viernes, 16 de febrero de 2018

Encuentro II

mujer frente al espejo  János Vaszary. 

Caminaba mirando atrás, siempre mirando atrás. Su paso rápido, su mente alerta, su angustia visceral, el temblor en sus manos, el sobresalto frente a un ruido o la intuición de la presencia de alguien... Cualquier persona a simple vista se daba  cuenta al contemplar su caminar, por las calles sombrías y angostas, que su andar era impulsado por el miedo.
Nadie la contemplaba en ese preciso momento. Estaba sola o al menos supuestamente sola,  aislada de todo y todos, pero no lograba superar ese miedo avasallante.
Se bañó con la puerta y la cortina  abiertas, había visto muchas veces, tal vez demasiadas, Psicosis la extraordinaria película de Hitchcock. Se secó con la mirada fija en la puerta de entrada, prendió el secador de pelo y siguió mirando a través del espejo la puerta de la entrada. Esperando que entrara, esperando la llegada de la persona que se había convertido en su pesadilla.
Pensó en la  palabra miedo que proviene del término latino metus (temores). Una sensación que altera  el ánimo que produce angustia. Que te prepara para un peligro inminente o eventual.
Pensó en su miedo, en el que la afligía, en el estado de alerta constante al que estaba reducida, en el peligro que corría, en la opresión en el estómago que sentía. En el temor constante al que estaba sometida su vida.
Pensó si este miedo era producto de la imaginación o era producto de un peligro real ya que todos sin excepción habían quitado importancia a las acciones cercanas al desvarío que había observado desde su llegada.
"Tal vez he visto muchas películas de obsesiones que terminan muy mal", se repitió mentalmente.
Nunca había sentido miedo, no de esa manera. Repasó todo lo acontecido para evaluar la situación objetivamente.
El acecho  constante cada vez que salía. La mirada fija que se detenía a verlos. La presencia en los alrededores de la casa. El coche ya conocido y estacionado a la entrada. Las óperas a capela que invadían el silencio de la tarde y que eran entonadas desde un lugar oculto. Las llamadas y silbidos al levantarse y salir a buscar fruta. El ruido de la moto acercándose, disminuyendo la velocidad y observándola. El intercomunicador incesante durante horas, el sonido del teléfono constante al que habían optado por ignorar. La sombra debajo de la puerta. Los golpes de martillo y el sonido silbante y atemorizante de la sierra eléctrica desde el cuarto de herramientas...  Y miles de pequeños detalles que frente a la prosopopeya de lo vivido se habían vuelto intrascendentes.
No, pensó, su encuentro con el miedo era real. No era producto de su imaginación, no era una exacerbación de lo que ocurría. Y sintió nuevamente; el corazón latiendo aceleradamente, el temblor de su cuerpo, el sudor frio, la opresión en el estómago, la angustia que le impedía respirar,  su personalidad desdibujándose, su confianza extraviándose,  su vitalidad trastocándose en decaimiento; como cada vez que irrumpía alguno de estos acontecimientos. 
Para los que la rodeaban esto podía considerarse  amor, pero para ella era una obsesión, una obsesión enferma,  cruel y peligrosa. Acaso esta actitud no delataba a una persona que lo único que tiene en la mente era una idea fija, permanente que la dominaba y la impulsaba a actuar sin un ápice de razón o lógica. Sin un ápice de consideración para con la vida de los otros.
Ese encuentro tan próximo con el miedo, ese encuentro cercano al paroxismo  la ayudo a valorar el verdadero amor, el amor no egoísta, el amor donde la felicidad del otro es lo que cuenta.
Sólo ahora, cuando se alejó lo suficiente, cuando ya el miedo no puede encontrarla, cuando ya su evocación no le produce escalofríos, cuando logró expresarlo  con palabras y lo encerró para siempre en un relato,   volvió a caminar mirando al frente.


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