miércoles, 21 de febrero de 2018

Encuentro IV

capilla sixtina ¿Jesús o Tommaso?

Tommaso se quitó despacio la ropa, era la primera vez que le habían pedido que posara para una escultura. Había aceptado por tratarse del Maestro, del gran Michelangelo.
El maestro lo miró al salir del vestidor, las manos del muchacho, en un gesto casi virginal y desesperado trataban de ocultar su intimidad. El maestro lo  contempló con fascinación, era la belleza en estado puro. Se acercó y fue moviendo  su cuerpo suavemente, con extrema delicadeza,  hasta colocarlo en la posición correcta. El contacto con la piel del muchacho despertó un cúmulo de sensaciones en su cuerpo cansado y viejo.
Después desde el ángulo previsto lo contempló nuevamente, por un momento se olvidó del lápiz  y el papel que tenía en sus manos. Sólo quería que sus ojos atraparan para siempre la belleza, quería que al cerrarlos fuera su única visión. Tommaso sintió un temblor imperceptible por todo el cuerpo, la mirada penetrante del maestro era como una caricia apasionada.
El sonido del lápiz rasgando el papel lo sacó de su ensueño. Horas después, su cuerpo entumecido necesitaba moverse, pero no se atrevió a pedirlo, conocía la fama de hombre difícil,  irascible y terco que tenía el genio y no quería perturbarlo.
Como un poseso, Michelangelo, trataba de dibujar en el papel las formas perfectas de la belleza. esperaba extraer  del mármol duro las formas sublimes del joven y sabía que la piedra  moldeable y generosa siempre sucumbíria  a sus deseos. el mármol se entregaría en sus manos y se  dejaría extraer de su interior las formas guardadas.
El maestro estaba tan sumido en la contemplación del modelo y en los  esfuerzos por dibujar en cada trazo, en cada linea toda la belleza que ante él se ofrecía que olvido todo descanso. Y Tommaso embelesado por la mirada del maestro y la fascinación y el privilegio de verlo trabajar seguía sin pronunciar palabra. 
Cuando la noche empezaba a caer y el cielo se teñía de rojo, cansado y sudoroso soltó las herramientas y con un gesto indico que había terminado. Tomasso trato de moverse pero sus pies no respondían, un hormigueo recorrió su cuerpo, indicándole que sus músculos inactivos durante horas estaban exhaustos. Al levantarse sintió un ligero mareo y el maestro se aproximó solicito, lo envolvió con su brazo fuerte y lo ayudo a llegar al vestidor.
Aquella proximidad, ese gesto de amparo, esa dulzura al sostenerlo con su brazo marcaría el destino de los dos para siempre.
El maestro sólo en su habitación, sintiendo el despertar de todas las sensaciones dormidas, escribió:
Chi è quello che ti ha costretto a prendermi,
Guai a me, guai a me, guai a me
legato e imprigionato, non libero e libero?
Se mi hai incatenato senza catene
e senza braccia o mani mi tieni,
Chi mi difenderà dalla tua belleza? *

Tommaso solo en su cuarto, con los ojos cerrados evocaba una y otra vez el brazo que sujetaba su hombro.
Muchos años después ese primer momento, esa primera mirada, esa primera caricia se conservaría intacta. En brazos de Tommaso al momento de morir. Michelangelo, agradeció no haber  salido ileso de ese encuentro con la belleza y contemplando a su amado, pensó en un último soneto:
“Yo cedí a la belleza
Me entregue a ella
Nadie me pudo defender
el temor, al pecado, el miedo al infierno
Sucumbieron ante ella.
Valió la pena sacrificar la eternidad
Por los segundos finitos que pase en sus brazos”

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*“¿Quién es el que forzado a ti me lleva,
ay de mí, ay de mí, ay de mí,
atado y preso, que no libre y suelto?
Si me has encadenado sin cadenas
y sin brazos ni manos me sujetas,
¿Quién me defenderá de tu belleza?”



viernes, 16 de febrero de 2018

Encuentro II

mujer frente al espejo  János Vaszary. 

