Hay amores para toda la vida. Hay amores que perduran más allá de la
muerte
La vida fue generosa con ellos, les dio el más bello regalo. Les obsequio
la coincidencia de encontrarse en el
lugar y en el tiempo perfecto.
Se encontraron una tarde, casi noche, rodeados de gente. Gente que se desvaneció frente a ellos, gente
que dejo de existir en el mismo momento que al presentarlos se estrecharon las
manos y cruzaron sus miradas. Esa primera vez, no hablaron mucho, se
conformaron con miradas furtivas de reconocimiento, con miradas atentas que se buscaban y siempre se encontraban. De esa
primera vez se llevaron esas miradas de
cada uno impresas en el corazón del otro.
En sus casas ambos se evocaron, se pensaron, se desearon al unísono. El
cronómetro de sus vidas se había ajustado con precisión y simultáneamente para
siempre.
Tardaron una semana en volver a verse, siete días convertidos en cuenta regresiva, siete días ocupados en
pensarse, siete días convertidos solo en
el preámbulo de volver a encontrarse.
Y después de este segundo encuentro vinieron muchos más hasta
convertirse en el día a día. Un día a día donde fueron descubriendo
coincidencias, armonías, casualidades, donde fueron revelándose, desnudándose uno al otro. Donde
se despojaron de miedos, de traumas. Donde se apropiaron de sueños, de
ilusiones, de alegrías. Donde se entregaron con total sinceridad el uno al
otro.
La vida sin estar juntos empezó a ser insoportable, decidieron
convivir y enfrentar la vida como un nosotros. Un nosotros donde el tú y yo se seguiría
respetando, un nosotros basado en la aceptación del tú y yo, de sus
peculiaridades. Cada uno conservado en sus diferencias dentro de un nosotros inclusivo
que entrelazaba sus individualidades.
Y construyeron una vida en común, un proyecto de vida unidos pero
conjugando siempre el tú, el yo y el nosotros. Nunca falto apoyó cuando se requirió,
nunca falto libertad cuando se deseó, nunca falto compañía cuando se necesitó,
nunca falto soledad cuando se aspiró… Cada cosa esperada encontraba en el otro la disposición.
Se quisieron despeinados, se abrazaron cuando los fantasmas y los
miedos irrumpían e interrumpían el sueño. Se sintieron seguros cuando caminaban tomados de la mano y se
sintieron protegidos al abrazarse. Reconocieron cada gesto, conocieron cada
palabra, cada opinión, cada gusto, cada deseo. Se rieron a carcajadas y lloraron juntos frente a la
injusticia, a una buena película, a una hermosa frase, a un recuerdo triste. Compartieron
lecturas, ideas políticas, principios básicos. El mundo desaparecía
cuando su piel se rozaba o cuando se miraban a los ojos o cuando estaban sentados
en silencio, en un, simplemente, estar estando. La vida transcurrió dentro de una felicidad apacible, sin sobresaltos,
sólo algún pequeño y siempre superado inconveniente rompía momentáneamente su
rutina sosegada, serena. En los muchos
años vividos, siempre agradecieron el haberse encontrado esa tarde, casi noche cuando
sus miradas quedaron impresas en su corazón.
Y cada uno fue el norte,
el sur, el este y el oeste para el otro. Y cada uno fue la semana
de trabajo, el descanso dominical, el mediodía, la medianoche, la palabra, la canción*
para el otro. Y cada uno fue el amor, el amante y el amado para el otro. Y cada
uno contempló con gozo al que dormía a
su lado, al que caminaba a su lado, al que leía a su lado, al que vivía a su
lado… y nunca ninguno dejo de agradecer la conjunción mágica que los había unido, que les había brindado
este amor, este gran y buen amor.
Los separó la muerte. Un día él partió a esa cita a la que todos
acudiremos inevitablemente. Murió con un te quiero y un beso en los labios.
Ella siguió viviendo sosegada, serena, el amor le había dado una fortaleza extraordinaria.
Sabe que cuando la muerte venga a buscarla, la muerte tendrá sus ojos* y en el
último aliento su mirada se cruzara con la de él, reconocerá la mirada furtiva
del primer encuentro. Sabe que siempre que buscó su mirada la encontró. Sabe que
su última imagen será esa mirada que quedo para siempre impresa en
sus corazones.
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*guiño a W. H. Auden y a Pavese

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