Releyó la frase del poema una y otra vez, se detuvo en cada palabra,
la grandiosidad del significado encerrado en palabras simples arrancó un silencioso
sollozo en su pecho. Lo leyó de nuevo, lo deleito con el pensamiento y lo sintió
con dolor, con ese dolor de experiencia vivida y compartida. Dolor del presente
que vive y comparte. Y. “…perdí el hilo
del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”*, se
adueñó de su día y como un eco constante se convirtió en el sonido de su
respiración.
“…perdí el hilo del discurso que
se ejecutaba en mí y no he podido
encontrarlo…” camino con ella por la calle, contemplo el cielo, se sentó a
su mesa y se acostó en su cama.
“…perdí el hilo del discurso
que se ejecutaba en mí y no he podido
encontrarlo…” Trasmutado en espejo que la reflejaba, imagen de extravío,
imagen triste de desarraigo, imagen
difusa y confusa de su destierro.
“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he
podido encontrarlo…”.
Trato de arrancar las palabras de su mente, de silenciarlas con
conversaciones intrascendentes, con música estrepitosa, con pensamientos
agradables, pero todos los intentos fueron vanos.
“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he
podido encontrarlo…”. Repetido cada segundo, minuto, hora, cada instante de
ese día como un murmullo. Como un recuerdo de su presente. Como un golpe
constante y doloroso de su existencia.
Agotada, marchita, sin fuerzas ya para continuar, decidió como último
reducto de salvación analizar con la razón lo que ocurría.
Se dio cuenta que hay frases que te hieren tanto, que se clavan como
puñales en tu alma. Frases que en pocas palabras destruyen la coraza que te has
construido para sobrevivir. Frases poderosas trocadas en tu vida. Frases que
hablan de ti y de todo lo que sientes.
Se dio cuenta que en esas frases que encierran tu vida puede estar tu
perdición, pero también tu salvación. Pues en ellas están la comprensión de lo
que vives y que no has podido definir con palabras. Te develan tu situación, tu
existencia y ese primer paso puede guiarte hacia la salida.
Se dio cuenta, ya en un plano más personal, que, efectivamente, si su
hilo conductor se había perdido, trataría de encontrarlo, que si se había roto
trataría de unirlo, que si se había extraviado
para siempre podría buscar otro
hilo y empezar, desde este ahora, la construcción de un nuevo discurso.
Se dio cuenta que muchas veces lo que impide encontrar el hilo es el
peso que cargamos, que nos impide movernos en todas las direcciones, que nos
resta agilidad y soltura, que se convierte en un peso muerto que te impide
caminar.
Y después de este monologo silencioso, lo que no pudo acallar ni con
conversaciones intrascendentes, ni con música estrepitosa, ni con pensamientos
agradables empezó a perder fuerza.
“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba
en mí y no he podido encontrarlo…”. Se fue alejando, se fue
atenuando hasta que el murmullo casi desapareció.
“…perdí el
hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”,“…perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y
no he podido encontrarlo…”,“…perdí el hilo del56“…perdí el
hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”,,“…perdí el hilo del56“…perdí el hilo
del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo…”. …
Había tantas mercerías con hilos de hermosos colores que no dudo que
encontraría uno que le gustaría, un hilo
hermoso con suficiente resistencia que una vez encontrado lo amarraría a su
dedo con tal fuerza que no volvería a soltarse.
La frase dejó de sonar cada segundo, cada minuto, cada hora. Dejo de
acompañarla en la calle, dejo de sentarse a la mesa, dejo de dormir en su
lecho. La abandonó definitivamente cuando la noche siguiente contempló el cielo.
Habían sido 24 horas de extravío, solo 24 horas que le habían enseñado
que el hilo es recuperable o sustituible y que leer poesía antes de dormir o al
levantarte no es conveniente porque puedes encontrarte con una frase devastadora,
bella y sencillamente expresada, que puede acabar con tu frágil equilibrio.
Tomó el libro de Rafael Cadenas, lo cerró con fuerza, en un intento
por mostrarle su molestia y lo guardo en una gaveta. Ya vendrían tiempos
mejores para leerlo, por ahora solo leería poemas de amor y vitalidad y tomó el libro de Walt Whitman y lo colocó al lado
de su cama.
*Nota: frase del poema “Derrota” de Rafael Cadenas
No hay comentarios:
Publicar un comentario