Caminaba mirando atrás, siempre mirando atrás. Su paso rápido, su mente alerta, su angustia visceral, el temblor en sus manos, el sobresalto frente a un ruido o la intuición de la presencia de alguien... Cualquier persona a simple vista se daba  cuenta al contemplar su caminar, por las calles sombrías y angostas, que su andar era impulsado por el miedo.
Nadie la contemplaba en ese preciso momento. Estaba sola o al menos supuestamente sola,  aislada de todo y todos, pero no lograba superar ese miedo avasallante.
Se bañó con la puerta y la cortina  abiertas, había visto muchas veces, tal vez demasiadas, Psicosis la extraordinaria película de Hitchcock. Se secó con la mirada fija en la puerta de entrada, prendió el secador de pelo y siguió mirando a través del espejo la puerta de la entrada. Esperando que entrara, esperando la llegada de la persona que se había convertido en su pesadilla.
Pensó en la  palabra miedo que proviene del término latino metus (temores). Una sensación que altera  el ánimo que produce angustia. Que te prepara para un peligro inminente o eventual.
Pensó en su miedo, en el que la afligía, en el estado de alerta constante al que estaba reducida, en el peligro que corría, en la opresión en el estómago que sentía. En el temor constante al que estaba sometida su vida.
Pensó si este miedo era producto de la imaginación o era producto de un peligro real ya que todos sin excepción habían quitado importancia a las acciones cercanas al desvarío que había observado desde su llegada.
"Tal vez he visto muchas películas de obsesiones que terminan muy mal", se repitió mentalmente.
Nunca había sentido miedo, no de esa manera. Repasó todo lo acontecido para evaluar la situación objetivamente.
El acecho  constante cada vez que salía. La mirada fija que se detenía a verlos. La presencia en los alrededores de la casa. El coche ya conocido y estacionado a la entrada. Las óperas a capela que invadían el silencio de la tarde y que eran entonadas desde un lugar oculto. Las llamadas y silbidos al levantarse y salir a buscar fruta. El ruido de la moto acercándose, disminuyendo la velocidad y observándola. El intercomunicador incesante durante horas, el sonido del teléfono constante al que habían optado por ignorar. La sombra debajo de la puerta. Los golpes de martillo y el sonido silbante y atemorizante de la sierra eléctrica desde el cuarto de herramientas...  Y miles de pequeños detalles que frente a la prosopopeya de lo vivido se habían vuelto intrascendentes.
No, pensó, su encuentro con el miedo era real. No era producto de su imaginación, no era una exacerbación de lo que ocurría. Y sintió nuevamente; el corazón latiendo aceleradamente, el temblor de su cuerpo, el sudor frio, la opresión en el estómago, la angustia que le impedía respirar,  su personalidad desdibujándose, su confianza extraviándose,  su vitalidad trastocándose en decaimiento; como cada vez que irrumpía alguno de estos acontecimientos. 
Para los que la rodeaban esto podía considerarse  amor, pero para ella era una obsesión, una obsesión enferma,  cruel y peligrosa. Acaso esta actitud no delataba a una persona que lo único que tiene en la mente era una idea fija, permanente que la dominaba y la impulsaba a actuar sin un ápice de razón o lógica. Sin un ápice de consideración para con la vida de los otros.
Ese encuentro tan próximo con el miedo, ese encuentro cercano al paroxismo  la ayudo a valorar el verdadero amor, el amor no egoísta, el amor donde la felicidad del otro es lo que cuenta.
Sólo ahora, cuando se alejó lo suficiente, cuando ya el miedo no puede encontrarla, cuando ya su evocación no le produce escalofríos, cuando logró expresarlo  con palabras y lo encerró para siempre en un relato,   volvió a caminar mirando al frente.


