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| corazón sucio en la pared Foto de Rubtso |
El corazón latía con cierto desgano, no sabía si lo que escuchaba era
real o un producto de su imaginación.
"Tal vez, pensó, no es ninguna de las dos cosas sino quizás un aumento
progresivo de mi sordera".
El corazón nunca había tenido buen oído o mejor dicho su oído siempre
fue selectivo. Oía con claridad todos los halagos y lisonjas pero era sordo a
las críticas y agravios. Para ser justos con el corazón, su comportamiento a
nivel auditivo era bastante frecuente, por lo general a nadie le gusta escuchar
críticas y él no era una excepción, podría decirse más bien que estaba dentro
de la norma. Pero hacerse el sordo a una parte importante de lo que escuchaba
fue afectando su percepción de la vida y de sí mismo.
La vida la veía como una línea recta, construida con los segmentos de sus proyectos, todos
planificados y ejecutados a la perfección. Si alguno presentaba obstáculos,
sencillamente, lo justificaba o cambiaba o forzaba hasta enderezarlo y
convertirlo en un segmento recto para ajustarlo a su vida. Algunas veces estos
ajustes generaban alguna tensión y su línea vital se enfrentaba a una vibración
desestabilizadora pero de corta duración, al final todo se contenía, la estremecimiento
desestabilizador se aplacaba encajándose perfectamente al continuum lineal.
A sí mismo se veía como un ser casi perfecto, de grandes sentimientos,
ideas, de encanto singular y de gran generosidad. Esta percepción la reforzada
con lo único que su selectivo oído quería oír. Todo lo demás lo desechada o
ignoraba. Era un caso típico de lo que
se conoce como "oídos sordos", es decir aquellos oídos que sólo oyen
lo que les conviene.
Pero el latido desganado que empezó a escuchar le preocupaba, su
latido siempre había sido fuerte y nítido. Aun cuando encontraba otro corazón
para latir con él al unísono, su latido siempre resaltaba, se destacaba del
otro por su sonido "diáfano, preciso, auténtico..." Conviene aclarar
que estas palabras eran las que usaba para definirlos cuando pensaba en él y en
sus incalculables cualidades, pero no necesariamente eran compartidas por los
otros.
El desgano de sus latidos lo hizo pensar en ir al otorrinolaringólogo,
larga y extraordinaria palabra para designar a un especialista que solo se
ocupa del cuello para arriba, frente a la dificultad para algunos de pronunciar
esta palabra sin interrupciones no es de extrañar que muchos hayan preferido
quedarse sordos. Pero el corazón no se amilanó frente a esta dificultad,
levantó el teléfono y pidió una cita.
En el examen detectaron una pérdida parcial del oído derecho para
cualquier palabra relacionada con críticas, y una perdida aun mayor en el oído izquierdo
para captar palabras consideradas por él como agravios, a esta dificultad
auditiva se sumaba una pérdida casi
total, en ambos oídos, cuando estas críticas e insultos se referían a una
realidad concreta. Se había hecho tan selectivo en lo que quería oír que había
perdido la capacidad de percibir ciertas cosas.
El otorrinolaringólogo le colocó los aparatos para que los probara
durante un mes. No era fácil escuchar de pronto lo que llevas casi una vida sin
oír. Además le indicó que tenía que ajustar los aparatos semanalmente. El
corazón salió con buena disposición y buenas intenciones a la calle.
Los sonidos lo invadieron y alguna de las palabras que nunca había
querido escuchar llegaron a sus oídos, se sintió tan agobiado que al regresar a
su casa se los sacó inmediatamente.
En la primera revisión y ajuste el otorrinolaringólogo lo vio algo
desmejorado y menos entusiasta. En la segunda su aspecto había empeorado,
ojeras leves ensombrecían sus ojos. En la tercera las ojeras se habían tornado
más oscuras y pronunciadas y su rostro antes lleno de vida, mostraba signos de
cansancio. En la cuarta un corazón ajado y maltrecho entregó el estuche con las
prótesis auditivas e indicó con una seguridad fingida su decisión de no adquirir los aparatos, lo justifico en el
costo excesivo y en su falta de dinero. Frente a las promociones y créditos que
se le ofrecían se mantuvo firme en su decisión y salió presuroso a la calle
frente a la mirada atónita de los presentes.
Con alivio comprobó al salir que escuchaba con desgano sus latidos y
que los sonidos de las palabras se confundían de tal manera que volvía a
interpretarlas como él quisiera, además de que había palabras que ya no
escuchaba.
El mes de prueba había afectado su vida y su percepción de sí mismo.
Había escuchado tantas cosas sobre él, sobre su forma de vivir que en un
intento desesperado por retomar a su vida lineal había optado por la sordera.
Quería seguir viviendo como siempre, quería seguir contemplándose con orgullo
ante el espejo, "quería seguir estrujando talles sin escuchar
quejas", quería privarse para siempre de críticas y agravios, quería seguir
desoyendo todo lo que no le gustaba o no se amoldaba a su rectilínea vida.
Retornó a la sordera aliviado, pero le fue difícil retornar a su vida
y a lo que pensaba de sí mismo. Lo que había escuchado, en apenas ese mes de
prueba auditiva, trastocó todo. El corazón afanado trataba de ajustar ese segmento
a su recta vida, pero quedaba tan tenso que vibraba constantemente hasta que se
separaba, generando un quiebre en el continuum. Otras veces le llegaban ecos de palabras
escuchadas que hacían tambalear, momentáneamente, su percepción de sí mismo.
Su proeza auditiva afectó su vida de tal manera que si escuchamos
atentamente podemos oírlo murmurar unas palabras de arrepentimiento. El murmullo
es tan tenue que no se distingue a quien pide perdón si a los nunca escuchados
o a si mismo por confiar en que podía oír lo que intencionalmente siempre desoyó.

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