En este Blog podrán leer mis ejercicios de ficción, historias, cuentos inventados, creados a partir de experiencias, fantasías, de historias que me contaron, historias que he imaginado o simplemente ideas que visualizó al ver a alguien, al ver un gesto, al escuchar una conversación o al mirar el mundo y la gente que me rodea. Si se mira con atención cada cosa, cada persona encierra múltiples relatos para ser contados.
domingo, 18 de noviembre de 2018
jueves, 15 de noviembre de 2018
El refugio
| Grete Stern Sueños |
Hoy regrese en sueños a Venezuela, no al país que nos duele de solo
recordarlo, no al país del que huyes a un futuro incierto, no al país de
miseria, hambre y muerte en que lo han convertido el grupo de delincuentes que
lo gobiernan, no al país presente de porvenir truncado. Hoy regrese en sueños a
mi Venezuela, a esa Venezuela que sólo vive en mi recuerdo.
La Venezuela de mi infancia, de mi juventud, de mi adultez, de mi
felicidad.
Hoy, como siempre que la angustia, la ansiedad o la desazón me recorren
y me corroen, volví a mi tierra de gracia, a mi sucursal del cielo.
Y es que en cualquier situación en la que me siento frágil y
vulnerable Morfeo me regala un sueño para refugiarme en él, para protegerme y
darme seguridad. Y en ese sueño siempre está esa Venezuela que amé y amo, esa
Venezuela donde fui feliz.
Hoy en sueños regrese a mi vida, vi a mis amigos, sentí el abrazo
cálido y siempre dulce de mi esposo, la mirada tierna de mi padre, los bracitos
de mi niña aferrados a mi cuello, las navidades en familia, las niñas
correteando por el patio, lanzándose a la piscina, retozando alrededor y salpicándonos
con gotas de alegría autentica, alegría que solo la infancia da, posando
para las fotos por orden de edad y tamaño, fotos que como almanaques visuales
nos recordarán siempre el paso del tiempo. El tiempo convertido en una sucesión
de instantes registrados en caritas sonrientes, instantes que al mirarlos te pasean por tu vida.
Hoy agradezco a Morfeo la generosidad de ese regalo espléndido
envuelto con la sombra de la noche que por unas horas hizo vivir de nuevo mis
mejores momentos, me hizo regresar de nuevo a mi pasado.
Hoy volví a encontrarme con mi tierra de gracia, con mi sucursal del
cielo. Hoy por unas horas ese país que nos duele de solo recordarlo dejo de
existir.
sábado, 22 de septiembre de 2018
Presencia y totalidad
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| Grete Stern |
Llega alguien, lo ves, lo abrazas y con su presencia miras y abrazas
el pasado. Miras cada instante de tu vida, envuelves cada recuerdo. Y en ese
instante suspendido, recuperas todo, recuperas toda tu vida. Recuperas todas
tus emociones, recuperas todos los segundos que has transcurrido.
Suspendido en ese abrazo, de apenas un segundo, te das cuenta que todo
queda, que todo sigue ahí. Que siempre
lo llevas contigo, siempre...
Y te sientes pleno y dichoso, te sientes rebosante de vida y
emociones, te sientes tan inflado, que casi sientes que te levantas del piso. Y
te descubres como cápsula del tiempo, que enterraste en cualquier momento, con
la intención de vivir en el presente, solo en el aquí y ahora y que una
presencia, un abrazo la abre de pronto para mostrarte lo que has sido, lo que
eres, para mostrarte tu historia condensada en fragmentos de recuerdos que te
arman como un rompecabezas para mostrarte lo que eres, lo que siempre serás y
que lo que has vivido está ahí contigo, que siempre estará contigo y que solo
te ha abandonado por una fracción de tiempo, para hacerte la vida más fácil, más
tranquila, más llevadera.
Sólo una presencia basta para recordarte a ti mismo, para mostrarte
nuevamente tu identidad.
Hoy, ayer o mañana siempre llegará alguien, hoy, ayer o mañana esta
cápsula del tiempo que eres se abre y al abrirse te remonta al tiempo inicial y
recorres otra vez todo y en ese eterno retorno te das cuenta de que eres un continuum,
que eres todo, pasado presente y futuro. Y que el presente, el día, la hora, el
segundo que vives es solo un accidente, que eres una maravillosa y única
totalidad, que el transcurrir es solo una ilusión porque siempre eres tú,
siempre fuiste, eres y serás tú.
Llega alguien, lo ves, lo abrazas y con su presencia te das cuenta que
no hay fragmentos dispersos, que sólo por un momento, lo que unía las piezas de la totalidad que
eres desdibujaron sus contornos y te dieron una fugaz ilusión de disgregación.
Llega alguien, lo ves, lo abrazas y con su presencia te integras
plenamente, te configuras nuevamente como lo que eres una maravillosa, única e
incesante totalidad...
Llega alguien, lo ves, lo abrazas y con su presencia descubres que tu vida es una espiral, donde el último tramo siempre contiene los anteriores y de pronto te acuerdas de Fibonacci y piensas que quizás a la vida también se aplica su sucesión...
domingo, 9 de septiembre de 2018
tiempo y vida
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| Hourglass Sand Time tomado de pinterest |
Una tormenta de minutos, de horas, de días, de años arrasa con todo.
Una tormenta continua y constante. Un tictac monótono, que como gotas de lluvia
limpia y despeja tu memoria, tus recuerdos y tus sensaciones.
"El tiempo todo lo cura" lo hemos oído siempre, lo hemos
oído tanto, pero en el fragor de los momentos tristes, en la intensidad de las
emociones, en la desesperación de cualquier momento, pensamos que es un engaño,
una forma de consuelo...
Y con el transcurrir descubrimos que todas esas voces que nos lo
dijeron tenían razón y que, aún, lo más doloroso, lo más terrible no sobrevive
al paso del tiempo.
El tiempo es el sanador por excelencia, el medico oficial de nuestra
vida. El tiempo es también muchas más cosas.
Es él que trae madurez y equilibrio. Es él que te permite cambiar,
evolucionar, es el dador de experiencias. Es el que te da conciencia de lo que
eres, de tu transcurrir, de lo efímero de la vida.
Recuerdo que de pequeña, no se si por mi prolífica imaginación o por
alguna referencia visual o literaria, imaginaba que al momento de nacer un
reloj de arena marcaba, con cada granito que empezaba a caer, toda nuestra
vida. Cada granito representaba todo los que nos acontecía. No solo el tiempo
que transcurría sino cada cosa que nos sucedía.
Cada granito, se representaba en mi mente, como una película, como un
instante que resumía lo vivido, lo que vivías, lo que vivirias. Miles de
escenas contenidas dentro de ese reloj, miles de pequeñísimas imágenes
encerradas en el reloj de toda tu vida. Entonces pensaba que el tiempo talvez
si podría curar todo, pues cualquier momento quedaba sepultado y oculto por la
caída constante de la arena.
"El tiempo todo lo cura", el tiempo es nuestro mejor aliado
y al mismo tiempo nuestro peor enemigo. Pues desde que cae el primer granito de
arena sabemos que en cualquier momento caerá el último, el definitivo y toda
nuestra vida quedará sepultada para siempre, por siempre. Sepultada bajo el
peso de ella misma.