jueves, 15 de febrero de 2018

Encuentro I


William James Glackens Actriz sentada con espejo 
Se reconocieron en la multitud. Habían pasado años desde la última vez que se vieron frente a frente. Con un abrazo distante se envolvieron y con un beso frío rozaron sus mejillas.
El leve contacto trajo una gran decepción, cuán lejos de lo imaginado, cuán diferente de lo recordado.
Él había cambiado, ahora el peso de los años se le notaba en el rostro. En la pesadumbres de sus pasos, en la falta de brillo en su mirada. La vitalidad que siempre emanó de su  cuerpo se había esfumado.
Ella había cambiado,  su sonrisa asomaba un deje de tristeza, su mirada apenas brillaba, su rostro surcado por pequeñas líneas. La agilidad de su menudo cuerpo ahora había sido sustituida por cierta torpeza.
Se miraron fijamente tratando de reconocer los rasgos añorados y la pasión del pasado.
Se sentaron a tomar un café y conversaron sobre su vida, sobre lo que había acontecido desde su separación. Se mostraron fotos de hijos y nietos. Remozaron su vida para los oídos del otro. Pero la comodidad,  la intimidad y la camaradería que siempre compartieron  se había evaporado.
Hubo momentos de silencio incómodo, donde las palabras huyeron de sus labios. Miradas furtivas y acuciosas. Preguntas que se quedaron en intención.
Una pareja pasó a su lado, tomada de las manos, hablando y mirándose, interrumpiendo la conversación para darse algún beso suave.
La miraron en silencio y una sonrisa asomo en sus rostros. Se miraron desde su propio recuerdo y una luz pequeñita iluminó sus caras.
En ese segundo se reconocieron, se recordaron, se sintieron no como lo que eran, sino como lo que habían sido.
Y antes de que ese hermoso instante pasara, ambos se apuraron a despedirse. El abrazo de despedida fue más cercano y el beso más cálido.

Caminaron en direcciones opuestas. Cada uno con el deseo de no coincidir otra vez en encuentros fortuitos. Cada uno con la esperanza de borrar este encuentro de sus recuerdos. Cada uno con la ilusión de preservar sólo la memoria del pasado. Esa memoria a la que volvían cuando sentían que la vida no les sonreía.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Amor en IV actos

Marc Chagall sobre la aldea 


I
“Aquí y ahora" repetido como un mantra, como una letanía.
"Aquí y ahora" vivir día a día, vivir cada segundo.
No volver al pasado, no vivir de recuerdos, evocaciones, añoranzas.
No perderme en la incertidumbre del futuro, no ahogarme en la angustia de lo desconocido, de lo por venir.
"Aquí y ahora" sigo repitiendo, acurrucada, abrazándome, con los ojos y los puños apretados, con el corazón palpitante, con el miedo atávico  en mi estómago.
"Aquí y ahora" habitar solo el presente, convertirme en un vagabundo del día a día, sin pasado, sin futuro. Un vagabundo de la vida.
"Aquí y ahora" no hay retorno posible, ni sueños, ni proyectos construidos en el ayer. Lo que soy ahora son solo los despojos de lo que fui. Lo que seré apenas empieza a cimentarse, apenas he colocado la primera piedra.
"Aquí y ahora" es lo que puedo ofrecer. Es lo que puedo darte.
Mi única petición es que cuando me extravié hurgando en el pasado o recorriendo el futuro desconocido me tomes de una mano y me cobijes en tus brazos y me recuerdes que es ahí donde habito, que eres mi "aquí y ahora"

II
Despierto y siento tu calor.
Un calor confortable que abraza mi alma y calienta mi cuerpo
Me pego a tu espalda y beso tu cuello, tus hombros. Con besos húmedos y suaves voy recorriendo lentamente tu cuerpo, siento tu olor, tu sabor, tu piel. Todas las sensaciones se  apoderan de mis sentidos.
Oler, saborear, acariciar, mirar, oír adquieren un significado casi divino, un éxtasis que colma cada centímetro de mi cuerpo.
En ese momento te volteas y tus labios se abren sobre mi boca. Los labios, la lengua adquieren una proporción extraordinaria. Cargada de sensaciones y humedad.
Con  sed de deseo recorro tu cuerpo, me detengo entre tus piernas, me alimento con tus sabores, disfruto de ti.
Entras dentro de mí y siento tus caricias suaves en mi interior hasta llegar a un éxtasis tierno, casi sublime
Tu respiración se acelera y se hace profunda, tus caderas tiemblan y tú placer explota.
Extenuado y apacible reposas sobre mí, reposas en mi abrazo.
Te contempló desde la ternura, desde el amor qué día a día crece.

