jueves, 15 de noviembre de 2018

El refugio

Grete Stern Sueños

Hoy regrese en sueños a Venezuela, no al país que nos duele de solo recordarlo, no al país del que huyes a un futuro incierto, no al país de miseria, hambre y muerte en que lo han convertido el grupo de delincuentes que lo gobiernan, no al país presente de porvenir truncado. Hoy regrese en sueños a mi Venezuela, a esa Venezuela que sólo vive en mi recuerdo.
La Venezuela de mi infancia, de mi juventud, de mi adultez, de mi felicidad.
Hoy, como siempre que la angustia, la ansiedad o la desazón me recorren y me corroen, volví a mi tierra de gracia, a mi sucursal del cielo.
Y es que en cualquier situación en la que me siento frágil y vulnerable Morfeo me regala un sueño para refugiarme en él, para protegerme y darme seguridad. Y en ese sueño siempre está esa Venezuela que amé y amo, esa Venezuela donde fui feliz.
Hoy en sueños regrese a mi vida, vi a mis amigos, sentí el abrazo cálido y siempre dulce de mi esposo, la mirada tierna de mi padre, los bracitos de mi niña aferrados a mi cuello, las navidades en familia, las niñas correteando por el patio, lanzándose a la piscina, retozando alrededor y salpicándonos con gotas de alegría autentica, alegría que solo la infancia da, posando para las fotos por orden de edad y tamaño, fotos que como almanaques visuales nos recordarán siempre el paso del tiempo. El tiempo convertido en una sucesión de instantes registrados en caritas sonrientes, instantes que al mirarlos  te pasean por tu vida.
Hoy agradezco a Morfeo la generosidad de ese regalo espléndido envuelto con la sombra de la noche que por unas horas hizo vivir de nuevo mis mejores momentos, me hizo regresar de nuevo a mi pasado.
Hoy volví a encontrarme con mi tierra de gracia, con mi sucursal del cielo. Hoy por unas horas ese país que nos duele de solo recordarlo dejo de existir.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Presencia y totalidad

Grete Stern


Llega alguien, lo ves, lo abrazas y con su presencia miras y abrazas el pasado. Miras cada instante de tu vida, envuelves cada recuerdo. Y en ese instante suspendido, recuperas todo, recuperas toda tu vida. Recuperas todas tus emociones, recuperas todos los segundos que has transcurrido.
Suspendido en ese abrazo, de apenas un segundo, te das cuenta que todo queda, que todo sigue ahí. Que siempre  lo llevas contigo, siempre...
Y te sientes pleno y dichoso, te sientes rebosante de vida y emociones, te sientes tan inflado, que casi sientes que te levantas del piso. Y te descubres como cápsula del tiempo, que enterraste en cualquier momento, con la intención de vivir en el presente, solo en el aquí y ahora y que una presencia, un abrazo la abre de pronto para mostrarte lo que has sido, lo que eres, para mostrarte tu historia condensada en fragmentos de recuerdos que te arman como un rompecabezas para mostrarte lo que eres, lo que siempre serás y que lo que has vivido está ahí contigo, que siempre estará contigo y que solo te ha abandonado por una fracción de tiempo, para hacerte la vida más fácil, más tranquila, más llevadera.
Sólo una presencia basta para recordarte a ti mismo, para mostrarte nuevamente tu identidad.
Hoy, ayer o mañana siempre llegará alguien, hoy, ayer o mañana esta cápsula del tiempo que eres se abre y al abrirse te remonta al tiempo inicial y recorres otra vez todo y en ese eterno retorno te das cuenta de que eres un continuum, que eres todo, pasado presente y futuro. Y que el presente, el día, la hora, el segundo que vives es solo un accidente, que eres una maravillosa y única totalidad, que el transcurrir es solo una ilusión porque siempre eres tú, siempre fuiste, eres y serás tú.
Llega alguien, lo ves, lo abrazas y con su presencia te das cuenta que no hay fragmentos dispersos, que sólo por un momento,  lo que unía las piezas de la totalidad que eres desdibujaron sus contornos y te dieron una fugaz ilusión de disgregación.
Llega alguien, lo ves, lo abrazas y con su presencia te integras plenamente, te configuras nuevamente como lo que eres una maravillosa, única e incesante totalidad... 
Llega alguien, lo ves, lo abrazas y con su presencia descubres que tu vida es una espiral, donde el último tramo siempre contiene los anteriores y de pronto te acuerdas de Fibonacci y piensas que quizás a la vida también se aplica su sucesión...

domingo, 9 de septiembre de 2018

tiempo y vida

Hourglass Sand Time tomado de pinterest

Una tormenta de minutos, de horas, de días, de años arrasa con todo. Una tormenta continua y constante. Un tictac monótono, que como gotas de lluvia limpia y despeja tu memoria, tus recuerdos y tus sensaciones.
"El tiempo todo lo cura" lo hemos oído siempre, lo hemos oído tanto, pero en el fragor de los momentos tristes, en la intensidad de las emociones, en la desesperación de cualquier momento, pensamos que es un engaño, una forma de consuelo...
Y con el transcurrir descubrimos que todas esas voces que nos lo dijeron tenían razón y que, aún, lo más doloroso, lo más terrible no sobrevive al paso del tiempo.
El tiempo es el sanador por excelencia, el medico oficial de nuestra vida. El tiempo es también muchas más cosas.
Es él que trae madurez y equilibrio. Es él que te permite cambiar, evolucionar, es el dador de experiencias. Es el que te da conciencia de lo que eres, de tu transcurrir, de lo efímero de la vida.
Recuerdo que de pequeña, no se si por mi prolífica imaginación o por alguna referencia visual o literaria, imaginaba que al momento de nacer un reloj de arena marcaba, con cada granito que empezaba a caer, toda nuestra vida. Cada granito representaba todo los que nos acontecía. No solo el tiempo que transcurría sino cada cosa que nos sucedía.
Cada granito, se representaba en mi mente, como una película, como un instante que resumía lo vivido, lo que vivías, lo que vivirias. Miles de escenas contenidas dentro de ese reloj, miles de pequeñísimas imágenes encerradas en el reloj de toda tu vida. Entonces pensaba que el tiempo talvez si podría curar todo, pues cualquier momento quedaba sepultado y oculto por la caída constante de la arena.
"El tiempo todo lo cura", el tiempo es nuestro mejor aliado y al mismo tiempo nuestro peor enemigo. Pues desde que cae el primer granito de arena sabemos que en cualquier momento caerá el último, el definitivo y toda nuestra vida quedará sepultada para siempre, por siempre. Sepultada bajo el peso de ella misma.
Hoy, el tiempo, esa noción creada por el hombre, me ha acompañado desde que abrí los ojos, no sé la razón, no sé el motivo, pero creo intuir un mensaje, un discurso oculto de mi conciencia, lejano, apenas audible:
"vive, vive, ya has agotado más de la mitad de tus granitos de arena. Vive que el tiempo transcurre, no se detiene. Vive que más temprano que tarde caerá el último y definitivo y tu vida quedará sepultada para siempre, por siempre, sólo vive..."


domingo, 2 de septiembre de 2018

la nada

Yves Klein: Sin título Blue Monocromo , 1955



Nada, nadie
Sólo vacío
Sólo oscuridad
También los recuerdos me han abandonado
Fueron los últimos en irse
Y tras de sí apagaron las luces,cerraron la puerta, tapiaron las ventanas
Dejaron sólo noche y  sombras
Dejaron desocupada mi vida
Y en esta ausencia en la que me he convertido
intento saciarme, llenarme, abarrotarme
Clamo por algo, por alguien
Pero no hay nada, no hay  nadie
Sólo  inexistencia


miércoles, 1 de agosto de 2018

Encuentro inesperado parte final...