Hoy, el tiempo, esa noción creada por el hombre, me ha acompañado
desde que abrí los ojos, no sé la razón, no sé el motivo, pero creo intuir un
mensaje, un discurso oculto de mi conciencia, lejano, apenas audible:
"vive, vive, ya has agotado
más de la mitad de tus granitos de arena. Vive que el tiempo transcurre, no se
detiene. Vive que más temprano que tarde caerá el último y definitivo y tu vida
quedará sepultada para siempre, por siempre, sólo vive..."
domingo, 2 de septiembre de 2018
la nada
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| Yves Klein: Sin título Blue Monocromo , 1955 |
Nada, nadie
Sólo vacío
Sólo oscuridad
También los recuerdos me han abandonado
Fueron los últimos en irse
Y tras de sí apagaron las luces,cerraron la puerta, tapiaron las ventanas
Dejaron sólo noche y sombras
Dejaron desocupada mi vida
Y en esta ausencia en la que me he convertido
intento saciarme, llenarme, abarrotarme
Clamo por algo, por alguien
Pero no hay nada, no hay nadie
Sólo inexistencia
miércoles, 1 de agosto de 2018
Encuentro inesperado parte final...
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| Alejandra Caballero joven pintora española que recuerda a Hopper |
Los años no sólo traen arrugas al rostro, kilos de más, cansancio o
dolores. Los años llevan aparejados, al menos para algunos, más precaución, mayor moderación menos impulsividad y sobre todo un sentido de aceptación de la vida, de tu vida
y de la vida de los demás.
Aceptas a los otros tal y como son, aceptas la realidad tal y como es.
Aceptas lo que eres y en este aceptar esta implícito cierto equilibrio, pues
sabes que hay luchas infructuosas que sólo dejan agotamiento, extenuación o
frustración.
Desde esa perspectiva, sabia para algunos, conservadora para otros, la
vida fluye tranquilamente, la vida pasa sin sobresaltos. No hay expectativas,
no esperas nada, pero tampoco dejas pasar oportunidades, pues sabes con certeza
que los años que te restan son menos de la mitad de los que ya sumas.
Ellos situados en esa vida contemplativa y reflexiva que trae los años
y la experiencia, se asombran de la intensidad, sobre todo sexual, que implicó
su encuentro inesperado. Una sexualidad tan plena y satisfactoria que tiñe cada
día de un placer enervante, de una sensualidad curiosa, de un erotismo excitante.
Como adolescentes se entregan sin freno a esta especie de orgia de sensaciones
que la vida les ofrece.
Pero a pesar de la desmesura sexual, no se precipitan, la experiencia
y la aceptación de la vida como un fluir constante, llena siempre de eventos
inesperados, los ha transformado en conocedores de la realidad, en conocedores
de la fragilidad de las emociones, en conocedores de la naturaleza humana, en
conocedores de la vulnerabilidad de las situaciones, en conocedores de la
incertidumbre de la vida.
Hoy juntos y disfrutando, sólo por momentos, de la mutua compañía viven
el ahora, sin pensar en el después, viven el día a día, sin pensar en los días
que vendrán. Viven en presente y sienten en presente. El futuro llegará quizás
los sorprenda juntos o quizás no. No importa el mañana, lo que importa es el hoy…
lunes, 30 de julio de 2018
Encuentro inesperado (parte II) o encuentros buscados
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| Henri Martin Couple D'amoereux |
Después de esa primera mirada, de esa frase apenas imperceptible, los
días cansados dejaron de existir.
Ahora los días amanecían cargados de vitalidad. Una vitalidad que la
impulsaba a una actividad constante, a un estar moviéndose continuamente, era
como si un propulsor se hubiera instalado dentro de ella.
Sus encuentros dejaron de ser casuales para convertirse en encuentros
buscados. Encuentros risueños, alegres y despreocupados. Encuentros dónde ambos
procuraban mostrar lo mejor de sí mismo, su lado más encantador.
Como en esos documentales de Animal Planet donde se presentan los
ritos de apareamiento cualquier observador avezado percibía que estaban en la
fase de seducción y conquista. Miradas directas, roces continuos, cercanía
invasora. Ambos solícitos y complacientes, ambos entregados y empeñados en una
competencia de ganar/ganar.
Lo que el observador habituado no veía era el miedo dentro de ellos,
las dudas, el pánico que sentían. Ese miedo atávico por no sufrir, por no
sentir dolor, por protegerse de la vida, los hacía dudar de continuar o no, de
intentarlo o no. Pero este miedo, estas dudas se mantenían ocultas para el
observador por la simple razón de que al encontrase se disipaban, se esfumaban,
dejaban de existir.
El miedo y las dudas le llegaban a cada uno por separado, en soledad,
entre las sábanas y la almohada, ocultos en un pliegue y al acecho los invadían
cada noche y sus rostros llenos de alegría, se convertían en signos de
interrogación, en preguntas sin respuesta que llenaban sus mentes y que los abatía
hasta dejarlos exhaustos, sumiéndolos en un sueño nada reparador.
Y es que ambos eran un poco obsesivos, un poco inseguros, un poco
precavidos frente a la posibilidad que se presentaba. Tal vez por sus
experiencias pasadas, tal vez por su escepticismo frente a las emociones, tal
vez por un instinto desmesurado de protegerse, tal vez por conocer la
fragilidad de los sentimientos y la inevitabilidad de un final, no se atrevían
a vivir lo que sentían despreocupadamente. Quizás, no era nada de eso, quizás
lo que los frenaba era el temor de estropear la última posibilidad que se les
ofrecía en la vida de ser equilibradamente felices, de vivir una vida
compartida, de sentir el amor.
Sin embargo, a pesar de los miedos y dudas que sentían o por los
incipientes sentimientos que surgían, se decidieron a darse una oportunidad.
Una oportunidad cargada de racionalidad y vacía de expectativas, una
oportunidad que como un alcohólico en remisión y en redención se planteaba
vivir un día a la vez.
domingo, 29 de julio de 2018
Encuentro inesperado parte I
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| Marc Chagall La Acróbata |
Estaba tan ocupada que no tenía tiempo de escribir. Estaba tan ocupada
que no había tenido tiempo de reflexionar, tan pero tan ocupada que los días se
sucedían sin darse cuenta.
Los lunes, martes, miércoles, jueves y viernes transcurrían
indiferenciados, caían como hojas de un árbol en el otoño de su vida. Flotaban
como hojas suspendidas en el aire, revoloteando sin norte, subiendo y bajando
para inevitablemente caer al suelo y desaparecer para siempre en el inexorable
paso del tiempo.
Días que amanecían cansados y
se acostaban apenas ocultarse el sol.
Un día, no recuerda el día de la semana, lo vio por primera vez, lo
vio con esa mirada cansada que se había instalado en sus ojos. Ese día lo vio
sin darse cuenta que por primera un destello de luz, apenas perceptible se
vislumbraba en sus pupilas.
Un destello de reconocimiento, de saberse iguales, de sentirse
próximos, de intuirse como posibilidad.
