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| El muro de los chismorreos de Bollulos del Condado, ilustración de Miguel Brieva. |
Había un rumor constante en la pequeña ciudad, un rumor que no lograba
identificar de donde provenía. El rumor
la acompañaba siempre, aunque en la noche bajaba la intensidad, se hacía más
quedo, apenas perceptible.
Lo escuchó desde que llegó, desde que las circunstancias la habían arrojado
a vivir ahí, a vivir en ese pequeño lugar donde todos se conocían, donde si
escarbabas un poco terminabas siendo familia de cualquiera.
En algún momento logró identificar algún sonido dentro del rumor, algo
parecido a una voz chillona, aguda, pero descartó este sonido por absurdo, era
imposible que ese rumor constante tuviera que ver con voces, debía provenir de
la naturaleza, de las condiciones de la propia isla.
Pasaron los meses y el rumor pasó a ser parte de su vida, casi dejó de
escucharlo, aunque un ligero dolor de cabeza se instaló definitivamente en su
día a día. No se le ocurrió pensar que este leve, pero fastidioso dolor podía
ser producto de la contaminación sónica del ruido continuo, del sonido que
seguía ahí, pero que por hábito había dejado de prestarle atención. Preocupada
fue al médico y este no encontró nada, gozaba de un excelente estado de salud.
Se fue de vacaciones a una gran ciudad, el rumor cesó completamente,
había los ruidos habituales de las grandes urbes pero no el rumor constante que
escuchaba en la pequeña isla, en la pequeña ciudad. Al regresar lo primero que
sintió, además de la sensación de sentirse atrapada fue el rumor, seguía ahí,
no se había desvanecido, seguía intacto y fastidioso como un abejorro que
revoletea cerca de ti.
Decidida a investigar de dónde provenía aguzó su oído, tratando de
identificar dentro del mismo rumor los diferentes sonidos.
Lo primero que identificó fueron murmullos. Murmullos de voces
distintas, variadas en tonos y en palabras. Lo segundo fue ruidos de persianas
o de cortinas levemente levantadas, descorridas. Agudizando más su oído empezó
a escuchar conversaciones. Trato de identificar de qué trataban y descubrió que
sólo se referían a la vida de los otros.
Perpleja ante lo descubierto, trato de buscar una explicación, algo
que le indicará el porqué de este sonido, el porqué de este rumor inquietante y
constante. Dio vueltas y vueltas pero no encontraba explicación posible. Hasta
que de pronto lo intuyó para posteriormente verlo con claridad.
El rumor provenía del chismorreo constante, del cotilleo continuo
sobre la vida de los demás. Había tardado tanto en verlo porque ella jamás
había estado pendiente de lo que hacían los demás, la vida de los otros, lo qué
eran, cómo vivían nunca le importó.
Ahora las circunstancias la habían arrojado a vivir en ese pequeño
lugar donde todos se conocían, donde todos se sentían con derecho de
inmiscuirse en su vida, de espiar su vida, de comentar su vida, de opinar sobre
su vida. Un lugar donde la carencia de vida propia se alimentaba de la vida de
los demás.
Ese murmullo constante que le resultó tan misterioso era solamente el
sonido de una triste verdad. Las circunstancias la habían arrojado a vivir en
ese pequeño lugar donde una vida aburrida, sin sueños, sin deseos, sin variedad
y sin matices convertían a cada uno de los habitantes en el centro de atención,
en el foco donde miraban todos los demás. En el único objeto de sus
conversaciones.
Aquí no se vivía para los otros se vivía de los otros y se llenaba el
vacío existencial con la vida de los otros. Cada uno observado y comentado.
Cada uno espiado y desmenuzado y todos compartiendo e intercambiando en una
cháchara interminable y eterna la vida de los demás, desperdiciando su vida y
arruinado la de otros. Malgastando sus días, sus palabras en el horrible y destructivo
acto del chismorreo.
No se mudó de ciudad las circunstancias no se lo permitían, pero trato
de seguir viviendo su vida sin importarle la de los demás. A veces le llegaban
murmullos, susurros, cuchicheos y hasta tertulias sobre ella misma, no le
importaba y lo expresaba siempre que podía levantando sus hombros, signo universal de desprecio e indiferencia. Además había adquirido unos maravillosos
tapones que se colocaba antes de dormir y en algunas ocasiones cuando el rumor se
hacía insoportable.
Entre el rumor y el silencio, gracias a los magníficos tapones de la indiferencia, transcurrió su propia vida, sin detenerse
nunca en la vida de los demás.

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