miércoles, 30 de mayo de 2018

vidas truncadas, vidas aniquiladas, vidas maltratadas.

Piero Dolara Violencia contra la mujer 

A todas las mujeres

...Después de su trágica muerte, inició su vida como fantasma. Etérea y blanca se deslizaba por el mundo de los vivos sin apenas ser notada. Murió como tantas mujeres en manos del hombre a quien se entregó como esposa, como amante, como amiga y en algunos momentos como madre. El día de su matrimonio nunca imaginó que se estaba entregando a la muerte, al sufrimiento, al dolor físico y psicológico, a su aniquilación como ser humano. Ella al igual que tantas mujeres a lo largo de la historia terminó asfixiada por las manos inclementes del hombre con él que estaba dispuesta a compartir su vida. Nunca imaginó que esa vida que iniciaba se trastocaría en violencia y finalmente en muerte… 

Era apenas una niña cuando la mutilaron, sólo sintió un dolor profundo e intenso un dolor que ya nunca la abandono… 

Un día de miedo como todos y cada uno de los días de su vida, un día más en los que pensaba en que morir era la única forma de salir de ese infierno de golpes, insultos, desprecios. Un día de gritos atrapados en la garganta, de gritos que llamaban a la muerte… 

Estos extractos apenas vislumbran la vida de miles y miles de mujeres a lo largo del tiempo, a lo largo y ancho del planeta, a lo largo del día a día. 
Y es que el maltrato a la mujer es apenas un fantasma, un fantasma que recorre el camino de la historia, un fantasma que apenas es percibido, un fantasma inmenso, grande, silencioso y no reconocido que transita por la vida, frente a la mirada indiferente de los demás. 
Hay un cuadro de un amigo querido que refleja una mujer recorriendo filas y filas de zapatos femeninos colocados como un triste recordatorio de las víctimas de la violencia. Un cuadro que en su versión final convierte a la mujer original, en un fantasma. 
Ese cuadro hoy lo percibí en toda su significación, hoy se develó como la representación no solo de la muerte, sino también como la representación de la lucha silenciosa y silenciada de la mujer por su igualdad a lo largo de la historia. Una lucha, que a pesar de tantas muertes y tanta violencia, no ha adquirido para muchos el status de batalla real que todavía es considerada por muchos una batalla imaginaria inventada por las feministas. Una lucha justa convertida en un fantasma etéreo. Un fantasma condenado a vivir eternamente si no hacemos algo para que de una vez por todas descanse en paz. 
Siento que todo lo que hoy escribo está revestido de cierta incoherencia, son solo párrafos sueltos que vienen a mi mente, párrafos como destellos sobre vidas truncadas, situaciones históricas y derechos constantemente mancillados, pero es que esta situación me duele tanto y es tan injusta que es la única forma en que puedo abordarla. 
Esta situación que siempre está presente para todas las mujeres, esta situación de perder-perder en un mundo masculino, un mundo hecho a la medida de los hombres. 
Hoy no hay relato, hoy la historia es la de cada una de esas mujeres que han sido asesinadas, de esas mujeres a las que la ablación les ha robado su sexualidad, la de esas mujeres sin derechos, la de esas mujeres explotadas sexualmente como meros objetos de satisfacción masculina, la de esas mujeres con igual capacidad profesional pero peor pagadas que los hombres, la de esas mujeres que cualquiera puede decir en la calle lo que le da la gana, la de esas mujeres que han sido violadas, la de todas las mujeres que compartimos el temor de la violación. La de todas las mujeres que siempre expuestas a la violencia física, psicológica, sexual, cotidiana tratamos simplemente de vivir. 
Todas las mujeres vivimos con el peso de nuestra condición femenina, con el fantasma de nuestras muertas y de nuestra injusticia y lo único que queremos es ser reconocidas como seres humanos en igualdad de derechos. Lo único que queremos y pedimos es desterrar para siempre la violencia de nuestra vida. Desterrar la sombra de la posible violencia que siempre se cierne sobre nosotros, esa sombra que nos acompaña y que oscurece nuestro día a día.

nota:

Esta semana he estado cerca de dos referencias directas de violencia hacia la mujer. La primera una historia del libro del círculo de lectura que trataba de la ablación y la segunda la película "un hombre mejor" Ambas me dejaron con un sabor amargo en la boca y con esa sensación de indefensión e impotencia que las mujeres sentimos frente al maltrato de una compañera. Y digo las mujeres sentimos. a propósito y con toda la intención, pues creo que los hombres, por muy sensibles y compañeros de lucha que sean, son incapaces de sentir lo mismo. Son incapaces de colocarse en nuestros zapatos y de recorrer el largo camino de discriminación y maltrato al que hemos sido sometidas siempre. Un largo camino invisibilizado y silenciado por todos incluso y a veces por nosotras mismas.



domingo, 27 de mayo de 2018

367 días, 23 kilos y 1000 toneladas

mujer con maleta postal antigua

Cómo poner en palabras este último año, cómo encerrar en frases lo que ha significado. Cómo dar nombre a todas las emociones y sensaciones que he sentido, cómo colocar en un relato lógico este sinsentido que ha adquirido la vida.
En estos 367 días que han trascurrido desde la llegada a Barajas he vivido cosas extraordinarias, no por excepcionales o extrañas, sino por ser totalmente diferentes a toda mi vida anterior.
De pronto te montas en un avión con la certeza de unas vacaciones y un año después tu destino vacacional es simplemente tu existencia.
En ese ínterin de apenas un año, has vivido tan intensamente cada día que en sí mismo engloba toda una vida.
Al salir de Barajas hace un año, no tenía ni idea que al atravesar la puerta estaba entrando al después y que el antes quedaría para siempre atrás. Que en ese largo recorrido desde el anexo 2 hasta la cola de los taxis iba dejando en cada paso, iba desprendiéndome sin saberlo de mi vida pasada.
Ahora desde la distancia, que solo el tiempo proporciona, me veo caminando arrastrando la maleta y dejando tras de mi pequeños o grandes pedazos del pasado, de mi vida y hasta de mi misma.
Imagen triste de desprendimiento, de ser que se quiebra, de ser que sin saberlo se va desbaratando, ignorante de que en esa maleta que metió en el taxi estaban contenidos sus únicos vínculos con el pasado, con su antes.
Toda mi vida contenida en 23 kilos, toda mi vida encerrada en una maleta.
Una maleta que por cinismo del destino perdió una de las ruedas y trastabillando y sin equilibrio se dejaba arrastrar de mi mano, igual que yo, también. trastabillando y sin equilibrio me dejaba arrastrar  por las circunstancias.
Triste y miserable analogía. Una maleta rota, arrastrada por una vida destrozada.
Algo que no sabía tampoco cuando arrastraba esa maleta es que también arrastraría durante este año, como un peso muerto, ya sin vida, mis recuerdos, mis sueños, mis posibilidades y que a esos 23 kilos de vida pasada se sumarían toneladas adicionales que me aplastarían bajo su peso y que apenas me dejarían respirar.
En este primer año del resto de mi vida me he desdibujado tanto que me he convertido en boceto, apenas unas líneas indefinidas, una intención de darme algo de forma. En este primer año la maleta original  fue sustituida por otra de 23 kilos pero las toneladas de mis recuerdos, mis sueños, mis posibilidades siguen aplastándome cada día.
367 días después algo ha mejorado, al menos cambié de maleta y la puedo arrastrar mejor, se desliza a mayor velocidad, aunque siempre bajo el peso intermitente de las toneladas de mis recuerdos, mis sueños, mis posibilidades. Toneladas que solo me abandonan por breves momentos, por sólo instantes.  Segundos de abandono que me permiten trazar con más fuerza el esbozo  que estoy tratando de dibujar de mi misma.

