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| Munch Chica en la ventana |
Se despertó con el canto de los pájaros, por su ventana la luz del día
apenas se asomaba, los ruidos de la casa empezaron a sonar, con ese sonido
inconfundible de pasos conocidos y el olor a café llegó hasta su cuarto.
Recordó otras mañanas y otros espacios. Recordó otros momentos y otras
vidas.
Las vidas vividas habían sido tan diferentes y ahora tan distantes que
sentía que pertenecía a otra persona.
Lo único constante siempre fue el canto de los pájaros que la despertaban
cada mañana, el olor a café y los pasos conocidos.
Los pasos de las personas que la habían acompañado a lo largo de su
existencia siempre le brindaron ese confort matutino al despertar. Esa
seguridad de que todo estaba y estaría bien.
Y es que siempre había vivido con los sentidos despiertos y sus
recuerdos de otras vidas, sus evocaciones de otros tiempos siempre se asomaban,
para después invadirla totalmente, a través de alguna sensación.
Escuchar el sonido de los pájaros evocaba tantas mañanas diferentes.
Sus mañanas infantiles cuando se vestía lentamente para ir al colegio, con esa
pesadez del sueño interrumpido y ese desgano de querer seguir durmiendo. Sus
mañanas universitarias cuando se despertaba con ese sueño siempre pendiente y
acumulado. Producto de ese no dormir por fiestas, salidas o estudios, también
pendientes, que tratabas de apresurar pasando páginas de libros, como si su
sola imagen introdujera el contenido de forma mágica. Sus mañanas de despertar
en brazos del amado, con ese calor y suavidad que solo te brinda una piel
conocida. Sus mañanas de mamá cuando al canto de los pájaros se unía el balbuceo
de ese pequeño ser que desde la otra
habitación anunciaba que se había despertado, que requería de su presencia
inmediata y que al acudir invariablemente era recibida con una sonrisa. Su
mañana de despedida cuando contempló a la niña, ya mujer, dormida que se iba a
otro país y que sabía que al contemplarla, estaba contemplando una imagen
irrepetible y el fin de una de sus mejores vidas. Sus mañanas triste de
perdidas irrecuperables, de vidas para siempre extintas, de finales sin happy
end, sin ese vivieron para siempre felices, que la hacía desear que la vida
fuera un relato y que esa frase tantas veces leída en los años infantiles,
quedara para siempre suspendida y eterna dentro de la contraportada de un libro
de cuentos. Sus extrañas mañanas de este hoy también extraño, tan diferente,
tan ruptura, tan alejado de sus otras vidas, que a veces lo sentía como un
sueño y a veces como pesadilla y que al escuchar el canto de estos pájaros
extranjeros se despertaba a esta nueva realidad...
Una vida evocada al escuchar esta mañana el sonido de los pájaros
entrando por su ventana, pero es que siempre había vivido con los sentidos
despiertos y los sentidos no solo traían sensaciones sino también evocaciones
de vidas pasadas.
El canto de los pájaros se fue apagando hasta que desapareció, por su
ventana la luz del día se hizo brillante y un rayo de sol iluminó su cara, su
cuarto se inundó de los ruidos de la casa y el sonido inconfundible de pasos
conocidos, el sin olor del café le anuncio que era hora de levantarse.
Sus sentidos hoy, a través del canto de los pájaros, la habían llevado
a un viaje por su pasado, a un viaje por sus diversas vidas, a un viaje
emocionalmente rico y vital.
Pensó: “mañana los pájaros me
traerán los pasos, los pasos de todos los que han marcado huella, los pasos y
los ecos que han dejado en mí”.
Se levantó y salió a prepararse un café, ese “guayoyito”, que había saboreado desde
siempre y que hoy era su única constante en esta otra vida.

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