Alejandra Caballero joven pintora española que recuerda a Hopper 


Los años no sólo traen arrugas al rostro, kilos de más, cansancio o dolores. Los años llevan aparejados, al menos para algunos, más precaución, mayor moderación   menos impulsividad y sobre todo un sentido de aceptación de la vida, de tu vida y de la vida de los demás.
Aceptas a los otros tal y como son, aceptas la realidad tal y como es. Aceptas lo que eres y en este aceptar esta implícito cierto equilibrio, pues sabes que hay luchas infructuosas que sólo dejan agotamiento, extenuación o frustración.
Desde esa perspectiva, sabia para algunos, conservadora para otros, la vida fluye tranquilamente, la vida pasa sin sobresaltos. No hay expectativas, no esperas nada, pero tampoco dejas pasar oportunidades, pues sabes con certeza que los años que te restan son menos de la mitad de los que ya sumas.
Ellos situados en esa vida contemplativa y reflexiva que trae los años y la experiencia, se asombran de la intensidad, sobre todo sexual, que implicó su encuentro inesperado. Una sexualidad tan plena y satisfactoria que tiñe cada día de un placer enervante, de una sensualidad curiosa, de un erotismo excitante. Como adolescentes se entregan sin freno a esta especie de orgia de sensaciones que la vida les ofrece.
Pero a pesar de la desmesura sexual, no se precipitan, la experiencia y la aceptación de la vida como un fluir constante, llena siempre de eventos inesperados, los ha transformado en conocedores de la realidad, en conocedores de la fragilidad de las emociones, en conocedores de la naturaleza humana, en conocedores de la vulnerabilidad de las situaciones, en conocedores de la incertidumbre de la vida.
Hoy juntos y disfrutando, sólo por momentos, de la mutua compañía viven el ahora, sin pensar en el después, viven el día a día, sin pensar en los días que vendrán. Viven en presente y sienten en presente. El futuro llegará quizás los sorprenda juntos o quizás no. No importa el mañana, lo que importa es el hoy…    

lunes, 30 de julio de 2018

Encuentro inesperado (parte II) o encuentros buscados

Henri Martin  Couple D'amoereux 

Después de esa primera mirada, de esa frase apenas imperceptible, los días cansados dejaron de existir.
Ahora los días amanecían cargados de vitalidad. Una vitalidad que la impulsaba a una actividad constante, a un estar moviéndose continuamente, era como si un propulsor se hubiera instalado dentro de ella.
Sus encuentros dejaron de ser casuales para convertirse en encuentros buscados. Encuentros risueños, alegres y despreocupados. Encuentros dónde ambos procuraban mostrar lo mejor de sí mismo, su lado más  encantador.
Como en esos documentales de Animal Planet donde se presentan los ritos de apareamiento cualquier observador avezado percibía que estaban en la fase de seducción y conquista. Miradas directas, roces continuos, cercanía invasora. Ambos solícitos y complacientes, ambos entregados y empeñados en una competencia de ganar/ganar.
Lo que el observador habituado no veía era el miedo dentro de ellos, las dudas, el pánico que sentían. Ese miedo atávico por no sufrir, por no sentir dolor, por protegerse de la vida, los hacía dudar de continuar o no, de intentarlo o no. Pero este miedo, estas dudas se mantenían ocultas para el observador por la simple razón de que al encontrase se disipaban, se esfumaban, dejaban de existir.
El miedo y las dudas le llegaban a cada uno por separado, en soledad, entre las sábanas y la almohada, ocultos en un pliegue y al acecho los invadían cada noche y sus rostros llenos de alegría, se convertían en signos de interrogación, en preguntas sin respuesta que llenaban sus mentes y que los abatía hasta dejarlos exhaustos, sumiéndolos en un sueño nada reparador.
Y es que ambos eran un poco obsesivos, un poco inseguros, un poco precavidos frente a la posibilidad que se presentaba. Tal vez por sus experiencias pasadas, tal vez por su escepticismo frente a las emociones, tal vez por un instinto desmesurado de protegerse, tal vez por conocer la fragilidad de los sentimientos y la inevitabilidad de un final, no se atrevían a vivir lo que sentían despreocupadamente. Quizás, no era nada de eso, quizás lo que los frenaba era el temor de estropear la última posibilidad que se les ofrecía en la vida de ser equilibradamente felices, de vivir una vida compartida, de sentir el amor.
Sin embargo, a pesar de los miedos y dudas que sentían o por los incipientes sentimientos que surgían, se decidieron a darse una oportunidad. Una oportunidad cargada de racionalidad y vacía de expectativas, una oportunidad que como un alcohólico en remisión y en redención se planteaba vivir un día a la vez.

domingo, 29 de julio de 2018

Encuentro inesperado parte I

Marc Chagall La Acróbata 
Estaba tan ocupada que no tenía tiempo de escribir. Estaba tan ocupada que no había tenido tiempo de reflexionar, tan pero tan ocupada que los días se sucedían sin darse   cuenta.
Los lunes, martes, miércoles, jueves y viernes transcurrían indiferenciados, caían como hojas de un árbol en el otoño de su vida. Flotaban como hojas suspendidas en el aire, revoloteando sin norte, subiendo y bajando para inevitablemente caer al suelo y desaparecer para siempre en el inexorable paso del tiempo.
Días que amanecían   cansados y se acostaban apenas ocultarse el sol.
Un día, no recuerda el día de la semana, lo vio por primera vez, lo vio con esa mirada cansada que se había instalado en sus ojos. Ese día lo vio sin darse cuenta que por primera un destello de luz, apenas perceptible se vislumbraba en sus pupilas.
Un destello de reconocimiento, de saberse iguales, de sentirse próximos, de intuirse como posibilidad.
Desde ese intercambio de miradas, de esa frase apenas perceptible, una sensación de inicio se posó en su vida. Ni el destello, ni la sensación fueron reconocidos instantáneamente, pero a partir de esa primera vez  algo empezó a cambiar y los días  cansados se fueron desasiendo, poco a poco, del abatimiento. No sabía la razón, no sabía por qué solo sabía que de pronto se aferraba a la vida de nuevo y que no quería desprenderse, ni flotar como hoja suspendida en el aire, revoloteando sin norte, subiendo y bajando, que ya no quería caer al suelo y desaparecer.
El tiempo siguió pasando pero ahora cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día se convirtió en promesa, en posibilidad.


