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| Grete Stern sueños |
Centrarse, centrarse en ella, centrarse en su vida, centrarse y
colocarse unas gríngolas que le impidieran mirar a su alrededor. Ella sola como
un astro en el que gravitaban los demás ¿Actitud egoísta? Quizás, pero por
primera vez en su vida sentía la necesidad de sólo pensar en ella.
Desde siempre las necesidades de los otros habían enrumbado su vida,
sus decisiones y hasta sus deseos. Pensar en los demás, ponerse en el lugar del
otro, entender y comprender a los demás, dejar el ego de lado y concentrase en
el alter, toda una vida dedicada a los otros.
Solo pensar en esto le generaba culpa, esa sensación invasiva que
sentía desde pequeña cuando intentaba hacer algo para sí misma, pero estaba
decidida, ¿acaso no estaba rodeada de personas que solo pensaban en ellas?
Miro el pasado lejano y el pasado reciente y lo único que encontró fue
egoísmo. Un egoísmo disfrazado de buenas intenciones pero donde ella con sus
necesidades y deseos no existía. Nunca existió.
Otra ola de culpa la invadió. ¿De dónde le vendría la culpa?, ¿de
dónde salía? siempre intensa arrasando con sus propósitos de centrarse en ella
misma.
Pensó que la educación religiosa tal vez influyó de manera definitiva,
que aportó los ladrillos para las bases de su culpabilidad.
Recordó el mea culpa y los golpes de pecho en la pequeña capilla del
colegio. Se vio dentro del grupo de niñas con el puño cerrado golpeando su
corazón, con una sincronización perfecta y diciendo a viva voz “por mi culpa,
por mi gran culpa" mientras contemplaba con tristeza profunda ese Cristo
crucificado lleno de sangre, clavos y espinas, de cuya muerte era responsable.
De esos días la culpa fue lo que quedó, la fe la había abandonado para
siempre en esas mismas paredes y ahí se quedó, nunca más logró recuperarla.
Para justificar esa incapacidad de pensar en ella se escondió en una
palabra positiva y altamente valorada, se escondió en la empatía. La empatía
era una de las características que más resaltaba en ella, aún la gente que le
hacía o le hizo daño se vio beneficiada por su empatía. Aún los peores, los que
la hicieron realmente sufrir, fueron vistos con el lente de la compresión y de
la justificación. Gente que sólo era mala, que le habían hecho daño
intencionalmente y a la que ella miró no solo con comprensión, sino con
compasión.
Centrarse, centrarse en ella, centrarse en su vida, centrarse y
colocarse unas gríngolas que le impidieran mirar a su alrededor. Unas gríngolas
de indiferencia hacia todo y todos. Pero las olas de culpa seguían llegando,
mojando sus pies o revolcándola
completamente, dependiendo de la fuerza que traía.
En una de esas revolcadas fuertes lo vio, por primera vez lo vio.
Vio como el centrarse en los demás era una excusa para no vivir su
vida, una excusa acorazada por la culpa o la empatía, una excusa que la
liberaba de la responsabilidad de su propia existencia.
Vio que se había aferrado y se aferraba a las necesidades y deseos de
los otros con el único objeto de no detenerse en los suyos, de no tomar
decisiones y opciones que habrían significado quizás otra vida.
Y vio algo peor, aún peor que todo, lo había hecho para sentirse y ser
considerada buena persona. Buena siempre, buena niña, buena amiga, buena
esposa, buena madre, buena compañera, buena en todo y buena para todos.
Su deseo de ser buena, de ser considerada buena, había convertido su
vida en una vida de expiación, pero qué
expiaba, si la culpa no le había permitido hacer nada malo. Recordó el día en
que en clase de religión una de las monjas pronuncio una de las sentencias más absurdas, una sentencia que, hoy se daba
cuenta, seguía en su vida: “se peca de pensamiento, de palabra, de obra y de omisión”,
fue con esas palabras cuando se dio
cuenta que pecaba todos los días, a cualquier hora, despierta o dormida,
continuamente pecando.
Esa sentencia que la condenaba a una vida de pecado y que le pareció
tan injusta la hizo renegar, pocos años después
y para siempre de la religión. Pero ahora veía que había permanecido como una cicatriz
dentro de ella, ahondando en porqué de su permanencia llegó a su mente otra
sentencia que su mamá le repetía a lo
largo de su infancia, por no entender que solo era diferente: “eres una niña
mala".
Ambas cosas unidas y dichas a
una niña pequeña y sensible. A una niña sin fe pero con culpa, A una niña
renegada que había absorbido la omnipresencia del pecado, la etiqueta asignada y
la culpa como expiación de sus pecados y su maldad.
"Centrarse, centrarse en ella, centrarse en su vida, centrarse y
colocarse unas gríngolas que le impidieran mirar a su alrededor..." ¿era
esto lo qué tenía que hacer? No, lo que tenía era que dejar para siempre las taras emocionales que la habían embebido
a través de la religión y de las etiquetas. Lo que tenía que dejar era la culpa
y la vida de constante expiación que le generaba.
Lo que tenía era que abandonar para siempre la idea de lo que creía ser,
superar los sentimientos de culpa irracionales. Ser menos severa consigo misma
y simplemente vivir libremente sin el peso de las sentencias del pasado que habían
marcado su vida, vivir por y para ella,
vivir por y para los demás desde la redención del perdón y no desde la cultura de la culpa.

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