Desde ese intercambio de miradas, de esa frase apenas perceptible, una
sensación de inicio se posó en su vida. Ni el destello, ni la sensación fueron
reconocidos instantáneamente, pero a partir de esa primera vez algo empezó a cambiar y los días cansados se fueron desasiendo, poco a poco,
del abatimiento. No sabía la razón, no sabía por qué solo sabía que de pronto
se aferraba a la vida de nuevo y que no quería desprenderse, ni flotar como
hoja suspendida en el aire, revoloteando sin norte, subiendo y bajando, que ya no
quería caer al suelo y desaparecer.
El tiempo siguió pasando pero ahora cada segundo, cada minuto, cada
hora, cada día se convirtió en promesa, en posibilidad.
domingo, 15 de julio de 2018
instantes de felicidad
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| Sorolla niños en la playa |
Ayer releí un bello post de mi hija en su blog "Desde la
Distancia". Un post sobre una fotografía de su papá y yo hace muchos años, cuando ella no había nacido y
nuestra vida era apenas una promesa.
Ayer ese texto me llevó, nuevamente, a apreciar nuestra maravillosa
vida juntos. Una vida repleta de instante de felicidad, de buenos momentos, de
risas, de alegrías, de cotidianidad compartida, donde cada día, cada año
transcurrió sin la pesadez de la rutina. Donde cada día, cada año se presentó cargado de desafíos, posibilidades y una ocasión para vivir.
Recordé nuestra cotidianidad y me emocione hasta las lágrimas. Lágrimas
de gozo y satisfacción. Lágrimas de felicidad por una convivencia siempre rica
en experiencias, en aprendizajes, en conocimientos, en afecto, en respeto. Una
convivencia siempre cálida como una suave brisa de verano.
Imágenes de nosotros, de instantes compartidos fueron llegando a mi
mente y todas fueron recibidas con una sonrisa en mis labios y una sensación de paz y equilibrio en mi
cuerpo y en mi alma.
En ese momento me di cuenta que la felicidad autentica no es la que te
invade de pronto y trastoca tu vida, sino que la felicidad auténtica está en el
día a día. En estar rodeada de la gente que te quiere, que se preocupe por ti.
Gente a la que tú también quieres y te preocupas por ella. Gente que ni la
distancia, ni la muerte separa de ti. Gente que siempre será tu hogar y en la
que siempre encontraras esa sensación de seguridad y calma. Gente con la que sientes o has sentido ese fuego cálido y
confortante, que aviva tu vida y te alimenta
emocionalmente sin importar ni el tiempo, ni la lejanía.
Esa gente que llega a nuestra vida y se queda para siempre, aunque se
vayan, aunque se mueran, aunque más nunca sepas de ellos. En esa gente es donde
habita la felicidad. En esa gente que te da instantes plenos, instantáneas de
momentos perfectos, que no quedan registrados en fotos impresas, ni en
Facebook.
Pensé que tuvimos tantos momentos como el de la foto del post. Tantos
instantes únicos e irrepetibles, tantos instantes de felicidad compartida, tanto
intercambio emocional que podríamos hacer una exposición fotográfica que llenaría
el Prado, el Louvre y el British Museum y
todavía nos sobrarían miles y miles de fotos.
Recordé algunos de ellos y quise fijarlos en mí para convertirlos en
presente por un instante. Recordé ese
estar en silencio, cada uno ocupado en lo que le apetecía. Esas largas
sobremesas, esas conversaciones al caer la tarde, esas películas vistas
acostados en nuestra cama, esas vacaciones en la playa, esas idas al colegio,
esos libros leídos, compartidos y discutidos, esa música escuchada, esas
canciones inventadas para despertar y desayunar. Esas salidas a conciertos,
teatros, paseos, cines, títeres. Esos abrazos, besos y “te quiero” que repartíamos
a granel a lo largo del día. Miles de
instantes que se agolpaban en mi mente y me recordaban que la felicidad habita
en mí.
Una felicidad que sigue ahí, que no me ha abandonado y que con sólo un
pensamiento, una evocación vuelve para arrancarme una sonrisa y volver a sentir
el confort emocional, un fuego cálido que me cobija y da seguridad. Una felicidad tranquila que me
posee como el beso suave de un amante en los labios o la caricia suave de la
mano de un niño.
Ayer con esa lectura recobre no sólo un recuerdo, recobre mis ganas de vivir y
recobre la felicidad que habita dentro de mí. Una felicidad frágil, pequeña,
que a veces se esconde, que a veces se me olvida pero que siempre, siempre retorna y como la brisa suave me acaricia y me
hace sonreír.
Ayer con esa lectura recordé que la felicidad es siempre posible, que no es una quimera, un sueño imposible, que habita siempre en ti y que siempre encontraras personas que te den instantes plenos, instantáneas de momentos perfectos, que aunque no queden registrados en fotos impresas o en Facebook, quedan para siempre impresos en tu corazón.
miércoles, 11 de julio de 2018
Retazos de desarraigo
| El sueño de la razón produce monstruos Goya |
El país extraviado
No soy y nunca he sido patriotera me considero una persona
universal y percibo al planeta como mi casa grande.
Eso siempre lo creí, hasta que mi país empezó a desdibujase ante mis
ojos, un día hace 20 años, una rebelion militar irrumpió no sólo en Miraflores,
sino en nuestra vida. Irrumpió y se quedó.
Desde ese momento mi país empezó a extraviarse.
El país que amaba, el país de mi infancia y juventud, de mis playas y
montañas se fue convirtiendo en un castillo en el aire, en solo una evocación,
un recuerdo, un deseo.
Ese país se extravío para siempre y no existirá más. Todos los
venezolanos los que salimos y los que están allá ya no reconocemos esta
Venezuela. Esta otra Venezuela desolada, hambrienta, aniquilada y triste.
Todos sentimos ese extrañamiento. Todos hemos sido desterrados. Todos
estamos en el exilio fuera o dentro. Porque no reconocemos a esta nueva
Venezuela. Venezuela se perdió, se perdió para siempre y ya nunca será la
misma.
Cuando pienso en volver en algún momento de desazón o tristeza, me
detiene la certeza de que esa Venezuela a la que quiero regresar es solo una
quimera, una añoranza, un deseo y no una realidad. Que vive solo en el recuerdo
de los venezolanos que la añoramos.
Venezuela se extravío y nunca más la recuperaremos porque se convirtió
en sólo un recuerdo. Añorado, querido pero como todo recuerdo solo es pasado.
1 de julio
Caracas…
Ayer Caracas vino a mí para recordarme su presencia. Vino de pronto a
través de dos amigos entrañables. El primero con mensajes de voz, esa voz conocida y querida, me
comunicaba su fecha de salida de una ciudad y un país cada vez más hostil e
inhumano y él segundo con un breve relato me recordó a mi Caracas querida y a
parajes adorados donde besos juveniles hicieron travesuras y donde amores
eternos paseaban, y aun pasean, tomados de la mano.
Caracas siempre oscilando en dos extremos, siempre exagerada, siempre
maravillosa y terrible, siempre entre capital del cielo y del infierno.
Caracas es la ciudad donde más
he vivido, donde transcurrieron mis mejores años, mis mejores
experiencias. Donde esta mi casa grande, mi hogar, donde habita esa sensación
de pertenencia, de ser parte de todo lo que te rodea.
Hoy Caracas vino a mí y trajo melancolía y añoranza. Melancolía por una vida
buena y pasada, irrecuperable y siempre recordada. Añoranza de lo vivido y lo que nunca más podré vivir.