domingo, 15 de julio de 2018

instantes de felicidad


Sorolla niños en la playa
Ayer releí un bello post de mi hija en su blog "Desde la Distancia". Un post sobre una fotografía de su papá y yo  hace muchos años, cuando ella no había nacido y nuestra vida  era apenas una promesa.
Ayer ese texto me llevó, nuevamente, a apreciar nuestra maravillosa vida juntos. Una vida repleta de instante de felicidad, de buenos momentos, de risas, de alegrías, de cotidianidad compartida, donde cada día, cada año transcurrió sin la pesadez de la rutina. Donde cada día, cada año se presentó cargado de desafíos, posibilidades y una ocasión para vivir.
Recordé nuestra cotidianidad y me emocione hasta las lágrimas. Lágrimas de gozo y satisfacción. Lágrimas de felicidad por una convivencia siempre rica en experiencias, en aprendizajes, en conocimientos, en afecto, en respeto. Una convivencia siempre cálida como una suave brisa de verano.
Imágenes de nosotros, de instantes compartidos fueron llegando a mi mente y todas fueron recibidas con una sonrisa en mis labios y  una sensación de paz y equilibrio en mi cuerpo y en mi alma.
En ese momento me di cuenta que la felicidad autentica no es la que te invade de pronto y trastoca tu vida, sino que la felicidad auténtica está en el día a día. En estar rodeada de la gente que te quiere, que se preocupe por ti. Gente a la que tú también quieres y te preocupas por ella. Gente que ni la distancia, ni la muerte separa de ti. Gente que siempre será tu hogar y en la que siempre encontraras esa sensación de seguridad y calma. Gente con la que  sientes o has sentido ese fuego cálido y confortante, que aviva tu vida  y te alimenta emocionalmente sin importar ni el tiempo, ni la lejanía.
Esa gente que llega a nuestra vida y se queda para siempre, aunque se vayan, aunque se mueran, aunque más nunca sepas de ellos. En esa gente es donde habita la felicidad. En esa gente que te da instantes plenos, instantáneas de momentos perfectos, que no quedan registrados en fotos impresas, ni en Facebook.
Pensé que tuvimos tantos momentos como el de la foto del post. Tantos instantes únicos e irrepetibles, tantos instantes de felicidad compartida, tanto intercambio emocional que podríamos hacer una exposición fotográfica que llenaría el Prado, el Louvre y el British Museum  y todavía nos sobrarían miles y miles de fotos.
Recordé algunos de ellos y quise fijarlos en mí para convertirlos en presente por un instante. Recordé ese estar en silencio, cada uno ocupado en lo que le apetecía. Esas largas sobremesas, esas conversaciones al caer la tarde, esas películas vistas acostados en nuestra cama, esas vacaciones en la playa, esas idas al colegio, esos libros leídos, compartidos y discutidos, esa música escuchada, esas canciones inventadas para despertar y desayunar. Esas salidas a conciertos, teatros, paseos, cines, títeres. Esos abrazos, besos y “te quiero” que repartíamos a granel a lo largo del día.  Miles de instantes que se agolpaban en mi mente y me recordaban que la felicidad habita en mí.
Una felicidad que sigue ahí, que no me ha abandonado y que con sólo un pensamiento, una evocación vuelve para arrancarme una sonrisa y volver a sentir el confort emocional, un fuego cálido que me cobija  y da seguridad. Una felicidad tranquila que me posee como el beso suave de un amante en los labios o la caricia suave de la mano de un niño.
Ayer con esa lectura recobre no sólo un recuerdo, recobre mis ganas de vivir y recobre la felicidad que habita dentro de mí. Una felicidad frágil, pequeña, que a veces se esconde, que a veces se me olvida pero que siempre, siempre  retorna y como la brisa suave me acaricia y me hace sonreír. 
Ayer con esa lectura recordé que la  felicidad es siempre posible, que no es una quimera, un sueño imposible, que habita siempre en ti y que siempre encontraras personas que te den instantes plenos, instantáneas de momentos perfectos, que aunque no queden registrados en fotos impresas o en Facebook, quedan para siempre impresos en tu corazón. 


miércoles, 11 de julio de 2018

Retazos de desarraigo

El sueño de la razón produce monstruos Goya 


 24 de mayo
El país extraviado
No soy y nunca he sido patriotera me considero una persona universal y percibo al planeta como mi casa grande.
Eso siempre lo creí, hasta que mi país empezó a desdibujase ante mis ojos, un día hace 20 años, una rebelion militar irrumpió no sólo en Miraflores, sino en nuestra vida. Irrumpió y se quedó.
Desde ese momento mi país empezó a extraviarse.
El país que amaba, el país de mi infancia y juventud, de mis playas y montañas se fue convirtiendo en un castillo en el aire, en solo una evocación, un recuerdo, un deseo.
Ese país se extravío para siempre y no existirá más. Todos los venezolanos los que salimos y los que están allá ya no reconocemos esta Venezuela. Esta otra Venezuela desolada, hambrienta, aniquilada y triste.
Todos sentimos ese extrañamiento. Todos hemos sido desterrados. Todos estamos en el exilio fuera o dentro. Porque no reconocemos a esta nueva Venezuela. Venezuela se perdió, se perdió para siempre y ya nunca será la misma.
Cuando pienso en volver en algún momento de desazón o tristeza, me detiene la certeza de que esa Venezuela a la que quiero regresar es solo una quimera, una añoranza, un deseo y no una realidad. Que vive solo en el recuerdo de los venezolanos que la añoramos.
Venezuela se extravío y nunca más la recuperaremos porque se convirtió en sólo un recuerdo. Añorado, querido pero como todo recuerdo solo es pasado.

1 de julio
Caracas…
Ayer Caracas vino a mí para recordarme su presencia. Vino de pronto a través de dos amigos entrañables. El primero con mensajes  de voz, esa voz conocida y querida, me comunicaba su fecha de salida de una ciudad y un país cada vez más hostil e inhumano y él segundo con un breve relato me recordó a mi Caracas querida y a parajes adorados donde besos juveniles hicieron travesuras y donde amores eternos paseaban, y aun pasean, tomados de la mano.
Caracas siempre oscilando en dos extremos, siempre exagerada, siempre maravillosa y terrible, siempre entre capital del cielo y del infierno.
Caracas es la ciudad donde más  he vivido, donde transcurrieron mis mejores años, mis mejores experiencias. Donde esta mi casa grande, mi hogar, donde habita esa sensación de pertenencia, de ser parte de todo lo que te rodea.
Hoy Caracas vino a mí y  trajo  melancolía y añoranza. Melancolía por una vida buena y pasada, irrecuperable y siempre recordada. Añoranza de lo vivido y  lo que nunca más podré vivir.
Hoy esa Caracas que ame ya no existe, solo habita en mi recuerdo. Hoy esa Caracas familiar es una desconocida. Hoy mi Caracas ha desaparecido y lo que queda de ella son escombros y memorias.
Mi Caracas, la que ame,  hoy está enterrada  en la mierda.