nota: hablo de 367 dias porque esto lo escribo dos dias despues de cumplirse mi primer año 

sábado, 26 de mayo de 2018

Palabras V

Miró Maravillas con variaciones acrosticas 



«Cuando me mudaba de una casa a otra
había muchas cosas para las que no tenía espacio.
¿Qué podía hacer? Alquilé un trastero.
Y lo llené. Los años pasaron.
De vez en cuando iba allí y miraba,
sin que nada ocurriera, ni una sola
punzada en el corazón.
Cuantos más años cumplía, las cosas que me importaban
eran cada vez menos, pero más
importantes. Así que un día rompí el candado
y llamé al basurero. Se lo llevó
todo.
Me sentí como el burrito al que
finalmente le quitan la carga de encima. ¡Cosas!
¡Quémalas, quémalas! ¡Haz un hermoso
fuego! ¡Habrá un espacio en tu corazón para el amor,
para los árboles! Para los pájaros
que nada poseen – la razón por la que pueden volar».

Terminó de leer este hermoso poema de Mary Oliver y miró el día que despertaba, sintió el sol que empezaba su ascenso y se detuvo en los pájaros que surcaban el cielo, ligeros y rápidos, como una fugaz visión de libertad. Los pájaros que nada poseen, los pájaros sin lastre.
Pensó que los pájaros tienen asociada una de las más hermosas palabras "libertad". La libertad, palabra con un significado claro, preciso y al mismo tiempo confuso y diverso. La libertad, palabra de variadas acepciones e interpretaciones, palabra que ha generado grandes disertaciones filosóficas, grandes conflictos bélicos, eternas luchas populares, que a veces transformada en grito resuena tanto que trastoca y cambia la vida de naciones y de individuos.
Pero ¿qué es la libertad? ¿Con qué definición se quedaba? ¿A qué nivel? Desecho rápidamente todo lo demás y se quedó sólo  con la libertad individual, pues como los pájaros quería volar sin lastres, surcar los cielos ligera de equipaje.
Para la primera pregunta tenía respuesta, una respuesta encontrada en una clase de filosofía hacía muchos años, "libertad es la posibilidad de elegir, de decidir" era una definición tan precisa y preciosa, tan diáfana que no ameritaba ninguna explicación y al responder esta pregunta se dio cuenta que las otras se respondían automáticamente: la libertad es la posibilidad de elección que posee todo ser humano. En esas dos líneas estaban incluidas:  la definición, la opción y el nivel.
Asociando el poema con la definición se dio cuenta que al igual que la poeta guardaba y atesoraba muchas cosas, cosas materiales y cosas espirituales, que ahora llenas de polvo se consumían en el trastero en el que se había convertido su casa, producto de esta migración forzada a la que estaba sometida, después pensó que su situación a nivel emocional tampoco era diferente, recuerdos, añoranzas, deseos realizados, deseos frustrados... Llenaban todos los resquicios, colmaban toda su vida emocional, cosas del pasado, buenas o malas, pero que no dejaban espacio para incorporar algo más, estaban con ella, la acompañaban llenando de pátina de tiempo y polvo añejo su futuro y su presente.
En ese momento vio un pájaro volando.
Un pájaro sin posesiones, un pájaro sin lastres, ni pertenencias, ni recuerdos, ni añoranzas, un pájaro convertido en  fugaz visión de la libertad.
Lo contempló y en ese instante supo que estaba preparada para quemar sus pertenencias, para iniciar su propia hoguera de las vanidades, para prender el fuego arrasador que aniquilara todo lo pasado.
De ese incendio devastador y ejerciendo su libertad seleccionó sólo lo importante, lo que la había hecho ser lo que era, lo otro lo vio consumirse lentamente, quizás para siempre, aunque sabía que alguna chispa revolotearía todavía por algún tiempo.
Sintió el calor del  fuego liberador y al mismo tiempo el aire que empezaba a fluir por los espacios vacíos de sí misma. Se sintió ligera, tan ligera que sentía que podía emprender el vuelo.
A veces nosotros mismos nos encerramos y cerramos la llave de nuestra prisión sin darnos cuenta que la libertad está ahí, que está en nosotros, que sólo basta descorrer el cerrojo para abandonar la cárcel y emprender el vuelo a la vida.
Se dio cuenta que la palabra libertad es aún más bella, más sonora, más significativa  cuando la practicas y dispuesta a tomar una decisión se preguntó:
“…Dime, ¿qué piensas hacer tú
con tu vida única,
salvaje, preciosa?” *

*última frase de Poema de verano de Mary Oliver

jueves, 24 de mayo de 2018

Palabras III


 
Anton Goyanes -  Paisaxe
"Palabras, palabras, palabras, palabras..."
Repetía como aquella vieja canción italiana que se llamaba "parole, parole parole..." Ya ni se acordaba quien la cantaba, pero cada vez que escuchaba algo totalmente insustancial era lo primero que venía a su mente.
Dejó por un momento de escuchar lo que decían, sarta de estupideces, de lugares comunes, de banalidades, que llenaban, a veces todos los días, todas las horas, todos los minutos y segundos de la gran mayoría de las personas. Las palabras convertidas en nada. Las palabras convertidas en su némesis, ellas que eran el único canal para expresarse, para comunicarse convertidas en vacíos sonoros carentes de sentido y significación que no transmitían nada, absolutamente nada.
Ella que amaba a las palabras, que las pensaba, que las acariciaba, que las buscaba hasta encontrar la más apropiada, la que significaba exactamente lo que quería decir, estaba sentada ahí,  divagando sobre las palabras y su significado, mientras quienes la rodeaban hablaban sin decir nada, hablaban para no decir absolutamente nada.
Y es que la mayoría de las veces y para la mayoría de gente las palabras son solo mensajes para matar el tiempo, son sonoridades para llenar el silencio.
Cuan atrás quedaban ya esos días de diálogos interesantes, de palabras apropiadas, pertinentes, de conversaciones que siempre te llevaban a buscar, a conocer, a adquirir más y más conocimiento, a rebuscar en esos santuarios de las palabras llamados libros o en Internet más información. Cuan atrás quedaban ya esas auténticas conversaciones donde la palabra, adquiría su verdadera función y se convertían en transmisoras de ideas, de pensamientos. Se convertían en un medio esclarecedor que cambiaba tu vida y te hacia crecer como ser humano.
Miro a su alrededor instalada en sus pensamientos, miro a su alrededor y escucho el eco de lo que hablaban.
"... La cola era enorme..." "... Pero le quedaba un poco ancho el vestido..." "... La reina estaba horrible, siempre con su mal gusto..."
¿De qué coño hablan pensó? Se sintió perdida por un momento, de pronto recordó la reciente boda y suspiró, comentó algo sobre el significado de la monarquía para los ingleses, mientras recordaba sus clases de teoría política, y agregó algunos datos importantes sobre los monarcas ingleses Y de lo terrible que era que todo se convirtiera en un espectáculo televisivo. Todos se quedaron callados y la miraron con cierta desaprobación que no le pasó desapercibida.
Se dio cuenta que tenía que integrarse, que interesarse por ese small talk intrascendente, por ese murmullo de sandeces que llenaban el silencio.
En ese momento se dio cuenta, también, que tendría que adaptarse, que si seguía haciendo intervenciones de ese tipo. Pronto se convertiría en una persona execrada, en una persona  fastidiosa, y en sus actuales momentos era lo único que tenía, no podía ahuyentar a sus conocidos no quería convertir su vida  en monólogos, quizás interesantes, llenos de palabras buscadas acuciosamente, de palabras pertinentes y significativas, pero encerradas en ella. Ella convertida en la prisión de sus propias palabras.
Sonrió para sí, por un momento se vio como Alcatraz en el medio del mar, profunda, oscura, con sus altos y gruesos muros  rodeada de un mar de palabras intrascendentes.
Esta imagen la asustó, no quería convertirse en un ser aislado, de pronto recordó el poema John Donne, el tan repetido y conocido gracias a la novela  de Hemingway y en ese mismo momento sonaron las campanas de la iglesia anunciado las 8 en punto y entre campanada y campanada repitió mentalmente el poema, haciendo énfasis en las ultimas frases:
¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?  
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.
“No puedo, ni quiero ser una isla” pensó y sonriendo miró a sus compañeros de mesa, encogió sus hombros, en un gesto no dirigido a ellos, sino al divagar sobre las palabras y su significado que la había aislado por un momento y se unió a la conversación y de pronto una sarta de estupideces, de lugares comunes, de banalidades empezó a salir de su boca. Palabras, palabras, palabras, palabras... para llenar el silencio y acompañar su aislamiento.


