fotografía de Richard Tuschman de la serie Meditaciones
basadas en la obra de Hopper |
Se levantó temprano, antes del amanecer. Le gustaba prepararse un
café, sentir el olor familiar que todo lo invade, sentarse con una taza llena
bajo el cielo estrellado, sentir el frío en su piel y pensar.
Hacia tantos años que hacía esto, ese brindarse la posibilidad de
estar a solas con ella, de pensar en su vida, de alimentar ese monólogo interno
que no cesa, que se convirtió en su inicio del día. No había condiciones
externas que le arrebataran este empezar. Ni el frío inclemente, ni compañeros
de lecho, ni países extranjeros. Nada podía arrebatarle este diálogo esperado
cada día con ella misma.
Volvió a su cama sus manos y sus pies helados y recordó la grata
sensación de un cuerpo tibio a su lado que la abrace, que tomé sus manos y las
caliente, que enrede sus pies entre las piernas para darle calor.
Y se dedicó a repasar los últimos meses de su vida. Se acordó cuando
al retorna de su incursión matutina escribía poemas de amor, que enviaba por
WhatsApp al calentador de pies y manos con el que compartía el lecho. Después
recordó como subía la escalera despacito y se metía nuevamente en la cama, como
besaba la espalda que se le ofrecía y como esta se volteaba para abrazarla y
fundirla completamente en su cuerpo.
Después de un rato de permanecer abrazados, empezaban a hacer el amor.
Recordó cada amanecer en la casita de la colina, entre árboles
asomados a la ventana, testigos mudos de su pasión y oyentes sordos de los
quejidos de placer que brotaban de su boca. Recordó el abrazo posterior y el
peso de su cuerpo sobre ella. Aspiró, nuevamente, el agradable olor de su cuerpo y degustó cada
sabor que emanaba fruto de la pasión.
Después, invariablemente,
bajaba, le traía su desayuno y lo acompañaba mientras él lo consumía con
avidez. A veces después de desayunar volvían a hacer el amor.
Repasando sólo lo bueno de los días vividos, se dio cuenta que esa
experiencia sería siempre un recuerdo que la confortaría, una memoria
imborrable que siempre la reanimaría.
Repasando lo bueno de esta relación fallida se dio cuenta que el
malestar por la ruptura había pasado, que ya no había culpa, ni culpables, que
ya no había expectativas de un futuro. Lo único que quedaba de estos meses
atrás eran sólo los buenos recuerdos.
Y agradeció su costumbre de empezar el día dialogando con ella misma,
tomando ese café a solas que le permitía decantar sus emociones y su vida.
'Valorar nuestra vida, resaltar lo auténticamente valioso, atesorar lo
bueno de cualquier experiencia, pensó, sólo es posible si nos dedicamos cada
día a conversar con nosotros mismos y a escuchar lo que tengamos que decirnos'
Escribió una breve reflexión sobre lo pensado en un corto mensaje y lo
envió.por WhatsApp. Hoy él no recibiría un poema de amor como en el pasado, hoy recibiría
algo más importante, hoy recibiría un perdón, unas gracias y la continuidad de una sólida amistad.
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