Hoy esa Caracas que ame ya no existe, solo habita en mi recuerdo. Hoy
esa Caracas familiar es una desconocida. Hoy mi Caracas ha desaparecido y lo
que queda de ella son escombros y memorias.
Mi Caracas, la que ame, hoy está
enterrada en la mierda.
11 de julio
Realidad invasiva
La realidad siempre llega. Puede ser a través de una conversación, una
llamada, una persona pasando, un olor evocador o simplemente un recuerdo. Llega
y te invade y como una sombra oscura se posa sobre tu vida y en ese momento el
sol que brillaba se oscurece, el verde de los árboles se torna gris e incluso
las sonrisas se tornan en muecas.
La realidad de la que has tratado de escapar, la que has ignorado
durante algunos días, haciendo como si no la vieras, como si no te interesa,
llega de pronto y nuevamente te sumerge en la tristeza, en los recuerdos del
pasado, en el presente de quienes no están cerca de ti, en lo que perdiste y en
la irreversibilidad de lo perdido.
Te sientes extraño en tu presente y te sientes más extraño aun con tu
pasado. Te sientes flotando en un limbo, flotando en la vida que vives y no es
tuya y en la vida pasada que ya no existe más.
Y odias esta sensación de la que tratas de salir cada día, con
intentos fallidos, vanos, con intentos que ya sabes infructuosos porque, inevitablemente, una mañana cualquiera volverás a sentirla...
viernes, 6 de julio de 2018
La cigarra y la hormiga
| sello de la República de San Marino de 1982 |
Y de pronto descubres que la cigarra tenía razón. Después de toda una
vida de hormiga responsable, ahorradora, trabajando para garantizar tu futuro.
Un día cualquiera, a una hora cualquiera te das cuenta que el hormiguero fue
arrasado, que ya nada te pertenece, que lo que has acumulado se desvaneció, que
el lugar en que habitabas no existe, que las hormigas, tus compañeras de
siempre, se han dispersado en la huida, que te encuentras sola y sin nada,
vieja y sin fuerzas para empezar nada, para hacer nada. Ese día descubres que
no eres nada, solo un ser insignificante, una pequeña, vulnerable y negra
hormiga.
Piensas en las veces que narraste la fábula de la cigarra y la
hormiga, en las veces que te lo contaron, en las veces que dejaste de lado la
diversión, el relax, la alegría para entregarte al trabajo, para construir una vida basada en el esfuerzo
honesto, ejemplificante, una vida que te conduciría a un futuro digno y feliz.
Y quisieras tener una máquina del tiempo y comenzar de nuevo, no para
cambiar la situación, sino para cambiar toda tu vida, para recomenzarla como
una auténtica cigarra.
En esa vida de cigarra que imaginas, te ves saltando de hoja en hoja,
comiendo un poco aquí y otro poco allá, descansando tumbada bajo la sombra de
una gran rama, contemplando con sorna la vida aburrida de las hormigas y
saboreando con deleite tu libertad plena, tu no atarte a nada, a nadie, tu
independencia.
Una vida de cigarra donde el cielo es el límite, donde el sol calienta
levemente tu pequeño cuerpo, donde cada bocado de placer se encuentra en cualquier
planta. Una vida de vagabundo donde todo cuanto te rodea ha sido puesto para
ti. Una vida de cigarra sin límites, ni ataduras. Una vida errante y hedonista que
cambia y se renueva en cada salto, en cada impulso que das a tu pequeño,
insignificante y efímero cuerpo.
Esa vida con la que soñabas desde tu oscura y rutinaria vida de
hormiga. Desde tu vida de trabajo, siguiendo la ruta establecida, obedeciendo
los patrones impuestos por las demás, frenando tus impulsos y deseos. Esa vida
comedida y aburrida donde lo único que querías era asegurarte el confort de un
hormiguero, mientras con cierta envidia contemplabas la vida alegre de la
cigarra.
Y aunque la situación de pronto cambie para las hormigas y las
cigarras, cambie abruptamente para ambas, hay una diferencia fundamental, la
cigarra vivió, la hormiga no.
Hoy sentía un odio inmenso por Esopo, creador de esta mentira, en un lejanísimo
s. VI a. de C., creador de esa fabula con sentencia consejera que ha sido
escuchada, quizás, por todos los niños del mundo, odio por esa conclusión
fatalista, moraleja repetida constantemente, cuyo único objetivo ha sido que
entregues tu vida, que te conformes, que sigas los pasos de los otros, que
vivas una vida de servidumbre dejándote arrastrar por los demás, que no
cuestiones, que no seas diferente y que te entregues con fe al camino
"VERDADERO" pautado por la mayoría aborregada, ciega y servil.
Hoy he descubierto que Esopo no fue solamente un fabulista sino un devorador
de sueños, un cortador de alas, un
limitador de la vida.
¿Cuántas hormigas muertas en el camino, cuántas hormigas estresadas,
cuantas hormigas infartadas, cuántas hormigas cargando un peso por encima de
sus límites? ¿Cuántas hormigas más nos costará esta fábula de mierda que nos ha
robado la posibilidad de vivir?
La cigarra tenía razón cuando opto por vivir. La cigarra siempre fue
la sabiduría, la cigarra "siempre
tendrá Paris", a la cigarra le quedará eternamente la satisfacción de su vida plena,
diversa, errante.
Hoy, después de una vida de hormiga ejemplar, de la cual fui arrancada
por circunstancias adversas, me di cuenta que no solo perdí el hormiguero y mis
compañeros de fila, sino algo, aún peor, me di cuenta que mi vida ya estaba perdida, que nunca realmente había
vivido, le había dado la razón a la hormiga sin sospechar siquiera que la
cigarra era la que tenía y tiene la
razón.
Desde hoy me dedicaré a redimir, en cualquier lugar y frente a
cualquier persona, la sabiduría de la cigarra y a resaltar la estupidez de la hormiga.
Y bajo el grito de alerta: “Vive
como cigarra, las hormigas ya están muertas” iniciaré esta cruzada
jueves, 5 de julio de 2018
palabras suspendidas...
| Dionicio Gonzales Explosión y vacío |
Llevaba días sin escribir. Cada mañana hacia un intento, siempre vano,
siempre fallido. Escribía una o dos líneas o un pequeño párrafo, pero después
la idea, el sentimiento quedaba colgado en el vacío. Nada continuaba, nada
concluía, era solo un inicio, un intento.
Las palabras no venían, no las
encontraba…
El escribir que había significado tanto para ella. La escritura
liberadora de las sensaciones y emociones, que invadieron cada día durante este
año del inicio de su nueva vida, ahora también la abandonaban. Todo lo
conocido la había abandonado. Todo lo
placentero la abandonaba. Todo lo que era parte de su vida de antes o de ahora
se alejaban de pronto, sin aviso sumiéndola cada vez más en ese vacío que poco
a poco se convertía en su existencia.
Las palabras seguían sin
aparecer, solo a veces creía entrever alguna….
Una existencia vacía, una existencia suspendida. Una existencia que
por más que intentaba asirla a algo o a alguien siempre resbalaba, siempre se
deslizaba. Todo tan frágil, tan voluble, tan cambiante. Todo tan efímero, tan
intrascendente, tan inalcanzable.
¿Las palabras habrían huido?
