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| soledad del fotógrafo checo Martin Stranka |
Me desperté sentada en una calabaza, fumando, una copa de vino en la mano y lágrimas en los ojos.
Mire alrededor y no había nadie, no había nada.
Me vi desde lejos sentada en un vacío oscuro, sentada en esa inmensa
calabaza, con el cuerpo abatido, con las piernas colgadas, con la copa en la
mano, con el humo del cigarro y la cara brillante por las lágrimas.
El vacío oscuro se fue
tornando naranja como el
crepúsculo, mientras sentada en la calabaza ascendía lentamente para quedar
suspendida en el medio de la nada.
Era casi un cuadro de Dalí, un hermoso cuadro de desconstrucción surrealista.
Viendo desde lejos la imagen de mi misma un nombre vino a mi mente
"levitación de sueños rotos".
Hermosa y triste imagen, contenida en una cenicienta del siglo XXI.
Una cenicienta destrozada sentada sobre la realidad y consciente de que los
cuentos con final feliz no existen, que sólo han sido invenciones del hombre
para hacer más llevadera la vida. Una vida triste y gris. Una vida donde,
temprano o tarde, de cualquier experiencia o cualquier realidad o cualquier
circunstancia terminas inevitablemente con la carroza convertida en calabaza.
La vida como una sucesión de fracasos, de sueños rotos, de
expectativas truncadas. La vida como una sucesión de logros, de sueños dulces,
de expectativas realizadas. La vida siempre oscilante entre uno de estos extremos. Siempre pendulando, siempre con la
certeza de que lo único que realmente existe es una calabaza y que todo lo
demás solo es un cuento con principio y fin. La certidumbre de que todo lo
iniciado a lo único que te conduce es a su propio final.
Me desperté sentada en una calabaza, fumando, una copa de vino en la
mano y lágrimas en los ojos. Me desperté a la realidad, llorando por la muerte
de la vida de cuentos, de ilusiones, llorando por la vida real, llorando por mí,
suspendida y etérea, desdibujada y ajada. Llorando por esa Cenicienta,
consciente de la realidad. que despertaba de ese cuento creado para hacer más
llevadera su vida, llorando por esa Cenicienta suspendida que levitaba entre la realidad y el
vacío.

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