III
Amor, pase lo que pase
Vivamos una vida juntos
Vivamos una vida separados
Amor, pase lo que pase
Nuestros momentos compartidos
Los atesorare como un regalo
Los protegeré del paso del tiempo
Los mantendré en mi memoria
Los conservaré para siempre
Amor, pase lo que pase
Nada, ni nadie me los arrebatará
Nada, ni nadie podrá destruirlos
Nada, ni nadie me hará olvidarlos
Amor, pase lo que pase
Ya eres parte de mi vida
Ya eres parte de lo que soy
Ya eres parte de mi historia
Amor, pase lo que pase
Tu recuerdo o tu presencia
Como pasado o como presente
Como un ahora o como un después
Como un hoy o como un ayer
Vivirá en mí.
Amor, pase lo que pase...

IV
Anoche lloré por ti
Lloré por la ilusión desvanecida
Lloré por los planes irrealizados
Lloré por los proyectos suspendidos
Lloré por el futuro de mentira
Lloré por el presente destruido
Lloré por el pasado reciente y feliz
Lloré por el amor que te entregué
Lloré por las caricias que nos dimos
Lloré por los besos compartidos
Lloré por la pasión que disfrutamos
Lloré por los momentos que vivimos
Lloré por ese nosotros no posible
Lloré por este ahora solo mío
Lloré por tu ahora ya sin mi
Anoche lloré por ti
Anoche fue una larga y triste noche
Anoche lloré, lloré, lloré y lloré por ti,
Anoche mis lágrimas se agotaron
Anoche me dormí llorando


percepto 8: reelaboración

Edward Hopper Nighthawks”,

Cuando era adolescente le regalaron muchos libros de El Principito y de El Profeta. Al abrir la puerta y ver en manos de sus amigos el paquete de regalo rectangular y delgado sabía que inevitablemente seria uno de los dos libros. Ella que leía compulsivamente, que se deleitaba leyendo a los rusos, o aumentaba su duda existencial leyendo a Kafka, Camus. Hesse, miraba desconsolada el paquetico rectangular y delgado. y simulando sorpresa y agradecimiento abrazaba a la persona portadora del presente.
Esto que había desaparecido de su memoria volvió de pronto, cuando leyó un comentario hecho a un post de su blog. El comentario irónicamente no comentaba nada solo transcribía una enorme cita textual de El Principito.  Al leerla se dio cuenta en la similitud que existía entre ese librito insignificante de fama inmerecida y los libros de autoayuda.
La cita del comentario era la siguiente:
“Es una locura odiar todas las rosas porque una espina te ha picado, abandonar todos los sueños porque uno de ellos no se ha hecho realidad, renunciar a todos los intentos porque uno ha fallado. Es una locura condenar todas las amistades porque uno te ha traicionado, no creer en ningún amor solo porque uno de ellos haya sido infiel, desechar todas las posibilidades de ser feliz solo porque algo no ha ido por el camino correcto. Siempre habrá otra oportunidad, otra amistad, otro amor, una nueva fortaleza. Para cada final hay un nuevo comienzo…” Antoine-Marie-Roger de Saint-Exupéry, el Principito.
Releyendo la cita/comentario se dio cuenta de la retahíla de lugares comunes que encerraba, cada frase era una frase hecha. No se decía en todo el párrafo nada original, ni especial, era simplemente sentido común. Ese sentido común que poseen las almas simples e ingenuas que ven en ese texto sentencias de vida. Almas simple e ingenuas que no aceptan la vida tal y como es. Almas maniqueistas que ven solo blanco y negro, bueno o malo.
Y entendió a sus amigos llegando con el paquete rectangular y delgado cuando eran adolescentes, ayudándola a su manera a  entrar  a un mundo adulto. Un mundo al que entras sin preparación y sin ensayo previo y en silencio les dio las gracias por sus buenas intenciones, por preocuparse por ella y tratar de prepararla para la vida.
Y volvió a releer la cita/comentario y se le ocurrió analizarla y rehacerla desde su perspectiva de adulto y como hacía con sus alumnos empezó a desglosar y a reescribir el texto:
“las rosas tienen espinas, ten mucho cuidado al hacer un ramo y si alguna  espina te pincha, lávala con cuidado y ponte desinfectante, sanará rápidamente. Por un pinchazo nadie muere.   Tus sueños son parte de ti y son  solo sueños, si alguno se hace realidad disfrútalo, si alguno se convierte en pesadilla, despiértate y lávate la cara. La mayoría se quedaran dentro de ti y nunca se materializaran. Pero tú eres todos tus sueños soñados y tus sueños realizados, eres todo. Si intentas hacer algo y fallas, hazlo de otra manera, probablemente la forma en que lo estés intentado no es la más indicada.  En la vida te encontraras con todo tipo de personas, acéptalas como son y si no te gustan déjalas,  tú eres el único que decide si quieres continuar o no en una relación. El amor siempre es una posibilidad, pero tu vida no puede centrarse en su búsqueda, tu puedes construir lo que quieras sólo contando contigo mismo y si el  amor aparece diviértete mientras dure, no lo conviertas en una propiedad privada, por lo general tiene fecha de caducidad…
Aquí se detuvo. Las últimas frases de la cita/comentario le parecieron lugares comunes pero con cierta valides: “Siempre habrá otra oportunidad, otra amistad, otro amor, una nueva fortaleza. Por cada final hay un nuevo comienzo…” solo modificó ese sentido lineal de la vida  que se refleja en la última frase.
Sintió que el párrafo citado y reelaborado reflejaba más realidad que el anterior. Una sonrisa de satisfacción asomo en su rostro y en un copiar y pegar publicó el post en su blog.
A última hora decidió cerrar el post con el texto completo reelaborado.