miércoles, 23 de mayo de 2018

Palabras II

tarde de verano Edward Hopper 

Hay palabras fundamentales en toda relación, palabras que sí no se dicen o hacen terminan por destruirla. Palabras no necesariamente particulares, ni especiales pero si fundamentales.
En la relación de ellos las palabras básicas se dijeron continuamente, no escatimaron en los te quiero o los te amo, los repitieron cada día al salir el sol, los seguían repitiendo cuando el sol llegaba al zenit, proseguirán en el atardecer cuando el sol se difuminaba en bellos crepúsculos y aumentaban cuando el sol se ocultaba y sus cuerpos desnudos bajo las sábanas se buscaban con la pasión dulce que siempre los acompaño. Días de verano llenos de esas palabras básicas y de una calidez que competía con el mismo sol.
Se dijeron tantas veces las palabras básicas que llegaron a creérselas, que llegaron a sentir que lo que se repetían continuamente era verdad y cobijados en esa certeza de palabras básicas iniciaron una vida compartida.
Sin embargo esta relación llena de te quiero y te amos tuvo un final doloroso para ambos, algo que nunca llegaron a imaginar o tal vez si, nunca se sabrá o nunca lo sabrán pues todavía hoy estas palabras básicas resuenan en sus cabezas, laten en sus corazones y se repiten a lo largo del día, mientras el sol hace su recorrido diario por el cielo.
Pero como decía hay palabras fundamentales en toda relación, palabras que aunque no se pronuncien, aunque nunca alcancen sonoridad son determinantes.
Son apenas cuatro palabras, cuatro palabras que no les basta con ser pronunciadas sino que implican acciones, porque hay palabras que no solo pertenecen al ámbito del discurso sino que tiene que practicarse en la vida diaria. Estas palabras son: sinceridad, confianza, aceptación y compromiso. Palabras que en su acepción más corriente y aceptada pueden definirse como lo que sigue:
Sinceridad: Sencillez, veracidad, modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento
Confianza: Esperanza firme que una persona tiene en que algo suceda, sea o funcione de una forma determinada, o en que otra persona actúe como ella desea.
Aceptación. Valorar al otro tal y como es  con sus errores y sus equivocaciones, con sus aciertos y su lucidez.
Compromiso: Cumplir con las obligaciones voluntariamente, trabajar por lo que se ha propuesto o por lo que le ha sido encomendado.  Vivir, planificar y reaccionar de forma acertada para conseguir sacar adelante lo que se quiere.
Estas cuatro palabras, sucintamente definidas, hacen que las palabras básicas adquieran el verdadero significado  ya que  son indicadores de los te quiero y te amo en el día a día.
La sinceridad en ellos no fue clara, ni diáfana, fue una sinceridad a medias, había cosas ocultas que nunca se dijeron, había cosas secretas que guardaban cada uno para si, tal vez por temor a mostrarse desnudo frente al otro, tal vez por que representaban aspectos que preferían esconder o tal vez por falta de costumbre o incapacidad para mostrarse abiertamente y ventilar sus emociones, su ser, sus miedos frente al otro, frente a los demás. Pero cuando la sinceridad no es expresada en palabras, sencillamente, deja de existir, se expulsa de la vida. La sinceridad por definición encierra siempre un mostrarse ante los otros.
La sinceridad va unida irremediablemente a otra de las palabras fundamentales, a la palabra confianza.
Confiar implica que nada se oculta, todo se dirime, se plantea, se habla. No hay cosas importantes que no se comuniquen, pues la confianza es frágil, tan frágil que aún una leve sospecha puede romperla, hasta enterrarla para siempre, y una vez vulnerada o rota es difícil de recuperar, siempre quedará resentida y aunque tratemos de recoger las piezas y pegarla nuevamente siempre se verán los empates y el pegamento de la restauración.
Sólo con sinceridad y confianza se podrá poner en práctica la siguiente palabra: aceptación, sólo podemos aceptar lo que conocemos cabalmente, en lo que confiamos ciegamente. No podemos aceptar un otro oscuro o encubierto, no podemos aceptar algo o alguien en que o en quien no confiamos. Para aceptar hay que conocer y confiar si esto no se da no hay aceptación, uno no acepta la idea del otro, uno acepta al otro tal y como es, con sus defectos y sus virtudes, con sus problemas y sus alegrías, con su confusión o su claridad. En fin, estas tres palabras van tomadas de la mano como vértices de un mismo triangulo, como tres caminos separados que al final se unen en el gran camino que es la vida en pareja, un camino común y en una sola dirección.
Pero estas palabras, que más que discurso son acciones, solo podrán funcionar si hay un auténtico compromiso. Un compromiso por mantener la relación, un compromiso de dos que garantice al menos un deseo de continuidad, de ganas de enfrentar el difícil mundo de la convivencia.
En ellos estas palabras fundamentales sólo se mostraron a medias, sólo se dijeron a media voz, sólo se mostraron en algún aspecto. Por eso a pesar de los te quiero y te amo, todo acabó. El final se iba construyendo cada día, en cada amanecer daban un paso más en esa dirección, en cada hora que transcurría se cernían sobre la sinceridad, la confianza y la aceptación sombras oscuras que se posaban sobre el compromiso y el deseo de continuar.
Hay palabras que no sólo con nombrarlas se convierten o representan una realidad, hay palabras que sólo adquieren su significado cuando se practican o se viven...