Esta existencia sin sentido en la se había convertido. Este ser
suspendido en la nada, esta vida rota que intentaba recomponerse. Estos pedazos
de sí misma esparcidos e inconexos que
se alejaban cada vez más haciendo cada día más difícil la tarea de reunirlos,
de convertirlos nuevamente en unidad.
Las palabras nunca llegaron,
nunca acudieron nuevamente…
Ahora, huérfana de palabras ya no contaba con nada, este asidero final
a la vida, este refugio en el que se escondía y protegía también se derrumbaba
y la mostraba desnuda y rota.
Ahora, vaciada de palabras, de las palabras que siempre la
acompañaron, se sintió más aislada que nunca, más triste que nunca, más pérdida
que nunca.
Ahora, sumergida en el silencio absoluto, en su vida vacía, en su
existencia suspendida se instalo definitivamente en la nada.
lunes, 25 de junio de 2018
entre miedos y dones
| Giordano Bruno Campo di Fiore Roma |
Paseaba de la mano de su mamá por la Piazza di Fiore, le encantaba el
colorido de los puestos de verduras, frutas, flores y el bullicio de la gente. A
pesar de su corta edad le encantaba observar y disfrutaba enormemente de la
diversidad que se presentaba ante él, desbordante, generosa, exagerada. La diversidad de gentes, voces, cosas
exaltaban su curiosa mente infantil. Sus hermosos ojos azules recorrían la variedad con un afán de absorberlo
todo, de hacerlo parte de él. Pero había algo que lo atemorizaba, que hacía que
su pequeña mano se aferrara con fuerza a la de su madre, que hacía que su corazón
latiera más rápido, y a lo que nunca se acostumbró a la estatua imponente de
Giordano Bruno que lo contemplaba desde
lo alto del pedestal. Sentía la mirada sobre su pequeño cuerpo, sus pasos se hacían
más rápidos y se contenía para no salir corriendo. Era como si intuyera que en esa plaza hoy
alegre y colorida habían sucedido cosas terribles, crímenes atroces y que ese
monje inmenso, que ocultaba su rostro en esa capucha de piedra había sido
protagonista de los acontecimientos.
Nunca imagino que una noche cualquiera, en la seguridad de su cuarto,
se le aparecería y que marcaría su vida para siempre.
Su pequeño cuerpo infantil dormía plácidamente en la oscuridad
calurosa del verano en su Roma natal. Por la ventana abierta entraba una brisa
fresca que hacía más tranquilo su sueño.
De pronto sintió una extraña presencia en el cuarto. Sentía tanto
miedo que no se atrevía a abrir los ojos. Con sus pequeñas manos buscó la
sábana para cubrirse el rostro. Bajo ella abrió los ojos y vislumbró la sombra
próxima y gigantesca parada al lado de su cama. Su cuerpo empezó a temblar, su
corazón a latir y un sudor frío recorrió su piel. Quería llamar a su mamá pero
de su boca no salía ninguna palabra.
El tiempo se detuvo, suspendido en el miedo, en el terror de esa
presencia a su lado, de ese ser que presentía, que sentía parado al lado de su
cama. Pasaron segundos, que se convirtieron en interminables, mientras su
pequeño y tembloroso cuerpo, empapado en sudor se abraza a sí mismo para
confortarse y sus ojos tan apretados
empezaron a dolerle.
Agotado del miedo decidió enfrentarse a todo y en un acto de temeridad
sacó la sábana de su rostro y abrió los ojos para encontrarse con dos pupilas
brillantes que lo penetraban y que no podía dejar de mirar. Un grito
desgarrador salió de su garganta, un grito tan escalofriante que despertó a la
madre y a los vecinos.
Su madre entró corriendo y lo abrazó, pero él no podía dejar de mirar
la presencia que seguía ahí, oculta a los ojos de los demás.
Sus ojos llenos de lágrimas no podían dejar de mirar las pupilas
ardientes que lo penetraban, a pesar de los brazos que lo cobijaban y las
palabras de consuelo.
La figura del monje encapuchado con ojos de fuego seguía mirándolo
fijamente. El abrazado a su mamá, con el rostro cubierto de lágrimas, su cuerpo
temblando y el sonido de los latidos de su corazón, no podía dejar de mirar,
hipnotizado por los dos círculos que refulgían
dentro de la capucha, al monje alto y delgado que lo observaba.
De pronto el monje levitando lentamente y sin dejar de mirarlo se fue
alejando hasta salir por la ventana. Por un momento se detuvo a contemplarlo y
después rápidamente se alejó y en la oscura noche solo los ojos suspendidos
como estrellas permanecieron hasta hacerse tan pequeños que más que verlos, los
intuía.
Su mamá siempre pensó que todo había sido producto de una pesadilla y
se lo repitió tantas veces que él también llegó a creerlo.
Creció y la vida le sonrió. El amor y el dinero se le presentaron
siempre generosos. Un día en un lugar cualquiera, en un país cualquiera,
alguien cualquiera le comentó sobre la leyenda del monje que se aparecía a
algunos niños para garantizarles una vida exitosa, feliz.
Se acordó de su pesadilla infantil, del miedo que sintió y de la
mirada de fuego que nunca olvidó y pensó, que tal vez, sólo tal vez, su buena
vida era el resultado de esta extraña visión.
Particularmente creo que los dones que le fueron otorgados por el monje, fueron los dones del indomable Giordano Bruno, fueron la intuición, el espíritu indómito, la capacidad para cuestionar todo y no
aferrarse a nada. Le obsequió, lo mas preciado en cualquier vida, una forma
de ser y pensar que le permitiría a su espíritu crecer y a su mente expandirse más
allá de cualquier muro convencional.
martes, 19 de junio de 2018
sensaciones del pasado
![]() |
| Munch Chica en la ventana |
Se despertó con el canto de los pájaros, por su ventana la luz del día
apenas se asomaba, los ruidos de la casa empezaron a sonar, con ese sonido
inconfundible de pasos conocidos y el olor a café llegó hasta su cuarto.
Recordó otras mañanas y otros espacios. Recordó otros momentos y otras
vidas.
Las vidas vividas habían sido tan diferentes y ahora tan distantes que
sentía que pertenecía a otra persona.
Lo único constante siempre fue el canto de los pájaros que la despertaban
cada mañana, el olor a café y los pasos conocidos.
Los pasos de las personas que la habían acompañado a lo largo de su
existencia siempre le brindaron ese confort matutino al despertar. Esa
seguridad de que todo estaba y estaría bien.
Y es que siempre había vivido con los sentidos despiertos y sus
recuerdos de otras vidas, sus evocaciones de otros tiempos siempre se asomaban,
para después invadirla totalmente, a través de alguna sensación.
Escuchar el sonido de los pájaros evocaba tantas mañanas diferentes.