“las rosas tienen espinas, ten mucho cuidado al hacer un ramo y si alguna  espina te pincha, lávate con cuidado y ponte desinfectante, sanará rápidamente. Por un pinchazo nadie muere.   Tus sueños son parte de ti y son  solo sueños, si alguno se hace realidad, disfrútalo, si alguno se convierte en pesadilla, despiértate y lávate la cara. La mayoría se quedaran dentro de ti y nunca se materializaran. Pero tú eres todos tus sueños soñados y tus sueños realizados, eres todo. Si intentas hacer algo y fallas, hazlo de otra manera, probablemente la forma en que lo estés intentado no es la más indicada.  En la vida te encontraras con todo tipo de personas, acéptalas como son y si no te gustan déjalas,  tú eres el único que decide si quieres continuar o no en una relación. El amor siempre es una posibilidad, pero tu vida no puede centrarse en su búsqueda, tu puedes construir lo que quieras sólo contando contigo mismo y si el  amor aparece diviértete mientras dure, no lo conviertas en una propiedad privada, por lo general tiene fecha de caducidad… la vida es un fluir continuo e inalterable solo interrumpido por la muerte, siempre habrá otra oportunidad, otra amistad, otro amor, otra nueva fortaleza. No hay  final solo cosas que terminan, o fracasan o se estancan, pero tú simplemente tienes que vivir.