lunes, 21 de mayo de 2018

Palabras

Rene Magritte El Arte de la conversación 


La palabra es la forma en que revelamos el pensamiento. La palabra es la mediadora entre el entorno y nosotros, entorno humano o natural que se devela cuando lo encerramos en palabras. La palabra es esa sucesión, casi mágica, de signos con los que intentamos conocer y comprender, no sólo al mundo, sino a nosotros mismos. Esa sucesión de signos con la que pretendemos o intentamos comunicarnos y en la que basamos nuestras interrelaciones.
En esa sucesión de signos se encierra todo y nos encerramos todos.
Wittgenstein afirmó que «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» («Die Grenzen meiner Sprache bedeuten die Grenzen meiner Welt»)  la pobre interpretación de esta preposición que me plantee por primera vez en una clase de filosofía no se ha modificado a través de los años, no se ha visto afectada por lecturas o interpretaciones posteriores. Todavía la mantengo y la quiero compartir con ustedes.
A. Solo el lenguaje y la palabra son el medio para expresar lo tangible o intangible de este mundo.
B. El lenguaje por lo tanto también nos encierra, nos limita. Si poseo un pobre vocabulario nuestra capacidad para expresarnos o comprender o interpretar será limitada. Si por el contrario nuestro vocabulario es rico nuestra capacidad para expresarnos. Comprender o interpretar será más amplio y más rebosante en matices.
C. Pero estemos en una posición u otra siempre el lenguaje será nuestro límite, pues no hay manera de superar los confines del conocimiento o del autoconocimiento más allá del lenguaje que es finito, determinado y restringido por sí mismo. El lenguaje es al mismo tiempo posibilidad y límite, es libertad encerrada en la prisión reducida  de las palabras.
Pero este post cuasi filosófico es sólo una introducción sobre lo que las palabras y el uso o no uso de ellas nos limita, no sólo en la interpretación de nuestro mundo, sino en la forma de existir en  nuestra vida.
Con este preámbulo iniciare una nueva serie de relatos esta semana  y  que espero les gusten. relatos sobre palabras, silencios y entre lineas.

domingo, 20 de mayo de 2018

Amanecer sin liliputienses



la gran fotógrafa Annie Leibovitz  para la campaña publicitaria de Moncler
Hay días en que amaneces en silencio, es como si las ideas hubieran escapado mientras dormías. Las imaginas escurriéndose entre la almohada y las sábanas, sigilosas, arrastrándose para no despertarte, en una especie de operación comando que les permita escapar sin interrumpir tu sueño.
En esos días por más que te esfuerces las ideas no vienen, o tomaron vacaciones o simplemente reposan un rato. Cansadas de tanta actividad mental que las deja exhaustas deciden por un momento permanecer en silencio.
En esos días sientes la cabeza vacía, pero al mismo tiempo pesada. Y es que el silencio profundo, denso pesa y pesa mucho.
Los griegos imaginaban a las ideas como hermosas musas que te acompañaban en los momentos de creación, mujeres hermosas y volubles que aparecían y desaparecían a su antojo sin la mediación de la voluntad.
Yo las imagino como pequeños seres, como liliputienses que te habítan y que en algún momento cansados de tanto trabajar deciden tomar unas merecidas vacaciones.
Por eso está mañana cuando las ideas no fluyeron, no pensé en hermosas mujeres, de trajes vaporosos saliendo a pasear, sino en un Gulliver dormido en el que se deslizaban pequeñísimos hombres y mujeres, tratando de escapar sin ser descubiertos.
Sospecho que esta diferente percepción entre los griegos y yo sobre la naturaleza corporal de las ideas tiene que ver con el tipo de ideas que se producen. Los griegos tenían siempre grandes y hermosas ideas, ideas trascendentes, ideas inmortales que aún hoy deambulan, envueltas en sus vaporosos vestidos, por la humanidad. En cambio las mías son ideas pequeñas, comunes, a veces hasta tontas, ideas insignificantes, dispersas e intrascendentes, ideas que nunca sobrevivirán al paso inevitable de la historia o del tiempo.
Creo que es sensato suponer, entonces, que la diferencia en la percepción que propongo tiene algo de sensatez.
Pero a pesar de la calidad y tamaño de mis ideas, esos días que me abandonan las extraño mucho.
Extraño sus pequeños cuerpecitos dentro de mí, gritando alto para ser protagonista por un día, para atraer mi atención y que me centre en alguna de ellas, le dé forma, consistencia y las exprese de alguna manera.
Mis pequeñas ideas no saben cuánto llego a extrañarlas cuando se van, cuánto resiento vivir en ese silencio profundo y denso cuando  me abandonan, tampoco saben la alegría que me dan cuando al despertarme las siento revolotear inquietas, deseosas de salir, luchando entre ellas para ese día ser las protagonistas.
De pronto pienso en quienes nunca tienen ni musas, ni hombrecitos, en quienes las ideas cansadas y sedientas de vivir en un desierto los abandonaron para siempre. Siempre viviendo con ese peso constante del silencio profundo y denso. Siempre viviendo en el vacío.
Y, también, en esas ideas que los abandonaron y que juntas han construido un pequeño o grande Liliput mientras esperan que alguien se ocupe de ellas y las haga florecer. Una espera que quizás nunca acaba.
Y es que si observamos con atención en el entorno hay tanta gente sin ideas, gente que solo posee el silencio profundo y denso, gente que se conforma con copiar y repetir las ideas de otros, gente que solo es eco de otros, gente que no se mira en el espejo que son el espejo, son solo un reflejo de los demás. Gente que vive su vida como una página en blanco donde lo que hace es cortar o copiar y pegar, una especie de personas Word. Llenos de archivos sin ideas propias, llenos de plagios, gente que amanece cada día en silencio, que desconocen la existencia de musas u hombrecitos que cansados de tanta actividad mental desaparecen para descansar por un breve tiempo.  Gente  que nunca sentirá la alegría del revoloteo constante e inquietante de sus ideas. Y En esos días que amaneces en silencio, cuando las ideas se te han escapado mientras dormías, cuando se han escurrido entre la almohada y las sábanas, sigilosas, arrastrándose para no despertarte, se suma el temor de convertirte en una persona Word, se suma el miedo de que las musas griegas o mis diminutos  liliputienses se hayan ido para no volver y te hayan abandonado para siempre.



viernes, 18 de mayo de 2018

La vida de los otros

El muro de los chismorreos de Bollulos del Condado, ilustración de Miguel Brieva.

