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| Grete Stern |
¡Un libro! eso era lo que era y efectivamente un libro era la equivalencia
perfecta para su vida. Un libro no por las
interesantes o fascinantes historias, sino porque siempre cerraba cada
capítulo.
A lo largo de su vida siempre termino todo lo que empezó. Nada quedó
inacabado, inconcluso, de todo salió sin dejar cabo sueltos, de todo se alejó
cuando tuvo que hacerlo, nada, ni nadie le impidió que su alejarse siempre,
siempre, estuviera precedido de una larga conversación.
Una conversación donde analizaba y reflexionaba sobre el tema, donde
después de premisas lógicas, llegaba a conclusiones lógicas. Y es que el haber
impartido Lógica como materia había marcado su forma de ser, de pensar y de
actuar. Coherencia e integración entre lo que era, lo que pensaba, lo que decía
y su actuación eran fundamentales para mantener su equilibrio.
Y todo fue así hasta que un día se encontró atrapada en una situación
totalmente ilógica, gobernada por extraños hilos, por extrañas circunstancias.
Una situación de la que trato de salir pero que nunca cerró.
Una situación inconclusa, inacabada, con cabos sueltos convertidos en sueltas
trenzas de zapatos que de vez en cuando la hacían trastabillar.
Decidida a mantener el equilibrio y a pasar la última página de este
capítulo. Decidida a que su alejarse definitivo
estuviera como siempre precedido de una larga conversación, levantó el teléfono
cuando repicó.
Todos le habían aconsejado que se fuera desprendiendo poco a poco,
ignorando mensajes, bloqueando en redes, desoyendo llamadas, pero su
incapacidad casi obsesiva por cerrar honestamente todo cuanto iniciaba la llevó
a responder esa última llamada.
Una llamada que impediría para siempre cerrar el capítulo, este
capítulo que quedaría por siempre inconcluso, inacabado.
Contestó con seguridad, su voz sonó firme y contundente, pero su mano
temblorosa se aferraba al móvil y un leve dolor en su estómago, oculto para él
que llamaba, le indicaron que empezaba a flaquear.
Del otro lado escucho la voz que tan bien conocía y que había sido
parte de ella en los últimos meses.
Enumeró sus razones para acabar con todo, pero la voz insistente las ignoraba,
insistía, insistía e insistía. Por un momento pensó en cortar la llamada, pero
sabía que en un rato o mañana volvería a sonar el móvil anunciando otra llamada.
En casi un duelo de argumentación la conversación prosiguió, un duelo
donde sentía sus fuerzas minándose, agotándose. Exhausta se entregó a la
fatalidad de tener que vivir atada para siempre a Movistar.
Nunca podría optar por otro proveedor, nunca podría desprenderse del plan
que contrató originalmente y que ahora le resultaba costoso e insatisfactorio.
Cuando firmó el plan y el contrato no sabía que estaba firmando un
pacto vitalicio casi, casi, como si hubiera vendido su vida y el uso de sus
datos móviles a uno de los nuevos demonios del siglo XXI. Pero cuando
llamó para suspenderlo empezó a intuirlo, en las eternas opciones sugeridas por
la voz metálica, en los interminables departamentos que la atendieron, en la
insistente llamada diaria del operador. Todos
indicadores inequívocos de lo difícil que sería escapar de ese infierno tecnológico
donde nadie parecía escuchar lo que decías.
Pensó en Orwell y el gran hermano. Pensó en el mundo feliz de Huxley,
llegó hasta pensar en la tercera ola de Toffler. La sociedad de la información
de Castells también ocupó su mente y en como no habían reflejado en ninguna de
sus obras el infierno de los tele operadores. Mientras, estas ideas surcaban por su
mente, el operador telefónico casi
diabólico, le hablaba de las ventajas de conservar la línea, de lo que
implicaba darse de alta, de las sanciones monetarias que tenía que cubrir y, para suavizar las amenazas, la lisonjeaba con aumento de minutos en Internet y llamadas
ilimitadas.
Terminó accediendo a todo, terminó vencida, derrotada. Nunca podría
cerrar este capítulo. Una trasnacional de teléfonos la había vencido. Una trasnacional
telefónica era responsable de que un intrascendente capítulo del libro de su
vida quedará inacabado, inconcluso. Lo que se inició con una mera llamada para
suspender un servicio se había convertido
en una cruzada de la compañía para retenerla.
Vencida colgó la llamada, derrotada suspendió el nuevo contrato con el
nuevo proveedor y siguió atrapada para siempre incapaz de proseguir la lucha. Una
lucha que le había robado horas a su vida, una lucha seleccionando infinitas
opciones, una lucha de llamadas diarias. Una lucha en la que se había dado de
alta.

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