Zdzislaw Beksins |
La tarde transcurría apacible, solo el ruido de las teclas del computador rompía el silencio. La perrita yacía acostada al lado de la estufa. Era una tarde de otoño teñida de rojos, amarillos, naranjas y rosa viejo.
Ella frente a la estufa escribía, por momentos se detenía para acariciar a la perrita y meditar sobre la incertidumbre de la vida. De repente una imagen le vino a la cabeza. La vida era como una telaraña, resistente y frágil a la vez.
Pensó en todo lo que le había acontecido en el último año, como su larga vida de ensueño se había desvanecido y continuaba desvaneciéndose. En el último año había perdido el amor, la casa, el país, todo lo que la hacía resistente, ahora sin nada apenas se reconocía. Se había convertido en una persona frágil, insegura. Su sonrisa constante de antes, ahora se escondía y salía muy de vez en cuando. -La persona que soy hoy no tiene nada que ver con la que era ayer- pensó y una lagrima rodó suavemente por su mejilla.
Hace, apenas, unos meses atrás sintió que su vida estaba por reordenarse. Una persona había aparecido en su vida, una persona afín cargada de planes y proyectos juntos. Sintió por algún tiempo que la vida le sonreía, pero esta sonrisa se fue desdibujando de su rostro rápidamente.
Trato de remontar el momento preciso del quiebre entre la ilusión y el desengaño y no le costó encontrarlo, sabía exactamente cuando se produjo. Fue después de una llamada, una llamada, que esperaba fuera como la de todos los días pero que resulto particularmente amarga e inesperada.
Esa llamada puso al descubierto el espejismo que había vivido, esa llamada la despertó del ensueño, esa llamada la devolvió a la realidad.
Solo bastaron segundos para destruir la quimera que había construido. La quimera que había querido construir.
Y aunque hubo explicaciones y reencuentros ya nada pudo ser igual, ya nada nunca sería igual.
Después de esa llamada se posó sobre ella la duda, la desconfianza y la inseguridad. Un peso enorme para una persona vulnerable y frágil como era ella en ese momento.
Este peso enorme la fue consumiendo poco a poco. Lo primero que percibió fue la perdida de brillo en sus ojos. Lo segundo fue la falta de luz a su alrededor. Lo tercero fue la imposibilidad de sonreír abiertamente que con el tiempo se agudizó hasta bloquear cualquier sonrisa de su rostro. Así poco a poco y día tras día su cara se fue convirtiendo en una máscara inexpresiva y su entorno en un lugar oscuro donde apenas distinguía nada.
Ahora aprovecha algún destello de luz que se filtra dentro de la desilusión para escribir y contar su historia. No la historia de las últimas semanas sino la historia de ese amor inicial que todo lo puede y que incluso te salva. Pensaba que si lograba condensarlo en palabras lo recuperaría.
Ella no se daba cuenta de la infructífera labor que se exigía. No se puede recuperar una quimera, no se puede redimir un sueño, no se puede repetir una ilusión. Nada de lo que idealizó existió fue un extravío de su imaginación, algo que anheló, algo que nunca sucedió.
Ya no está sentada frente a la estufa escribiendo. Al no poder condensar el amor en palabras empezó a buscarlo en todas partes y como la luz era cada vez más tenue, tanteaba por cada rincón y se golpeaba contra las paredes. Los vecinos al escuchar los golpes constantes y los ladridos lastimeros de la perrita avisaron a la policía.
Ahora en el manicomio prosigue su búsqueda, la llaman la loca que busca el amor y aunque ella no recuperó su sonrisa, todos al verla esbozan una dulce y leve sonrisa.
Ella frente a la estufa escribía, por momentos se detenía para acariciar a la perrita y meditar sobre la incertidumbre de la vida. De repente una imagen le vino a la cabeza. La vida era como una telaraña, resistente y frágil a la vez.
Pensó en todo lo que le había acontecido en el último año, como su larga vida de ensueño se había desvanecido y continuaba desvaneciéndose. En el último año había perdido el amor, la casa, el país, todo lo que la hacía resistente, ahora sin nada apenas se reconocía. Se había convertido en una persona frágil, insegura. Su sonrisa constante de antes, ahora se escondía y salía muy de vez en cuando. -La persona que soy hoy no tiene nada que ver con la que era ayer- pensó y una lagrima rodó suavemente por su mejilla.
Hace, apenas, unos meses atrás sintió que su vida estaba por reordenarse. Una persona había aparecido en su vida, una persona afín cargada de planes y proyectos juntos. Sintió por algún tiempo que la vida le sonreía, pero esta sonrisa se fue desdibujando de su rostro rápidamente.
Trato de remontar el momento preciso del quiebre entre la ilusión y el desengaño y no le costó encontrarlo, sabía exactamente cuando se produjo. Fue después de una llamada, una llamada, que esperaba fuera como la de todos los días pero que resulto particularmente amarga e inesperada.
Esa llamada puso al descubierto el espejismo que había vivido, esa llamada la despertó del ensueño, esa llamada la devolvió a la realidad.
Solo bastaron segundos para destruir la quimera que había construido. La quimera que había querido construir.
Y aunque hubo explicaciones y reencuentros ya nada pudo ser igual, ya nada nunca sería igual.
Después de esa llamada se posó sobre ella la duda, la desconfianza y la inseguridad. Un peso enorme para una persona vulnerable y frágil como era ella en ese momento.
Este peso enorme la fue consumiendo poco a poco. Lo primero que percibió fue la perdida de brillo en sus ojos. Lo segundo fue la falta de luz a su alrededor. Lo tercero fue la imposibilidad de sonreír abiertamente que con el tiempo se agudizó hasta bloquear cualquier sonrisa de su rostro. Así poco a poco y día tras día su cara se fue convirtiendo en una máscara inexpresiva y su entorno en un lugar oscuro donde apenas distinguía nada.
Ahora aprovecha algún destello de luz que se filtra dentro de la desilusión para escribir y contar su historia. No la historia de las últimas semanas sino la historia de ese amor inicial que todo lo puede y que incluso te salva. Pensaba que si lograba condensarlo en palabras lo recuperaría.
Ella no se daba cuenta de la infructífera labor que se exigía. No se puede recuperar una quimera, no se puede redimir un sueño, no se puede repetir una ilusión. Nada de lo que idealizó existió fue un extravío de su imaginación, algo que anheló, algo que nunca sucedió.
Ya no está sentada frente a la estufa escribiendo. Al no poder condensar el amor en palabras empezó a buscarlo en todas partes y como la luz era cada vez más tenue, tanteaba por cada rincón y se golpeaba contra las paredes. Los vecinos al escuchar los golpes constantes y los ladridos lastimeros de la perrita avisaron a la policía.
Ahora en el manicomio prosigue su búsqueda, la llaman la loca que busca el amor y aunque ella no recuperó su sonrisa, todos al verla esbozan una dulce y leve sonrisa.
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