que nada ocurría, que pronto se restablecería y volvería a ser la misma de siempre, alegre, impetuosa, apasionada. Además los cuidados de él, siempre solicito y preocupado, la ayudarían a superar esta crisis pasajera que solo era un reflejo de los cambios abruptos que había vivido en los últimos años.
Un día de lluvia suave y persistente  reposaba, postrada por el miedo y la melancolía, recostada en el sofá y contemplando la belleza del paisaje desde la ventana, se dio cuenta que las voces se confundían con el repiquetear del agua en el techo y que apenas se oían. En su rostro se esbozó una leve sonrisa.  Él observó ese efímero destello de luz, de alegría en sus ojos  se acercó a ella con un impermeable en la mano y la invito a dar un paseo por la campiña, diciéndole que el aire y el agua en el rostro podrían animarla un poco.
Se dejó colocar el impermeable abandonado por alguna mujer del pasado y tomados de la mano se dirigieron a la puerta. Antes de que la puerta se cerrará del todo tras ellos, escucho, nítidamente, por primera vez la frase completa que susurraban las mujeres del pasado “huye, vete de aquí”. “Huye, vete de aquí” repetían mientras ella se soltaba de la mano y empezaba a correr. Las mujeres, pensó, no querían expulsarla de la casa querían advertirla para que se fuera de ahí. El empezó a correr detrás de ella, su pisada era más larga y más rápida, pronto la alcanzaría. Resbalo cuando él estaba a punto de alcanzarla  y esto le dio algún minuto extra.
Escondida en un arbusto de encina, empapada y llena de barro. Oía cada vez más cerca  la voz de él que la llamaba, de repente sintió sus pasos muy próximos, se tapó la boca pero el grito de terror salió como un aullido de su garganta.
Ahora en la casita hay una nueva estatua, está en el camino de entrada, contempla día y noche el paisaje y ve impasible como el sol traza sombras y luz  en cada alba y atardecer. Solo espera que aparezca otra mujer para unirse al grito susurrante de las otras. Esta vez espera tener suerte y que la mujer no llegue a atravesar el umbral.



miércoles, 15 de noviembre de 2017

Relatos de Amor y Locura


Pensé escribir una novela pero me he habituado a contar las historias por retazos, como las cuenta nuestro mundo interno, como una sucesión de recuerdos y eventos que van aflorando sin orden, ni estructura. Estos destellos mentales son como piezas de un rompecabezas que al encajarlas te cuentan la historia. Cualquiera ejerció de metacognición me dará la razón. Nuestra vida a través de la memoria nunca es lineal, organizada, no tiene un hilo narrativo, ni una estructura que relacione a los personajes o les de profundidad.
Nuestra vida es simplemente una continuación de eventos siempre relacionada con alguien, un sujeto, hombre o mujer. Personas conocidas, desconocidas, queridas, inadvertidas. Personas que simplemente intervienen en el fluir y el camino de nuestro río vital.
El hombre es un animal social, si decide ser ermitaño y aislarse en la soledad de las profundidades de una cueva lo hace para separarse de los otros. Siempre el otro determina nuestras vidas. Esta aseveración puede resonar fatalista, pero es con los otros que se construye nuestra vida. y esto es tan así, que aunque nosotros somos los que decidimos, y en eso se basa nuestra libertad, el continuar o separarse, el alejarse o proseguir va a signar nuestra vida. Es la acción y la relación con los otros y las decisiones que tomamos en función de ellos lo que la determina. Cada uno de nosotros a partir de las opciones que elije va definiendo la vida que quiere y el presente es solo el resultado de las decisiones que tomamos en el pasado.
Esta serie de relatos se ubican en La Toscana, uno de los lugares del planeta donde se han protagonizado más historia de amor y pasión. Realmente cada paraje invita al romance. Las colinas suaves, los cipreses altivos y los olivos plateados. Los pequeños y hermosos pueblos, los bosques de pino, los sinuosos caminos hacen que sea el escenario perfecto, el mejor lienzo para imaginar los colores del amor. En ese marco hermoso que es la Toscana hasta las historias de terror se revisten de cierta belleza. El temor bajo una noche estrellada, o frente a un atardecer se hace casi poético. El correr por bosques de pino sombrío con los rayos de sol que se filtran a través de las copas inalcanzables, arrastrado por el miedo, por la intuición de que alguien te acecha es casi sublime.
Los relatos que iré presentando recogerán, no solo experiencia, recogerán, sueños, miedos, deseos, imaginaciones, pensamientos, en este transitar mio por esta hermosa y apasionada tierra. Lo que paso, lo que no pasó o lo que pudo haber pasado, acaso no somos todo lo que nos habita, desde el sueño dormido hasta el sueño despierto, desde el miedo inventado, hasta el miedo vivido, desde el amor encontrado, hasta el amor siempre esperado, desde la historia imaginada, hasta la historia autentica, desde el deseo incumplido hasta el deseo realizado… nuestra vida es todo, no solo lo que se materializa, nuestra vida es todo lo intangible que la hace posible y que la nutre, nuestra vida es sencillamente lo que nos convierte en nosotros.