Había un rumor constante en la pequeña ciudad, un rumor que no lograba identificar  de donde provenía. El rumor la acompañaba siempre, aunque en la noche bajaba la intensidad, se hacía más quedo, apenas  perceptible.
Lo escuchó desde que llegó, desde que las circunstancias la habían arrojado a vivir ahí, a vivir en ese pequeño lugar donde todos se conocían, donde si escarbabas un poco terminabas siendo familia de cualquiera.
En algún momento logró identificar algún sonido dentro del rumor, algo parecido a una voz chillona, aguda, pero descartó este sonido por absurdo, era imposible que ese rumor constante tuviera que ver con voces, debía provenir de la naturaleza, de las condiciones de la propia isla.
Pasaron los meses y el rumor pasó a ser parte de su vida, casi dejó de escucharlo, aunque un ligero dolor de cabeza se instaló definitivamente en su día a día. No se le ocurrió pensar que este leve, pero fastidioso dolor podía ser producto de la contaminación sónica del ruido continuo, del sonido que seguía ahí, pero que por hábito había dejado de prestarle atención. Preocupada fue al médico y este no encontró nada, gozaba de un excelente estado de salud.
Se fue de vacaciones a una gran ciudad, el rumor cesó completamente, había los ruidos habituales de las grandes urbes pero no el rumor constante que escuchaba en la pequeña isla, en la pequeña ciudad. Al regresar lo primero que sintió, además de la sensación de sentirse atrapada fue el rumor, seguía ahí, no se había desvanecido, seguía intacto y fastidioso como un abejorro que revoletea cerca de ti.
Decidida a investigar de dónde provenía aguzó su oído, tratando de identificar dentro del mismo rumor los diferentes sonidos.
Lo primero que identificó fueron murmullos. Murmullos de voces distintas, variadas en tonos y en palabras. Lo segundo fue ruidos de persianas o de cortinas levemente levantadas, descorridas. Agudizando más su oído empezó a escuchar conversaciones. Trato de identificar de qué trataban y descubrió que sólo se referían a la vida de los otros.
Perpleja ante lo descubierto, trato de buscar una explicación, algo que le indicará el porqué de este sonido, el porqué de este rumor inquietante y constante. Dio vueltas y vueltas pero no encontraba explicación posible. Hasta que de pronto lo intuyó para posteriormente verlo con claridad.
El rumor provenía del chismorreo constante, del cotilleo continuo sobre la vida de los demás. Había tardado tanto en verlo porque ella jamás había estado pendiente de lo que hacían los demás, la vida de los otros, lo qué eran, cómo vivían nunca le importó.
Ahora las circunstancias la habían arrojado a vivir en ese pequeño lugar donde todos se conocían, donde todos se sentían con derecho de inmiscuirse en su vida, de espiar su vida, de comentar su vida, de opinar sobre su vida. Un lugar donde la carencia de vida propia se alimentaba de la vida de los demás.
Ese murmullo constante que le resultó tan misterioso era solamente el sonido de una triste verdad. Las circunstancias la habían arrojado a vivir en ese pequeño lugar donde una vida aburrida, sin sueños, sin deseos, sin variedad y sin matices convertían a cada uno de los habitantes en el centro de atención, en el foco donde miraban todos los demás. En el único objeto de sus conversaciones.
Aquí no se vivía para los otros se vivía de los otros y se llenaba el vacío existencial con la vida de los otros. Cada uno observado y comentado. Cada uno espiado y desmenuzado y todos compartiendo e intercambiando en una cháchara interminable y eterna la vida de los demás, desperdiciando su vida y arruinado la de otros. Malgastando sus días, sus palabras en el horrible y destructivo acto del chismorreo.
No se mudó de ciudad las circunstancias no se lo permitían, pero trato de seguir viviendo su vida sin importarle la de los demás. A veces le llegaban murmullos, susurros, cuchicheos y hasta tertulias sobre ella misma, no le importaba y lo expresaba siempre que podía levantando sus hombros,  signo universal de desprecio e indiferencia.  Además había adquirido unos maravillosos tapones que se colocaba antes de dormir y en algunas ocasiones cuando el rumor se hacía insoportable.
Entre el rumor y el silencio, gracias a los magníficos tapones de la indiferencia,   transcurrió su propia vida, sin detenerse nunca en la vida de los demás.



miércoles, 16 de mayo de 2018

Sutileza

 Sorolla Paseo a Orillas del mar

El don de la sutileza no le fue dado. Parece que cuando nació por  un momento de descuido o por olvido no se le otorgó. La sutileza esa  habilidad o agudeza para hacer o decir las cosas, ese ingenio para decir o hacer sin dañar a los demás no estuvo dentro de los rasgos concedidos.
El resultado de esta casi catástrofe no fue para él, que impasible y sin medir sus palabras y sus acciones iba por la vida. El resultado nefasto fue para los demás.
Todos sin excepción recibieron algo, todos sin excepción se vieron afectados por su comportamiento o sus palabras. La sutileza, esa forma de hacer, decir y ser, ayuda a ir por la vida sin herir a los demás, sin afectar al otro, era para él algo ignorado, totalmente desconocido.
Ya en la infancia su familia se dio cuenta de lo duro que podía ser, de lo directo e hiriente que resultaba. Cuando trataban de hacerle ver la molestia que les ocasionaba, o las molestias que esto le ocasionaría, él se defendía argumentando que sólo era sincero, que solo expresaba lo que sentía.
No se daba cuenta que la sinceridad excesiva, que la sinceridad a bocajarro encerraba una forma de agresividad pasiva, un algo de sadismo emocional.
Y así fue por la vida, haciendo y diciendo, con su lengua hiriente, sus palabras mordaces siempre ocultas en la coraza de la sinceridad.
Pero a todo el mundo le llega su hora. A todo el mundo le llega el momento de enfrentar lo real. A todo el mundo le llega el momento de darse cuenta de cómo es en realidad.
El momento se presentó con una de sus parejas, no fue la primera o la última. Fue una pareja de transición, una de esas parejas que llegan a tu vida por un breve período, pero que determinan un antes y un después, parejas significativas, pero no definitivas que cambian para siempre tu rumbo.
Todo empezó una mañana cuando en un rapto de sinceridad excesiva, de sadismo encubierto, de agresividad pasiva por parte de él, ella lo miró de frente y con las manos en la cintura, como modelo de pasarela lo enfrentó directamente y le dijo todo lo que durante meses había pensado.
Empezó por enumerarle todas las cosas que le molestaban de él, prosiguió por hacer una lista de todas las veces que tras la fachada de sinceridad la había herido, posteriormente le indicó como podía haber hecho o dicho las cosas de forma sincera pero sin herir a nadie y finalmente terminó, no con una conclusión lógica o racional, sino con una frase categórica y clara, una frase corta y hasta un poco grosera, una frase que resonó y resuena todavía en su pensamiento: "vete a la mierda". Y dicho esto de manera clara, con una dicción perfecta y con una contundencia que no dejaba dudas y que encerraba un adiós final  se alejó para siempre de su vida.
Fueron días duros los que siguieron. Días donde cada palabra dicha por ella se clavaba en su corazón y en su ánimo.
Empezó por negarlas, después las analizó para desmontarlas, pero por último las aceptó.
Esta aceptación le hizo ver que ella lo había tratado de la misma manera que él siempre trató a los demás y por primera vez se dio cuenta de lo había hecho durante toda su vida. Disfrazar su sadismo encubierto y su agresividad pasiva en un eufemismo llamado sinceridad.
A partir de ese momento trato de aprender ese don que no le fue dado y se esmeró en ser sutil, en desarrollar la sutileza. No siempre lo logra y a veces hasta vuelve a ser el mismo de antes con la “sutil” diferencia que ahora se da cuenta y hasta pide disculpas.
No podemos decir que su vida cambió, pero sí que mejoró el trato hacia los demás.
Muchas veces cuando tratas a alguien de la misma manera en que eres tratado se producen cambios importantes. Muchas veces por no herir a esa persona, que no muestra ningún signo de consideración, que se escuda y se excusa en la sinceridad para destrozarnos, nos quedamos callados.
Tratar de igual manera a como nos tratan, dar un trato equitativo e igual puede mejorar la relación o no, pero lo que si logramos es develar la situación y entender su verdadero significado. 
Siempre tenemos que ser honesto pero con una sinceridad vestida de sutileza, vestida como las mujeres de Sorolla que pasean a la orilla del mar. 

