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| foto del diario el país. venezolanos cruzando la frontera |
Decidido sin futuro, sin dinero, ni pasaporte no podía pasar la frontera legalmente, su única opción era pasarla caminando. Los
caminos verdes siempre se habían utilizado para el contrabando con Colombia.
En san Cristóbal todos los conocían. No se iba solo, un grupo
de muchachos del barrio, amigos de siempre lo acompañarían, querían probar
suerte en el país vecino.
Se fueron a media noche, caminaron
por calles desiertas, entre casas
cerradas, en silencio, mirando siempre hacia atrás como si algo los persiguiera.
Llegaron a la frontera en la madrugada,
escondidos entre la maleza en cuclillas avistaron el puesto de vigilancia, no había
luz, no había guardias. Esperaron un momento observaron nuevamente no se veía
nada.
Se levantaron lentamente, se sentían
exhaustos, hambrientos y empezaron a caminar en silencio, escondiéndose entre
los matorrales. Escucharon unas voces lejanas se tiraron al piso,
sobresaltados, asustados, sus cuerpos temblando, sus ojos cerrados con fuerza,
sus labios apretados. Permanecieron en el piso un largo rato, si moverse, paralizados
de miedo, las voces se fueron alejando hasta desvanecerse por completo.
Iniciaron nuevamente la marcha
con la luz del sol brillando sobre sus cabezas, sucios de tierra, hambrientos, sedientos,
exhaustos.
Sus caras infantiles se
emocionaron al distinguir más adelante una calle asfaltada, caminaron al borde de ella,
no se atrevían a hablar, oyeron el ruido de un motor, de un carro que se
aproximaba, al pasarlos todos sus ojos se dirigieron a la placa y una luz de esperanza
ilumino sus ojos al comprobar que era colombiana.
Caminaron un poco más hasta
llegar a un centro poblado. La gente los miraba al pasar, su aspecto lamentable
llamaba la atención. Se pararon frente a un puesto callejero de arepas, contemplando
la comida con un hambre de siempre. La vendedora los miró y con una leve
sonrisa les pregunto si eran venezolanos, ellos asintieron. La mujer conmovida le
dio un refresco y una arepa a cada uno, la comieron con avidez, sin saborearla,
atragantándose. Le dieron las gracias con lágrimas en los ojos y siguieron
caminando.
Encontraron un pequeño parque,
con árboles y bancos. Seguían sin hablar. El miedo les había robado la voz. Se acostaron a la sombra, contemplando el
cielo y las ramas que se mecían con un suave viento. Un suave viento que traía aires
de futuro y con el sabor del porvenir en la boca se quedaron dormidos.