domingo, 11 de febrero de 2018

Percepto 7: Meditación

fotografía de Richard Tuschman de la serie Meditaciones
basadas en la obra de Hopper
Se levantó temprano, antes del amanecer. Le gustaba prepararse un café, sentir el olor familiar que todo lo invade, sentarse con una taza llena bajo el cielo estrellado, sentir el frío en su piel y pensar.
Hacia tantos años que hacía esto, ese brindarse la posibilidad de estar a solas con ella, de pensar en su vida, de alimentar ese monólogo interno que no cesa, que se convirtió en su inicio del día. No había condiciones externas que le arrebataran este empezar. Ni el frío inclemente, ni compañeros de lecho, ni países extranjeros. Nada podía arrebatarle este diálogo esperado cada día con ella misma.
Volvió a su cama sus manos y sus pies helados y recordó la grata sensación de un cuerpo tibio a su lado que la abrace, que tomé sus manos y las caliente, que enrede sus pies entre las piernas para darle calor.
Y se dedicó a repasar los últimos meses de su vida. Se acordó cuando al retorna de su incursión matutina escribía poemas de amor, que enviaba por WhatsApp al calentador de pies y manos con el que compartía el lecho. Después recordó como subía la escalera despacito y se metía nuevamente en la cama, como besaba la espalda que se le ofrecía y como esta se volteaba para abrazarla y fundirla completamente en su cuerpo.
Después de un rato de permanecer abrazados, empezaban a hacer el amor.
Recordó cada amanecer en la casita de la colina, entre árboles asomados a la ventana, testigos mudos de su pasión y oyentes sordos de los quejidos de placer que brotaban de su boca. Recordó el abrazo posterior y el peso de su cuerpo sobre ella. Aspiró, nuevamente,  el agradable olor de su cuerpo y degustó cada sabor que emanaba fruto de la pasión.
Después, invariablemente,  bajaba, le traía su desayuno y lo acompañaba mientras él lo consumía con avidez. A veces después de desayunar volvían a hacer el amor.
Repasando sólo lo bueno de los días vividos, se dio cuenta que esa experiencia sería siempre un recuerdo que la confortaría, una memoria imborrable que siempre la reanimaría.
Repasando lo bueno de esta relación fallida se dio cuenta que el malestar por la ruptura había pasado, que ya no había culpa, ni culpables, que ya no había expectativas de un futuro. Lo único que quedaba de estos meses atrás eran sólo los buenos recuerdos.
Y agradeció su costumbre de empezar el día dialogando con ella misma, tomando ese café a solas que le permitía decantar sus emociones y su vida.
'Valorar nuestra vida, resaltar lo auténticamente valioso, atesorar lo bueno de cualquier experiencia, pensó, sólo es posible si nos dedicamos cada día a conversar con nosotros mismos y a escuchar lo que tengamos que decirnos'
Escribió una breve reflexión sobre lo pensado en un corto mensaje y lo envió.por WhatsApp.  Hoy él no recibiría un poema de amor como en el pasado, hoy recibiría algo más importante, hoy recibiría un perdón, unas gracias y  la continuidad de una sólida amistad.
               


miércoles, 7 de febrero de 2018

percepto 6: Cotidiano

Alejandra Caballero Bath 
Salir y sentir el frío en la cara, caminar apurada, casi corriendo, encontrar todos los semáforos en verde y agarrar el autobús cuando está por arrancar.
Dormir profundo y bien. Levantarte descansada, montar la cafetera y sentir el olor a café que invade el amanecer y sentarte a saborearlo acompañada sólo por ti.
Ayudar a un señor a pasar la calle, tomarlo del brazo y llevarlo a salvo a la otra acera, que te sonría, te de las gracias y te desee un muy buen día.
Encontrar a hermanos latinoamericanos cálidos, simpáticos que sientes que conoces de toda la vida, que tienen tus mismos referentes, tu misma cultura y que no requieren de explicaciones.
Contemplar la naturaleza que te rodea, descubrir las formas, los colores y los olores de las flores. El verdor de los árboles, sus hojas meciéndose al viento y la luz filtrándose entre sus ramas.
Cerrar los ojos y sentirte en paz contigo, sentir que la tranquilidad y la paz interior están llegando nuevamente a tu vida.
Sentir el agua tibia de la ducha correr por tu cuerpo, resbalando suavemente y relajando todos tus músculos. De pronto abrir el agua fría y sentir el contraste del calor al frío que despierta tu piel, que endurece tus músculos que activa tu día y tu vida...
Hay tantas cosas pequeñas que producen satisfacción, hay tantas cosas pequeñas que podemos hacer y disfrutar cada día. Hay tantas pequeñas y tontas alegrías que pueden hacer diferente tu vida.
Pero la mayoría de nuestros días nos olvidamos de todo eso, lo extraviamos entre las preocupaciones, la rutina y las tristezas. Lo alejamos de nosotros sin darnos cuenta que la suma de todas esas pequeñas cosas es lo que conforma la mayor parte de nuestros días, que son  simplemente  la vida.  Lo excepcional, lo sorprendente es apenas una ínfima parte de lo que vivimos. Y somos tan tontos que nos desgastamos luchando por lo extraordinario y nos olvidamos  de lo que colma nuestra vida.  
Desperdiciamos nuestra limitada y perecedera vida buscando lo especial  sin darnos cuenta que en el disfrute de lo cotidiano, de lo habitual  está el auténtico vivir. Y  cuando empezamos  a aprender que el oficio de vivir consiste en disfrutar de cada detalle efímero que te regala cada nuevo día  ya nos esta acechando la muerte.