11 de julio
Realidad invasiva

La realidad siempre llega. Puede ser a través de una conversación, una llamada, una persona pasando, un olor evocador o simplemente un recuerdo. Llega y te invade y como una sombra oscura se posa sobre tu vida y en ese momento el sol que brillaba se oscurece, el verde de los árboles se torna gris e incluso las sonrisas se tornan en muecas.
La realidad de la que has tratado de escapar, la que has ignorado durante algunos días, haciendo como si no la vieras, como si no te interesa, llega de pronto y nuevamente te sumerge en la tristeza, en los recuerdos del pasado, en el presente de quienes no están cerca de ti, en lo que perdiste y en la irreversibilidad de lo perdido.
Te sientes extraño en tu presente y te sientes más extraño aun con tu pasado. Te sientes flotando en un limbo, flotando en la vida que vives y no es tuya y en la vida pasada que ya no existe más.
Y odias esta sensación de la que tratas de salir cada día, con intentos fallidos, vanos, con intentos que ya sabes infructuosos porque, inevitablemente, una mañana cualquiera volverás a sentirla...

viernes, 6 de julio de 2018

La cigarra y la hormiga

sello de la República de San Marino de 1982


Y de pronto descubres que la cigarra tenía razón. Después de toda una vida de hormiga responsable, ahorradora, trabajando para garantizar tu futuro. Un día cualquiera, a una hora cualquiera te das cuenta que el hormiguero fue arrasado, que ya nada te pertenece, que lo que has acumulado se desvaneció, que el lugar en que habitabas no existe, que las hormigas, tus compañeras de siempre, se han dispersado en la huida, que te encuentras sola y sin nada, vieja y sin fuerzas para empezar nada, para hacer nada. Ese día descubres que no eres nada, solo un ser insignificante, una pequeña, vulnerable y negra hormiga.
Piensas en las veces que narraste la fábula de la cigarra y la hormiga, en las veces que te lo contaron, en las veces que dejaste de lado la diversión, el relax, la alegría para entregarte al trabajo,  para construir una vida basada en el esfuerzo honesto, ejemplificante, una vida que te conduciría a un futuro digno y feliz.
Y quisieras tener una máquina del tiempo y comenzar de nuevo, no para cambiar la situación, sino para cambiar toda tu vida, para recomenzarla como una auténtica cigarra.
En esa vida de cigarra que imaginas, te ves saltando de hoja en hoja, comiendo un poco aquí y otro poco allá, descansando tumbada bajo la sombra de una gran rama, contemplando con sorna la vida aburrida de las hormigas y saboreando con deleite tu libertad plena, tu no atarte a nada, a nadie, tu independencia.
Una vida de cigarra donde el cielo es el límite, donde el sol calienta levemente tu pequeño cuerpo, donde cada bocado de placer se encuentra en cualquier planta. Una vida de vagabundo donde todo cuanto te rodea ha sido puesto para ti. Una vida de cigarra sin límites, ni ataduras. Una vida errante y hedonista que cambia y se renueva en cada salto, en cada impulso que das a tu pequeño, insignificante  y efímero  cuerpo.
Esa vida con la que soñabas desde tu oscura y rutinaria vida de hormiga. Desde tu vida de trabajo, siguiendo la ruta establecida, obedeciendo los patrones impuestos por las demás, frenando tus impulsos y deseos. Esa vida comedida y aburrida donde lo único que querías era asegurarte el confort de un hormiguero, mientras con cierta envidia contemplabas la vida alegre de la cigarra.
Y aunque la situación de pronto cambie para las hormigas y las cigarras, cambie abruptamente para ambas, hay una diferencia fundamental, la cigarra vivió, la hormiga no.
Hoy sentía un odio inmenso por Esopo, creador de esta mentira, en un lejanísimo s. VI a. de C., creador de esa fabula con sentencia consejera que ha sido escuchada, quizás, por todos los niños del mundo, odio por esa conclusión fatalista, moraleja repetida constantemente, cuyo único objetivo ha sido que entregues tu vida, que te conformes, que sigas los pasos de los otros, que vivas una vida de servidumbre dejándote arrastrar por los demás, que no cuestiones, que no seas diferente y que te entregues con fe al camino "VERDADERO" pautado por la mayoría aborregada, ciega y servil.
Hoy he descubierto que Esopo no fue solamente un fabulista sino un devorador de sueños, un cortador  de alas, un limitador de la vida.
¿Cuántas hormigas muertas en el camino, cuántas hormigas estresadas, cuantas hormigas infartadas, cuántas hormigas cargando un peso por encima de sus límites? ¿Cuántas hormigas más nos costará esta fábula de mierda que nos ha robado la posibilidad de vivir?
La cigarra tenía razón cuando opto por vivir. La cigarra siempre fue la sabiduría,  la cigarra "siempre tendrá Paris", a la cigarra le quedará  eternamente la satisfacción de su vida plena, diversa, errante.
Hoy, después de una vida de hormiga ejemplar, de la cual fui arrancada por circunstancias adversas, me di  cuenta que no solo perdí el hormiguero y mis compañeros de fila, sino algo, aún peor, me di cuenta que mi vida ya  estaba perdida, que nunca realmente había vivido, le había dado la razón a la hormiga sin sospechar siquiera que la cigarra era la que tenía  y tiene la razón.
Desde hoy me dedicaré a redimir, en cualquier lugar y frente a cualquier persona, la sabiduría de la cigarra y  a resaltar la estupidez de la hormiga.  
Y bajo el  grito de alerta: “Vive como cigarra, las hormigas ya están muertas” iniciaré esta cruzada


jueves, 5 de julio de 2018

palabras suspendidas...

Dionicio Gonzales Explosión y vacío 


Llevaba días sin escribir. Cada mañana hacia un intento, siempre vano, siempre fallido. Escribía una o dos líneas o un pequeño párrafo, pero después la idea, el sentimiento quedaba colgado en el vacío. Nada continuaba, nada concluía, era solo un inicio, un intento.

Las palabras no venían, no las encontraba…

El escribir que había significado tanto para ella. La escritura liberadora de las sensaciones y emociones, que invadieron cada día durante este año del inicio de su nueva vida, ahora también la abandonaban. Todo lo conocido  la había abandonado. Todo lo placentero la abandonaba. Todo lo que era parte de su vida de antes o de ahora se alejaban de pronto, sin aviso sumiéndola cada vez más en ese vacío que poco a poco se convertía en su existencia.

Las palabras seguían sin aparecer, solo a veces creía entrever alguna….

Una existencia vacía, una existencia suspendida. Una existencia que por más que intentaba asirla a algo o a alguien siempre resbalaba, siempre se deslizaba. Todo tan frágil, tan voluble, tan cambiante. Todo tan efímero, tan intrascendente, tan inalcanzable.

¿Las palabras habrían huido?

Esta existencia sin sentido en la se había convertido. Este ser suspendido en la nada, esta vida rota que intentaba recomponerse. Estos pedazos de sí misma esparcidos e  inconexos que se alejaban cada vez más haciendo cada día más difícil la tarea de reunirlos, de convertirlos nuevamente en unidad.

