Contempló el parque infantil desde la terraza y vio un deslucido sube
y baja situado a la izquierda, en un pequeño promontorio. Cuando era una niña
lo que más le gustaba de cualquier parque era el sube y baja. Cuando se elevaba
sentía que tocaba el cielo y al bajar solo pensaba en impulsarse fuertemente
para volver a subir.
Cuando era niña nunca imagino que ese juego representaba la vida.
La vida es una sucesión de subidas y bajones. Una oscilación constante
de arribas y abajos. Hoy estás en la cima, casi tocando el cielo con tus manos,
y al día siguiente en el fondo a ras del piso y por más que intentes
impulsarte, muchas veces ese impulso se queda sólo en una intención.
En este momento ella se sentía pegada al piso, por más esfuerzos que
hacía no lograba elevarse nuevamente. Los últimos años de su vida solo habían
sido pérdidas importantes, vitales que habían indefinido, no sólo su presente,
sino también habían acabado con la
confianza en sí misma. Habían sido todo tan devastador y agotador que por más
que intentaba sus pies habían perdido la fuerza para retomar las alturas
nuevamente.
Aferrada al piso contemplaba el cielo que le resultaba cada vez más lejano.
Un día cualquiera harta de examinar el suelo, decidió ejercitar sus piernas. Empezó por levantarse y caminar hacia cualquier cosa que la vida le ofreciera. Sus primeros pasos fueron pesados y lentos, avanzó poco y con gran esfuerzo. En los segundos pasos se sintió más ligera, caminó con más soltura. Para los terceros decidió intentar trotar y a pesar de cansarse recorrió un mayor trecho. Los cuartos pasos se iniciaron con un trote ligero que fue aumentando en intensidad hasta llegar a una carrera y así sucesivamente fue mejorando la velocidad y la fortaleza de sus pies.
En esta carrera a fondo que se había impuesto, no la acompañaba nada, ni nadie, sólo su determinación de dejar de vivir a la altura del suelo. La vida no había cambiado nada, su situación era la misma, pero ella ahora había vuelto a recuperar, poco a poco, su confianza perdida, la seguridad en sí misma. En el momento que decidió levantarse y echarse a andar por si sola, empezó a creer nuevamente en sus habilidades, a sentir que tenía el control sobre su vida, a apreciar sus capacidades y a valorar su ilimitada disposición. Con cada paso esta percepción de sí misma fue incrementándose, fortaleciéndose.
Regresando un día de correr, cansada, sudorosa, con la respiración todavía agitada, paso por el parque solitario, el sube y baja se mostró ante ella sugerente, invitándola a sentarse en él. Ya no le pareció deslucido, lo miro como un objeto al que la pátina del tiempo le había conferido cierta dignidad. Pensó en cuántos niños se habrían sentado e impulsado en él, en cuántos niños habían recorrido ese breve espacio que te trasportaba al cielo. Se montó a horcadas en el asiento y quedó clavaba en el piso, ¿tal vez necesito de alguien más para elevarme?, pensó en un transitorio segundo, pero con la misma determinación que un día empezó a andar, aferró con fuerza sus pies al piso, flexionó sus piernas y se impulsó.
Y en otro transitorio pero eterno segundo subió al cielo, cerró sus ojos, alzó sus manos y en sus dedos sintió la suavidad de las nubes.

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