| Sleeping Lady with Black Vase, Róbert Berén |
La noche silenciosa la despertó. No se escuchaba nada, absolutamente
nada. Era tal el silencio que escuchaba su respiración y el latido solitario de
su corazón.
Aguzó su oído pero no había ningún ruido, ni un solo sonido. Dejó de
respirar por un segundo y cerró los ojos. Nada no se escuchaba nada, no había
ningún sonido externo. Era como si hubieran bajado el volumen de la vida, como si
hubieran presionado el botón de apagado.
El silencio se convirtió en algo aterrador.
Se levantó salió a la terraza, miro la calle silenciosa, los semáforos
dando indicaciones a la nada cambiaban impasibles del verde al rojo. Todos los
edificios con las luces apagadas, los focos amarillos de las calles alumbraban
tenuemente la soledad.
El suspiro que salió de su boca fue escuchado tan nítidamente que
sintió su piel erizarse. ¿Qué habrá
pasado? ¿Por qué no se escuchaba nada?
Camino por la casa, apoyo en las puertas de cada habitación su cabeza
y pego el oído, pero las respiraciones familiares no se escuchaban. No se
atrevió a abrir, no quería irrumpir en el sueño de otros o descubrir las camas
vacías.
Fue nuevamente a la terraza, todo seguía igual, las luces mortecinas
alumbrando las calles y el semáforo con su intermitencia roja y verde. Después
de un rato volvió a su habitación y se acostó en su cama, se abrigó dejando
solo al descubierto su cara y sus ojos atemorizados.
Hundida en el silencio, hundida en la noche, espero un amanecer que no
llegaba, un amanecer que nunca llegó.
El tiempo suspendido y ella como único testigo. Ella quizás la única
superviviente de esta debacle, de esta tragedia.
Un perro ladró triste a lo lejos, seguido por el canto de un gallo, abrió los
ojos y se despertó.
Se movió en la cama y escucho los sonidos de siempre, los sonidos que
anunciaban el despertar del día. Suspiro aliviada. Había sido un sueño,
solamente un sueño, todo volvía a la normalidad.
Abrió nuevamente los ojos y el silencio aterrador, tangible seguía
ahí. Había despertado del sueño de la normalidad. Había despertado del canto
del gallo, del ladrido lejano del perro, de los sonidos familiares. Había
despertado al silencio. En la cama, sin atreverse a levantar, con los ojos
aterrorizados y los oídos alertas espero por un amanecer que nunca llego.
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