La sombra larga de su cabeza asomó en la esquina de la calle vacía. El eco de sus pasos resonaba en toda la ciudad. Algunos, muy pocos, vigilaban desde los balcones. Al cruzar la esquina la sombra se materializó en una figura frágil pero al mismo tiempo poderosa.
La figura miró hacia los balcones, buscando una mirada compasiva, una mano que se extendiera brindándole ayuda. Pero los que se habían asomado, al intuir la mirada enferma, la respiración fallida, la amenaza inminente, se refugiaron nuevamente en el confort del hogar.
La larga sombra que acompañaba a la figura frágil se deslizaba temblorosa por las calles. Había pasado un mes desde que la pandemia habia llegado a la pequeña isla, había llegado y había arrasado con todo, aniquilando de uno en uno a sus habitantes a una velocidad asombrosa. Los pocos sobrevivientes se habían refugiado en sus casas que convertidas en pequeños bunkers eran la última trinchera.
Ella también había convertido a su hogar en un refugio salvador, pero la descomposición de los cadáveres de sus seres queridos la habían hecho escapar.
Escapó del espanto sin saber que la calle era aún peor. Montañas de muertos, guardianes de la salud armados hasta los dientes que aniquilaban a cualquiera que mostrará un signo de enfermedad, hogueras limpiadoras donde cuerpos aún con vida gritaban de dolor o apenas musitaban una plegaria.
Huía de todo y solo encontraba desolación, ya la ilusión de sobrevivir se había esfumado, ahora lo único que quería era morir tranquila, en paz, con un poco de esa dignidad que se fue perdiendo con el miedo.
Salió de la ciudad acompañada de su sombra, se sentó con ella frente al mar, escucho los pasos y las voces distantes. Se levantó y supo lo que debía hacer.
Cuando llegaron la playa estaba vacía. En el fondo del agua una figura frágil aferrada a su sombra dormía el plácido sueño de la muerte.

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