domingo, 20 de mayo de 2018

Amanecer sin liliputienses



la gran fotógrafa Annie Leibovitz  para la campaña publicitaria de Moncler
Hay días en que amaneces en silencio, es como si las ideas hubieran escapado mientras dormías. Las imaginas escurriéndose entre la almohada y las sábanas, sigilosas, arrastrándose para no despertarte, en una especie de operación comando que les permita escapar sin interrumpir tu sueño.
En esos días por más que te esfuerces las ideas no vienen, o tomaron vacaciones o simplemente reposan un rato. Cansadas de tanta actividad mental que las deja exhaustas deciden por un momento permanecer en silencio.
En esos días sientes la cabeza vacía, pero al mismo tiempo pesada. Y es que el silencio profundo, denso pesa y pesa mucho.
Los griegos imaginaban a las ideas como hermosas musas que te acompañaban en los momentos de creación, mujeres hermosas y volubles que aparecían y desaparecían a su antojo sin la mediación de la voluntad.
Yo las imagino como pequeños seres, como liliputienses que te habítan y que en algún momento cansados de tanto trabajar deciden tomar unas merecidas vacaciones.
Por eso está mañana cuando las ideas no fluyeron, no pensé en hermosas mujeres, de trajes vaporosos saliendo a pasear, sino en un Gulliver dormido en el que se deslizaban pequeñísimos hombres y mujeres, tratando de escapar sin ser descubiertos.
Sospecho que esta diferente percepción entre los griegos y yo sobre la naturaleza corporal de las ideas tiene que ver con el tipo de ideas que se producen. Los griegos tenían siempre grandes y hermosas ideas, ideas trascendentes, ideas inmortales que aún hoy deambulan, envueltas en sus vaporosos vestidos, por la humanidad. En cambio las mías son ideas pequeñas, comunes, a veces hasta tontas, ideas insignificantes, dispersas e intrascendentes, ideas que nunca sobrevivirán al paso inevitable de la historia o del tiempo.
Creo que es sensato suponer, entonces, que la diferencia en la percepción que propongo tiene algo de sensatez.
Pero a pesar de la calidad y tamaño de mis ideas, esos días que me abandonan las extraño mucho.
Extraño sus pequeños cuerpecitos dentro de mí, gritando alto para ser protagonista por un día, para atraer mi atención y que me centre en alguna de ellas, le dé forma, consistencia y las exprese de alguna manera.
Mis pequeñas ideas no saben cuánto llego a extrañarlas cuando se van, cuánto resiento vivir en ese silencio profundo y denso cuando  me abandonan, tampoco saben la alegría que me dan cuando al despertarme las siento revolotear inquietas, deseosas de salir, luchando entre ellas para ese día ser las protagonistas.
De pronto pienso en quienes nunca tienen ni musas, ni hombrecitos, en quienes las ideas cansadas y sedientas de vivir en un desierto los abandonaron para siempre. Siempre viviendo con ese peso constante del silencio profundo y denso. Siempre viviendo en el vacío.
Y, también, en esas ideas que los abandonaron y que juntas han construido un pequeño o grande Liliput mientras esperan que alguien se ocupe de ellas y las haga florecer. Una espera que quizás nunca acaba.
Y es que si observamos con atención en el entorno hay tanta gente sin ideas, gente que solo posee el silencio profundo y denso, gente que se conforma con copiar y repetir las ideas de otros, gente que solo es eco de otros, gente que no se mira en el espejo que son el espejo, son solo un reflejo de los demás. Gente que vive su vida como una página en blanco donde lo que hace es cortar o copiar y pegar, una especie de personas Word. Llenos de archivos sin ideas propias, llenos de plagios, gente que amanece cada día en silencio, que desconocen la existencia de musas u hombrecitos que cansados de tanta actividad mental desaparecen para descansar por un breve tiempo.  Gente  que nunca sentirá la alegría del revoloteo constante e inquietante de sus ideas. Y En esos días que amaneces en silencio, cuando las ideas se te han escapado mientras dormías, cuando se han escurrido entre la almohada y las sábanas, sigilosas, arrastrándose para no despertarte, se suma el temor de convertirte en una persona Word, se suma el miedo de que las musas griegas o mis diminutos  liliputienses se hayan ido para no volver y te hayan abandonado para siempre.



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