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| Emiliano Villalba pintor,ilustrador y bloggero |
Apenas tenían 14 años y sentían
que el mundo les pertenecía. Se conocían desde pequeños, siempre habían
compartido salón de clases y maestras, amigos y fiestas de cumpleaños,
zambullidas en la piscina y películas domingueras. En la pequeña ciudad en la
que vivían los espacios de coincidencia eran todos, esos 14 años vividos habían sido años en compañía. Pero un día cualquiera
se miraron por primera vez.
Él la vio entrar al salón de clases y se dio cuenta por primera vez de
la suavidad y brillo de su cabello, de la sonrisa siempre a flor de labios, de
lo bien que le quedaba el uniforme, de su andar seguro, de su mirada dulce… la
miró, la miró y la miró solo segundos pero su imagen lo acompaño todo ese día y
toda esa noche.
Ella al entrar lo saludo con su sonrisa de siempre, pero descubrió en
su mirada algo que no había visto antes, se sintió observada por segundos, lo
miro de reojo y descubrió en su hermosa cara, sus formas masculinas que
buscaban definición, descubrió su cuerpo
hermoso y esbelto y sintió una extraña sensación en su estómago.
Después de ese día de descubrimiento evitaron estar solos, evitaron
conversar, evitaron sentarse juntos, era como si el reconocerse y verse por
primera vez como un hombre y una mujer los hubiera alejado, los hubiera
impelido a mantener la distancia. Sin embargo
esta distancia aparente los acercaba aun más, se buscaban con la mirada, se sonreían
tontamente, se ocupaban de lo que hacían con un interés novedoso. Hablaban el
uno del otro con sus amigos y resaltaban cualidades, intervenciones, gustos,
formas de ser… en las noches se dedicaban los últimos minutos de conciencia y
en las mañanas se contemplaban en el espejo pensando el uno en el otro.
Esta situación duro algún tiempo y era tan obvia que sus amigos empezaron
a convertirlos en el objetivo de sus bromas. Ellos desde el rubor y la sonrisa
miraban hacia otro lado y disimulaban su vergüenza y malestar con indiferencia fingida.
En una fiesta cualquiera, y después de inyectarse una enorme dosis de
valor, la invito a bailar, la música alegre terminó y una balada lenta sonó en el ambiente,
se abrazaron despacio y despacio, también, movieron sus pies al compás de la música.
Se sintieron, se olieron y un dulce suspiro de satisfacción salió de sus labios,
con los ojos cerrados giraban, ceñidos y ausentes de todo lo que los rodeaba. La música terminó pero sus manos continuaron enlazadas.
Se separaron por un segundo para ir al baño. Al llegar buscaron con desesperación
la pasta de dientes en el gabinete, colocaron una línea gorda y blanca en el
dedo y se cepillaron con fricción, se cepillaron los dientes y la lengua, al tragar. sin enjuagarse
sintieron el sabor inconfundible que bajaba por su garganta.
Se encontraron en el salón, de sus bocas salía un agradable olor que
presagiaba besos, se ocultaron en un rincón alejado, solitario y se besaron. Besos torpes y
mentolados, besos primerizos, besos intuidos besos de mentol y saliva, besos de inexperiencia y confusión, pero también besos de la primera pasión, de la primera turgencia, de la primera humedad.
A este primer beso siguieron muchos más hasta que sus labios ya se reconocían.
Todos los besos que se dieron siempre fueron acompañados del sabor inconfundible y a limpio de
la pasta de dientes.
Un día al encontrarse en la puerta del cine ella descubrió pasta blanca
y mentolada en el cuello de su camisa, pasta blanca y mentolada que le auguraba
dos horas de besos en la oscuridad. dos horas de besos intensos, besos apasionados con sabor a menta, de manos escabulléndose en lugares prohibidos, de quejidos suaves , de primeros goces...
Cuando el tiempo y la
vida los separó. Cuando se convirtieron en leves recuerdos de amores infantiles, lo único que conservaron y aun conservan es que al cepillarse la boca y sentir el sabor inconfundible de la pasta de dientes sus dias se inician con el deseo y la promesa de un beso. Una promesa y un deseo que ambos sin saberlo comparten día a día frente al espejo.

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