viernes, 18 de mayo de 2018

La vida de los otros

El muro de los chismorreos de Bollulos del Condado, ilustración de Miguel Brieva.

Había un rumor constante en la pequeña ciudad, un rumor que no lograba identificar  de donde provenía. El rumor la acompañaba siempre, aunque en la noche bajaba la intensidad, se hacía más quedo, apenas  perceptible.
Lo escuchó desde que llegó, desde que las circunstancias la habían arrojado a vivir ahí, a vivir en ese pequeño lugar donde todos se conocían, donde si escarbabas un poco terminabas siendo familia de cualquiera.
En algún momento logró identificar algún sonido dentro del rumor, algo parecido a una voz chillona, aguda, pero descartó este sonido por absurdo, era imposible que ese rumor constante tuviera que ver con voces, debía provenir de la naturaleza, de las condiciones de la propia isla.
Pasaron los meses y el rumor pasó a ser parte de su vida, casi dejó de escucharlo, aunque un ligero dolor de cabeza se instaló definitivamente en su día a día. No se le ocurrió pensar que este leve, pero fastidioso dolor podía ser producto de la contaminación sónica del ruido continuo, del sonido que seguía ahí, pero que por hábito había dejado de prestarle atención. Preocupada fue al médico y este no encontró nada, gozaba de un excelente estado de salud.
Se fue de vacaciones a una gran ciudad, el rumor cesó completamente, había los ruidos habituales de las grandes urbes pero no el rumor constante que escuchaba en la pequeña isla, en la pequeña ciudad. Al regresar lo primero que sintió, además de la sensación de sentirse atrapada fue el rumor, seguía ahí, no se había desvanecido, seguía intacto y fastidioso como un abejorro que revoletea cerca de ti.
Decidida a investigar de dónde provenía aguzó su oído, tratando de identificar dentro del mismo rumor los diferentes sonidos.
Lo primero que identificó fueron murmullos. Murmullos de voces distintas, variadas en tonos y en palabras. Lo segundo fue ruidos de persianas o de cortinas levemente levantadas, descorridas. Agudizando más su oído empezó a escuchar conversaciones. Trato de identificar de qué trataban y descubrió que sólo se referían a la vida de los otros.
Perpleja ante lo descubierto, trato de buscar una explicación, algo que le indicará el porqué de este sonido, el porqué de este rumor inquietante y constante. Dio vueltas y vueltas pero no encontraba explicación posible. Hasta que de pronto lo intuyó para posteriormente verlo con claridad.
El rumor provenía del chismorreo constante, del cotilleo continuo sobre la vida de los demás. Había tardado tanto en verlo porque ella jamás había estado pendiente de lo que hacían los demás, la vida de los otros, lo qué eran, cómo vivían nunca le importó.
Ahora las circunstancias la habían arrojado a vivir en ese pequeño lugar donde todos se conocían, donde todos se sentían con derecho de inmiscuirse en su vida, de espiar su vida, de comentar su vida, de opinar sobre su vida. Un lugar donde la carencia de vida propia se alimentaba de la vida de los demás.
Ese murmullo constante que le resultó tan misterioso era solamente el sonido de una triste verdad. Las circunstancias la habían arrojado a vivir en ese pequeño lugar donde una vida aburrida, sin sueños, sin deseos, sin variedad y sin matices convertían a cada uno de los habitantes en el centro de atención, en el foco donde miraban todos los demás. En el único objeto de sus conversaciones.
Aquí no se vivía para los otros se vivía de los otros y se llenaba el vacío existencial con la vida de los otros. Cada uno observado y comentado. Cada uno espiado y desmenuzado y todos compartiendo e intercambiando en una cháchara interminable y eterna la vida de los demás, desperdiciando su vida y arruinado la de otros. Malgastando sus días, sus palabras en el horrible y destructivo acto del chismorreo.
No se mudó de ciudad las circunstancias no se lo permitían, pero trato de seguir viviendo su vida sin importarle la de los demás. A veces le llegaban murmullos, susurros, cuchicheos y hasta tertulias sobre ella misma, no le importaba y lo expresaba siempre que podía levantando sus hombros,  signo universal de desprecio e indiferencia.  Además había adquirido unos maravillosos tapones que se colocaba antes de dormir y en algunas ocasiones cuando el rumor se hacía insoportable.
Entre el rumor y el silencio, gracias a los magníficos tapones de la indiferencia,   transcurrió su propia vida, sin detenerse nunca en la vida de los demás.



No hay comentarios:

Publicar un comentario