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| Grete Stern Sueños |
Cada día al despertar lo primero que hacía era revisar el móvil. No
imaginó que hoy su despertar estaría acompañado del sonido inconfundible y
entrañable de su ciudad.
Un cálido mensaje y un vídeo
fue lo primero que vió. Un video sonoro que la hizo sonreír y llorar. El sonido
de las ranitas que siempre la habían acompañado inundó, no sólo el silencio
sino todo su cuerpo. Esas ranitas cantarinas que anunciaban las noches de ese país
hoy lejano, esas ranitas que escuchó durante toda su vida, esas ranitas que nunca callaban y arrullaban, como una nana disonante y constante, el inicio de sus sueños.
Se levantó he inició su largo periplo cotidiano. Su deambular en busca
de una oportunidad que le permitiera sobrevivir. Entregó currículos y como cada
día recibió el no ya esperado.
Agotada se sentó en la plaza y después regresó a la casa, a una casa
que no sentía como suya, a una casa que nunca sentiría como suya.
Pensó en su casa, habitada por los recuerdos. Habitada por sus libros.
Su casa habitada por sus fotos, pensó en esas imágenes suspendidas para siempre
en momentos felices e irrepetibles. Imágenes detenidas y sonrientes que desde
un porta retrato o desde un marcó contemplaban
la casa vacía. Sus fotos convertidas en declarantes mudos de toda su
vida.
Sintió una profunda tristeza por su país y una rabia sorda, impotente
por todos los que la habían expulsado de su vida.
Sintió hasta que una sensación de dolor físico se adueñó de su cuerpo.
Un dolor tan intenso que la paralizó.
Pasó horas tumbada en la cama, sin moverse, con la mente extraviada en
recuerdos fugaces, con el cuerpo invadido de sensaciones pasadas.
La oscuridad del cuarto anunció que la noche había llegado. Abrazó su
cuerpo inerte, cerró sus ojos y dio play
al vídeo. El sonido de las ranitas
invadió el silencio. El canturreo familiar, la nana disonante y constante la arrulló hasta
sumergirla en un sueño profundo.
Horas despues, y como cada atardecer, en ese país hoy lejano su casa vacía, sus libros, sus imágenes de felicidad suspendida se sumergirían indiferentes a la llegada de las tinieblas y seguirían sordos al canturreo incesante de la noche.

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