miércoles, 13 de junio de 2018

Atrapada

Grete Stern 

¡Un libro! eso era lo que era y efectivamente un libro era la equivalencia perfecta para su vida. Un libro no por las  interesantes o fascinantes historias, sino porque siempre cerraba cada capítulo.
A lo largo de su vida siempre termino todo lo que empezó. Nada quedó inacabado, inconcluso, de todo salió sin dejar cabo sueltos, de todo se alejó cuando tuvo que hacerlo, nada, ni nadie le impidió que su alejarse siempre, siempre, estuviera precedido de una larga conversación.
Una conversación donde analizaba y reflexionaba sobre el tema, donde después de premisas lógicas, llegaba a conclusiones lógicas. Y es que el haber impartido Lógica como materia había marcado su forma de ser, de pensar y de actuar. Coherencia e integración entre lo que era, lo que pensaba, lo que decía y su actuación eran fundamentales para mantener su equilibrio.
Y todo fue así hasta que un día se encontró atrapada en una situación totalmente ilógica, gobernada por extraños hilos, por extrañas circunstancias. Una situación de la que trato de salir pero que nunca cerró.
Una situación inconclusa, inacabada, con cabos sueltos convertidos en sueltas trenzas de zapatos que de vez en cuando la hacían trastabillar.
Decidida a mantener el equilibrio y a pasar la última página de este capítulo. Decidida  a que su alejarse definitivo estuviera como siempre precedido de una larga conversación, levantó el teléfono cuando repicó.
Todos le habían aconsejado que se fuera desprendiendo poco a poco, ignorando mensajes, bloqueando en redes, desoyendo llamadas, pero su incapacidad casi obsesiva por cerrar honestamente todo cuanto iniciaba la llevó a responder esa última llamada.
Una llamada que impediría para siempre cerrar el capítulo, este capítulo que quedaría por siempre inconcluso, inacabado.
Contestó con seguridad, su voz sonó firme y contundente, pero su mano temblorosa se aferraba al móvil y un leve dolor en su estómago, oculto para él que llamaba, le indicaron que empezaba a flaquear.
Del otro lado escucho la voz que tan bien conocía y que había sido parte de ella en los últimos meses.
Enumeró sus razones para acabar con todo, pero la voz insistente las ignoraba, insistía, insistía e insistía. Por un momento pensó en cortar la llamada, pero sabía que en un rato o mañana volvería a sonar el móvil anunciando  otra llamada.
En casi un duelo de argumentación la conversación prosiguió, un duelo donde sentía sus fuerzas minándose, agotándose. Exhausta se entregó a la fatalidad de tener que vivir atada para siempre a Movistar.
Nunca podría optar por otro proveedor, nunca podría desprenderse del plan que contrató originalmente y que ahora le resultaba costoso e insatisfactorio.
Cuando firmó el plan y el contrato no sabía que estaba firmando un pacto vitalicio casi, casi, como si hubiera vendido su vida y el uso de sus datos móviles a uno de los nuevos demonios del siglo XXI. Pero   cuando llamó para suspenderlo empezó a intuirlo, en las eternas opciones sugeridas por la voz metálica, en los interminables departamentos que la atendieron, en la insistente llamada  diaria del operador. Todos indicadores inequívocos de lo difícil que sería escapar de ese infierno tecnológico donde nadie parecía escuchar lo que decías.
Pensó en Orwell y el gran hermano. Pensó en el mundo feliz de Huxley, llegó hasta pensar en la tercera ola de Toffler. La sociedad de la información de Castells también ocupó su mente y en como no habían reflejado en ninguna de sus obras el infierno de los tele operadores.  Mientras, estas ideas surcaban por su mente,  el operador telefónico casi diabólico, le hablaba de las ventajas de conservar la línea, de lo que implicaba darse de alta, de las sanciones monetarias que tenía que cubrir  y, para suavizar las amenazas, la lisonjeaba  con aumento de minutos en Internet y llamadas ilimitadas.
Terminó accediendo a todo, terminó vencida, derrotada. Nunca podría cerrar este capítulo. Una trasnacional de teléfonos la había vencido. Una trasnacional telefónica era responsable de que un intrascendente capítulo del libro de su vida quedará inacabado, inconcluso. Lo que se inició con una mera llamada para suspender un servicio se había  convertido en una cruzada de la compañía para retenerla.
Vencida colgó la llamada, derrotada suspendió el nuevo contrato con el nuevo proveedor y siguió atrapada para siempre incapaz de proseguir la lucha. Una lucha que le había robado horas a su vida, una lucha seleccionando infinitas opciones, una lucha de llamadas diarias. Una lucha en la que se había dado de alta.



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