sábado, 24 de marzo de 2018

Migración Forzada: Dia sonoro

Grete Stern Sueños

Cada día al despertar lo primero que hacía era revisar el móvil. No imaginó que hoy su despertar estaría acompañado del sonido inconfundible y entrañable de su ciudad.
Un cálido mensaje  y un vídeo fue lo primero que vió. Un video sonoro que la hizo sonreír y llorar. El sonido de las ranitas que siempre la habían acompañado inundó, no sólo el silencio sino todo su cuerpo. Esas ranitas cantarinas que anunciaban las noches de ese país hoy lejano, esas ranitas que escuchó durante toda su vida, esas ranitas que nunca callaban y arrullaban, como una nana disonante y constante,  el inicio de sus sueños.
Se levantó he inició su largo periplo cotidiano. Su deambular en busca de una oportunidad que le permitiera sobrevivir. Entregó currículos y como cada día recibió el no ya esperado.
Agotada se sentó en la plaza y después regresó a la casa, a una casa que no sentía como suya, a una casa que nunca sentiría como suya.
Pensó en su casa, habitada por los recuerdos. Habitada por sus libros. Su casa habitada por sus fotos, pensó en esas imágenes suspendidas para siempre en momentos felices e irrepetibles. Imágenes detenidas y sonrientes que desde un porta retrato o desde un marcó contemplaban  la casa vacía. Sus fotos convertidas en declarantes mudos de toda su vida. 
Sintió una profunda tristeza por su país y una rabia sorda, impotente por todos los que la habían expulsado de su vida.
Sintió hasta que una sensación de dolor físico se adueñó de su cuerpo. Un dolor tan intenso que la paralizó.
Pasó horas tumbada en la cama, sin moverse, con la mente extraviada en recuerdos fugaces, con el cuerpo invadido de sensaciones pasadas.
La oscuridad del cuarto anunció que la noche había llegado. Abrazó su cuerpo inerte, cerró sus ojos y dio play al vídeo. El sonido de las ranitas  invadió el silencio. El canturreo familiar, la nana disonante y constante la arrulló hasta sumergirla en un sueño profundo. 
Horas despues, y como cada atardecer, en ese país hoy lejano su casa vacía, sus libros, sus imágenes de felicidad suspendida se sumergirían  indiferentes a la llegada de las tinieblas y seguirían sordos al canturreo incesante de la noche.


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