viernes, 1 de diciembre de 2017

Días de miedo

Woman in Three... Edvard Munch

Ahora recuerdo esos días como si hubieran sido una pesadilla.

Entre la neblina de ese recuerdo me veo sentada en el blanco sofá, con la perra a mis pies. La perrita mimetizada en el sofá, solo distingo su nariz y sus ojos dormidos. Leves signos que delatan su presencia. Su respiración tranquila es diferente a la mía angustiada, casi febril. Observo la puerta esperando algo, un sonido, una voz, un silbido, algo que me confirme que está al acecho, como lo ha estado desde que llegué. 

Vivir siempre con la certeza de que te observan. Vivir siempre con la certeza de que en el momento menos esperado aparecerá o simplemente la sentirás. Vivir siempre a la espera de un encuentro nunca casual, siempre premeditado, siempre destinado a acabar con tu tranquilidad. 

De repente oigo la puerta de la calle que se abre, los pasos por la escalera, la sombra bajo la puerta y esa voz casi familiar que llama a la perrita por su nombre y silva. La perrita corre a la puerta, mueve la cola, se agita, se emociona, me mira para que abra, sin imaginar siquiera que yo soy la intrusa en ese mundo de tres que hasta hace poco existía y que ya no existe más. La llamo, trato de tranquilizarla, ella me mira sin entender que al otro lado de la puerta está la única persona que me percibe como enemiga, la única persona que quiere que me vaya, que no me quiere aquí. La única persona que siente que he invadido sus espacios, desde el afecto de su perro, hasta el lecho de su amante. 

Nunca imaginé que mi estancia de amor en la Toscana estuviera llena de miedo, de inseguridad, de desconfianza. Que este amor que se anunciaba como una oportunidad de ser feliz se convirtiera en esta pesadilla de la que quiero despertar y salir corriendo. 

¿Qué me ataba a esa tierra? ¿Qué me impedía irme?

Talvez fue la seguridad de que si esto terminaba podía realmente ser feliz otra vez. La seguridad de estar enamorada de la persona correcta, la persona casi perfecta para mí que me cautivó de manera tal que todo lo demás pasó a un segundo plano. 

¿No es acaso el amor un canto de sirena que te seduce hasta perder todo signo de racionalidad?

En ese momento sentada frente a esa puerta con el miedo invadiendo todos los rincones de mi cuerpo y esperando a que se fuera, que me dejara vivir tranquila, que me dejará intentar ser feliz. Pensé -ningún hombre que te someta a esto merece tu amor. Vete cuanto antes y ni siquiera mires atrás-.

Hoy recordando cómo se desarrollaron los acontecimientos posteriores, identificó en esa noche el primer momento de duda de mi estancia en la toscana, fue esa noche sentada en el sofá, con la perrita a mi lado cuando tome la decisión de abandonar todo. Sigo pensando desde la distancia que realmente tenía la oportunidad de ser feliz, pero pienso la mayor felicidad es estar tranquila. La mayor felicidad es vivir sin pensar que alguien te vigila, que alguien espía tu vida.





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