Sus mañanas infantiles cuando se vestía lentamente para ir al colegio, con esa
pesadez del sueño interrumpido y ese desgano de querer seguir durmiendo. Sus
mañanas universitarias cuando se despertaba con ese sueño siempre pendiente y
acumulado. Producto de ese no dormir por fiestas, salidas o estudios, también
pendientes, que tratabas de apresurar pasando páginas de libros, como si su
sola imagen introdujera el contenido de forma mágica. Sus mañanas de despertar
en brazos del amado, con ese calor y suavidad que solo te brinda una piel
conocida. Sus mañanas de mamá cuando al canto de los pájaros se unía el balbuceo
de ese pequeño ser que desde la otra
habitación anunciaba que se había despertado, que requería de su presencia
inmediata y que al acudir invariablemente era recibida con una sonrisa. Su
mañana de despedida cuando contempló a la niña, ya mujer, dormida que se iba a
otro país y que sabía que al contemplarla, estaba contemplando una imagen
irrepetible y el fin de una de sus mejores vidas. Sus mañanas triste de
perdidas irrecuperables, de vidas para siempre extintas, de finales sin happy
end, sin ese vivieron para siempre felices, que la hacía desear que la vida
fuera un relato y que esa frase tantas veces leída en los años infantiles,
quedara para siempre suspendida y eterna dentro de la contraportada de un libro
de cuentos. Sus extrañas mañanas de este hoy también extraño, tan diferente,
tan ruptura, tan alejado de sus otras vidas, que a veces lo sentía como un
sueño y a veces como pesadilla y que al escuchar el canto de estos pájaros
extranjeros se despertaba a esta nueva realidad...
Una vida evocada al escuchar esta mañana el sonido de los pájaros
entrando por su ventana, pero es que siempre había vivido con los sentidos
despiertos y los sentidos no solo traían sensaciones sino también evocaciones
de vidas pasadas.
El canto de los pájaros se fue apagando hasta que desapareció, por su
ventana la luz del día se hizo brillante y un rayo de sol iluminó su cara, su
cuarto se inundó de los ruidos de la casa y el sonido inconfundible de pasos
conocidos, el sin olor del café le anuncio que era hora de levantarse.
Sus sentidos hoy, a través del canto de los pájaros, la habían llevado
a un viaje por su pasado, a un viaje por sus diversas vidas, a un viaje
emocionalmente rico y vital.
Pensó: “mañana los pájaros me
traerán los pasos, los pasos de todos los que han marcado huella, los pasos y
los ecos que han dejado en mí”.
Se levantó y salió a prepararse un café, ese “guayoyito”, que había saboreado desde
siempre y que hoy era su única constante en esta otra vida.
domingo, 17 de junio de 2018
Disertación matutina
¿La vida cómo conjunción del azar o la vida cómo destino? Ambas
concepciones tienen algo en común y es la imposibilidad del ser humano de
incidir en ella.
En la vida como conjunción del azar está implícita la incertidumbre.
En la vida como destino también, pues ese destino es desconocido para el
sujeto, y los eventos que se van presentado no nos muestran el camino trazado
de antemano. En ambas la vulnerabilidad y la incapacidad de organizar y
planificar la vida se convierte en un sueño, una quimera, un espejismo del que
nos aferramos para darnos un poco de seguridad.
Sea una u otra de la que partamos lo único que queda claro es que
apenas somos pequeños e insignificantes seres arrastrados, condenados a vagar
por una vida totalmente incierta.
Pero optar por alguna de ellas incide
directamente en nuestra forma de actuar y en la forma que nos
enfrentamos al día a día.
En la conjunción del azar el sujeto tiene la posibilidad de elegir, de
asumir la responsabilidad de su vida. Pues su presente no es otra cosa que la
sumatoria de sus decisiones pasadas. La suma de las opciones que tomó construye
su vida y elegir siempre implica libertad
En la concepción de la vida como destino el sujeto destierra su
posibilidad de elegir pues asume que haga lo que haga, o opte por lo que opte,
siempre tendrá que aceptar los designios pautados. La capacidad de elección y
con ella la libertad desaparece y lo unico que
queda es la aceptación.
Así las consecuencias de asumir una u otra concepción, marcan el
comportamiento de manera significativa. En la primera, a pesar de la
incertidumbre y la conjuncion del azar el sujeto siempre es el protagonista de
su vida, es él que elije, él que construye su vida frente a los eventos que se
van presentando. En la segunda, el sujeto es apenas un actor secundario pues el
destino, un ente sobre el que no tiene incidencia, es el verdadero protagonista
y a él debe entregarse con resignación.
Asumir una u otra concepción determina en cierta forma tu esencia como
ser humano. La primera te hace un ser libre, la segunda te hace un esclavo. La
primera te convierte en un ser activo, la segunda te hace un ser pasivo. En la primera prevalece el libre albedrío y en la segunda la fatalidad.
Si se reflexiona sobre las consecuencias de esto en el ámbito de la
vida cotidiana y de los rasgos personales podemos inducir, si lo llevamos al
extremis, lo siguiente:
La primera concepción te hace progresista, innovador, anti
convencional, sin apego a las normas, rompedor de esquemas, rebelde, curioso,
creativo, arriesgado,... Pues siempre serás él protagonista, él que podrá
incidir en la vida, pues las opciones que elijas la determinarán.
La segunda concepción te hace conservador, rutinario, convencional,
apegado a las normas, seguidor de esquemas pautados, sumiso, acumulador de
conocimientos, replicador de lo conocido y pusilánime.
Algunos pensaran que lo anterior es exagerado y efectivamente lo es,
no estoy tratando de convencer a nadie de que una opción es mejor que la otra,
no quiero demostrar científicamente que de las premisas se desprenden mis
afirmaciones, lo único que quiero generar es una reflexión en el lector para
que piense en cómo ve la vida y como esa forma de pensar determina su
actuación, su forma de ver, ser y vivir. Quiero sencillamente compartir con
ustedes mi disertación matutina.
Ahora repito la pregunta con la que me desperté esta mañana, para que
todos piensen un poco en ella ¿vives la vida cómo conjunción del azar o vives
la vida cómo destino?
jueves, 14 de junio de 2018
Murió Ruperta, murió un poco de Veneuela
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| Eduardo Sanabria (Edo) caricaturista veneolano |
Ruperta la elefante del parque Caricuao ha muerto. Ha muerto de
desidia, de hambre. Ha muerto por la incompetencia de este gobierno de
forajidos inescrupulosos que ha tomado por asalto a nuestra Venezuela. Mi post
lo dedico hoy a este hermoso animal que acompaño la infancia de mi hija, que
nos asombró con su mirada triste y su obsesión de cubrir su lomo de tierra
seca.
La hermosa elefante Ruperta nunca entendió que hacía ahí. Como había
llegado a ese lugar donde niños y adultos la contemplaban con admiración y
alegría.
Con su inmenso cuerpo, su hermosa trompa y lágrimas en los ojos los
contemplaba siempre con un signo de interrogación clavado en la pupila.
Se daba cuenta que algunos ojos
que la observaban podían sentir su tristeza, su añoranza, su desconcierto y con
ellos establecía una relación especial.
Los esperaba cada fin de semana asomada al foso que la separaba del
público, buscando en la inmensidad de ese hermoso y extenso parque zoológico,
un indicio, el eco de una voz, una risa cristalina e infantil, que le
avisará la presencia y la inminente
llegada de aquellos que la comprendían.
Cuando llegaban intercambiaban una mirada de reconocimiento y ella con su trompa
extendida les daba la bienvenida. Después con su trompa tomaba la fina y seca
tierra del suelo y la echaba en su lomo durante largo rato y de pronto en un
total gesto de travesura resoplaba hacia el público, llenando a todos los
presentes de ese polvillo que a veces les hacía toser y otras producía escozor
en los ojos, pero siempre producía un gozo en el corazón y una sonrisa en el
rostro.
