| El sueño de la razón produce monstruos Goya |
El país extraviado
No soy y nunca he sido patriotera me considero una persona
universal y percibo al planeta como mi casa grande.
Eso siempre lo creí, hasta que mi país empezó a desdibujase ante mis
ojos, un día hace 20 años, una rebelion militar irrumpió no sólo en Miraflores,
sino en nuestra vida. Irrumpió y se quedó.
Desde ese momento mi país empezó a extraviarse.
El país que amaba, el país de mi infancia y juventud, de mis playas y
montañas se fue convirtiendo en un castillo en el aire, en solo una evocación,
un recuerdo, un deseo.
Ese país se extravío para siempre y no existirá más. Todos los
venezolanos los que salimos y los que están allá ya no reconocemos esta
Venezuela. Esta otra Venezuela desolada, hambrienta, aniquilada y triste.
Todos sentimos ese extrañamiento. Todos hemos sido desterrados. Todos
estamos en el exilio fuera o dentro. Porque no reconocemos a esta nueva
Venezuela. Venezuela se perdió, se perdió para siempre y ya nunca será la
misma.
Cuando pienso en volver en algún momento de desazón o tristeza, me
detiene la certeza de que esa Venezuela a la que quiero regresar es solo una
quimera, una añoranza, un deseo y no una realidad. Que vive solo en el recuerdo
de los venezolanos que la añoramos.
Venezuela se extravío y nunca más la recuperaremos porque se convirtió
en sólo un recuerdo. Añorado, querido pero como todo recuerdo solo es pasado.
1 de julio
Caracas…
Ayer Caracas vino a mí para recordarme su presencia. Vino de pronto a
través de dos amigos entrañables. El primero con mensajes de voz, esa voz conocida y querida, me
comunicaba su fecha de salida de una ciudad y un país cada vez más hostil e
inhumano y él segundo con un breve relato me recordó a mi Caracas querida y a
parajes adorados donde besos juveniles hicieron travesuras y donde amores
eternos paseaban, y aun pasean, tomados de la mano.
Caracas siempre oscilando en dos extremos, siempre exagerada, siempre
maravillosa y terrible, siempre entre capital del cielo y del infierno.
Caracas es la ciudad donde más
he vivido, donde transcurrieron mis mejores años, mis mejores
experiencias. Donde esta mi casa grande, mi hogar, donde habita esa sensación
de pertenencia, de ser parte de todo lo que te rodea.
Hoy Caracas vino a mí y trajo melancolía y añoranza. Melancolía por una vida
buena y pasada, irrecuperable y siempre recordada. Añoranza de lo vivido y lo que nunca más podré vivir.
Hoy esa Caracas que ame ya no existe, solo habita en mi recuerdo. Hoy
esa Caracas familiar es una desconocida. Hoy mi Caracas ha desaparecido y lo
que queda de ella son escombros y memorias.
Mi Caracas, la que ame, hoy está
enterrada en la mierda.
11 de julio
Realidad invasiva
La realidad siempre llega. Puede ser a través de una conversación, una
llamada, una persona pasando, un olor evocador o simplemente un recuerdo. Llega
y te invade y como una sombra oscura se posa sobre tu vida y en ese momento el
sol que brillaba se oscurece, el verde de los árboles se torna gris e incluso
las sonrisas se tornan en muecas.
La realidad de la que has tratado de escapar, la que has ignorado
durante algunos días, haciendo como si no la vieras, como si no te interesa,
llega de pronto y nuevamente te sumerge en la tristeza, en los recuerdos del
pasado, en el presente de quienes no están cerca de ti, en lo que perdiste y en
la irreversibilidad de lo perdido.
Te sientes extraño en tu presente y te sientes más extraño aun con tu
pasado. Te sientes flotando en un limbo, flotando en la vida que vives y no es
tuya y en la vida pasada que ya no existe más.
Y odias esta sensación de la que tratas de salir cada día, con
intentos fallidos, vanos, con intentos que ya sabes infructuosos porque, inevitablemente, una mañana cualquiera volverás a sentirla...
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