domingo, 3 de junio de 2018

¿De dónde viene la culpa?

Grete Stern sueños 

Centrarse, centrarse en ella, centrarse en su vida, centrarse y colocarse unas gríngolas que le impidieran mirar a su alrededor. Ella sola como un astro en el que gravitaban los demás ¿Actitud egoísta? Quizás, pero por primera vez en su vida sentía la necesidad de sólo pensar en ella.
Desde siempre las necesidades de los otros habían enrumbado su vida, sus decisiones y hasta sus deseos. Pensar en los demás, ponerse en el lugar del otro, entender y comprender a los demás, dejar el ego de lado y concentrase en el alter, toda una vida dedicada a los otros.
Solo pensar en esto le generaba culpa, esa sensación invasiva que sentía desde pequeña cuando intentaba hacer algo para sí misma, pero estaba decidida, ¿acaso no estaba rodeada de personas que solo pensaban en ellas?
Miro el pasado lejano y el pasado reciente y lo único que encontró fue egoísmo. Un egoísmo disfrazado de buenas intenciones pero donde ella con sus necesidades y deseos no existía. Nunca existió.
Otra ola de culpa la invadió. ¿De dónde le vendría la culpa?, ¿de dónde salía? siempre intensa arrasando con sus propósitos de centrarse en ella misma.
Pensó que la educación religiosa tal vez influyó de manera definitiva, que aportó los ladrillos para las bases de su culpabilidad.
Recordó el mea culpa y los golpes de pecho en la pequeña capilla del colegio. Se vio dentro del grupo de niñas con el puño cerrado golpeando su corazón, con una sincronización perfecta y diciendo a viva voz “por mi culpa, por mi gran culpa" mientras contemplaba con tristeza profunda ese Cristo crucificado lleno de sangre, clavos y espinas, de cuya muerte era responsable.
De esos días la culpa fue lo que quedó, la fe la había abandonado para siempre en esas mismas paredes y ahí se quedó, nunca más logró recuperarla.
Para justificar esa incapacidad de pensar en ella se escondió en una palabra positiva y altamente valorada, se escondió en la empatía. La empatía era una de las características que más resaltaba en ella, aún la gente que le hacía o le hizo daño se vio beneficiada por su empatía. Aún los peores, los que la hicieron realmente sufrir, fueron vistos con el lente de la compresión y de la justificación. Gente que sólo era mala, que le habían hecho daño intencionalmente y a la que ella miró no solo con comprensión, sino con compasión.
Centrarse, centrarse en ella, centrarse en su vida, centrarse y colocarse unas gríngolas que le impidieran mirar a su alrededor. Unas gríngolas de indiferencia hacia todo y todos. Pero las olas de culpa seguían llegando, mojando sus  pies o revolcándola completamente, dependiendo de la fuerza que traía.
En una de esas revolcadas fuertes lo vio, por primera vez lo vio.
Vio como el centrarse en los demás era una excusa para no vivir su vida, una excusa acorazada por la culpa o la empatía, una excusa que la liberaba de la responsabilidad de su propia existencia.
Vio que se había aferrado y se aferraba a las necesidades y deseos de los otros con el único objeto de no detenerse en los suyos, de no tomar decisiones y opciones que habrían significado quizás otra vida.
Y vio algo peor, aún peor que todo, lo había hecho para sentirse y ser considerada buena persona. Buena siempre, buena niña, buena amiga, buena esposa, buena madre, buena compañera, buena en todo y buena para todos.
Su deseo de ser buena, de ser considerada buena, había convertido su vida en una vida de expiación, pero  qué expiaba, si la culpa no le había permitido hacer nada malo. Recordó el día en que en clase de religión una de las monjas pronuncio una de las sentencias   más absurdas, una sentencia que, hoy se daba cuenta, seguía en su vida: “se peca de pensamiento, de palabra, de obra y de omisión”, fue con esas palabras cuando  se dio cuenta que pecaba todos los días, a cualquier hora, despierta o dormida, continuamente pecando.
Esa sentencia que la condenaba a una vida de pecado y que le pareció tan injusta  la hizo renegar, pocos años después y para siempre de la religión. Pero ahora veía que había permanecido como una cicatriz dentro de ella, ahondando en porqué de su permanencia llegó a su mente otra sentencia  que su mamá le repetía a lo largo de su infancia, por no entender que solo era diferente: “eres una niña mala".
Ambas cosas unidas y dichas  a una niña pequeña y sensible. A una niña sin fe pero con culpa, A una niña renegada que había absorbido la omnipresencia del pecado, la etiqueta asignada y la culpa como expiación de sus pecados y su maldad.
"Centrarse, centrarse en ella, centrarse en su vida, centrarse y colocarse unas gríngolas que le impidieran mirar a su alrededor..." ¿era esto lo qué tenía que hacer? No, lo que tenía era que dejar para siempre  las taras emocionales que la habían embebido a través de la religión y de las etiquetas. Lo que tenía que dejar era la culpa y la vida de constante  expiación que le generaba. Lo que tenía era que abandonar para siempre la idea de lo que creía ser, superar los sentimientos de culpa irracionales. Ser menos severa consigo misma y simplemente vivir libremente sin el peso de las sentencias del pasado que habían marcado su vida, vivir  por y para ella, vivir por y para los demás desde la redención del perdón y no desde la cultura de la culpa.



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