jueves, 14 de junio de 2018

Murió Ruperta, murió un poco de Veneuela

Eduardo Sanabria (Edo) caricaturista veneolano

Ruperta la elefante del parque Caricuao ha muerto. Ha muerto de desidia, de hambre. Ha muerto por la incompetencia de este gobierno de forajidos inescrupulosos que ha tomado por asalto a nuestra Venezuela. Mi post lo dedico hoy a este hermoso animal que acompaño la infancia de mi hija, que nos asombró con su mirada triste y su obsesión de cubrir su lomo de tierra seca.

La hermosa elefante Ruperta nunca entendió que hacía ahí. Como había llegado a ese lugar donde niños y adultos la contemplaban con admiración y alegría.
Con su inmenso cuerpo, su hermosa trompa y lágrimas en los ojos los contemplaba siempre con un signo de interrogación clavado en la pupila.
Se daba cuenta que  algunos ojos que la observaban podían sentir su tristeza, su añoranza, su desconcierto y con ellos establecía una relación especial.
Los esperaba cada fin de semana asomada al foso que la separaba del público, buscando en la inmensidad de ese hermoso y extenso parque zoológico, un indicio, el eco de una voz, una risa cristalina e infantil, que le avisará  la presencia y la inminente llegada de aquellos que la comprendían.
Cuando llegaban intercambiaban una mirada  de reconocimiento y ella con su trompa extendida les daba la bienvenida. Después con su trompa tomaba la fina y seca tierra del suelo y la echaba en su lomo durante largo rato y de pronto en un total gesto de travesura resoplaba hacia el público, llenando a todos los presentes de ese polvillo que a veces les hacía toser y otras producía escozor en los ojos, pero siempre producía un gozo en el corazón y una sonrisa en el rostro.
En algunos momentos y antes de iniciar su eterno juego, se quedaba mirando a alguien de los especiales, de los que la sentían y sus ojos se posaban, con su tristeza infinita de animal confundido, en los ojos del otro y en ese momento se iniciaba, una complicidad humedad que se sellaba con una  lágrima triste de comprensión. Cuando los veía alejarse levantaba su trompa en señal de despedida segura de que pronto vendrían a visitarla.
Ruperta siempre fue generosa regalaba buenos e inolvidables  momentos, que a veces quedaban impresos en fotos, pero que siempre permanecerán como recuerdo de la infancia lejana, en ese país más lejano aún.
Un día Ruperta se fue dando cuenta que cada vez eran menos los que la visitaban, que cada vez eran menos a los que reconocía, que cada vez eran menos los que acudían a la cita que ella pensó que siempre se daría.
Poco sabía Ruperta, en su encierro, de las condiciones del país, de su deterioro, de su miseria, de la fatalidad en la que se sumía. Poco sabía que ese país que adoptó forzada ahora se encontraba sumido en el peor momento de su historia. Nunca supo tampoco que muchos de sus visitantes, de sus seguidores se iban huyendo de un país que cada día se hacía más hostil e invivible. Nunca llegó a imaginar siquiera que nadie después de un tiempo volvería a visitarla y que sus últimos años estaría totalmente abandonada en esa tierra árida y seca.
Ruperta se fue dando cuenta de la miseria del país cuando la comida empezó a escasear y hasta el agua se convirtió en sólo deseo. Su enorme peso fue mermando, su piel fue pegándose a los huesos, su trompa apenas tenía fuerza para esparcir el polvo seco y árido de esa tierra convertida en erial.
Ruperta se fue menguando como el país, haciéndose cada vez más débil y triste. Cada vez más delgada, más hambrienta, más sedienta hasta que al final perdió la esperanza. Al final le quedaban sus ojos hundidos y sus lágrimas que resbalaban impenitentes por su rostro de animal cada vez más confundido y sus recuerdos acumulados en su gran memoria de elefanta de tiempos mejores, que no retornaron.
Su camino a la muerte fue tortuoso y doloroso, empezó a desear la muerte como salvacion, como liberación de la pesadilla diaria de sus últimos y largos años. El día que por fin llegó la muerte a buscarla la tomó con su trompa para que no la abandonará y se la llevara a cualquier  otro lugar.
La encontraron sobre la  tierra seca, acostada de lado, cubierta de polvo y con lágrimas húmedas sobre su rostro. Su trompa sobre ella simulaba un abrazo.
Tal vez murió recordando su vida pasada, confusa pero tranquila.
Nunca supo que al leer la noticia de su muerte cada rincón del mundo se estremeció con el llanto de un venezolano que la conocía y la amaba desde ese lejano lugar llamado infancia.
Nunca sabría que al llorarla, también llorábamos por el país perdido, por la felicidad extraviada y por nosotros mismos.
Murió  Ruperta hace apenas unos días y murió con ella un poco de mí, de mi pasado, un poco de cada venezolano. Murió Ruperta  y con ella esa ilusión de país que hemos querido preservar, ese país que ya nunca volverá.  

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