miércoles, 21 de febrero de 2018

Encuentro IV

capilla sixtina ¿Jesús o Tommaso?

Tommaso se quitó despacio la ropa, era la primera vez que le habían pedido que posara para una escultura. Había aceptado por tratarse del Maestro, del gran Michelangelo.
El maestro lo miró al salir del vestidor, las manos del muchacho, en un gesto casi virginal y desesperado trataban de ocultar su intimidad. El maestro lo  contempló con fascinación, era la belleza en estado puro. Se acercó y fue moviendo  su cuerpo suavemente, con extrema delicadeza,  hasta colocarlo en la posición correcta. El contacto con la piel del muchacho despertó un cúmulo de sensaciones en su cuerpo cansado y viejo.
Después desde el ángulo previsto lo contempló nuevamente, por un momento se olvidó del lápiz  y el papel que tenía en sus manos. Sólo quería que sus ojos atraparan para siempre la belleza, quería que al cerrarlos fuera su única visión. Tommaso sintió un temblor imperceptible por todo el cuerpo, la mirada penetrante del maestro era como una caricia apasionada.
El sonido del lápiz rasgando el papel lo sacó de su ensueño. Horas después, su cuerpo entumecido necesitaba moverse, pero no se atrevió a pedirlo, conocía la fama de hombre difícil,  irascible y terco que tenía el genio y no quería perturbarlo.
Como un poseso, Michelangelo, trataba de dibujar en el papel las formas perfectas de la belleza. esperaba extraer  del mármol duro las formas sublimes del joven y sabía que la piedra  moldeable y generosa siempre sucumbíria  a sus deseos. el mármol se entregaría en sus manos y se  dejaría extraer de su interior las formas guardadas.
El maestro estaba tan sumido en la contemplación del modelo y en los  esfuerzos por dibujar en cada trazo, en cada linea toda la belleza que ante él se ofrecía que olvido todo descanso. Y Tommaso embelesado por la mirada del maestro y la fascinación y el privilegio de verlo trabajar seguía sin pronunciar palabra. 
Cuando la noche empezaba a caer y el cielo se teñía de rojo, cansado y sudoroso soltó las herramientas y con un gesto indico que había terminado. Tomasso trato de moverse pero sus pies no respondían, un hormigueo recorrió su cuerpo, indicándole que sus músculos inactivos durante horas estaban exhaustos. Al levantarse sintió un ligero mareo y el maestro se aproximó solicito, lo envolvió con su brazo fuerte y lo ayudo a llegar al vestidor.
Aquella proximidad, ese gesto de amparo, esa dulzura al sostenerlo con su brazo marcaría el destino de los dos para siempre.
El maestro sólo en su habitación, sintiendo el despertar de todas las sensaciones dormidas, escribió:
Chi è quello che ti ha costretto a prendermi,
Guai a me, guai a me, guai a me
legato e imprigionato, non libero e libero?
Se mi hai incatenato senza catene
e senza braccia o mani mi tieni,
Chi mi difenderà dalla tua belleza? *

Tommaso solo en su cuarto, con los ojos cerrados evocaba una y otra vez el brazo que sujetaba su hombro.
Muchos años después ese primer momento, esa primera mirada, esa primera caricia se conservaría intacta. En brazos de Tommaso al momento de morir. Michelangelo, agradeció no haber  salido ileso de ese encuentro con la belleza y contemplando a su amado, pensó en un último soneto:
“Yo cedí a la belleza
Me entregue a ella
Nadie me pudo defender
el temor, al pecado, el miedo al infierno
Sucumbieron ante ella.
Valió la pena sacrificar la eternidad
Por los segundos finitos que pase en sus brazos”

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*“¿Quién es el que forzado a ti me lleva,
ay de mí, ay de mí, ay de mí,
atado y preso, que no libre y suelto?
Si me has encadenado sin cadenas
y sin brazos ni manos me sujetas,
¿Quién me defenderá de tu belleza?”



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