martes, 17 de abril de 2018

Amor se escribe con “F” de fortuna


 
Marc Chagall Two heads at the window 
Hay amores para toda la vida. Hay amores que perduran más allá de la muerte
La vida fue generosa con ellos, les dio el más bello regalo. Les obsequio  la coincidencia de encontrarse en el lugar y en el tiempo perfecto.
Se encontraron una tarde, casi noche, rodeados de gente.  Gente que se desvaneció frente a ellos, gente que dejo de existir en el mismo momento que al presentarlos se estrecharon las manos y cruzaron sus miradas. Esa primera vez, no hablaron mucho, se conformaron con miradas furtivas de reconocimiento, con miradas atentas que  se buscaban y siempre se encontraban. De esa primera vez  se llevaron esas miradas de cada uno impresas en el corazón del otro.
En sus casas ambos se evocaron, se pensaron, se desearon al unísono. El cronómetro de sus vidas se había ajustado con precisión y simultáneamente para siempre.  
Tardaron una semana en volver a verse, siete días convertidos en  cuenta regresiva, siete días ocupados en pensarse, siete días  convertidos solo en el preámbulo de volver a encontrarse.   
Y después de este segundo encuentro vinieron muchos más hasta convertirse en el día a día. Un día a día donde fueron descubriendo coincidencias, armonías, casualidades, donde  fueron revelándose, desnudándose uno al otro. Donde se despojaron de miedos, de traumas. Donde se apropiaron de sueños, de ilusiones, de alegrías. Donde se entregaron con total sinceridad el uno al otro.
La vida sin estar juntos empezó a ser insoportable, decidieron convivir y enfrentar la vida como un nosotros. Un nosotros donde el tú y yo se seguiría respetando, un nosotros basado en la aceptación del tú y yo, de sus peculiaridades. Cada uno conservado en sus diferencias dentro de un nosotros inclusivo que entrelazaba sus individualidades.
Y construyeron una vida en común, un proyecto de vida unidos pero conjugando siempre el tú, el yo y el nosotros. Nunca falto apoyó cuando se requirió, nunca falto libertad cuando se deseó, nunca falto compañía cuando se necesitó, nunca falto soledad cuando se aspiró… Cada cosa esperada  encontraba en el otro  la disposición.
Se quisieron despeinados, se abrazaron cuando los fantasmas y los miedos irrumpían e interrumpían el sueño. Se sintieron  seguros cuando caminaban tomados de la mano y se sintieron protegidos al abrazarse. Reconocieron cada gesto, conocieron cada palabra, cada opinión, cada gusto, cada deseo. Se rieron  a carcajadas y lloraron juntos frente a la injusticia, a una buena película, a una hermosa frase, a un recuerdo triste. Compartieron lecturas,  ideas políticas,  principios básicos. El mundo desaparecía cuando su piel se rozaba o cuando se miraban a los ojos o cuando estaban sentados en silencio, en un, simplemente, estar estando.  La vida transcurrió dentro de una felicidad apacible, sin sobresaltos, sólo algún pequeño y siempre superado inconveniente rompía momentáneamente su rutina  sosegada, serena. En los muchos años vividos, siempre agradecieron el haberse encontrado esa tarde, casi noche cuando sus miradas quedaron impresas en su corazón.   
Y cada uno fue el  norte, el  sur, el este y el  oeste para el otro. Y cada uno fue la semana de trabajo, el descanso dominical, el mediodía, la medianoche, la palabra, la canción* para el otro. Y cada uno fue el amor, el amante y el amado para el otro. Y cada uno contempló con gozo  al que dormía a su lado, al que caminaba a su lado, al que leía a su lado, al que vivía a su lado… y nunca ninguno dejo de agradecer la conjunción  mágica que los había unido, que les había brindado este amor, este gran y buen amor.
Los separó la muerte. Un día él partió a esa cita a la que todos acudiremos inevitablemente. Murió con un te quiero y un beso en los labios. Ella siguió viviendo sosegada, serena, el amor le había dado una fortaleza extraordinaria. Sabe que cuando la muerte venga a buscarla, la muerte tendrá sus ojos* y en el último aliento su mirada se cruzara con la de él, reconocerá la mirada furtiva del primer encuentro. Sabe que siempre que buscó su mirada la encontró. Sabe que su última  imagen será  esa mirada que quedo para siempre impresa en sus corazones.  
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*guiño a W. H. Auden y a Pavese

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