lunes, 25 de junio de 2018

entre miedos y dones


Giordano Bruno Campo di Fiore Roma
Paseaba de la mano de su mamá por la Piazza di Fiore, le encantaba el colorido de los puestos de verduras, frutas, flores y el bullicio de la gente. A pesar de su corta edad le encantaba observar y disfrutaba enormemente de la diversidad que se presentaba ante él, desbordante, generosa, exagerada. La diversidad de gentes, voces, cosas exaltaban su curiosa mente infantil. Sus hermosos ojos azules recorrían la variedad con un afán de absorberlo todo, de hacerlo parte de él. Pero había algo que lo atemorizaba, que hacía que su pequeña mano se aferrara con fuerza a la de su madre, que hacía que su corazón latiera más rápido, y a lo que nunca se acostumbró a la estatua imponente de Giordano Bruno que lo contemplaba  desde lo alto del pedestal. Sentía la mirada sobre su pequeño cuerpo, sus pasos se hacían más rápidos y se contenía para no salir corriendo.  Era como si intuyera que en esa plaza hoy alegre y colorida habían sucedido cosas terribles, crímenes atroces y que ese monje inmenso, que ocultaba su rostro en esa capucha de piedra había sido protagonista de los acontecimientos.  
Nunca imagino que una noche cualquiera, en la seguridad de su cuarto, se le aparecería y que marcaría su vida para siempre.
Su pequeño cuerpo infantil dormía plácidamente en la oscuridad calurosa del verano en su Roma natal. Por la ventana abierta entraba una brisa fresca que hacía más tranquilo su sueño.
De pronto sintió una extraña presencia en el cuarto. Sentía tanto miedo que no se atrevía a abrir los ojos. Con sus pequeñas manos buscó la sábana para cubrirse el rostro. Bajo ella abrió los ojos y vislumbró la sombra próxima y gigantesca parada al lado de su cama. Su cuerpo empezó a temblar, su corazón a latir y un sudor frío recorrió su piel. Quería llamar a su mamá pero de su boca no salía ninguna palabra.
El tiempo se detuvo, suspendido en el miedo, en el terror de esa presencia a su lado, de ese ser que presentía, que sentía parado al lado de su cama. Pasaron segundos, que se convirtieron en interminables, mientras su pequeño y tembloroso cuerpo, empapado en sudor se abraza a sí mismo para confortarse y sus ojos  tan apretados empezaron a dolerle.
Agotado del miedo decidió enfrentarse a todo y en un acto de temeridad sacó la sábana de su rostro y abrió los ojos para encontrarse con dos pupilas brillantes que lo penetraban y que no podía dejar de mirar. Un grito desgarrador salió de su garganta, un grito tan escalofriante que despertó a la madre y a los vecinos.
Su madre entró corriendo y lo abrazó, pero él no podía dejar de mirar la presencia que seguía ahí, oculta a los ojos de los demás.
Sus ojos llenos de lágrimas no podían dejar de mirar las pupilas ardientes que lo penetraban, a pesar de los brazos que lo cobijaban y las palabras de consuelo.
La figura del monje encapuchado con ojos de fuego seguía mirándolo fijamente. El abrazado a su mamá, con el rostro cubierto de lágrimas, su cuerpo temblando y el sonido de los latidos de su corazón, no podía dejar de mirar, hipnotizado por  los dos círculos que refulgían dentro de la capucha, al monje alto y delgado que lo observaba.
De pronto el monje levitando lentamente y sin dejar de mirarlo se fue alejando hasta salir por la ventana. Por un momento se detuvo a contemplarlo y después rápidamente se alejó y en la oscura noche solo los ojos suspendidos como estrellas permanecieron hasta hacerse tan pequeños que más que verlos, los intuía.
Su mamá siempre pensó que todo había sido producto de una pesadilla y se lo repitió tantas veces que él también llegó a creerlo.
Creció y la vida le sonrió. El amor y el dinero se le presentaron siempre generosos. Un día en un lugar cualquiera, en un país cualquiera, alguien cualquiera le comentó sobre la leyenda del monje que se aparecía a algunos niños para garantizarles una vida exitosa, feliz.
Se acordó de su pesadilla infantil, del miedo que sintió y de la mirada de fuego que nunca olvidó y pensó, que tal vez, sólo tal vez, su buena vida era el resultado de esta extraña visión.
Particularmente creo que los dones que le fueron otorgados por el monje, fueron los dones del indomable Giordano Bruno, fueron la intuición, el espíritu indómito, la capacidad para cuestionar todo y no aferrarse a nada.  Le obsequió, lo mas preciado en cualquier vida,  una forma de ser y pensar que le permitiría a su espíritu crecer y a su mente expandirse más allá de cualquier muro convencional.






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