domingo, 29 de julio de 2018

Encuentro inesperado parte I

Marc Chagall La Acróbata 
Estaba tan ocupada que no tenía tiempo de escribir. Estaba tan ocupada que no había tenido tiempo de reflexionar, tan pero tan ocupada que los días se sucedían sin darse   cuenta.
Los lunes, martes, miércoles, jueves y viernes transcurrían indiferenciados, caían como hojas de un árbol en el otoño de su vida. Flotaban como hojas suspendidas en el aire, revoloteando sin norte, subiendo y bajando para inevitablemente caer al suelo y desaparecer para siempre en el inexorable paso del tiempo.
Días que amanecían   cansados y se acostaban apenas ocultarse el sol.
Un día, no recuerda el día de la semana, lo vio por primera vez, lo vio con esa mirada cansada que se había instalado en sus ojos. Ese día lo vio sin darse cuenta que por primera un destello de luz, apenas perceptible se vislumbraba en sus pupilas.
Un destello de reconocimiento, de saberse iguales, de sentirse próximos, de intuirse como posibilidad.
Desde ese intercambio de miradas, de esa frase apenas perceptible, una sensación de inicio se posó en su vida. Ni el destello, ni la sensación fueron reconocidos instantáneamente, pero a partir de esa primera vez  algo empezó a cambiar y los días  cansados se fueron desasiendo, poco a poco, del abatimiento. No sabía la razón, no sabía por qué solo sabía que de pronto se aferraba a la vida de nuevo y que no quería desprenderse, ni flotar como hoja suspendida en el aire, revoloteando sin norte, subiendo y bajando, que ya no quería caer al suelo y desaparecer.
El tiempo siguió pasando pero ahora cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día se convirtió en promesa, en posibilidad.


No hay comentarios:

Publicar un comentario