| kano eitoku panel con cipreses 1543-1590 |
Me despierto con el ruido del
viento. Abro los ojos y veo las ramas de los cipreses moviéndose enloquecidas,
como si la sola posibilidad de estar quietas las perturbara. Golpean la ventana
se alejan, se acercan y se van como olas de hojas en este mar de viento
frio.
En los apenas tres meses que he
vivido aquí, he pasado del calor del verano, al frio del invierno. De la suave
brisa que acaricia la piel, al viento que penetra hasta tus huesos y te deja
helada todo el día. Historias fantásticas me han sido contadas, caminando por
estas calles de hermosos edificios, de auténtica joyas arquitectónicas, que siempre contemplas conjuntamente con
grupos inmensos de japoneses que en filas organizadas y desde muy temprano en
la mañana deambulan por la ciudad siguiendo un guía nervioso y rápido.
Después de que esta imagen de
japoneses que están en todos los rincones de la ciudad se ha borrado de mi
mente, vuelvo a observar los cipreses, desde la cálida y cómoda posición de mi
cabeza en la almohada. Trato de pensar en lo que quiero hacer hoy, quiero
pensar en las posibilidades que me ofrece esta hermosa ciudad y este hermoso
día.
Súbitamente empiezo a oír entre
el ruido del viento un discurso en un idioma que no conozco y de repente
empiezan a subir por los cipreses y a asomarse a la ventana los primeros
japoneses que nos contemplan, nos miran con atención, observan cada detalle,
fijando la mirada y asintiendo, todos al mismo tiempo, a las palabras e
indicaciones del guía. Todos nos observan con esa curiosidad asombrada de
cuando se ve algo por primera vez. Alguno levanta el móvil y un destello de
flash ciega mis ojos por segundos. No entiendo qué está pasando, qué hacen aquí
Empiezo a moverme en la cama,
quiero protestar por esta intromisión en mi más íntima vida privada pero lo
único que consigo es abrir los ojos y darme cuenta que por un momento me había
quedado a dormida. Al abrir los ojos veo
las ramas de los cipreses moviéndose, golpean la ventana se alejan, se acercan,
se van, casi con un ritmo musical.
Me levanto, preparo y tomo
café. Me colocó capas, capas y capas de
ropa y voy adquiriendo ese aspecto de
cebolla que todos me han recomendado para sobrevivir al primer invierno, llamo
a la perrita e iniciamos nuestro paseo
habitual, al pasar debajo de los cipreses, que dan a la ventana del cuarto,
observo pisadas y ramas en el piso. El viento fue muy fuerte anoche y al
momento de pensarlo descubro entre las ramas un carnet escrito en japonés, miro
la foto y reconozco a la joven mujer que sonríe. Es la misma que apenas minutos atrás se asomaba a la ventana y nos observaba fijamente. Agudizo el oído y creo escuchar el motor de un
autobús que arranca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario