viernes, 17 de noviembre de 2017

La casa habitada

Mediodía Edward Hopper 

Sin apenas conocerse decidieron convivir. No fue una decisión pensada, ni producto de una larga relación, fue más  consecuencia de las circunstancias personales por las que cada uno atravesaba. Él un gran terror a estar solo, ella iniciando una nueva vida en otro país. Ambos vulnerables cedieron a la atracción que desde el inicio surgió, se entregaron sin pensar a la pasión, a la afinidad en sus gustos, a los ideales y principios que compartían.
Después de un muy breve periodo de apenas semanas decidieron cohabitar. Así él logro la ansiada  compañía y ella la seguridad que necesitaba.
Se trasladaron a la casa de él, una casa especial, pequeña, acogedora ubicada en un paraje de ensueño en la Toscana. Cada amanecer y cada anochecer disfrutaban del paisaje sentados a la mesa y  deleitándose en la contemplación de los cambios de luz y sombras que convertían en un lienzo versátil el entorno que los rodeaba. Entorno idílico que concentraba la atención de la recién llegada.
Pasados los primeros días, ella se dio cuenta que en la casa todo representaba a otras mujeres. Las mujeres del pasado habitaban la casa, en forma de esculturas voluptuosas, pinturas coloridas, ropa olvidada. La habitaban con una presencia intangible pero que se percibía, se respiraba.
Lo primero que empezó a sentir fue la sensación de estar acompañada. Una escultura la miraba, las pinturas murmuraban a su paso. Las voces femeninas se adueñaban por momentos del silencio, voces apenas perceptibles, pero que la fueron despojando poco a poco de su tranquilidad y su paz. 
Cada día la quietud y la tranquilidad inicial se trastocaban en un poco más de angustia. Por un momento pensó que la locura la estaba invadiendo y fue incapaz de compartirlo. Si en alguna conversación surgía el nombre de una  de las mujeres del pasado sentía un frio helado recorrer su espalda y un temblor suave transitar su cuerpo. Cada sonido del bosque la sobresaltaba, hasta la suave brisa que arrullaba los olivos la crispaba. La vida se fue tornando en una pesadilla de la cual no despertaba.
Ella desmejoraba su aspecto y su ánimo. Las voces en su cabeza se hacían cada vez más nítidas, a veces creía escuchar un “… vete de aquí” susurrante al pasar por un cuadro o al mirar fijamente una escultura. Pero estaba convencida que todo era producto de su imaginación, que nada ocurría, que pronto se restablecería y volvería a ser la misma de siempre, alegre, impetuosa, apasionada. Además los cuidados de él, siempre solicito y preocupado, la ayudarían a superar esta crisis pasajera que solo era un reflejo de los cambios abruptos que había vivido en los últimos años.
Un día de lluvia suave y persistente  reposaba, postrada por el miedo y la melancolía, recostada en el sofá y contemplando la belleza del paisaje desde la ventana, se dio cuenta que las voces se confundían con el repiquetear del agua en el techo y que apenas se oían. En su rostro se esbozó una leve sonrisa.  Él observó ese efímero destello de luz, de alegría en sus ojos  se acercó a ella con un impermeable en la mano y la invito a dar un paseo por la campiña, diciéndole que el aire y el agua en el rostro podrían animarla un poco.
Se dejó colocar el impermeable abandonado por alguna mujer del pasado y tomados de la mano se dirigieron a la puerta. Antes de que la puerta se cerrará del todo tras ellos, escucho, nítidamente, por primera vez la frase completa que susurraban las mujeres del pasado “huye, vete de aquí”. “Huye, vete de aquí” repetían mientras ella se soltaba de la mano y empezaba a correr. Las mujeres, pensó, no querían expulsarla de la casa querían advertirla para que se fuera de ahí. El empezó a correr detrás de ella, su pisada era más larga y más rápida, pronto la alcanzaría. Resbalo cuando él estaba a punto de alcanzarla  y esto le dio algún minuto extra.
Escondida en un arbusto de encina, empapada y llena de barro. Oía cada vez más cerca  la voz de él que la llamaba, de repente sintió sus pasos muy próximos, se tapó la boca pero el grito de terror salió como un aullido de su garganta.
Ahora en la casita hay una nueva estatua, está en el camino de entrada, contempla día y noche el paisaje y ve impasible como el sol traza sombras y luz  en cada alba y atardecer. Solo espera que aparezca otra mujer para unirse al grito susurrante de las otras. Esta vez espera tener suerte y que la mujer no llegue a atravesar el umbral.



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