| Grete Stern |
Creo que mis últimas experiencias me han hecho una persona diferente,
no sé si mejor o peor, pero diferente.
Hoy siento que, definitivamente, la
ingenuidad, mi compañera, de toda la
vida, hizo su maleta y partió para
siempre de mi vida.
Cuando hablo de ingenuidad, no hablo de ser tonta o crédula, sino de
ver siempre lo positivo, de lanzarme a cualquier cosa desde la seguridad y la
confianza, de esperar de los demás lo mejor, de sentir que puedes resolver, o
al menos mejorar, todo lo que pasa.
Durante toda mi vida la seguridad y la confianza han sido mi espacio
vital, y las guardianas y protectoras de mi ingenuidad. Esa ingenuidad que sólo
poseen los niños y que les permite mirar
el mundo con entusiasmo, con asombro, con deseos de descubrirlo y adentrarse en
él.
Esas corazas, seguridad y confianza, las crees indestructibles, imposibles de ser
aniquilada por nada y por nadie. Pero, de pronto, descubres que son vulnerables, que pueden desmoronarse
y que al hacerlo también se llevan ese aspecto de ti que te hacia soñar.
Y empiezas a contemplar la vida sin esperanza, sin sueños y lo que es
peor sin alegría.
La vida se convierte en mera supervivencia, en un día a día que en lo
único que piensas es en sobrevivir. Tu vida empieza a transcurrir sólo en la
base de la pirámide de necesidades de Maslow. En la búsqueda desesperada de la
satisfacción de tus necesidades básicas.
Tú que estabas en la cúspide, en
el vértice de la pirámide a la búsqueda de la autorrealización, de pronto, te
vez arrojada de ahí, resbalando cuesta abajo por de la pirámide, pero
llevándote contigo todo lo que perdiste. Convertida en una especie de bola de
nieve cada vez más grande que se desliza por la ladera de la pirámide, violenta,
estrepitosa, arrastrando con ella todo
lo que encuentra a su paso.
Cuando llega a la base es una bola tan enorme, tan llena de todo lo
que ya habías hecho, tan llena de todas las necesidades superiores y deseos que
habías superado, tan llena de lo que fuiste y ya no eres, que le resulta
imposible volver a remontar la empinada y dura cuesta.
La seguridad, la confianza, pero sobre todo, la ingenuidad, esa
capacidad de ver la vida con optimismo, quedan sepultadas entre capas y capas de
la gran bola de nieve. Esa bola de nieve que creció y creció, alimentada por los
pedazos de las necesidades que pensábamos satisfechas, alimentada por el resquebrajamiento
de los peldaños que creímos alcanzados, hasta
formar esta avalancha que hoy es tu
vida.
Y desde esa base donde lo único importante es sobrevivir, te contemplas
no desde la mera necesidad, te contemplas desde el peso muerto de lo que habías
alcanzado y más nunca recobraras.
Te contemplas desde la conciencia de los fragmentos rotos de tu autorrealización
De alguna forma remontaremos esa inmensa avalancha que nos quiere sepultar. Las palmeras somos mujeres guerreras y al final lo lograremos. Mañana sera otro dia de sueños...
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