Las palabras nunca llegaron, nunca acudieron nuevamente…

Ahora, huérfana de palabras ya no contaba con nada, este asidero final a la vida, este refugio en el que se escondía y protegía también se derrumbaba y la mostraba desnuda y rota.
Ahora, vaciada de palabras, de las palabras que siempre la acompañaron, se sintió más aislada que nunca, más triste que nunca, más pérdida que nunca.
Ahora, sumergida en el silencio absoluto, en su vida vacía, en su existencia suspendida se instalo definitivamente en la nada.

lunes, 25 de junio de 2018

entre miedos y dones


Giordano Bruno Campo di Fiore Roma
Paseaba de la mano de su mamá por la Piazza di Fiore, le encantaba el colorido de los puestos de verduras, frutas, flores y el bullicio de la gente. A pesar de su corta edad le encantaba observar y disfrutaba enormemente de la diversidad que se presentaba ante él, desbordante, generosa, exagerada. La diversidad de gentes, voces, cosas exaltaban su curiosa mente infantil. Sus hermosos ojos azules recorrían la variedad con un afán de absorberlo todo, de hacerlo parte de él. Pero había algo que lo atemorizaba, que hacía que su pequeña mano se aferrara con fuerza a la de su madre, que hacía que su corazón latiera más rápido, y a lo que nunca se acostumbró a la estatua imponente de Giordano Bruno que lo contemplaba  desde lo alto del pedestal. Sentía la mirada sobre su pequeño cuerpo, sus pasos se hacían más rápidos y se contenía para no salir corriendo.  Era como si intuyera que en esa plaza hoy alegre y colorida habían sucedido cosas terribles, crímenes atroces y que ese monje inmenso, que ocultaba su rostro en esa capucha de piedra había sido protagonista de los acontecimientos.  
Nunca imagino que una noche cualquiera, en la seguridad de su cuarto, se le aparecería y que marcaría su vida para siempre.
Su pequeño cuerpo infantil dormía plácidamente en la oscuridad calurosa del verano en su Roma natal. Por la ventana abierta entraba una brisa fresca que hacía más tranquilo su sueño.
De pronto sintió una extraña presencia en el cuarto. Sentía tanto miedo que no se atrevía a abrir los ojos. Con sus pequeñas manos buscó la sábana para cubrirse el rostro. Bajo ella abrió los ojos y vislumbró la sombra próxima y gigantesca parada al lado de su cama. Su cuerpo empezó a temblar, su corazón a latir y un sudor frío recorrió su piel. Quería llamar a su mamá pero de su boca no salía ninguna palabra.
El tiempo se detuvo, suspendido en el miedo, en el terror de esa presencia a su lado, de ese ser que presentía, que sentía parado al lado de su cama. Pasaron segundos, que se convirtieron en interminables, mientras su pequeño y tembloroso cuerpo, empapado en sudor se abraza a sí mismo para confortarse y sus ojos  tan apretados empezaron a dolerle.
Agotado del miedo decidió enfrentarse a todo y en un acto de temeridad sacó la sábana de su rostro y abrió los ojos para encontrarse con dos pupilas brillantes que lo penetraban y que no podía dejar de mirar. Un grito desgarrador salió de su garganta, un grito tan escalofriante que despertó a la madre y a los vecinos.
Su madre entró corriendo y lo abrazó, pero él no podía dejar de mirar la presencia que seguía ahí, oculta a los ojos de los demás.
Sus ojos llenos de lágrimas no podían dejar de mirar las pupilas ardientes que lo penetraban, a pesar de los brazos que lo cobijaban y las palabras de consuelo.
La figura del monje encapuchado con ojos de fuego seguía mirándolo fijamente. El abrazado a su mamá, con el rostro cubierto de lágrimas, su cuerpo temblando y el sonido de los latidos de su corazón, no podía dejar de mirar, hipnotizado por  los dos círculos que refulgían dentro de la capucha, al monje alto y delgado que lo observaba.
De pronto el monje levitando lentamente y sin dejar de mirarlo se fue alejando hasta salir por la ventana. Por un momento se detuvo a contemplarlo y después rápidamente se alejó y en la oscura noche solo los ojos suspendidos como estrellas permanecieron hasta hacerse tan pequeños que más que verlos, los intuía.
Su mamá siempre pensó que todo había sido producto de una pesadilla y se lo repitió tantas veces que él también llegó a creerlo.
Creció y la vida le sonrió. El amor y el dinero se le presentaron siempre generosos. Un día en un lugar cualquiera, en un país cualquiera, alguien cualquiera le comentó sobre la leyenda del monje que se aparecía a algunos niños para garantizarles una vida exitosa, feliz.
Se acordó de su pesadilla infantil, del miedo que sintió y de la mirada de fuego que nunca olvidó y pensó, que tal vez, sólo tal vez, su buena vida era el resultado de esta extraña visión.
Particularmente creo que los dones que le fueron otorgados por el monje, fueron los dones del indomable Giordano Bruno, fueron la intuición, el espíritu indómito, la capacidad para cuestionar todo y no aferrarse a nada.  Le obsequió, lo mas preciado en cualquier vida,  una forma de ser y pensar que le permitiría a su espíritu crecer y a su mente expandirse más allá de cualquier muro convencional.






martes, 19 de junio de 2018

sensaciones del pasado

Munch Chica en la ventana

Se despertó con el canto de los pájaros, por su ventana la luz del día apenas se asomaba, los ruidos de la casa empezaron a sonar, con ese sonido inconfundible de pasos conocidos y el olor a café llegó hasta su cuarto.
Recordó otras mañanas y otros espacios. Recordó otros momentos y otras vidas.
Las vidas vividas habían sido tan diferentes y ahora tan distantes que sentía que pertenecía a  otra persona.
Lo único constante siempre fue el canto de los pájaros que la despertaban cada mañana, el olor a café y los pasos conocidos.
Los pasos de las personas que la habían acompañado a lo largo de su existencia siempre le brindaron ese confort matutino al despertar. Esa seguridad de que todo estaba y estaría bien.
Y es que siempre había vivido con los sentidos despiertos y sus recuerdos de otras vidas, sus evocaciones de otros tiempos siempre se asomaban, para después invadirla totalmente, a través de alguna sensación.
Escuchar el sonido de los pájaros evocaba tantas mañanas diferentes. Sus mañanas infantiles cuando se vestía lentamente para ir al colegio, con esa pesadez del sueño interrumpido y ese desgano de querer seguir durmiendo. Sus mañanas universitarias cuando se despertaba con ese sueño siempre pendiente y acumulado. Producto de ese no dormir por fiestas, salidas o estudios, también pendientes, que tratabas de apresurar pasando páginas de libros, como si su sola imagen introdujera el contenido de forma mágica. Sus mañanas de despertar en brazos del amado, con ese calor y suavidad que solo te brinda una piel conocida. Sus mañanas de mamá cuando al canto de los pájaros se unía el balbuceo  de ese pequeño ser que desde la otra habitación anunciaba que se había despertado, que requería de su presencia inmediata y que al acudir invariablemente era recibida con una sonrisa. Su mañana de despedida cuando contempló a la niña, ya mujer, dormida que se iba a otro país y que sabía que al contemplarla, estaba contemplando una imagen irrepetible y el fin de una de sus mejores vidas. Sus mañanas triste de perdidas irrecuperables, de vidas para siempre extintas, de finales sin happy end, sin ese vivieron para siempre felices, que la hacía desear que la vida fuera un relato y que esa frase tantas veces leída en los años infantiles, quedara para siempre suspendida y eterna dentro de la contraportada de un libro de cuentos. Sus extrañas mañanas de este hoy también extraño, tan diferente, tan ruptura, tan alejado de sus otras vidas, que a veces lo sentía como un sueño y a veces como pesadilla y que al escuchar el canto de estos pájaros extranjeros se despertaba a esta nueva realidad...
Una vida evocada al escuchar esta mañana el sonido de los pájaros entrando por su ventana, pero es que siempre había vivido con los sentidos despiertos y los sentidos no solo traían sensaciones sino también evocaciones de vidas pasadas.
El canto de los pájaros se fue apagando hasta que desapareció, por su ventana la luz del día se hizo brillante y un rayo de sol iluminó su cara, su cuarto se inundó de los ruidos de la casa y el sonido inconfundible de pasos conocidos, el sin olor del café le anuncio que era hora de levantarse.
Sus sentidos hoy, a través del canto de los pájaros, la habían llevado a un viaje por su pasado, a un viaje por sus diversas vidas, a un viaje emocionalmente rico y vital.
Pensó: “mañana los pájaros me traerán los pasos, los pasos de todos los que han marcado huella, los pasos y los ecos que han dejado en mí”.
Se levantó y salió a prepararse un café, ese  “guayoyito”, que había saboreado desde siempre y que hoy era su única constante en esta otra vida.  