  

sábado, 3 de febrero de 2018

percepto 5: Altibajo


John William Waterhouse "Ophelia" El prerrafaelismo es uno de
 mis movimientos artísticos favoritos  

Contempló el parque infantil desde la terraza y vio un deslucido sube y baja situado a la izquierda, en un pequeño promontorio. Cuando era una niña lo que más le gustaba de cualquier parque era el sube y baja. Cuando se elevaba sentía que tocaba el cielo y al bajar solo pensaba en impulsarse fuertemente para volver a subir.
Cuando era niña nunca imagino que ese juego representaba  la vida.
La vida es una sucesión de subidas y bajones. Una oscilación constante de arribas y abajos. Hoy estás en la cima, casi tocando el cielo con tus manos, y al día siguiente en el fondo a ras del piso y por más que intentes impulsarte, muchas veces ese impulso se queda sólo en una intención.
En este momento ella se sentía pegada al piso, por más esfuerzos que hacía no lograba elevarse nuevamente. Los últimos años de su vida solo habían sido pérdidas importantes, vitales que habían indefinido, no sólo su presente, sino también habían  acabado con la confianza en sí misma. Habían sido todo tan devastador y agotador que por más que intentaba sus pies habían perdido la fuerza para retomar las alturas nuevamente.
Aferrada al piso contemplaba el cielo que le resultaba cada vez más lejano.
Un día cualquiera harta de examinar el suelo, decidió ejercitar sus piernas. Empezó por levantarse y caminar hacia cualquier cosa que la vida le ofreciera. Sus primeros pasos fueron pesados y lentos, avanzó poco y con gran esfuerzo. En los segundos pasos se sintió más ligera, caminó con más soltura. Para los terceros decidió intentar trotar y a pesar de cansarse recorrió un mayor trecho. Los cuartos pasos se iniciaron con un trote ligero que fue aumentando en intensidad hasta llegar a una carrera y así sucesivamente fue mejorando la velocidad y la fortaleza de sus pies. 
En esta carrera a fondo que se había impuesto, no la acompañaba nada, ni nadie, sólo su determinación de dejar de vivir a la altura del suelo. La vida no había cambiado nada, su situación era la misma, pero ella ahora había vuelto a recuperar, poco a poco, su confianza perdida, la seguridad en sí misma. En el momento que decidió levantarse y echarse a andar por si sola, empezó a creer nuevamente en sus habilidades, a sentir que tenía el control sobre su vida, a apreciar sus capacidades y a valorar su ilimitada disposición. Con cada paso esta percepción de sí misma fue incrementándose, fortaleciéndose.
Regresando un día de correr, cansada, sudorosa, con la respiración todavía agitada, paso por el parque solitario, el sube y baja se mostró ante ella sugerente, invitándola a sentarse en él. Ya no le pareció deslucido, lo miro como un objeto al que la pátina del tiempo le había conferido cierta dignidad. Pensó en cuántos niños se habrían sentado e impulsado en él, en cuántos niños habían recorrido ese breve espacio que te trasportaba al cielo. Se montó a horcadas en el asiento y quedó clavaba en el piso, ¿tal vez necesito de alguien más para elevarme?, pensó en un transitorio segundo, pero con la misma determinación que un día empezó a andar, aferró con fuerza sus pies al piso, flexionó sus piernas y se impulsó. 

Y en otro transitorio pero eterno segundo subió al cielo, cerró sus ojos, alzó sus manos y en sus dedos sintió la suavidad de las nubes.