![]() |
| Madre e Hija Gustav Klimt |
La empatía, esa rara cualidad que poseen algunas personas y que consiste en participar afectivamente en una realidad ajena a ella, llegando a sentir lo que vive y siente el otro, llegando a experimentar los sentimientos de otra persona. La empatía rara, extraña y poco desarrollada cualidad, casi olvidada, casi desechada en un mundo donde la individualidad, la inmediatez y el goce continuo son el día a día.
La empatía tan distante y abandonada en esta sociedad egoísta, tan centrada en el nosotros mismos que nos impide ver al otro o que lo vemos sólo en función de satisfacer nuestras necesidades y deseos, se ha refugiado en la última trinchera que le queda el amor de madre.
Para la mayoría de las mujeres ser mamá es ser empática. Frente a ese pequeño ser que ha sido una unidad con nosotras durante nueve meses, que depende totalmente de nosotras, que nos necesita para sobrevivir no nos queda de otra que vivir y sentir al unísono. En una especie de ósmosis natural que garantiza la supervivencia de la especie.
Largo preámbulo a modo de introducción de mi post de hoy.
Cuando se enteró de su embarazo, una felicidad tranquila la invadió. Deseado y buscado un hijo era el complemento perfecto para ampliar el amor de ambos. Un hijo representaba la presencia física de ese amor, con mayúsculas, que ambos vivían.
El embarazo tornó su vida en un torbellino de emociones, en un péndulo que pasaba desde la alegría inmensa, hasta el miedo paralizante. Y es que esas emociones pendulares la sienten todas las mujeres embarazadas. Alegría por lo que vive en su cuerpo, por ese nuevo ser y miedo frente a la incertidumbre de lo no conocido.
En esos nueve meses ya empezó a empatizar con el bebe, dejó de fumar y beber, hizo una dieta totalmente sana, dejó de escuchar música estridente e hizo ejercicios y caminatas moderadas. Era tan sana como una zanahoria, pues sabía que el bienestar del bebe dependía de su buena condición física. En ese tiempo el súper poder de la empatía empezó a despertarse y a ser parte de su naturaleza.
Cuando nació la contemplaba arrebolada, miraba sus piececitos, su manito aferrada a su dedo. Su intercambio de miradas al amamantarla, todo adquirió un brillo extraordinario, todo cambio con su presencia. El súper poder de la empatía se fue consolidando. Llegando incluso a saber desde las razones del llanto, hasta los deseos más profundos de esa pequeña que cobijaba con sus brazos.
El bebé y la empatía crecían y se fortalecían al mismo tiempo. Si se caía, si algo le daba miedo, si estaba feliz, si quería comer o dormir o pasear, todo, absolutamente todo, era descifrado. Ese código intangible y desconocido por los otros era un libro abierto para ella.
El tiempo pasó y la bebé se convirtió en niña, la niña en adolescente y la adolescente en mujer. El tiempo pasó y trajo las separaciones ineludibles de la vida, el preescolar, el colegio, la universidad, pero la empatía seguía y sigue ahí, a pesar de la distancia ella siempre puede sentir su alegría, su tristeza, su paz o sus tormentas. Siempre y para siempre conectadas por hilos invisibles y códigos indescifrables para todos los demás menos para ellas. Ríe con ella, sufre con ella, siente con ella, vive cada momento especial con ella.
La empatía, súper poder de las mamás, nunca desaparece, no hay criptonita que la aniquile. Sólo veamos o recordemos a nuestras mamás siempre listas, siempre intuyendo lo que te pasa, siempre dispuestas a ayudarte, a colocar su hombro para consolarte o a reír frente a tus alegrías.
Un abrazo y un hombro al que te entregas con la misma confianza y seguridad con lo que lo hiciste en el momento que vistes la luz por primera vez. Siempre más allá de la vida o la muerte, de la cercanía o la lejanía, nuestra mano se aferra a ese dedo que fue nuestro primer soporte y nuestro primer amor. Ese vínculo que se estableció al compartir el mismo cuerpo permanecerá indestructible, intacto, esa cara que vimos al levantarnos cada mañana en nuestra infancia quedará en nuestra memoria, ese primer y gran amor permanecerá atrapado en nuestro corazón, siempre ahí, para consolarnos, para darnos paz.
El amor de madre no se adquiere, no tiene que merecerse, simplemente brota como una hoja en primavera, como la simiente en la tierra, como la naciente de un rio que en su fluir se hace cada vez más grande y caudaloso.
A modo de epilogo: La empatía esa rara cualidad que poseen pocas personas,
pero casi todas las madres. La empatía, ese súper poder de las madres que les
permite ser partícipes afectivas de todo lo que rodea, vive y siente su hijo, es
un bien invaluable que la mayoría de los hijos hemos tenido y que todos deberíamos
valorar.
Feliz día a todas las mamás especialmente a la mía

No hay comentarios:
Publicar un comentario