domingo, 17 de junio de 2018

Disertación matutina



¿La vida cómo conjunción del azar o la vida cómo destino? Ambas concepciones tienen algo en común y es la imposibilidad del ser humano de incidir en ella.
En la vida como conjunción del azar está implícita la incertidumbre. En la vida como destino también, pues ese destino es desconocido para el sujeto, y los eventos que se van presentado no nos muestran el camino trazado de antemano. En ambas la vulnerabilidad y la incapacidad de organizar y planificar la vida se convierte en un sueño, una quimera, un espejismo del que nos aferramos para darnos un poco de seguridad.
Sea una u otra de la que partamos lo único que queda claro es que apenas somos pequeños e insignificantes seres arrastrados, condenados a vagar por una vida totalmente incierta.
Pero optar por alguna de ellas incide  directamente en nuestra forma de actuar y en la forma que nos enfrentamos  al día a día.
En la conjunción del azar el sujeto tiene la posibilidad de elegir, de asumir la responsabilidad de su vida. Pues su presente no es otra cosa que la sumatoria de sus decisiones pasadas. La suma de las opciones que tomó construye su vida y elegir siempre implica libertad
En la concepción de la vida como destino el sujeto destierra su posibilidad de elegir pues asume que haga lo que haga, o opte por lo que opte, siempre tendrá que aceptar los designios pautados. La capacidad de elección y con ella la libertad desaparece y lo unico que  queda es la aceptación.
Así las consecuencias de asumir una u otra concepción, marcan el comportamiento de manera significativa. En la primera, a pesar de la incertidumbre y la conjuncion del azar el sujeto siempre es el protagonista de su vida, es él que elije, él que construye su vida frente a los eventos que se van presentando. En la segunda, el sujeto es apenas un actor secundario pues el destino, un ente sobre el que no tiene incidencia, es el verdadero protagonista y a él  debe entregarse con resignación.
Asumir una u otra concepción determina en cierta forma tu esencia como ser humano. La primera te hace un ser libre, la segunda te hace un esclavo. La primera te convierte en un ser activo, la segunda te hace un ser pasivo.En la primera prevalece el libre albedrío y en la segunda  la fatalidad.
Si se reflexiona sobre las consecuencias de esto en el ámbito de la vida cotidiana y de los rasgos personales podemos inducir, si lo llevamos al extremis, lo  siguiente:
La primera concepción te hace progresista, innovador, anti convencional, sin apego a las normas, rompedor de esquemas, rebelde, curioso, creativo, arriesgado,... Pues siempre serás él protagonista, él que podrá incidir en la vida, pues las opciones que elijas la determinarán.
La segunda concepción te hace conservador, rutinario, convencional, apegado a las normas, seguidor de esquemas pautados, sumiso, acumulador de conocimientos, replicador de lo conocido y pusilánime.
Algunos pensaran que lo anterior es exagerado y efectivamente lo es, no estoy tratando de convencer a nadie de que una opción es mejor que la otra, no quiero demostrar científicamente que de las premisas se desprenden mis afirmaciones, lo único que quiero generar es una reflexión en el lector para que piense en cómo ve la vida y como esa forma de pensar determina su actuación, su forma de ver, ser y vivir. Quiero sencillamente compartir con ustedes mi disertación matutina.
Ahora repito la pregunta con la que me desperté esta mañana, para que todos piensen un poco en ella ¿vives la vida cómo conjunción del azar o vives la vida cómo destino? 

nota: la  imagen Chávez Morado, artista mexicano,  puede tener muchas interpretaciones. pero para mi hoy es sencillamente, una rueda imparable que se arrastra sola, como el destino arrastra a algunos y la rueda de la vida guiada por el sujeto.

jueves, 14 de junio de 2018

Murió Ruperta, murió un poco de Veneuela

Eduardo Sanabria (Edo) caricaturista veneolano

Ruperta la elefante del parque Caricuao ha muerto. Ha muerto de desidia, de hambre. Ha muerto por la incompetencia de este gobierno de forajidos inescrupulosos que ha tomado por asalto a nuestra Venezuela. Mi post lo dedico hoy a este hermoso animal que acompaño la infancia de mi hija, que nos asombró con su mirada triste y su obsesión de cubrir su lomo de tierra seca.

