martes, 10 de octubre de 2017

Un hombre en el Sombrero

Renee Magritte

Sus pasos resonaban pesadumbrosos sobre los adoquines. Por momentos parecían detenerse, y después de un momento de silencio, de pausa, arrancaban presurosos pero a destiempo.
Contemplaba sentada en un banco de la plaza a este hombre que se acerca en mi dirección. Habían pasado muchos mientras esperaba que abrieran la oficina de ayuda al emigrado, pero algo en este señor llamo mi atención. Pensé ¿qué me llamaba la atención? E inmediatamente me di cuenta  que era su determinación al caminar combinada con el abatimiento que se percibía en sus hombros y se reflejaba en su mirada.
Al abrir las oficinas se unió al grupo que entro precipitadamente a hacer cola ante la ventanilla de información y entrega de documentos. Ni él, ni yo nos precipitamos caminamos despacio, casi hombro con hombro. Al llegar a la cola en un gesto de caballerosidad y con una triste sonrisa me indico que me pusiera delante de él.
Le sonreí. Ya en la taquilla de información empecé a  conversar con la empleada, al oírme hablar, el señor se colocó a mi lado y a su sonrisa, por primera vez,  asomo un poco de alegría, mientras la mujer buscaba lo solicitado, me preguntó con voz y  mirada de ternura ¿eres venezolana? Respondí con un si rotundo y la pregunta de rigor ¿y usted? e iniciamos una breve conversación.
El señor había nacido en Canarias, pero se había trasladado a Venezuela desde muy joven, tenía un año que había regresado, un disparo por atraco, que casi le costó la vida y lo dejo con cierta dificultad para hablar bien, lo hizo retornar. Con una voz muy triste y profunda me dijo que estaba haciendo el papeleo para regresar a Venezuela. "Tú vienes y yo me voy", fueron sus palabras. Lo mire perpleja, mi mirada se detuvo en la suave  cicatriz al lado izquierdo de su cara, con esa espontaneidad típica que nos caracteriza le dije asombrada: "me acaba de contar casi una historia de terror y ¿va a regresar?". En ese momento la empleada de la taquilla me entregó lo que pedía y me indicó que sacará unas copias que tenía que entregar.
Me aleje con una sonrisa al señor y con una sensación de conversación pendiente, camine buscando un lugar donde sacar las copias. Mientras hacia la cola en la puerta de la fotocopiadora, llego el señor. Me acerque con una sonrisa de reconocimiento y le dije tenemos que hablar. Empecé a hacer preguntas: ¿por qué va a regresar si casi lo matan? ¿Qué lo hacía tomar esa decisión descabellada?¿sabía que las condiciones en Venezuela eran cada vez peor?.  El señor me miraba, siempre con su sonrisa triste y después de unos segundos empezó a preguntarme de dónde eres, qué haces, qué me había traído a Canarias… yo respondía rápidamente, quería escuchar sus respuestas. Después de respondidas sus preguntas él me preguntó: ¿sabes de dónde soy? Y con un gesto tierno colocó su mano en mi cabeza, lo mire extrañada pero inmediatamente le respondí de ¿El Sombrero? –Si, me dijo, y eres la única persona que he encontrado durante este año que sabe que El Sombrero es un lugar y no un accesorio que se pone en la cabeza.
Inmediatamente empezó a hablar de soledad, de sentirse totalmente solo a pesar de la gente que lo rodeaba. Me habló de pertenencia, de no sentir que pertenecía a ningún lugar de los que habitaba. Me habló de que lo único que tenía en este momento era la calle y el cielo por donde caminaba. Me habló de que todo lo que le importaba estaba en Venezuela, su familia, su casa, su empresa, sus amigos y sus experiencias para compartir y que este lugar donde nació no le decía nada, no lo reconocía  y que se sentía como un apátrida, como un execrado. Me dijo, con los ojos llenos de lágrimas que este año había sido el más triste de su vida y que él sabía que Venezuela se había convertido en un país hostil, pero que si  lo  mataban o moría, quería hacerlo en su único país. Lo abrace fuertemente y con lágrimas en los ojos me despedí, deseándole mis mejores deseos.
Camine otra vez a la taquilla a entregar los papeles. Al salir mire a mi alrededor buscando al señor pero no lo vi, no lo he vuelto a ver.
Cada día pienso en él, no sé cómo se llama y nunca lo sabré. Lo imagino en El Sombrero recuperando su vida extraviada durante un año y esperando una bala perdida o la muerte pero con la certeza de que su sonrisa es alegre, que la pesadumbre abandono sus hombros y que camina por las calles y por el cielo que le pertenecen.



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