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| Renee Magritte |
Sus pasos resonaban pesadumbrosos
sobre los adoquines. Por momentos parecían detenerse, y después de un momento
de silencio, de pausa, arrancaban presurosos pero a destiempo.
Contemplaba sentada en un banco
de la plaza a este hombre que se acerca en mi dirección. Habían pasado muchos
mientras esperaba que abrieran la oficina de ayuda al emigrado, pero algo en
este señor llamo mi atención. Pensé ¿qué me llamaba la atención? E inmediatamente
me di cuenta que era su determinación al
caminar combinada con el abatimiento que se percibía en sus hombros y se
reflejaba en su mirada.
Al abrir las oficinas se unió al
grupo que entro precipitadamente a hacer cola ante la ventanilla de información
y entrega de documentos. Ni él, ni yo nos precipitamos caminamos despacio, casi
hombro con hombro. Al llegar a la cola en un gesto de caballerosidad y con una
triste sonrisa me indico que me pusiera delante de él.
Le sonreí. Ya en la taquilla de información
empecé a conversar con la empleada, al oírme
hablar, el señor se colocó a mi lado y a su sonrisa, por primera vez, asomo un poco de alegría, mientras la mujer
buscaba lo solicitado, me preguntó con voz y mirada de ternura ¿eres venezolana? Respondí
con un si rotundo y la pregunta de rigor ¿y usted? e iniciamos una breve
conversación.
El señor había nacido en
Canarias, pero se había trasladado a Venezuela desde muy joven, tenía un año
que había regresado, un disparo por atraco, que casi le costó la vida y lo dejo
con cierta dificultad para hablar bien, lo hizo retornar. Con una voz muy triste
y profunda me dijo que estaba haciendo el papeleo para regresar a Venezuela. "Tú
vienes y yo me voy", fueron sus palabras. Lo mire perpleja, mi mirada se detuvo
en la suave cicatriz al lado izquierdo
de su cara, con esa espontaneidad típica que nos caracteriza le dije asombrada: "me acaba de contar casi una historia de terror y ¿va a regresar?". En ese
momento la empleada de la taquilla me entregó lo que pedía y me indicó que
sacará unas copias que tenía que entregar.
Me aleje con una sonrisa al señor
y con una sensación de conversación pendiente, camine buscando un lugar donde
sacar las copias. Mientras hacia la cola en la puerta de la fotocopiadora,
llego el señor. Me acerque con una sonrisa de reconocimiento y le dije tenemos
que hablar. Empecé a hacer preguntas: ¿por qué va a regresar si casi lo matan? ¿Qué
lo hacía tomar esa decisión descabellada?¿sabía que las condiciones en
Venezuela eran cada vez peor?. El señor me
miraba, siempre con su sonrisa triste y después de unos segundos empezó a preguntarme
de dónde eres, qué haces, qué me había traído a Canarias… yo respondía rápidamente,
quería escuchar sus respuestas. Después de respondidas sus preguntas él me
preguntó: ¿sabes de dónde soy? Y con un gesto tierno colocó su mano en mi
cabeza, lo mire extrañada pero inmediatamente le respondí de ¿El Sombrero? –Si,
me dijo, y eres la única persona que he encontrado durante este año que sabe
que El Sombrero es un lugar y no un accesorio que se pone en la cabeza.
Inmediatamente empezó a hablar de
soledad, de sentirse totalmente solo a pesar de la gente que lo rodeaba. Me habló
de pertenencia, de no sentir que pertenecía a ningún lugar de los que habitaba.
Me habló de que lo único que tenía en este momento era la calle y el cielo por
donde caminaba. Me habló de que todo lo que le importaba estaba en Venezuela,
su familia, su casa, su empresa, sus amigos y sus experiencias para compartir y
que este lugar donde nació no le decía nada, no lo reconocía y que se sentía como un apátrida, como un execrado.
Me dijo, con los ojos llenos de lágrimas que este año había sido el más triste
de su vida y que él sabía que Venezuela se había convertido en un país hostil, pero
que si lo mataban o moría, quería hacerlo en su único país.
Lo abrace fuertemente y con lágrimas en los ojos me despedí, deseándole mis
mejores deseos.
Camine otra vez a la taquilla a
entregar los papeles. Al salir mire a mi alrededor buscando al señor pero no lo
vi, no lo he vuelto a ver.
Cada día pienso en él, no sé cómo
se llama y nunca lo sabré. Lo imagino en El Sombrero recuperando su vida
extraviada durante un año y esperando una bala perdida o la muerte pero con la
certeza de que su sonrisa es alegre, que la pesadumbre abandono sus hombros y
que camina por las calles y por el cielo que le pertenecen.

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