La hermosa elefante Ruperta nunca entendió que hacía ahí. Como había llegado a ese lugar donde niños y adultos la contemplaban con admiración y alegría.
Con su inmenso cuerpo, su hermosa trompa y lágrimas en los ojos los contemplaba siempre con un signo de interrogación clavado en la pupila.
Se daba cuenta que  algunos ojos que la observaban podían sentir su tristeza, su añoranza, su desconcierto y con ellos establecía una relación especial.
Los esperaba cada fin de semana asomada al foso que la separaba del público, buscando en la inmensidad de ese hermoso y extenso parque zoológico, un indicio, el eco de una voz, una risa cristalina e infantil, que le avisará  la presencia y la inminente llegada de aquellos que la comprendían.
Cuando llegaban intercambiaban una mirada  de reconocimiento y ella con su trompa extendida les daba la bienvenida. Después con su trompa tomaba la fina y seca tierra del suelo y la echaba en su lomo durante largo rato y de pronto en un total gesto de travesura resoplaba hacia el público, llenando a todos los presentes de ese polvillo que a veces les hacía toser y otras producía escozor en los ojos, pero siempre producía un gozo en el corazón y una sonrisa en el rostro.
En algunos momentos y antes de iniciar su eterno juego, se quedaba mirando a alguien de los especiales, de los que la sentían y sus ojos se posaban, con su tristeza infinita de animal confundido, en los ojos del otro y en ese momento se iniciaba, una complicidad humedad que se sellaba con una  lágrima triste de comprensión. Cuando los veía alejarse levantaba su trompa en señal de despedida segura de que pronto vendrían a visitarla.
Ruperta siempre fue generosa regalaba buenos e inolvidables  momentos, que a veces quedaban impresos en fotos, pero que siempre permanecerán como recuerdo de la infancia lejana, en ese país más lejano aún.
Un día Ruperta se fue dando cuenta que cada vez eran menos los que la visitaban, que cada vez eran menos a los que reconocía, que cada vez eran menos los que acudían a la cita que ella pensó que siempre se daría.
Poco sabía Ruperta, en su encierro, de las condiciones del país, de su deterioro, de su miseria, de la fatalidad en la que se sumía. Poco sabía que ese país que adoptó forzada ahora se encontraba sumido en el peor momento de su historia. Nunca supo tampoco que muchos de sus visitantes, de sus seguidores se iban huyendo de un país que cada día se hacía más hostil e invivible. Nunca llegó a imaginar siquiera que nadie después de un tiempo volvería a visitarla y que sus últimos años estaría totalmente abandonada en esa tierra árida y seca.
Ruperta se fue dando cuenta de la miseria del país cuando la comida empezó a escasear y hasta el agua se convirtió en sólo deseo. Su enorme peso fue mermando, su piel fue pegándose a los huesos, su trompa apenas tenía fuerza para esparcir el polvo seco y árido de esa tierra convertida en erial.
Ruperta se fue menguando como el país, haciéndose cada vez más débil y triste. Cada vez más delgada, más hambrienta, más sedienta hasta que al final perdió la esperanza. Al final le quedaban sus ojos hundidos y sus lágrimas que resbalaban impenitentes por su rostro de animal cada vez más confundido y sus recuerdos acumulados en su gran memoria de elefanta de tiempos mejores, que no retornaron.
Su camino a la muerte fue tortuoso y doloroso, empezó a desear la muerte como salvacion, como liberación de la pesadilla diaria de sus últimos y largos años. El día que por fin llegó la muerte a buscarla la tomó con su trompa para que no la abandonará y se la llevara a cualquier  otro lugar.
La encontraron sobre la  tierra seca, acostada de lado, cubierta de polvo y con lágrimas húmedas sobre su rostro. Su trompa sobre ella simulaba un abrazo.
Tal vez murió recordando su vida pasada, confusa pero tranquila.
Nunca supo que al leer la noticia de su muerte cada rincón del mundo se estremeció con el llanto de un venezolano que la conocía y la amaba desde ese lejano lugar llamado infancia.
Nunca sabría que al llorarla, también llorábamos por el país perdido, por la felicidad extraviada y por nosotros mismos.
Murió  Ruperta hace apenas unos días y murió con ella un poco de mí, de mi pasado, un poco de cada venezolano. Murió Ruperta  y con ella esa ilusión de país que hemos querido preservar, ese país que ya nunca volverá.  

miércoles, 13 de junio de 2018

Atrapada

Grete Stern 

¡Un libro! eso era lo que era y efectivamente un libro era la equivalencia perfecta para su vida. Un libro no por las  interesantes o fascinantes historias, sino porque siempre cerraba cada capítulo.
A lo largo de su vida siempre termino todo lo que empezó. Nada quedó inacabado, inconcluso, de todo salió sin dejar cabo sueltos, de todo se alejó cuando tuvo que hacerlo, nada, ni nadie le impidió que su alejarse siempre, siempre, estuviera precedido de una larga conversación.
Una conversación donde analizaba y reflexionaba sobre el tema, donde después de premisas lógicas, llegaba a conclusiones lógicas. Y es que el haber impartido Lógica como materia había marcado su forma de ser, de pensar y de actuar. Coherencia e integración entre lo que era, lo que pensaba, lo que decía y su actuación eran fundamentales para mantener su equilibrio.
Y todo fue así hasta que un día se encontró atrapada en una situación totalmente ilógica, gobernada por extraños hilos, por extrañas circunstancias. Una situación de la que trato de salir pero que nunca cerró.
Una situación inconclusa, inacabada, con cabos sueltos convertidos en sueltas trenzas de zapatos que de vez en cuando la hacían trastabillar.
Decidida a mantener el equilibrio y a pasar la última página de este capítulo. Decidida  a que su alejarse definitivo estuviera como siempre precedido de una larga conversación, levantó el teléfono cuando repicó.
Todos le habían aconsejado que se fuera desprendiendo poco a poco, ignorando mensajes, bloqueando en redes, desoyendo llamadas, pero su incapacidad casi obsesiva por cerrar honestamente todo cuanto iniciaba la llevó a responder esa última llamada.
Una llamada que impediría para siempre cerrar el capítulo, este capítulo que quedaría por siempre inconcluso, inacabado.
Contestó con seguridad, su voz sonó firme y contundente, pero su mano temblorosa se aferraba al móvil y un leve dolor en su estómago, oculto para él que llamaba, le indicaron que empezaba a flaquear.
Del otro lado escucho la voz que tan bien conocía y que había sido parte de ella en los últimos meses.
Enumeró sus razones para acabar con todo, pero la voz insistente las ignoraba, insistía, insistía e insistía. Por un momento pensó en cortar la llamada, pero sabía que en un rato o mañana volvería a sonar el móvil anunciando  otra llamada.
En casi un duelo de argumentación la conversación prosiguió, un duelo donde sentía sus fuerzas minándose, agotándose. Exhausta se entregó a la fatalidad de tener que vivir atada para siempre a Movistar.
Nunca podría optar por otro proveedor, nunca podría desprenderse del plan que contrató originalmente y que ahora le resultaba costoso e insatisfactorio.
Cuando firmó el plan y el contrato no sabía que estaba firmando un pacto vitalicio casi, casi, como si hubiera vendido su vida y el uso de sus datos móviles a uno de los nuevos demonios del siglo XXI. Pero   cuando llamó para suspenderlo empezó a intuirlo, en las eternas opciones sugeridas por la voz metálica, en los interminables departamentos que la atendieron, en la insistente llamada  diaria del operador. Todos indicadores inequívocos de lo difícil que sería escapar de ese infierno tecnológico donde nadie parecía escuchar lo que decías.
Pensó en Orwell y el gran hermano. Pensó en el mundo feliz de Huxley, llegó hasta pensar en la tercera ola de Toffler. La sociedad de la información de Castells también ocupó su mente y en como no habían reflejado en ninguna de sus obras el infierno de los tele operadores.  Mientras, estas ideas surcaban por su mente,  el operador telefónico casi diabólico, le hablaba de las ventajas de conservar la línea, de lo que implicaba darse de alta, de las sanciones monetarias que tenía que cubrir  y, para suavizar las amenazas, la lisonjeaba  con aumento de minutos en Internet y llamadas ilimitadas.
Terminó accediendo a todo, terminó vencida, derrotada. Nunca podría cerrar este capítulo. Una trasnacional de teléfonos la había vencido. Una trasnacional telefónica era responsable de que un intrascendente capítulo del libro de su vida quedará inacabado, inconcluso. Lo que se inició con una mera llamada para suspender un servicio se había  convertido en una cruzada de la compañía para retenerla.
Vencida colgó la llamada, derrotada suspendió el nuevo contrato con el nuevo proveedor y siguió atrapada para siempre incapaz de proseguir la lucha. Una lucha que le había robado horas a su vida, una lucha seleccionando infinitas opciones, una lucha de llamadas diarias. Una lucha en la que se había dado de alta.



