| Giordano Bruno Campo di Fiore Roma |
Paseaba de la mano de su mamá por la Piazza di Fiore, le encantaba el
colorido de los puestos de verduras, frutas, flores y el bullicio de la gente. A
pesar de su corta edad le encantaba observar y disfrutaba enormemente de la
diversidad que se presentaba ante él, desbordante, generosa, exagerada. La diversidad de gentes, voces, cosas
exaltaban su curiosa mente infantil. Sus hermosos ojos azules recorrían la variedad con un afán de absorberlo
todo, de hacerlo parte de él. Pero había algo que lo atemorizaba, que hacía que
su pequeña mano se aferrara con fuerza a la de su madre, que hacía que su corazón
latiera más rápido, y a lo que nunca se acostumbró a la estatua imponente de
Giordano Bruno que lo contemplaba desde
lo alto del pedestal. Sentía la mirada sobre su pequeño cuerpo, sus pasos se hacían
más rápidos y se contenía para no salir corriendo. Era como si intuyera que en esa plaza hoy
alegre y colorida habían sucedido cosas terribles, crímenes atroces y que ese
monje inmenso, que ocultaba su rostro en esa capucha de piedra había sido
protagonista de los acontecimientos.
Nunca imagino que una noche cualquiera, en la seguridad de su cuarto,
se le aparecería y que marcaría su vida para siempre.
Su pequeño cuerpo infantil dormía plácidamente en la oscuridad
calurosa del verano en su Roma natal. Por la ventana abierta entraba una brisa
fresca que hacía más tranquilo su sueño.
De pronto sintió una extraña presencia en el cuarto. Sentía tanto
miedo que no se atrevía a abrir los ojos. Con sus pequeñas manos buscó la
sábana para cubrirse el rostro. Bajo ella abrió los ojos y vislumbró la sombra
próxima y gigantesca parada al lado de su cama. Su cuerpo empezó a temblar, su
corazón a latir y un sudor frío recorrió su piel. Quería llamar a su mamá pero
de su boca no salía ninguna palabra.
El tiempo se detuvo, suspendido en el miedo, en el terror de esa
presencia a su lado, de ese ser que presentía, que sentía parado al lado de su
cama. Pasaron segundos, que se convirtieron en interminables, mientras su
pequeño y tembloroso cuerpo, empapado en sudor se abraza a sí mismo para
confortarse y sus ojos tan apretados
empezaron a dolerle.
Agotado del miedo decidió enfrentarse a todo y en un acto de temeridad
sacó la sábana de su rostro y abrió los ojos para encontrarse con dos pupilas
brillantes que lo penetraban y que no podía dejar de mirar. Un grito
desgarrador salió de su garganta, un grito tan escalofriante que despertó a la
madre y a los vecinos.
Su madre entró corriendo y lo abrazó, pero él no podía dejar de mirar
la presencia que seguía ahí, oculta a los ojos de los demás.
Sus ojos llenos de lágrimas no podían dejar de mirar las pupilas
ardientes que lo penetraban, a pesar de los brazos que lo cobijaban y las
palabras de consuelo.
La figura del monje encapuchado con ojos de fuego seguía mirándolo
fijamente. El abrazado a su mamá, con el rostro cubierto de lágrimas, su cuerpo
temblando y el sonido de los latidos de su corazón, no podía dejar de mirar,
hipnotizado por los dos círculos que refulgían
dentro de la capucha, al monje alto y delgado que lo observaba.
De pronto el monje levitando lentamente y sin dejar de mirarlo se fue
alejando hasta salir por la ventana. Por un momento se detuvo a contemplarlo y
después rápidamente se alejó y en la oscura noche solo los ojos suspendidos
como estrellas permanecieron hasta hacerse tan pequeños que más que verlos, los
intuía.
Su mamá siempre pensó que todo había sido producto de una pesadilla y
se lo repitió tantas veces que él también llegó a creerlo.
Creció y la vida le sonrió. El amor y el dinero se le presentaron
siempre generosos. Un día en un lugar cualquiera, en un país cualquiera,
alguien cualquiera le comentó sobre la leyenda del monje que se aparecía a
algunos niños para garantizarles una vida exitosa, feliz.
Se acordó de su pesadilla infantil, del miedo que sintió y de la
mirada de fuego que nunca olvidó y pensó, que tal vez, sólo tal vez, su buena
vida era el resultado de esta extraña visión.
Particularmente creo que los dones que le fueron otorgados por el monje, fueron los dones del indomable Giordano Bruno, fueron la intuición, el espíritu indómito, la capacidad para cuestionar todo y no
aferrarse a nada. Le obsequió, lo mas preciado en cualquier vida, una forma
de ser y pensar que le permitiría a su espíritu crecer y a su mente expandirse más
allá de cualquier muro convencional.
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