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| Grete Stern el ultimo beso |
Su viaje empezó hacia dos semanas, en cada lugar visitado se habían
quedado en pequeños apartamentos alquilados por Internet.
Habían disfrutado del viaje enormemente, se sentían más unidos y
cercanos que nunca.
Llegaron a la hermosa ciudad, donde pasarían dos días, o quizás tres.
El dueño los esperaba para darle algunas explicaciones, información y entregarles las llaves.
Era un hombre hermoso, fornido, con una fuerte y agradable voz. Pero
había algo en él que denotaba cierta nostalgia, cierta melancolía.
Al quedarse solos recorrieron el apartamento y apreciaron lo original
e interesante de la decoración, las vistas por las pequeñas ventanas y el buen
gusto imperante.
La primera y extraña sensación se presentó, poco después de cenar,
cuando ambos se sentaron en el sofá a conversar. Había algo en el apartamento
que les indicaba la presencia de un buen amor, de un gran amor.
Era una sensación en el ambiente, una presencia. Era como si las
paredes hubieran sido testigo de alguna historia reciente y se dispusieran a contárselas,
no con palabras, con imágenes que empezaron a llegar a sus mentes, con tal
intensidad que se convirtieron en el único tema de su conversación.
Lo primero que vieron fue la imagen de una mujer sentada en el sofá,
mientras que un hombre preparaba la cena y la música de Corelli invadía el
espacio.
La segunda fue la de ambos sentados en el mismo sofá. Él leía y ella
recostada en su hombro lo escuchaba atentamente. Sólo se interrumpía la lectura
cuando ella le pedía un beso.
En segundos muchas imágenes de una apacible felicidad invadieron sus
mentes, una felicidad tranquila, sin sobresaltos.
De pronto algo cambió y lo apacible se transformó en tristeza, llanto y confusión. Vieron abrazos
entre lágrimas, vieron angustias enfrentadas
con las manos entrelazadas, vieron silencios y desconciertos.
Se sintieron un poco desolados por el cambio de las imágenes, pero
pensaron que el cansancio por el largo viaje estaba haciendo su efecto y
decidieron irse a dormir.
Los sueños de esa noche serían memorables y los contarían a sus amigos
durante años.
Ambos soñaron con la pasión dulce e intensa que se vivió en esa cama.
Esa pasión que sólo es posible cuando dos personas se compenetran totalmente,
cuando se entregan de tal manera que se convierten en una unidad, en un solo y
único cuerpo. Fueron imágenes que ennoblecían el acto del amor, que lo convertía
en una oda a la ternura, a la exaltación. Imágenes de miradas que presentían placer,
deseo. Imágenes de acaricias, de besos, de desnudarse despacio, de
respiraciones entrecortadas por quejidos, de olores, de sabores. Imágenes de
cuerpos satisfechos, adormecidos en abrazos envolventes que al despertarse se
iluminaban de felicidad.
Se despertaron con una sensación de bienestar y se contaron sus sueños
eróticos que sorprendentemente coincidían hasta en los más mínimos detalles.
Pasearon por la ciudad, visitaron los lugares previstos y deseaban
llegar al apartamento para ver si esa noche se repetía nuevamente la
experiencia anterior. Pero esa noche las paredes estaban mudas, era como si las
imágenes que aprisionaron durante algún tiempo se hubieran liberado.
Llegó el momento de irse y al entregar la llave ambos se dieron cuenta
que el dueño era uno de los protagonistas de sus extrañas imágenes.
Le dieron la mano y se despidieron, cuando cruzaban el umbral de la
puerta, ella se detuvo y miró al hombre
que se apoyaba en la puerta para despedirlos y le preguntó ¿hay alguna historia
de amor encerrada en estas cuatro paredes? El con una sonrisa triste les
respondió: “Si hay una bella y también
triste historia de amor. En estas paredes un buen amor, un gran amor fue
sacrificado, desechado. Un amor que hoy está encerrado, confinado en dos corazones solitarios,
esperando la muerte o la libertad”.
Bajaron tomados de la mano, no dijeron nada, solo pensaron en lo bueno
que era estar juntos.

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