miércoles, 9 de mayo de 2018

Un corazón sordo

corazón sucio en la pared Foto de Rubtso

El corazón latía con cierto desgano, no sabía si lo que escuchaba era real o  un producto de su imaginación. "Tal vez, pensó, no es ninguna de las dos cosas sino quizás un aumento progresivo de mi sordera".
El corazón nunca había tenido buen oído o mejor dicho su oído siempre fue selectivo. Oía con claridad todos los halagos y lisonjas pero era sordo a las críticas y agravios. Para ser justos con el corazón, su comportamiento a nivel auditivo era bastante frecuente, por lo general a nadie le gusta escuchar críticas y él no era una excepción, podría decirse más bien que estaba dentro de la norma. Pero hacerse el sordo a una parte importante de lo que escuchaba fue afectando su percepción de la vida y de sí mismo.
La vida la veía como una línea recta, construida con los  segmentos de sus proyectos, todos planificados y ejecutados a la perfección. Si alguno presentaba obstáculos, sencillamente, lo justificaba o cambiaba o forzaba hasta enderezarlo y convertirlo en un segmento recto para ajustarlo a su vida. Algunas veces estos ajustes generaban alguna tensión y su línea vital se enfrentaba a una vibración desestabilizadora pero de corta duración, al final todo se contenía, la estremecimiento desestabilizador se aplacaba encajándose perfectamente al continuum lineal.
A sí mismo se veía como un ser casi perfecto, de grandes sentimientos, ideas, de encanto singular y de gran generosidad. Esta percepción la reforzada con lo único que su selectivo oído quería oír. Todo lo demás lo desechada o ignoraba. Era un caso típico de  lo que se conoce como "oídos sordos", es decir aquellos oídos que sólo oyen lo que les conviene.
Pero el latido desganado que empezó a escuchar le preocupaba, su latido siempre había sido fuerte y nítido. Aun cuando encontraba otro corazón para latir con él al unísono, su latido siempre resaltaba, se destacaba del otro por su sonido "diáfano, preciso, auténtico..." Conviene aclarar que estas palabras eran las que usaba para definirlos cuando pensaba en él y en sus incalculables cualidades, pero no necesariamente eran compartidas por los otros.
El desgano de sus latidos lo hizo pensar en ir al otorrinolaringólogo, larga y extraordinaria palabra para designar a un especialista que solo se ocupa del cuello para arriba, frente a la dificultad para algunos de pronunciar esta palabra sin interrupciones no es de extrañar que muchos hayan preferido quedarse sordos. Pero el corazón no se amilanó frente a esta dificultad, levantó el teléfono y pidió una cita.
En el examen detectaron una pérdida parcial del oído derecho para cualquier palabra relacionada con críticas, y una perdida aun mayor en el oído izquierdo para captar palabras consideradas por él como agravios, a esta dificultad auditiva se sumaba  una pérdida casi total, en ambos oídos, cuando estas críticas e insultos se referían a una realidad concreta. Se había hecho tan selectivo en lo que quería oír que había perdido la capacidad de percibir ciertas cosas.
El otorrinolaringólogo le colocó los aparatos para que los probara durante un mes. No era fácil escuchar de pronto lo que llevas casi una vida sin oír. Además le indicó que tenía que ajustar los aparatos semanalmente. El corazón salió con buena disposición y buenas intenciones a la calle.
Los sonidos lo invadieron y alguna de las palabras que nunca había querido escuchar llegaron a sus oídos, se sintió tan agobiado que al regresar a su casa se los sacó inmediatamente.
En la primera revisión y ajuste el otorrinolaringólogo lo vio algo desmejorado y menos entusiasta. En la segunda su aspecto había empeorado, ojeras leves ensombrecían sus ojos. En la tercera las ojeras se habían tornado más oscuras y pronunciadas y su rostro antes lleno de vida, mostraba signos de cansancio. En la cuarta un corazón ajado y maltrecho entregó el estuche con las prótesis auditivas e indicó con una seguridad fingida su decisión de  no adquirir los aparatos, lo justifico en el costo excesivo y en su falta de dinero. Frente a las promociones y créditos que se le ofrecían se mantuvo firme en su decisión y salió presuroso a la calle frente a la mirada atónita de los presentes.
Con alivio comprobó al salir que escuchaba con desgano sus latidos y que los sonidos de las palabras se confundían de tal manera que volvía a interpretarlas como él quisiera, además de que había palabras que ya no escuchaba.
El mes de prueba había afectado su vida y su percepción de sí mismo. Había escuchado tantas cosas sobre él, sobre su forma de vivir que en un intento desesperado por retomar a su vida lineal había optado por la sordera. Quería seguir viviendo como siempre, quería seguir contemplándose con orgullo ante el espejo, "quería seguir estrujando talles sin escuchar quejas", quería privarse para siempre de críticas y agravios, quería seguir desoyendo todo lo que no le gustaba o no se amoldaba a su rectilínea vida.
Retornó a la sordera aliviado, pero le fue difícil retornar a su vida y a lo que pensaba de sí mismo. Lo que había escuchado, en apenas ese mes de prueba auditiva, trastocó todo. El corazón afanado trataba de ajustar ese segmento a su recta vida, pero quedaba tan tenso que vibraba constantemente hasta que se separaba, generando un quiebre en el continuum.  Otras veces le llegaban ecos de palabras escuchadas que hacían tambalear, momentáneamente, su percepción de sí mismo.  
Su proeza auditiva afectó su vida de tal manera que si escuchamos atentamente podemos oírlo murmurar unas palabras de arrepentimiento. El murmullo es tan tenue que no se distingue a quien pide perdón si a los nunca escuchados o a si mismo por confiar en que podía oír lo que intencionalmente siempre desoyó.

