| ultimos instantes Henry Peach Robinson |
Siempre se debatió entre la sensatez y el sentimiento, entre la razón
y la emoción. Entre la impulsividad y la planificación. Cada ámbito de su vida
oscilaba entre ambos extremos, no lograba encontrar un punto intermedio. El
punto de equilibrio siempre se extraviaba, siempre, siempre se escondía en
algún rincón, tan oculto que no podía encontrarlo.
Lo buscaba afanosamente, casi con desesperación pero él siempre alerta
no se dejaba atrapar.
Esta relación entre el punto de equilibrio y ella se inició desde el
momento mismo de su nacimiento y no tuvo un final feliz. Nunca se encontraron.
Nunca pudo cobijarse en sus brazos y vivir una vida confortable y tranquila.
Siendo una niña se dio cuenta de lo agotador que era vivir de un
extremo a otro. Correr de la sensatez al sentimiento, de la razón a la emoción,
de la impulsividad a la planificación solo le dejó cansancio.
Cuando creció ya estaba exhausta de este corre y corre sin sentido y
decidió vivir por alguna temporada en uno de los extremos. Se debatió en cúal
tomar primero, si el sensato, racional y planificado o el sentimental, emocional e impulsivo.
Decisión nada fácil que le tomó un largo proceso reflexivo,
contemplado con cierta sorna por el punto de equilibrio, oculto dentro de ella
misma en un lugar desconocido entre el corazón y la mente.
Después de mucho cavilar se decidió por la primera opción. Fue tan
sensata, racional y planificada que avanzó rápidamente y con éxito en el mundo
profesional. Su carrera a la cima fue imparable. Sus relaciones sociales se
empezaron a establecer sobre la base del interés. Sus amores sobre la
conveniencia. Su vida guiada por una agenda, llena de proyectos con fecha de
entrega. Hasta sus días libres o sus vacaciones aparecían ahí, encerradas entre
líneas sin ningún atisbo de libertad.
Todo sensatamente y racionalmente planificado, ni un cabo suelto, todo engranado perfectamente. Su
vida encerrada en un reloj, donde cada segundo tenía pautado una acción. Un tic
tac monótono y constante. El punto de equilibrio la contemplaba, ahora
escondido en la mullida comodidad del hemisferio derecho, con la certeza plena
de que en ese lugar abandonado nunca lo encontraría. Tumbado con los brazos
bajo la cabeza veía como perdía sus días y su vida guiados por la precisión de
un cronómetro.
Cansada ella de ver su vida encerrada en las líneas de una agenda y
cansado él de dormir en ese lugar que por falta de uso se estaba llenando de
polvo. El siempre habilidoso y escurridizo punto de equilibrio empezó a generar
destellos de dudas.
Esos destellos unidos al aburrimiento de su vida reloj, sin ningún
sobresalto y sin ninguna emoción la hicieron replantearse su decisión y,
después de anotar en su agenda un tiempo para pensar, optó por vivir en el otro
extremo.
Toda sentimientos, emoción e impulsividad se lanzó entusiasmada a su
nueva vida. El éxito en el mundo profesional dejó de importarle y se centró en
vivir. Sus relaciones sociales se empezaron a establecer sobre la base de
coincidencias. Sus amores sobre la espontaneidad. Su vida sin guía parecía una
veleta dando vueltas y vueltas dependiendo de los vientos que soplaran, cada
día vivido sin ataduras, sin previsiones.
Todo tan lleno de sentimientos, emociones e impulsividad. Todo tan
inconstante y tan provisional. Su vida convertida en una obra de arte efímera,
convertida en volutas de humo que se disipan con el viento, que crean hermosas
figuras pero solo por un breve momento. Su vida de veleta movida por el viento
a su antojo, sin rumbo, ni meta, solo girando y girando en una dirección u otra.
El punto de equilibrio la miraba ahora escondido en su mullido hemisferio
izquierdo, ya convencido que nunca lo encontraría, ya resignado a permanecer
oculto para siempre.
El momento de resumir su vida la encontró en brazos de un desconocido,
en un lugar cualquiera. Su vida transcurrió de un extremo a otro, no encontró
el punto de equilibrio, nunca fue capaz de vivir como el fiel de la balanza. Una vida correteando de un extremo a otro, una vida optando por un extremo u otro, una vida sin encontrar su punto de equilibrio.
En su lecho de muerte, ya casi en el último instante, vio por un segundo aparecer al punto de
equilibrio y tomar su mano, darle un beso en la frente, acercarse a su oído y
susurrarle: “moderación, mesura, ponderación eran las palabras que necesitabas
para encontrarme”, después dándole un beso suave en los labios se alejó. Al verlo partir dos lágrimas bajaron por sus mejillas
y un aliento de muerte salió de su pecho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario