"Palabras, palabras, palabras, palabras..."
Repetía como aquella vieja canción italiana que se llamaba
"parole, parole parole..." Ya ni se acordaba quien la cantaba, pero
cada vez que escuchaba algo totalmente insustancial era lo primero que venía a
su mente.
Dejó por un momento de escuchar lo que decían, sarta de estupideces,
de lugares comunes, de banalidades, que llenaban, a veces todos los días, todas
las horas, todos los minutos y segundos de la gran mayoría de las personas. Las
palabras convertidas en nada. Las palabras convertidas en su némesis, ellas que
eran el único canal para expresarse, para comunicarse convertidas en vacíos
sonoros carentes de sentido y significación que no transmitían nada,
absolutamente nada.
Ella que amaba a las palabras, que las pensaba, que las acariciaba,
que las buscaba hasta encontrar la más apropiada, la que significaba
exactamente lo que quería decir, estaba sentada ahí, divagando sobre las palabras y su
significado, mientras quienes la rodeaban hablaban sin decir nada, hablaban
para no decir absolutamente nada.
Y es que la mayoría de las veces y para la mayoría de gente las
palabras son solo mensajes para matar el tiempo, son sonoridades para llenar el
silencio.
Cuan atrás quedaban ya esos días de diálogos interesantes, de palabras
apropiadas, pertinentes, de conversaciones que siempre te llevaban a buscar, a
conocer, a adquirir más y más conocimiento, a rebuscar en esos santuarios de
las palabras llamados libros o en Internet más información. Cuan atrás quedaban
ya esas auténticas conversaciones donde la palabra, adquiría su verdadera
función y se convertían en transmisoras de ideas, de pensamientos. Se
convertían en un medio esclarecedor que cambiaba tu vida y te hacia crecer como
ser humano.
Miro a su alrededor instalada en sus pensamientos, miro a su alrededor
y escucho el eco de lo que hablaban.
"... La cola era enorme..." "... Pero le quedaba un
poco ancho el vestido..." "... La reina estaba horrible, siempre con
su mal gusto..."
¿De qué coño hablan pensó? Se sintió perdida por un momento, de pronto
recordó la reciente boda y suspiró, comentó algo sobre el significado de la
monarquía para los ingleses, mientras recordaba sus clases de teoría política,
y agregó algunos datos importantes sobre los monarcas ingleses Y de lo terrible
que era que todo se convirtiera en un espectáculo televisivo. Todos se quedaron
callados y la miraron con cierta desaprobación que no le pasó desapercibida.
Se dio cuenta que tenía que integrarse, que interesarse por ese small
talk intrascendente, por ese murmullo de sandeces que llenaban el silencio.
En ese momento se dio cuenta, también, que tendría que adaptarse, que
si seguía haciendo intervenciones de ese tipo. Pronto se convertiría en una
persona execrada, en una persona
fastidiosa, y en sus actuales momentos era lo único que tenía, no podía
ahuyentar a sus conocidos no quería convertir su vida en monólogos, quizás interesantes, llenos de
palabras buscadas acuciosamente, de palabras pertinentes y significativas, pero
encerradas en ella. Ella convertida en la prisión de sus propias palabras.
Sonrió para sí, por un momento se vio como Alcatraz en el medio del
mar, profunda, oscura, con sus altos y gruesos muros rodeada de un mar de palabras
intrascendentes.
Esta imagen la asustó, no quería convertirse en un ser aislado, de
pronto recordó el poema John Donne, el tan repetido y conocido gracias a la
novela de Hemingway y en ese mismo momento
sonaron las campanas de la iglesia anunciado las 8 en punto y entre campanada y
campanada repitió mentalmente el poema, haciendo énfasis en las ultimas frases:
¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este
mundo?
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque
me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan
las campanas; doblan por ti.
“No puedo, ni quiero ser una isla” pensó y sonriendo miró a sus
compañeros de mesa, encogió sus hombros, en un gesto no dirigido a ellos, sino
al divagar sobre las palabras y su significado que la había aislado por un momento
y se unió a la conversación y de pronto una sarta de estupideces, de lugares
comunes, de banalidades empezó a salir de su boca. Palabras, palabras,
palabras, palabras... para llenar el silencio y acompañar su aislamiento.
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