domingo, 15 de julio de 2018

instantes de felicidad


Sorolla niños en la playa
Ayer releí un bello post de mi hija en su blog "Desde la Distancia". Un post sobre una fotografía de su papá y yo  hace muchos años, cuando ella no había nacido y nuestra vida  era apenas una promesa.
Ayer ese texto me llevó, nuevamente, a apreciar nuestra maravillosa vida juntos. Una vida repleta de instante de felicidad, de buenos momentos, de risas, de alegrías, de cotidianidad compartida, donde cada día, cada año transcurrió sin la pesadez de la rutina. Donde cada día, cada año se presentó cargado de desafíos, posibilidades y una ocasión para vivir.
Recordé nuestra cotidianidad y me emocione hasta las lágrimas. Lágrimas de gozo y satisfacción. Lágrimas de felicidad por una convivencia siempre rica en experiencias, en aprendizajes, en conocimientos, en afecto, en respeto. Una convivencia siempre cálida como una suave brisa de verano.
Imágenes de nosotros, de instantes compartidos fueron llegando a mi mente y todas fueron recibidas con una sonrisa en mis labios y  una sensación de paz y equilibrio en mi cuerpo y en mi alma.
En ese momento me di cuenta que la felicidad autentica no es la que te invade de pronto y trastoca tu vida, sino que la felicidad auténtica está en el día a día. En estar rodeada de la gente que te quiere, que se preocupe por ti. Gente a la que tú también quieres y te preocupas por ella. Gente que ni la distancia, ni la muerte separa de ti. Gente que siempre será tu hogar y en la que siempre encontraras esa sensación de seguridad y calma. Gente con la que  sientes o has sentido ese fuego cálido y confortante, que aviva tu vida  y te alimenta emocionalmente sin importar ni el tiempo, ni la lejanía.
Esa gente que llega a nuestra vida y se queda para siempre, aunque se vayan, aunque se mueran, aunque más nunca sepas de ellos. En esa gente es donde habita la felicidad. En esa gente que te da instantes plenos, instantáneas de momentos perfectos, que no quedan registrados en fotos impresas, ni en Facebook.
Pensé que tuvimos tantos momentos como el de la foto del post. Tantos instantes únicos e irrepetibles, tantos instantes de felicidad compartida, tanto intercambio emocional que podríamos hacer una exposición fotográfica que llenaría el Prado, el Louvre y el British Museum  y todavía nos sobrarían miles y miles de fotos.
Recordé algunos de ellos y quise fijarlos en mí para convertirlos en presente por un instante. Recordé ese estar en silencio, cada uno ocupado en lo que le apetecía. Esas largas sobremesas, esas conversaciones al caer la tarde, esas películas vistas acostados en nuestra cama, esas vacaciones en la playa, esas idas al colegio, esos libros leídos, compartidos y discutidos, esa música escuchada, esas canciones inventadas para despertar y desayunar. Esas salidas a conciertos, teatros, paseos, cines, títeres. Esos abrazos, besos y “te quiero” que repartíamos a granel a lo largo del día.  Miles de instantes que se agolpaban en mi mente y me recordaban que la felicidad habita en mí.
Una felicidad que sigue ahí, que no me ha abandonado y que con sólo un pensamiento, una evocación vuelve para arrancarme una sonrisa y volver a sentir el confort emocional, un fuego cálido que me cobija  y da seguridad. Una felicidad tranquila que me posee como el beso suave de un amante en los labios o la caricia suave de la mano de un niño.
Ayer con esa lectura recobre no sólo un recuerdo, recobre mis ganas de vivir y recobre la felicidad que habita dentro de mí. Una felicidad frágil, pequeña, que a veces se esconde, que a veces se me olvida pero que siempre, siempre  retorna y como la brisa suave me acaricia y me hace sonreír. 
Ayer con esa lectura recordé que la  felicidad es siempre posible, que no es una quimera, un sueño imposible, que habita siempre en ti y que siempre encontraras personas que te den instantes plenos, instantáneas de momentos perfectos, que aunque no queden registrados en fotos impresas o en Facebook, quedan para siempre impresos en tu corazón. 


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