martes, 12 de junio de 2018

Vida negada

"Guernica 2015" Javcho Savov 


629 personas, como tú y como yo, han sido abandonadas a su suerte. Les ha sido negada la posibilidad de refugiarse, la posibilidad de vivir, de ser, de existir.
629 personas que desesperados salieron de su hogar, su tierra, su país, dejando atrás toda su vida, para adentrarse precariamente en el mar a la espera de encontrar una tierra de esperanza.
629 personas que me han recordado hoy la maldad que subyace en el mundo y han aflorando mi vergüenza por pertenecer a esta especie terrible que se denomina ser humano. Una especie voraz, depredadora y cruel que devora todo, que arrasa con todo.
Estas 629 personas me han hecho escuchar los gritos, vivir los miedos y sentir la incertidumbre que han vivido todos los refugiados del mundo. Todos los refugiados de la historia.
Llantos quedos y fuertes, tristezas infinitas, miedos físicos y paralizantes, impotencia lacerante, sueños rotos, ilusiones desvanecidas, esperanzas arrancadas de raíz... Han llegado hoy a mi como ecos de la historia miserable de la condición humana.
Como sonidos ignominiosos que recuerdan insistentes lo que hacemos, lo que hemos hecho y sé con certeza absoluta que seguiremos haciendo.
"El hombre es lobo del hombre" leía asombrada en el libro Hobbes, y dentro de mi ingenuidad adolescente, de vida sin sobresaltos me parecía un exabrupto, una exageración. Mis simpatías siempre tendieron más a Rosseau y a su "el hombre es bueno por naturaleza". Lejos estaba de imaginar en esos años universitarios que la vida y el comportamiento humano me llevarían a darle la razón a Hobbes.
"El hombre es lobo del hombre" es lo único que puede explicar el comportamiento destructivo y aniquilador frente a nuestros semejantes y nuestra total incapacidad de ponernos en el lugar del otro, de sentir lo que siente el otro, de solidarizarnos con el dolor ajeno, de sentir que podemos ser el otro.
629 personas en busca de un puerto que les permita desembarcar, simplemente, a la vida. En la posibilidad de una vida digna. 629 personas que lo único que quieren es la oportunidad de seguir viviendo.
629 expulsados, como cientos, como millones que a lo largo de la historia han sido obligados a dejar todo, por las condiciones de sus países, que salieron sólo esperando poder vivir y se encontraron con que se les negaba hasta la posibilidad de respirar.
Barcos de judíos en busca de puertos, miles de cubanos en balsas, refugiados españoles cruzando la frontera sólo para ser depositados en campos de refugiados, en campos similares a los hoy habitan los sirios o cualquier otro pueblo que ha tenido que abandonar su tierra. Millones de personas convertidos en parias, en escoria, en indeseados sólo porque las condiciones de sus países los han obligado a partir.
Millones de personas que no encuentran amparo en este planeta llamado tierra,  que es el único hogar de todos. Un pequeño e insignificante planeta habitado por esta especie, que no tiene límites, ni leyes para destruirlo, pero si tiene controles para impedir el paso y cerrar fronteras a nuestros hermanos, a nuestros congéneres. Este pequeño e insignificante planeta de todos, donde gobiernos electos para que nos representen o gobiernos impuestos que nos representan a la fuerza, nos expulsan, nos cierran fronteras, nos encierran en campos de refugiados, nos matan...  
Hoy si aguzamos el oído, si prestamos atención a ese murmullo que se siente. Nos daremos cuenta que es la humanidad reclamándonos, que son los expulsados que han sido humillados, maltratados durante siempre que nos exigen actuar, hacer algo, que por lo menos denunciemos o nos condolamos frente a su destino. Nos dicen que no son solo cifras, que son personas como tú, como yo, que tenían una vida que les fue destruida, que tenían sueños, ilusiones, amores, amigos, familia que les fueron arrancadas, que tenían nombres, identidad, gustos y sonrisas, que eran como tú y como yo…
Las campanas siempre doblan por nosotros, seguirán sonando siempre por todos porque nadie es una isla. Nadie está a salvo y  nadie se exime de  responsabilidad.




lunes, 11 de junio de 2018

La vida convertida en Calabaza

soledad del fotógrafo checo Martin Stranka 

Me desperté sentada en una calabaza, fumando, una copa de vino en la mano y lágrimas en los ojos.
Mire alrededor y no había nadie, no había nada.
Me vi desde lejos sentada en un vacío oscuro, sentada en esa inmensa calabaza, con el cuerpo abatido, con las piernas colgadas, con la copa en la mano, con el humo del cigarro y la cara brillante por las lágrimas.
El vacío oscuro se fue  tornando  naranja como el crepúsculo, mientras sentada en la calabaza ascendía lentamente para quedar suspendida en el medio de la nada.
Era casi un cuadro de Dalí, un hermoso cuadro de desconstrucción surrealista.
Viendo desde lejos la imagen de mi misma un nombre vino a mi mente "levitación de sueños rotos".
Hermosa y triste imagen, contenida en una cenicienta del siglo XXI. Una cenicienta destrozada sentada sobre la realidad y consciente de que los cuentos con final feliz no existen, que sólo han sido invenciones del hombre para hacer más llevadera la vida. Una vida triste y gris. Una vida donde, temprano o tarde, de cualquier experiencia o cualquier realidad o cualquier circunstancia terminas inevitablemente con la carroza convertida en calabaza.
La vida como una sucesión de fracasos, de sueños rotos, de expectativas truncadas. La vida como una sucesión de logros, de sueños dulces, de expectativas realizadas. La vida siempre oscilante entre uno de estos  extremos. Siempre pendulando, siempre con la certeza de que lo único que realmente existe es una calabaza y que todo lo demás solo es un cuento con principio y fin. La certidumbre de que todo lo iniciado a lo único que te conduce es a su propio final.

Me desperté sentada en una calabaza, fumando, una copa de vino en la mano y lágrimas en los ojos. Me desperté a la realidad, llorando por la muerte de la vida de cuentos, de ilusiones, llorando por la vida real, llorando por mí, suspendida y etérea, desdibujada y ajada. Llorando por esa Cenicienta, consciente de la realidad. que despertaba de ese cuento creado para hacer más llevadera su vida, llorando por esa Cenicienta  suspendida que levitaba entre la realidad y el vacío.