nota: despues de un examen auditivo de mi mamá y en homenaje a Silvio y su Son corazón 

lunes, 7 de mayo de 2018

el silencio

Sleeping Lady with Black Vase, Róbert Berén

La noche silenciosa la despertó. No se escuchaba nada, absolutamente nada. Era tal el silencio que escuchaba su respiración y el latido solitario de su corazón.
Aguzó su oído pero no había ningún ruido, ni un solo sonido. Dejó de respirar por un segundo y cerró los ojos. Nada no se escuchaba nada, no había ningún sonido externo. Era como si hubieran bajado el volumen de la vida, como si hubieran  presionado  el botón de apagado.
El silencio se convirtió en algo aterrador.
Se levantó salió a la terraza, miro la calle silenciosa, los semáforos dando indicaciones a la nada cambiaban impasibles del verde al rojo. Todos los edificios con las luces apagadas, los focos amarillos de las calles alumbraban tenuemente la soledad.
El suspiro que salió de su boca fue escuchado tan nítidamente que sintió su piel erizarse. ¿Qué  habrá pasado? ¿Por qué no se escuchaba nada?
Camino por la casa, apoyo en las puertas de cada habitación su cabeza y pego el oído, pero las respiraciones familiares no se escuchaban. No se atrevió a abrir, no quería irrumpir en el sueño de otros o descubrir las camas vacías.
Fue nuevamente a la terraza, todo seguía igual, las luces mortecinas alumbrando las calles y el semáforo con su intermitencia roja y verde. Después de un rato volvió a su habitación y se acostó en su cama, se abrigó dejando solo al descubierto su cara y sus ojos atemorizados.
Hundida en el silencio, hundida en la noche, espero un amanecer que no llegaba, un amanecer que nunca llegó.
El tiempo suspendido y ella como único testigo. Ella quizás la única superviviente de esta debacle, de esta tragedia.
Un perro ladró triste a lo lejos, seguido por el canto de un gallo, abrió los ojos y se despertó.
Se movió en la cama y escucho los sonidos de siempre, los sonidos que anunciaban el despertar del día. Suspiro aliviada. Había sido un sueño, solamente un sueño, todo volvía a la normalidad.
Abrió nuevamente los ojos y el silencio aterrador, tangible seguía ahí. Había despertado del sueño de la normalidad. Había despertado del canto del gallo, del ladrido lejano del perro, de los sonidos familiares. Había despertado al silencio. En la cama, sin atreverse a levantar, con los ojos aterrorizados y los oídos alertas espero por un amanecer que nunca llego.

Una muy extraña relación

ultimos instantes Henry Peach Robinson

Siempre se debatió entre la sensatez y el sentimiento, entre la razón y la emoción. Entre la impulsividad y la planificación. Cada ámbito de su vida oscilaba entre ambos extremos, no lograba encontrar un punto intermedio. El punto de equilibrio siempre se extraviaba, siempre, siempre se escondía en algún rincón, tan oculto que no podía encontrarlo.
Lo buscaba afanosamente, casi con desesperación pero él siempre alerta no se dejaba atrapar.
Esta relación entre el punto de equilibrio y ella se inició desde el momento mismo de su nacimiento y no tuvo un final feliz. Nunca se encontraron. Nunca pudo cobijarse en sus brazos y vivir una vida confortable y tranquila.
Siendo una niña se dio cuenta de lo agotador que era vivir de un extremo a otro. Correr de la sensatez al sentimiento, de la razón a la emoción, de la impulsividad a la planificación solo le dejó cansancio.
Cuando creció ya estaba exhausta de este corre y corre sin sentido y decidió vivir por alguna temporada en uno de los extremos. Se debatió en cúal tomar primero, si el sensato, racional y planificado o el sentimental, emocional e impulsivo.
Decisión nada fácil que le tomó un largo proceso reflexivo, contemplado con cierta sorna por el punto de equilibrio, oculto dentro de ella misma en un lugar desconocido entre el corazón y la mente.
Después de mucho cavilar se decidió por la primera opción. Fue tan sensata, racional y planificada que avanzó rápidamente y con éxito en el mundo profesional. Su carrera a la cima fue imparable. Sus relaciones sociales se empezaron a establecer sobre la base del interés. Sus amores sobre la conveniencia. Su vida guiada por una agenda, llena de proyectos con fecha de entrega. Hasta sus días libres o sus vacaciones aparecían ahí, encerradas entre líneas sin ningún atisbo de libertad.
Todo sensatamente y racionalmente planificado, ni un  cabo suelto, todo engranado perfectamente. Su vida encerrada en un reloj, donde cada segundo tenía pautado una acción. Un tic tac monótono y constante. El punto de equilibrio la contemplaba, ahora escondido en la mullida comodidad del hemisferio derecho, con la certeza plena de que en ese lugar abandonado nunca lo encontraría. Tumbado con los brazos bajo la cabeza veía como perdía sus días y su vida guiados por la precisión de un cronómetro.
Cansada ella de ver su vida encerrada en las líneas de una agenda y cansado él de dormir en ese lugar que por falta de uso se estaba llenando de polvo. El siempre habilidoso y escurridizo punto de equilibrio empezó a generar destellos de dudas.
Esos destellos unidos al aburrimiento de su vida reloj, sin ningún sobresalto y sin ninguna emoción la hicieron replantearse su decisión y, después de anotar en su agenda un tiempo para pensar, optó por vivir en el otro extremo.
Toda sentimientos, emoción e impulsividad se lanzó entusiasmada a su nueva vida. El éxito en el mundo profesional dejó de importarle y se centró en vivir. Sus relaciones sociales se empezaron a establecer sobre la base de coincidencias. Sus amores sobre la espontaneidad. Su vida sin guía parecía una veleta dando vueltas y vueltas dependiendo de los vientos que soplaran, cada día vivido sin ataduras, sin previsiones.
Todo tan lleno de sentimientos, emociones e impulsividad. Todo tan inconstante y tan provisional. Su vida convertida en una obra de arte efímera, convertida en volutas de humo que se disipan con el viento, que crean hermosas figuras pero solo por un breve momento. Su vida de veleta movida por el viento a su antojo, sin rumbo, ni meta, solo girando y girando en una dirección u otra. El punto de equilibrio la miraba ahora escondido en su mullido hemisferio izquierdo, ya convencido que nunca lo encontraría, ya resignado a permanecer oculto para siempre.
El momento de resumir su vida la encontró en brazos de un desconocido, en un lugar cualquiera. Su vida transcurrió de un extremo a otro, no encontró el punto de equilibrio, nunca fue capaz de vivir como el fiel de la balanza. Una vida correteando de un extremo a otro, una vida optando por un extremo u otro, una vida sin encontrar su punto de equilibrio.
En su lecho de muerte, ya casi en el último instante, vio por un segundo aparecer al punto de equilibrio y tomar su mano, darle un beso en la frente, acercarse a su oído y susurrarle: “moderación, mesura, ponderación eran las palabras que necesitabas para encontrarme”, después dándole un beso suave en los labios se alejó.  Al verlo partir dos lágrimas bajaron por sus mejillas y un aliento de muerte salió de su pecho.  

domingo, 6 de mayo de 2018

El super poder de las mamás

Madre e Hija Gustav Klimt
La empatía, esa rara cualidad que poseen algunas personas y que consiste en participar afectivamente en una realidad ajena a ella, llegando a sentir lo que vive y siente el otro, llegando a experimentar los sentimientos de otra persona. La empatía rara, extraña y poco desarrollada cualidad, casi olvidada, casi desechada en un mundo donde la individualidad, la inmediatez y el goce continuo son el día a día. 
La empatía tan distante y abandonada en esta sociedad egoísta, tan centrada en el nosotros mismos que nos impide ver al otro o que lo vemos sólo en función de satisfacer nuestras necesidades y deseos, se ha refugiado en la última trinchera que le queda el amor de madre. 
Para la mayoría de las mujeres ser mamá es ser empática. Frente a ese pequeño ser que ha sido una unidad con nosotras durante nueve meses, que depende totalmente de nosotras, que nos necesita para sobrevivir no nos queda de otra que vivir y sentir al unísono. En una especie de ósmosis natural que garantiza la supervivencia de la especie. 

