lunes, 20 de noviembre de 2017

¿sueño japoneses?



kano eitoku panel con cipreses 1543-1590
Me despierto con el ruido del viento. Abro los ojos y veo las ramas de los cipreses moviéndose enloquecidas, como si la sola posibilidad de estar quietas las perturbara. Golpean la ventana se alejan, se acercan y se van como olas de hojas en este mar de viento frio. 
En los apenas tres meses que he vivido aquí, he pasado del calor del verano, al frio del invierno. De la suave brisa que acaricia la piel, al viento que penetra hasta tus huesos y te deja helada todo el día. Historias fantásticas me han sido contadas, caminando por estas calles de hermosos edificios, de auténtica joyas arquitectónicas,  que siempre contemplas conjuntamente con grupos inmensos de japoneses que en filas organizadas y desde muy temprano en la mañana deambulan por la ciudad siguiendo un guía nervioso y rápido.
Después de que esta imagen de japoneses que están en todos los rincones de la ciudad se ha borrado de mi mente, vuelvo a observar los cipreses, desde la cálida y cómoda posición de mi cabeza en la almohada. Trato de pensar en lo que quiero hacer hoy, quiero pensar en las posibilidades que me ofrece esta hermosa ciudad y este hermoso día.
Súbitamente empiezo a oír entre el ruido del viento un discurso en un idioma que no conozco y de repente empiezan a subir por los cipreses y a asomarse a la ventana los primeros japoneses que nos contemplan, nos miran con atención, observan cada detalle, fijando la mirada y asintiendo, todos al mismo tiempo, a las palabras e indicaciones del guía. Todos nos observan con esa curiosidad asombrada de cuando se ve algo por primera vez. Alguno levanta el móvil y un destello de flash ciega mis ojos por segundos. No entiendo qué está pasando, qué hacen aquí
Empiezo a moverme en la cama, quiero protestar por esta intromisión en mi más íntima vida privada pero lo único que consigo es abrir los ojos y darme cuenta que por un momento me había quedado a dormida. Al abrir los ojos  veo las ramas de los cipreses moviéndose, golpean la ventana se alejan, se acercan, se van, casi con un ritmo musical.
Me levanto, preparo y tomo café.  Me colocó capas, capas y capas de ropa y voy adquiriendo ese  aspecto de cebolla que todos me han recomendado para sobrevivir al primer invierno, llamo a la perrita  e iniciamos nuestro paseo habitual, al pasar debajo de los cipreses, que dan a la ventana del cuarto, observo pisadas y ramas en el piso. El viento fue muy fuerte anoche y al momento de pensarlo descubro entre las ramas un carnet escrito en japonés, miro la foto y reconozco a la joven mujer que sonríe. Es la misma que apenas  minutos  atrás se asomaba a la ventana y nos observaba fijamente.  Agudizo el oído y creo escuchar el motor de un autobús que arranca.


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