En algunos momentos y antes de iniciar su eterno juego, se quedaba
mirando a alguien de los especiales, de los que la sentían y sus ojos se
posaban, con su tristeza infinita de animal confundido, en los ojos del otro y
en ese momento se iniciaba, una complicidad humedad que se sellaba con una lágrima triste de comprensión. Cuando los
veía alejarse levantaba su trompa en señal de despedida segura de que pronto vendrían
a visitarla.
Ruperta siempre fue generosa regalaba buenos e inolvidables momentos, que a veces quedaban impresos en
fotos, pero que siempre permanecerán como recuerdo de la infancia lejana, en
ese país más lejano aún.
Un día Ruperta se fue dando cuenta que cada vez eran menos los que la
visitaban, que cada vez eran menos a los que reconocía, que cada vez eran menos
los que acudían a la cita que ella pensó que siempre se daría.
Poco sabía Ruperta, en su encierro, de las condiciones del país, de su
deterioro, de su miseria, de la fatalidad en la que se sumía. Poco sabía que
ese país que adoptó forzada ahora se encontraba sumido en el peor momento de su
historia. Nunca supo tampoco que muchos de sus visitantes, de sus seguidores se
iban huyendo de un país que cada día se hacía más hostil e invivible. Nunca
llegó a imaginar siquiera que nadie después de un tiempo volvería a visitarla y
que sus últimos años estaría totalmente abandonada en esa tierra árida y seca.
Ruperta se fue dando cuenta de la miseria del país cuando la comida
empezó a escasear y hasta el agua se convirtió en sólo deseo. Su enorme peso
fue mermando, su piel fue pegándose a los huesos, su trompa apenas tenía fuerza
para esparcir el polvo seco y árido de esa tierra convertida en erial.
Ruperta se fue menguando como el país, haciéndose cada vez más débil y
triste. Cada vez más delgada, más hambrienta, más sedienta hasta que al final
perdió la esperanza. Al final le quedaban sus ojos hundidos y sus lágrimas que
resbalaban impenitentes por su rostro de animal cada vez más confundido y sus
recuerdos acumulados en su gran memoria de elefanta de tiempos mejores, que no
retornaron.
Su camino a la muerte fue tortuoso y doloroso, empezó a desear la
muerte como salvacion, como liberación de la pesadilla diaria de sus últimos y
largos años. El día que por fin llegó la muerte a buscarla la tomó con su
trompa para que no la abandonará y se la llevara a cualquier otro lugar.
La encontraron sobre la tierra
seca, acostada de lado, cubierta de polvo y con lágrimas húmedas sobre su
rostro. Su trompa sobre ella simulaba un abrazo.
Tal vez murió recordando su vida pasada, confusa pero tranquila.
Nunca supo que al leer la noticia de su muerte cada rincón del mundo
se estremeció con el llanto de un venezolano que la conocía y la amaba desde
ese lejano lugar llamado infancia.
Nunca sabría que al llorarla, también llorábamos por el país perdido,
por la felicidad extraviada y por nosotros mismos.
Murió Ruperta hace apenas unos días
y murió con ella un poco de mí, de mi pasado, un poco de cada venezolano. Murió
Ruperta y con ella esa ilusión de país que
hemos querido preservar, ese país que ya nunca volverá.
miércoles, 13 de junio de 2018
Atrapada
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| Grete Stern |
¡Un libro! eso era lo que era y efectivamente un libro era la equivalencia
perfecta para su vida. Un libro no por las
interesantes o fascinantes historias, sino porque siempre cerraba cada
capítulo.
A lo largo de su vida siempre termino todo lo que empezó. Nada quedó
inacabado, inconcluso, de todo salió sin dejar cabo sueltos, de todo se alejó
cuando tuvo que hacerlo, nada, ni nadie le impidió que su alejarse siempre,
siempre, estuviera precedido de una larga conversación.
Una conversación donde analizaba y reflexionaba sobre el tema, donde
después de premisas lógicas, llegaba a conclusiones lógicas. Y es que el haber
impartido Lógica como materia había marcado su forma de ser, de pensar y de
actuar. Coherencia e integración entre lo que era, lo que pensaba, lo que decía
y su actuación eran fundamentales para mantener su equilibrio.
Y todo fue así hasta que un día se encontró atrapada en una situación
totalmente ilógica, gobernada por extraños hilos, por extrañas circunstancias.
Una situación de la que trato de salir pero que nunca cerró.
Una situación inconclusa, inacabada, con cabos sueltos convertidos en sueltas
trenzas de zapatos que de vez en cuando la hacían trastabillar.
Decidida a mantener el equilibrio y a pasar la última página de este
capítulo. Decidida a que su alejarse definitivo
estuviera como siempre precedido de una larga conversación, levantó el teléfono
cuando repicó.
Todos le habían aconsejado que se fuera desprendiendo poco a poco,
ignorando mensajes, bloqueando en redes, desoyendo llamadas, pero su
incapacidad casi obsesiva por cerrar honestamente todo cuanto iniciaba la llevó
a responder esa última llamada.
Una llamada que impediría para siempre cerrar el capítulo, este
capítulo que quedaría por siempre inconcluso, inacabado.
Contestó con seguridad, su voz sonó firme y contundente, pero su mano
temblorosa se aferraba al móvil y un leve dolor en su estómago, oculto para él
que llamaba, le indicaron que empezaba a flaquear.
Del otro lado escucho la voz que tan bien conocía y que había sido
parte de ella en los últimos meses.
Enumeró sus razones para acabar con todo, pero la voz insistente las ignoraba,
insistía, insistía e insistía. Por un momento pensó en cortar la llamada, pero
sabía que en un rato o mañana volvería a sonar el móvil anunciando otra llamada.
En casi un duelo de argumentación la conversación prosiguió, un duelo
donde sentía sus fuerzas minándose, agotándose. Exhausta se entregó a la
fatalidad de tener que vivir atada para siempre a Movistar.
Nunca podría optar por otro proveedor, nunca podría desprenderse del plan
que contrató originalmente y que ahora le resultaba costoso e insatisfactorio.
Cuando firmó el plan y el contrato no sabía que estaba firmando un
pacto vitalicio casi, casi, como si hubiera vendido su vida y el uso de sus
datos móviles a uno de los nuevos demonios del siglo XXI. Pero cuando
llamó para suspenderlo empezó a intuirlo, en las eternas opciones sugeridas por
la voz metálica, en los interminables departamentos que la atendieron, en la
insistente llamada diaria del operador. Todos
indicadores inequívocos de lo difícil que sería escapar de ese infierno tecnológico
donde nadie parecía escuchar lo que decías.
Pensó en Orwell y el gran hermano. Pensó en el mundo feliz de Huxley,
llegó hasta pensar en la tercera ola de Toffler. La sociedad de la información
de Castells también ocupó su mente y en como no habían reflejado en ninguna de
sus obras el infierno de los tele operadores. Mientras, estas ideas surcaban por su
mente, el operador telefónico casi
diabólico, le hablaba de las ventajas de conservar la línea, de lo que
implicaba darse de alta, de las sanciones monetarias que tenía que cubrir y, para suavizar las amenazas, la lisonjeaba con aumento de minutos en Internet y llamadas
ilimitadas.
