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| Mediodía Edward Hopper |
Sin apenas conocerse decidieron
convivir. No fue una decisión pensada, ni producto de una larga relación, fue
más consecuencia de las circunstancias
personales por las que cada uno atravesaba. Él un gran terror a estar solo,
ella iniciando una nueva vida en otro país. Ambos vulnerables cedieron a la
atracción que desde el inicio surgió, se entregaron sin pensar a
la pasión, a la afinidad en sus gustos, a los ideales y principios que
compartían.
Después de un muy breve periodo
de apenas semanas decidieron cohabitar. Así él logro la ansiada compañía y ella la seguridad que necesitaba.
Se trasladaron a la casa de él,
una casa especial, pequeña, acogedora ubicada en un paraje de ensueño en la
Toscana. Cada amanecer y cada anochecer disfrutaban del paisaje sentados a la
mesa y deleitándose en la contemplación
de los cambios de luz y sombras que convertían en un lienzo versátil el entorno
que los rodeaba. Entorno idílico que concentraba la atención de la recién
llegada.
Pasados los primeros días, ella
se dio cuenta que en la casa todo representaba a otras mujeres. Las mujeres del
pasado habitaban la casa, en forma de esculturas voluptuosas, pinturas
coloridas, ropa olvidada. La habitaban con una presencia intangible pero que se
percibía, se respiraba.
Lo primero que empezó a sentir
fue la sensación de estar acompañada. Una escultura la miraba, las pinturas
murmuraban a su paso. Las voces femeninas se adueñaban por momentos del
silencio, voces apenas perceptibles, pero que la fueron despojando poco a poco
de su tranquilidad y su paz.
Cada día la quietud y la
tranquilidad inicial se trastocaban en un poco más de angustia. Por un momento
pensó que la locura la estaba invadiendo y fue incapaz de compartirlo. Si en
alguna conversación surgía el nombre de una
de las mujeres del pasado sentía un frio helado recorrer su espalda y un
temblor suave transitar su cuerpo. Cada sonido del bosque la sobresaltaba,
hasta la suave brisa que arrullaba los olivos la crispaba. La vida se fue tornando
en una pesadilla de la cual no despertaba.
Ella desmejoraba su aspecto y su
ánimo. Las voces en su cabeza se hacían cada vez más nítidas, a veces creía
escuchar un “… vete de aquí” susurrante al pasar por un cuadro o al mirar
fijamente una escultura. Pero estaba convencida que todo era producto de su
imaginación, que nada ocurría, que pronto se restablecería y volvería a ser la
misma de siempre, alegre, impetuosa, apasionada. Además los cuidados de él,
siempre solicito y preocupado, la ayudarían a superar esta crisis pasajera que
solo era un reflejo de los cambios abruptos que había vivido en los últimos
años.
Un día de lluvia suave y
persistente reposaba, postrada por el
miedo y la melancolía, recostada en el sofá y contemplando la belleza del
paisaje desde la ventana, se dio cuenta que las voces se confundían con el
repiquetear del agua en el techo y que apenas se oían. En su rostro se esbozó
una leve sonrisa. Él observó ese efímero
destello de luz, de alegría en sus ojos
se acercó a ella con un impermeable en la mano y la invito a dar un
paseo por la campiña, diciéndole que el aire y el agua en el rostro podrían
animarla un poco.
Se dejó colocar el impermeable
abandonado por alguna mujer del pasado y tomados de la mano se dirigieron a la
puerta. Antes de que la puerta se cerrará del todo tras ellos, escucho,
nítidamente, por primera vez la frase completa que susurraban las mujeres del
pasado “huye, vete de aquí”. “Huye, vete de aquí” repetían mientras ella se
soltaba de la mano y empezaba a correr. Las mujeres, pensó, no querían
expulsarla de la casa querían advertirla para que se fuera de ahí. El empezó a
correr detrás de ella, su pisada era más larga y más rápida, pronto la
alcanzaría. Resbalo cuando él estaba a punto de alcanzarla y esto le dio algún minuto extra.
Escondida en un arbusto de
encina, empapada y llena de barro. Oía cada vez más cerca la voz de él que la llamaba, de repente sintió
sus pasos muy próximos, se tapó la boca pero el grito de terror salió como un
aullido de su garganta.
Ahora en la casita hay una nueva
estatua, está en el camino de entrada, contempla día y noche el paisaje y ve
impasible como el sol traza sombras y luz
en cada alba y atardecer. Solo espera que aparezca otra mujer para
unirse al grito susurrante de las otras. Esta vez espera tener suerte y que la
mujer no llegue a atravesar el umbral.

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