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| mujer frente al espejo János Vaszary. |
Caminaba mirando atrás, siempre mirando atrás. Su paso rápido, su
mente alerta, su angustia visceral, el temblor en sus manos, el sobresalto
frente a un ruido o la intuición de la presencia de alguien... Cualquier
persona a simple vista se daba cuenta al
contemplar su caminar, por las calles sombrías y angostas, que su andar era
impulsado por el miedo.
Nadie la contemplaba en ese preciso momento. Estaba sola o al menos
supuestamente sola, aislada de todo y
todos, pero no lograba superar ese miedo avasallante.
Se bañó con la puerta y la cortina
abiertas, había visto muchas veces, tal vez demasiadas, Psicosis la extraordinaria
película de Hitchcock. Se secó con la mirada fija en la puerta de entrada,
prendió el secador de pelo y siguió mirando a través del espejo la puerta de la
entrada. Esperando que entrara, esperando la llegada de la persona que se había
convertido en su pesadilla.
Pensó en la palabra miedo que
proviene del término latino metus (temores). Una sensación que altera el ánimo que produce angustia. Que te prepara
para un peligro inminente o eventual.
Pensó en su miedo, en el que la afligía, en el estado de alerta
constante al que estaba reducida, en el peligro que corría, en la opresión en
el estómago que sentía. En el temor constante al que estaba sometida su vida.
Pensó si este miedo era producto de la imaginación o era producto de
un peligro real ya que todos sin excepción habían quitado importancia a las
acciones cercanas al desvarío que había observado desde su llegada.
"Tal vez he visto muchas películas de obsesiones que terminan muy
mal", se repitió mentalmente.
Nunca había sentido miedo, no de esa manera. Repasó todo lo acontecido
para evaluar la situación objetivamente.
El acecho constante cada vez
que salía. La mirada fija que se detenía a verlos. La presencia en los
alrededores de la casa. El coche ya conocido y estacionado a la entrada. Las
óperas a capela que invadían el silencio de la tarde y que eran entonadas desde
un lugar oculto. Las llamadas y silbidos al levantarse y salir a buscar fruta.
El ruido de la moto acercándose, disminuyendo la velocidad y observándola. El
intercomunicador incesante durante horas, el sonido del teléfono constante al
que habían optado por ignorar. La sombra debajo de la puerta. Los golpes de
martillo y el sonido silbante y atemorizante de la sierra eléctrica desde el
cuarto de herramientas... Y miles de
pequeños detalles que frente a la prosopopeya de lo vivido se habían vuelto
intrascendentes.
No, pensó, su encuentro con el miedo era real. No era producto de su
imaginación, no era una exacerbación de lo que ocurría. Y sintió nuevamente; el
corazón latiendo aceleradamente, el temblor de su cuerpo, el sudor frio, la opresión
en el estómago, la angustia que le impedía respirar, su personalidad desdibujándose, su confianza extraviándose,
su vitalidad trastocándose en decaimiento;
como cada vez que irrumpía alguno de
estos acontecimientos.
Para los que la
rodeaban esto podía considerarse amor,
pero para ella era una obsesión, una obsesión enferma, cruel y peligrosa. Acaso esta actitud no delataba
a una persona que lo único que tiene en la mente era una idea fija, permanente
que la dominaba y la impulsaba a actuar sin un ápice de razón o lógica. Sin un ápice de consideración para con
la vida de los otros.
Ese encuentro tan próximo con el miedo, ese encuentro cercano al
paroxismo la ayudo a valorar el
verdadero amor, el amor no egoísta, el amor donde la felicidad del otro es lo
que cuenta.
Sólo ahora, cuando se alejó lo suficiente, cuando ya el miedo no puede
encontrarla, cuando ya su evocación no le produce escalofríos, cuando logró expresarlo con palabras y lo encerró para siempre en un
relato, volvió a caminar mirando al frente.

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