Largo preámbulo a modo de introducción de mi post de hoy. 

Cuando se enteró de su embarazo, una felicidad tranquila la invadió. Deseado y buscado un hijo era el complemento perfecto para ampliar el amor de ambos. Un hijo representaba la presencia física de ese amor, con mayúsculas, que ambos vivían. 
El embarazo tornó su vida en un torbellino de emociones, en un péndulo que pasaba desde la alegría inmensa, hasta el miedo paralizante. Y es que esas emociones pendulares la sienten todas las mujeres embarazadas. Alegría por lo que vive en su cuerpo, por ese nuevo ser y miedo frente a la incertidumbre de lo no conocido. 
En esos nueve meses ya empezó a empatizar con el bebe, dejó de fumar y beber, hizo una dieta totalmente sana, dejó de escuchar música estridente e hizo ejercicios y caminatas moderadas. Era tan sana como una zanahoria, pues sabía que el bienestar del bebe dependía de su buena condición física. En ese tiempo el súper poder de la empatía empezó a despertarse y a ser parte de su naturaleza. 
Cuando nació la contemplaba arrebolada, miraba sus piececitos, su manito aferrada a su dedo. Su intercambio de miradas al amamantarla, todo adquirió un brillo extraordinario, todo cambio con su presencia. El súper poder de la empatía se fue consolidando. Llegando incluso a saber desde las razones del llanto, hasta los deseos más profundos de esa pequeña que cobijaba con sus brazos. 
El bebé y la empatía crecían y se fortalecían al mismo tiempo. Si se caía, si algo le daba miedo, si estaba feliz, si quería comer o dormir o pasear, todo, absolutamente todo, era descifrado. Ese código intangible y desconocido por los otros era un libro abierto para ella. 
El tiempo pasó y la bebé se convirtió en niña, la niña en adolescente y la adolescente en mujer. El tiempo pasó y trajo las separaciones ineludibles de la vida, el preescolar, el colegio, la universidad, pero la empatía seguía y sigue ahí, a pesar de la distancia ella siempre puede sentir su alegría, su tristeza, su paz o sus tormentas. Siempre y para siempre conectadas por hilos invisibles y códigos indescifrables para todos los demás menos para ellas. Ríe con ella, sufre con ella, siente con ella, vive cada momento especial con ella. 
La empatía, súper poder de las mamás, nunca desaparece, no hay criptonita que la aniquile. Sólo veamos o recordemos a nuestras mamás siempre listas, siempre intuyendo lo que te pasa, siempre dispuestas a ayudarte, a colocar su hombro para consolarte o a reír frente a tus alegrías. 
Un abrazo y un hombro al que te entregas con la misma confianza y seguridad con lo que lo hiciste en el momento que vistes la luz por primera vez. Siempre más allá de la vida o la muerte, de la cercanía o la lejanía, nuestra mano se aferra a ese dedo que fue nuestro primer soporte y nuestro primer amor. Ese vínculo que se estableció al compartir el mismo cuerpo permanecerá indestructible, intacto, esa cara que vimos al levantarnos cada mañana en nuestra infancia quedará en nuestra memoria, ese primer y gran amor permanecerá atrapado en nuestro corazón, siempre ahí, para consolarnos, para darnos paz. 
El amor de madre no se adquiere, no tiene que merecerse, simplemente brota como una hoja en primavera, como la simiente en la tierra, como la naciente de un rio que en su fluir se hace cada vez más grande y caudaloso. 

A modo de epilogo: La empatía esa rara cualidad que poseen pocas personas, pero casi todas las madres. La empatía, ese súper poder de las madres que les permite ser partícipes afectivas de todo lo que rodea, vive y siente su hijo, es un bien invaluable que la mayoría de los hijos hemos tenido y que todos deberíamos valorar.


Feliz día a todas las mamás especialmente a la mía 



viernes, 4 de mayo de 2018

Negra Sombra que me asombra

Eugéne Delacroix-la muerte de ofelia

Anoche la sombra negra se fue conmigo a la cama, hoy al despertarme seguía durmiendo a mi  lado…
La negra sombra siempre aparece, vive al acecho y nubla tu vida cuando menos lo esperas.
Se alimenta de todo, se nutre de cualquier circunstancia y se regodea con nosotros los expulsados.
Los expulsados, de nuestra vida, de nuestro país, de nuestra felicidad, convivimos con ella. Planea sobre nuestras cabezas esperando un momento de descuido, para recordarnos su eterna presencia. Oscurece nuestras horas, nubla todo buen momento, siempre ahí, para recordarte que perdiste todo.
La negra sombra entra sin tocar y se instala en tus días, no la has invitado, no la quieres en tu vida pero no la puedes expulsar, está ahí, siempre ahí.
Los expulsados la conocemos tan bien. Los expulsados la hemos hecho tan parte de nosotros que, a veces pienso, no imaginamos nuestra vida sin su compañía, sin su presencia.
Y es que la expulsión y la negra sombra vienen juntas, nacen el mismo día, recorren los mismos caminos, habitan la misma casa. Ambas consumen vorazmente tus esperanzas. Ambas nadan en las lágrimas que ruedan por tu rostro. Ambas invaden tus sueños y tus despertares.
Días siempre oscuros, días grises son los días de los expulsados. Días de tristeza infinita, de dolor en el pecho, de llantos imprevistos, de añoranzas presentes, de huecos insaciables imposibles de llenar.
Y es que los expulsados y la sombra negra vamos siempre de luto, siempre de duelo, como plañideros eternos lloramos juntos la peor pérdida.
Y es que los expulsados y la sombra negra asistimos consternados al entierro de nuestros planes, de nuestros sueños... Al entierro de nuestra vida, de nuestra propia vida. Un entierro infinito, constante, sin fin.
Un entierro al que asistimos diariamente, siempre con la esperanza oculta de que esta muerte terrible, esta muerte de nosotros mismo solo sea una pesadilla y que despertaremos en nuestra cama, en nuestra casa, en nuestra vida, en nuestro país.
Anoche la sombra negra se fue conmigo a la cama, hoy al despertarme seguía durmiendo a mi  lado, se despertó inmediatamente y me acompañó arrastrando los pies a tomar café, un café que sabía y olía a pesadumbre.  En mi condición de expulsada son muchas las noches que compartimos cama, pero la compañía de anoche tenía una razón en mayúsculas, ayer apareció en mi vida  el “cuando era”, por primera vez hable de mí en pasado. Estas dos palabras iniciaron y anunciaron mi muerte y mi entierro definitivo.
Hoy apenas se inicia el duelo por mi muerte, producto de una enfermedad que se inició al montarme en el avión, que se ha ido agravando y hecho crónica en los últimos meses. Hoy los invitó al sepelio de mi vida, una vida buena y digna de la que fui expulsada. Hoy los invitó a darme el pésame, a darme un abrazo fuerte. Hoy los invitó hablar del “cuando era”, con cariño, con humor, con melancolía y un poco de nostalgia. Ese “cuando era”  y todo lo que vivió. Ese “cuando era”  que entierro  hoy.

para leer esto escuchen Negra Sombra