Terminó accediendo a todo, terminó vencida, derrotada. Nunca podría
cerrar este capítulo. Una trasnacional de teléfonos la había vencido. Una trasnacional
telefónica era responsable de que un intrascendente capítulo del libro de su
vida quedará inacabado, inconcluso. Lo que se inició con una mera llamada para
suspender un servicio se había convertido
en una cruzada de la compañía para retenerla.
Vencida colgó la llamada, derrotada suspendió el nuevo contrato con el
nuevo proveedor y siguió atrapada para siempre incapaz de proseguir la lucha. Una
lucha que le había robado horas a su vida, una lucha seleccionando infinitas
opciones, una lucha de llamadas diarias. Una lucha en la que se había dado de
alta.
martes, 12 de junio de 2018
Vida negada
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"Guernica 2015" Javcho Savov |
629 personas, como tú y como yo, han sido abandonadas a su suerte. Les ha sido negada la posibilidad de refugiarse, la posibilidad de vivir, de ser, de existir.
629 personas que desesperados salieron de su hogar, su tierra, su
país, dejando atrás toda su vida, para adentrarse precariamente en el mar a la
espera de encontrar una tierra de esperanza.
629 personas que me han recordado hoy la maldad que subyace en el
mundo y han aflorando mi vergüenza por pertenecer a esta especie terrible que
se denomina ser humano. Una especie voraz, depredadora y cruel que devora todo,
que arrasa con todo.
Estas 629 personas me han hecho escuchar los gritos, vivir los miedos
y sentir la incertidumbre que han vivido todos los refugiados del mundo. Todos
los refugiados de la historia.
Llantos quedos y fuertes, tristezas infinitas, miedos físicos y
paralizantes, impotencia lacerante, sueños rotos, ilusiones desvanecidas,
esperanzas arrancadas de raíz... Han llegado hoy a mi como ecos de la historia
miserable de la condición humana.
Como sonidos ignominiosos que recuerdan insistentes lo que hacemos, lo
que hemos hecho y sé con certeza absoluta que seguiremos haciendo.
"El hombre es lobo del hombre" leía asombrada en el libro
Hobbes, y dentro de mi ingenuidad adolescente, de vida sin sobresaltos me
parecía un exabrupto, una exageración. Mis simpatías siempre tendieron más a
Rosseau y a su "el hombre es bueno por naturaleza". Lejos estaba de
imaginar en esos años universitarios que la vida y el comportamiento humano me
llevarían a darle la razón a Hobbes.
"El hombre es lobo del hombre" es lo único que puede
explicar el comportamiento destructivo y aniquilador frente a nuestros
semejantes y nuestra total incapacidad de ponernos en el lugar del otro, de
sentir lo que siente el otro, de solidarizarnos con el dolor ajeno, de sentir
que podemos ser el otro.
629 personas en busca de un puerto que les permita desembarcar,
simplemente, a la vida. En la posibilidad de una vida digna. 629 personas que
lo único que quieren es la oportunidad de seguir viviendo.
629 expulsados, como cientos, como millones que a lo largo de la
historia han sido obligados a dejar todo, por las condiciones de sus países,
que salieron sólo esperando poder vivir y se encontraron con que se les negaba
hasta la posibilidad de respirar.
Barcos de judíos en busca de puertos, miles de cubanos en balsas,
refugiados españoles cruzando la frontera sólo para ser depositados en campos
de refugiados, en campos similares a los hoy habitan los sirios o cualquier
otro pueblo que ha tenido que abandonar su tierra. Millones de personas convertidos
en parias, en escoria, en indeseados sólo porque las condiciones de sus países
los han obligado a partir.
Millones de personas que no encuentran amparo en este planeta llamado
tierra, que es el único hogar de todos. Un pequeño e
insignificante planeta habitado por esta especie, que no tiene límites, ni leyes
para destruirlo, pero si tiene controles para impedir el paso y cerrar fronteras
a nuestros hermanos, a nuestros congéneres. Este pequeño e insignificante planeta de todos, donde gobiernos electos para que nos representen o gobiernos impuestos que nos representan a la fuerza, nos expulsan, nos cierran fronteras, nos encierran en campos de refugiados, nos matan...
Hoy si aguzamos el oído, si prestamos atención a ese murmullo que se
siente. Nos daremos cuenta que es la humanidad reclamándonos, que son los
expulsados que han sido humillados, maltratados durante siempre que nos exigen
actuar, hacer algo, que por lo menos denunciemos o nos condolamos frente a su
destino. Nos dicen que no son solo cifras, que son personas como tú, como yo,
que tenían una vida que les fue destruida, que tenían sueños, ilusiones,
amores, amigos, familia que les fueron arrancadas, que tenían nombres,
identidad, gustos y sonrisas, que eran como tú y como yo…
Las campanas siempre doblan por nosotros, seguirán sonando siempre
por todos porque nadie es una isla. Nadie está a salvo y nadie se exime
de responsabilidad.
lunes, 11 de junio de 2018
La vida convertida en Calabaza
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| soledad del fotógrafo checo Martin Stranka |
Me desperté sentada en una calabaza, fumando, una copa de vino en la mano y lágrimas en los ojos.
Mire alrededor y no había nadie, no había nada.
Me vi desde lejos sentada en un vacío oscuro, sentada en esa inmensa
calabaza, con el cuerpo abatido, con las piernas colgadas, con la copa en la
mano, con el humo del cigarro y la cara brillante por las lágrimas.
El vacío oscuro se fue
tornando naranja como el
crepúsculo, mientras sentada en la calabaza ascendía lentamente para quedar
suspendida en el medio de la nada.
Era casi un cuadro de Dalí, un hermoso cuadro de desconstrucción surrealista.
Viendo desde lejos la imagen de mi misma un nombre vino a mi mente
"levitación de sueños rotos".
Hermosa y triste imagen, contenida en una cenicienta del siglo XXI.
Una cenicienta destrozada sentada sobre la realidad y consciente de que los
cuentos con final feliz no existen, que sólo han sido invenciones del hombre
para hacer más llevadera la vida. Una vida triste y gris. Una vida donde,
temprano o tarde, de cualquier experiencia o cualquier realidad o cualquier
circunstancia terminas inevitablemente con la carroza convertida en calabaza.
La vida como una sucesión de fracasos, de sueños rotos, de
expectativas truncadas. La vida como una sucesión de logros, de sueños dulces,
de expectativas realizadas. La vida siempre oscilante entre uno de estos extremos. Siempre pendulando, siempre con la
certeza de que lo único que realmente existe es una calabaza y que todo lo
demás solo es un cuento con principio y fin. La certidumbre de que todo lo
iniciado a lo único que te conduce es a su propio final.
Me desperté sentada en una calabaza, fumando, una copa de vino en la
mano y lágrimas en los ojos. Me desperté a la realidad, llorando por la muerte
de la vida de cuentos, de ilusiones, llorando por la vida real, llorando por mí,
suspendida y etérea, desdibujada y ajada. Llorando por esa Cenicienta,
consciente de la realidad. que despertaba de ese cuento creado para hacer más
llevadera su vida, llorando por esa Cenicienta suspendida que levitaba entre la realidad y el
vacío.
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